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Heredero del origen. El principio - Capítulo 27

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27: Capítulo 27- El Alfa que ruge cuando la luna desaparece 27: Capítulo 27- El Alfa que ruge cuando la luna desaparece Pedro despertó con un sobresalto, como si alguien le hubiera arrancado el aire del pecho.

Su mano buscó instintivamente a Pierina, el lugar donde ella había dormido… pero encontró solo tierra fría.

Abrió los ojos de golpe.

—Pierina… Se incorporó tan rápido que el mundo le dio vueltas.

Miró alrededor.

Nada.

Ni su olor.

Ni su respiración.

Ni su calor.

Solo ausencia.

—No… no, no, no… Liora despertó sobresaltada por el tono de su voz.

—¿Qué pasa?

Pedro ya estaba de pie, respirando como un animal acorralado.

—Se fue.

Liora parpadeó, todavía adormecida.

—¿Qué?

Pedro gruñó, un sonido bajo, profundo, que no era humano.

—Pierina.

Se fue.

Se fue sola.

Liora se levantó de inmediato.

—No.

No puede haberse ido sola.

No en este estado.

No con la marca así.

Pedro apretó los dientes.

—No está.

No la siento.

No la huelo.

No la escucho.

Liora palideció.

—¿No la sentís?

¿Nada?

Pedro negó con la cabeza, desesperado.

—Nada.

Es como si… como si hubiera apagado su luz.

Liora cerró los ojos.

—O como si alguien la hubiera cubierto.

Pedro sintió un escalofrío recorrerle la columna.

—Aldric.

Liora abrió los ojos.

—No sabemos eso.

Pedro gruñó.

—Sí lo sabemos.

Y entonces ocurrió.

Un tirón.

Un latido.

Un eco.

No era la marca de Pierina.

Era algo más oscuro.

Más frío.

Más antiguo.

Pedro sintió que la sangre se le helaba.

—Él está con ella.

Liora lo miró horrorizada.

—¿Aldric?

Pedro negó lentamente.

—No.

Él.

Liora retrocedió un paso.

—¿El Primer Alfa?

Pedro apretó los puños.

—Su sombra.

Su eco.

Su hambre.

Lo que sea… está cerca de ella.

Liora respiró hondo.

—Entonces tenemos que irnos ya.

Pedro ya estaba transformándose.

Sus ojos se volvieron negros.

Sus colmillos asomaron.

Su piel se tensó.

—No voy a perderla —gruñó—.

No otra vez.

El rastro roto Pedro corrió hacia el bosque, siguiendo un rastro que no existía.

No había huellas.

No había olor.

No había sonido.

Pero había algo más: un vacío.

Un hueco en el aire.

Un silencio que no era natural.

Liora lo seguía como podía.

—Pedro, esperá.

No sabés a dónde vas.

—Sí sé —gruñó él—.

Voy hacia donde ella no está.

Liora frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Pedro se detuvo de golpe.

—Pierina no deja rastro cuando tiene miedo.

Se apaga.

Se esconde.

Se borra.

Pero eso deja un vacío.

Un silencio.

Un hueco.

Y ese hueco… lo siento.

Liora lo observó con una mezcla de asombro y preocupación.

—Eso no es normal.

Pedro gruñó.

—Nada en ella es normal.

Y siguió corriendo.

El bosque parecía inclinarse hacia él, como si quisiera ayudarlo.

Las ramas se apartaban.

Las raíces se movían.

El viento cambiaba de dirección.

Liora murmuró: —El bosque la está protegiendo… o te está guiando hacia ella.

Pedro no respondió.

Solo corría.

Corría como si su vida dependiera de ello.

Porque dependía.

El temblor del Alfa A medida que avanzaba, Pedro sintió algo más.

Un temblor.

Un pulso.

Una vibración.

No venía del suelo.

No venía del aire.

Venía de él.

De su pecho.

De su sangre.

De su magia.

Liora lo notó.

—Pedro… ¿qué te pasa?

Pedro apretó los dientes.

—No sé.

Liora lo observó con atención.

—Estás… cambiando.

Pedro gruñó.

—No estoy cambiando.

Estoy despertando.

Liora palideció.

—¿Despertando qué?

Pedro se detuvo.

Su respiración era un rugido.

Sus ojos brillaban con un negro profundo, casi líquido.

—Lo que soy cuando ella está en peligro.

Liora retrocedió un paso.

—Pedro… eso no es bueno.

Pedro sonrió, pero no era una sonrisa humana.

—No tiene que ser bueno.

Tiene que ser suficiente.

El olor de Aldric De repente, el aire cambió.

Un olor familiar.

Frío.

Metálico.

Peligroso.

Aldric.

Pedro gruñó tan fuerte que los pájaros salieron volando de los árboles.

—Está cerca.

Liora tensó la mandíbula.

—¿Pierina?

Pedro negó.

—Él.

Liora tragó saliva.

—¿Qué hacemos?

Pedro no dudó.

—Lo mato.

Liora lo tomó del brazo.

—No podés matarlo.

No solo porque es más fuerte que vos… sino porque si lo matás, el eco del Primer Alfa va a venir directamente por Pierina.

Pedro la miró con furia.

—Ya viene por ella.

Liora apretó los dientes.

—Entonces tenemos que ser inteligentes.

No impulsivos.

Pedro gruñó.

—No tengo tiempo para ser inteligente.

Y siguió corriendo.

El encuentro El bosque se abrió en un claro pequeño.

La luna brillaba débilmente.

El aire estaba helado.

Y Aldric estaba ahí.

De pie.

Calmo.

Sonriendo.

—Llegaste rápido —dijo, como si lo hubiera estado esperando.

Pedro rugió.

—¿Dónde está?

Aldric inclinó la cabeza.

—¿Quién?

Pedro dio un paso adelante.

—No juegues conmigo.

Aldric sonrió.

—No estoy jugando.

Estoy disfrutando.

Pedro sintió que la rabia lo consumía.

—Si la tocaste… Aldric levantó una mano.

—No la toqué.

Todavía.

Pedro se transformó por completo.

El lobo negro, enorme, furioso, apareció en su lugar.

Aldric no retrocedió.

No se asustó.

No se tensó.

Solo sonrió más.

—Qué hermoso sos cuando perdés el control.

Pedro gruñó, un sonido que hizo vibrar el suelo.

Aldric lo observó con fascinación.

—¿Querés saber dónde está?

Pedro avanzó un paso.

Aldric susurró: —Lejos de vos.

Pedro saltó.

Aldric desapareció.

Reapareció detrás de él.

—Y cada vez más lejos.

Pedro giró, furioso.

Aldric se acercó un poco más.

—¿Sabés qué es lo mejor de todo esto?

Pedro gruñó, listo para atacar.

Aldric sonrió.

—Que ella se fue sola.

Pedro sintió un golpe en el pecho.

Aldric continuó: —No la obligué.

No la llamé.

No la empujé.

Ella eligió irse.

Ella eligió alejarse de vos.

Ella eligió… venir hacia mí.

Pedro rugió tan fuerte que el bosque tembló.

Aldric se inclinó hacia él.

—Y yo voy a aprovecharlo.

Pedro saltó otra vez.

Aldric desapareció otra vez.

Su voz llegó desde todas partes.

—Buscala, Alfa.

Corré detrás de ella.

Desesperate.

Porque cuanto más la busques… más se acerca a mí.

Pedro cayó al suelo, jadeando, furioso, desesperado.

Aldric apareció en el borde del claro.

—Y cuando la encuentre… no voy a dejarla ir.

Y desapareció.

El Alfa roto Pedro volvió a su forma humana, temblando.

Liora se acercó, pálida.

—Pedro… ¿qué hacemos?

Pedro respiró hondo.

Su voz era un susurro roto.

—La busco.

Liora lo miró con preocupación.

—¿Y si Aldric tiene razón?

¿Y si ella eligió irse?

Pedro cerró los ojos.

—Entonces la voy a traer de vuelta igual.

Liora tragó saliva.

—¿Y si no quiere volver?

Pedro abrió los ojos.

Brillaban con una oscuridad peligrosa.

—No me importa.

La voy a encontrar.

Y la voy a traer.

Porque ella es mi luna.

Y yo soy su Alfa.

Liora lo observó en silencio.

Pedro dio un paso hacia el bosque.

—Y si Aldric la toca… lo mato.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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