Heredero del origen. El principio - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4-La frontera entre lo humano y lo salvaje
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4: Capítulo 4-La frontera entre lo humano y lo salvaje.
4: Capítulo 4-La frontera entre lo humano y lo salvaje.
Cuando el amanecer apenas insinuaba una línea pálida detrás de las montañas Pierina estaba sentada en una de las cajas de madera, con las rodillas reogida contra el pecho, envuelta en una manta.
No había dormido, la noche había estado llena de revelaciones, Pedro le hablo de su manda, de la exitencia de otras, de como funcionaban, de como convivían desde hace varios siglos con los humanos.
Ella le contó de su marca, de las veces que de niña ardió , de su madre adoptiva.
De los sueños que la asaltaban por las noches, donde los hombre lobos eran también reales.
Pedro se quedó de pie frente a la puerta, respirando hondo, como si necesitara contener algo que amenazaba con desbordarse.
Su postura era tensa, alerta, casi animal.
Pierina lo observó en silencio, tratando de descifrarlo.
Había algo en él que no encajaba con la imagen del joven amable que había visto en el pueblo semanas atrás.
Algo más oscuro.
Más profundo.
Más peligroso.
—No deberías haber estado sola anoche —dijo finalmente, sin mirarla.
Pierina tragó saliva.
—No sabía que alguien… que algo… me estaba buscando.
Pedro apretó los dientes.
—No es “algo”.
Es alguien.
Y no es cualquiera.
Pierina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién es Aldric?
Pedro se volvió hacia ella.
Sus ojos, oscuros y profundos, tenían un brillo extraño, como si una parte de él quisiera responder y otra quisiera protegerla de la respuesta.
—Aldric es… —se detuvo, buscando las palabras—.
Es un Alfa.
Pero no como yo.
Pierina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Pedro caminó hacia ella, despacio, como si temiera asustarla.
Se agachó frente a la caja donde ella estaba sentada.
—Significa que no pertenece a ninguna manada reconocida.
Que no sigue reglas.
Que no respeta límites.
Y que si te vio… si te habló… si te siguió… Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué quiere de mí?
Pedro la miró con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Vos tenés algo que él necesita.
Pierina bajó la mirada hacia la manta que cubría su vientre.
La marca ardía, aunque no tan fuerte como la noche anterior.
—¿La marca?
Pedro asintió.
—Esa marca no es humana.
No es casual.
No es un accidente.
Es un llamado.
Pierina sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Un llamado a qué?
Pedro se incorporó y comenzó a caminar por el galpón, inquieto.
—A un linaje que creíamos extinto.
A una magia que no debería existir.
A una profecía que nadie quiere que se cumpla.
Pierina lo observó, confundida.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
Pedro se detuvo.
La miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—Todo.
La herida que no cicatriza El silencio se instaló entre ellos, pesado, casi insoportable.
Pierina respiraba con dificultad.
Sentía que cada palabra que Pedro decía abría una grieta nueva en su vida, una grieta que dejaba entrar un mundo que no entendía.
—Mi casa… —susurró—.
Mi mamá… ¿Ella sabía algo?
Pedro bajó la mirada.
—No lo sé.
Pero si te adoptó… si te protegió… si te ocultó… es probable que supiera más de lo que te dijo.
Pierina sintió un nudo en la garganta.
Su madre adoptiva siempre había sido amorosa, pero también evasiva.
Nunca hablaba del pasado.
Nunca hablaba de la noche en que la encontró.
Nunca hablaba de la marca.
—¿Por qué nunca me dijo nada?
—preguntó, con la voz quebrada.
Pedro se acercó y se sentó a su lado, sin tocarla.
—Tal vez tenía miedo.
Tal vez quería darte una vida normal.
Tal vez pensó que si nadie sabía quién eras, nadie vendría a buscarte.
Pierina cerró los ojos.
Las lágrimas le quemaban las mejillas.
—Y falló —susurró.
Pedro negó con la cabeza.
—No.
Te mantuvo a salvo durante años.
Eso no es fallar.
Pierina lo miró, sorprendida por la suavidad en su voz.
—¿Por qué te importa tanto?
Pedro sostuvo su mirada.
No había duda en sus ojos.
No había confusión.
Solo una verdad que él mismo parecía descubrir mientras la decía.
—Porque no quiero perderte.
Pierina sintió que el aire se le escapaba del pecho.
—No me conocés…tanto Pedro sonrió, triste.
—No hace falta conocerte para querer protegerte.
La sombra que se acerca Un ruido afuera los hizo sobresaltarse.
Un crujido.
Un susurro.
Un movimiento entre los árboles.
Pedro se levantó de un salto, transformado en un segundo.
Sus músculos se tensaron, su postura cambió, sus sentidos se afinaron.
Pierina lo observó, fascinada y aterrada al mismo tiempo.
—¿Qué pasa?
—preguntó, con la voz temblorosa.
Pedro levantó una mano, pidiéndole silencio.
Caminó hacia la puerta.
Olfateó el aire.
Escuchó.
Pierina sintió que la marca en su vientre ardía otra vez.
—Está cerca —susurró.
Pedro giró hacia ella.
—¿Quién?
Pierina tragó saliva.
—Él.
Pedro apretó los dientes.
—No puede haber llegado tan rápido… Pero la frase quedó suspendida en el aire.
Porque en ese momento, un golpe seco resonó en la puerta del galpón.
Pierina se cubrió la boca para no gritar.
Pedro se puso entre ella y la entrada, en posición de ataque.
Otro golpe.
Más fuerte.
Más decidido.
Y entonces, una voz.
Una voz profunda.
Suave.
Inquietante.
—Pierina.
Ella sintió que la sangre se le helaba.
Pedro gruñó, un sonido bajo, animal.
—No abras —susurró Pierina, temblando.
Pedro no respondió.
Pero su cuerpo entero vibraba con tensión.
La voz volvió a sonar.
Más cerca.
Más íntima.
—No tengas miedo.
No vine a lastimarte.
Pierina sintió que la marca ardía como fuego líquido.
—Aldric… —susurró.
Pedro la miró con furia y miedo.
—No digas su nombre.
La decisión El silencio volvió, pero no era un silencio vacío.
Era un silencio lleno de respiración contenida.
De peligro.
De destino.
Pedro se acercó a Pierina y la tomó por los hombros.
—Escuchame bien —dijo, con la voz baja pero firme—.
No voy a dejar que te lleve.
No voy a dejar que te toque.
No voy a dejar que te reclame.
Pierina lo miró, temblando.
—¿Y si ya lo hizo?
Pedro negó con la cabeza.
—No.
Todavía no.
Mientras estés conmigo, no.
Pierina sintió que el corazón le latía demasiado rápido.
—¿Qué hacemos?
Pedro respiró hondo.
—Nos vamos.
Ahora.
Otro golpe en la puerta.
Más fuerte.
Más impaciente.
La voz volvió a sonar.
—Pierina… abrí.
No quiero romper nada.
Pedro gruñó.
—Va a romperlo igual —susurró—.
Vámonos.
Tomó la mano de Pierina.
Ella no se resistió.
Y juntos, corrieron hacia la salida trasera del galpón.
Aldric sonrió desde la oscuridad.
La cacería había comenzado.
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