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Heredero del origen. El principio - Capítulo 28

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  3. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28- El Alfa que corre contra su propio miedo
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28: Capítulo 28- El Alfa que corre contra su propio miedo 28: Capítulo 28- El Alfa que corre contra su propio miedo Pedro corrió como si el bosque fuera un enemigo y un aliado al mismo tiempo.

Cada paso era un golpe contra la tierra, un latido desesperado que resonaba en su pecho.

No había dirección.

No había rastro.

No había olor.

Solo un vacío.

Un hueco en el aire donde debería estar Pierina.

Ese vacío lo estaba volviendo loco.

—Pierina… —gruñó entre dientes—.

¿Dónde estás?

El bosque no respondió.

El viento tampoco.

La luna, escondida entre nubes, parecía observarlo con indiferencia.

Pedro apretó los puños.

La rabia le ardía bajo la piel.

La desesperación le quemaba los huesos.

Pero debajo de todo eso… había miedo.

Un miedo que nunca había sentido.

Un miedo que no sabía manejar.

El miedo a perderla.

El bosque que se cierra Las ramas se movían como si quisieran detenerlo.

Las raíces parecían levantarse para hacerlo tropezar.

El bosque entero vibraba con una energía extraña, como si supiera que Pedro estaba a punto de cruzar un límite del que no habría vuelta atrás.

Pedro gruñó.

—¡Déjenme pasar!

Las ramas se apartaron.

Las raíces se hundieron.

El bosque obedeció.

Pero no por respeto.

Por miedo.

Porque Pedro ya no era solo un Alfa.

Era un Alfa desesperado.

Y un Alfa desesperado es más peligroso que cualquier criatura del bosque.

El temblor interno Mientras corría, Pedro sintió algo dentro de él.

Un temblor.

Un pulso.

Una vibración oscura.

No era la marca de Pierina.

No era la luna.

No era Aldric.

Era él.

Era su lobo.

Era su magia.

Era su rabia.

Y estaba despertando algo que Pedro no sabía si podía controlar.

—No ahora… —susurró—.

No te necesito a vos.

La necesito a ella.

Pero el temblor creció.

Se expandió por su pecho.

Subió por su garganta.

Le nubló la vista.

Su respiración se volvió un gruñido.

Sus uñas se alargaron.

Sus colmillos asomaron.

Y por un instante, Pedro sintió que no era él quien corría.

Era algo más.

Algo más grande.

Más oscuro.

Más hambriento.

Algo que no quería encontrar a Pierina para salvarla… sino para reclamarla.

Pedro frenó de golpe.

Se apoyó contra un árbol.

Respiró hondo.

—No… no voy a perder el control.

No ahora.

No con ella sola allá afuera.

Pero el temblor seguía ahí.

Como un recordatorio.

Como una advertencia.

Las inseguridades que muerden Pedro siguió avanzando, pero más lento.

Más consciente.

Más vulnerable.

Y entonces, los pensamientos empezaron a atacarlo.

¿Y si se fue porque no te quiere?

¿Y si se fue porque te teme?

¿Y si se fue porque Aldric tiene razón?

¿Y si nunca vuelve?

Pedro apretó los dientes.

—No.

Ella me ama.

Lo siento.

Lo senti desde el principio.

Ella es mia.

Pero la duda se coló igual.

Como veneno.

Como una sombra.

¿Y si lo que siente no es amor?

¿Y si es magia?

¿Y si es destino?

¿Y si nunca te eligió realmente?

Pedro gruñó, furioso.

—¡Cállense!

Pero no había voces externas.

Era él.

Era su miedo.

Era su inseguridad.

Porque por primera vez en su vida, Pedro no sabía si era suficiente.

No sabía si podía protegerla.

No sabía si podía salvarla.

Y eso lo estaba destruyendo.

El olor que no debería existir De repente, el aire cambió.

Un olor familiar.

Frío.

Metálico.

Peligroso.

Aldric.

Pedro sintió que la rabia le explotaba en el pecho.

—¡Hijo de puta!

Corrió hacia el olor.

No pensó.

No dudó.

No respiró.

Solo corrió.

El bosque se abrió en un claro pequeño.

La luna brillaba débilmente.

El aire estaba helado.

Y el olor estaba ahí.

Fresco.

Reciente.

Cercano.

Pedro se arrodilló.

Tocó la tierra.

La olió.

—Estuviste acá… —gruñó—.

Estuviste con ella.

El temblor interno volvió.

Más fuerte.

Más oscuro.

Pedro apretó los puños.

—Si la tocaste… te juro que te arranco la garganta.

Pero no había respuesta.

Solo silencio.

Y entonces, lo sintió.

Un segundo olor.

Más suave.

Más dulce.

Más doloroso.

Pierina.

Pedro cerró los ojos.

Una lágrima cayó.

—Estás viva… Pero el olor estaba mezclado con algo más.

Con miedo.

Con desesperación.

Con magia roja.

Pedro abrió los ojos, furioso.

—No voy a dejar que te lleve.

No voy a dejar que te reclame.

No voy a dejar que te rompa.

Se levantó.

Respiró hondo.

Y siguió el rastro.

El Alfa que se rompe para seguir Cada paso era un golpe contra la tierra.

Cada respiración era un rugido.

Cada latido era un recordatorio de lo que estaba en juego.

Pedro no era invencible.

No era perfecto.

No era un héroe.

Era un lobo enamorado.

Un Alfa desesperado.

Un hombre que estaba dispuesto a romperse para salvar a la única persona que le importaba.

Y mientras corría, una verdad lo atravesó como un rayo: No le tenía miedo al Primer Alfa.

No le tenía miedo a Aldric.

No le tenía miedo al bosque.

No le tenía miedo a la muerte.

Le tenía miedo a una sola cosa: A llegar tarde.

El rastro que se corta De repente, el olor desapareció.

Como si alguien lo hubiera arrancado del aire.

Pedro frenó de golpe.

Miró alrededor.

Respiró hondo.

Nada.

—No… no, no, no… Buscó en el suelo.

En las ramas.

En el viento.

Nada.

El rastro se había cortado.

Como si Pierina hubiera dejado de existir.

Pedro cayó de rodillas.

Golpeó la tierra con el puño.

—¡Pierina!

El grito resonó en el bosque.

Los pájaros huyeron.

Los árboles temblaron.

Y entonces, una voz respondió.

No la de Pierina.

No la de Liora.

No la de un lobo.

Una voz fría.

Suave.

Cruel.

“Seguí corriendo, Alfa.

Ella ya no corre hacia vos.” Pedro levantó la cabeza.

Sus ojos brillaban con una oscuridad peligrosa.

—Aldric… La voz rió.

“Y cuanto más la busques… más se acerca a mí.” Pedro rugió.

Un rugido que hizo vibrar la tierra.

—Te voy a matar.

La voz respondió: “Primero encontrala.” Y el bosque se volvió silencioso otra vez.

Pedro se levantó.

Respiró hondo.

Y siguió corriendo.

No sabía hacia dónde.

No sabía por cuánto.

No sabía si iba a llegar.

Pero sabía una cosa: No iba a detenerse.

No mientras Pierina estuviera sola.

No mientras Aldric estuviera cerca.

No mientras el Primer Alfa la buscara.

Y mientras corría, una pregunta lo atravesó como un cuchillo: ¿Qué va a pasar cuando la encuentre… si ella ya no quiere volver?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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