Heredero del origen. El principio - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31- La mujer que tiembla entre dos mundos
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31: Capítulo 31- La mujer que tiembla entre dos mundos 31: Capítulo 31- La mujer que tiembla entre dos mundos Cuando sus bocas se apartaron, algo en ella cambio.
El bosque estaba quieto, pero dentro de Pierina había una tormenta.
No una tormenta de viento o de lluvia, sino una tormenta hecha de pensamientos, recuerdos, miedos y deseos que chocaban entre sí como olas contra una roca.
Aldric seguía cerca, demasiado cerca, pero por primera vez Pierina no lo veía.
No veía su rostro.
No veía su sonrisa.
No veía su sombra.
Solo veía su propio interior.
Y eso era mucho más aterrador.
Se abrazó a sí misma, como si pudiera contener el temblor que la atravesaba.
—No puedo… —susurró—.
No puedo con esto… Pero la magia no se detuvo.
La marca ardía.
Su pecho dolía.
Su mente se dividía.
La mujer antes de la magia Pierina intentó recordar quién era antes de todo esto.
Antes de Pedro.
Antes de Aldric.
Antes de la Luna Dorada.
Antes de la grieta.
Recordó su vida humana.
Su familia.
Su risa.
Su cuerpo sin marcas.
Su corazón sin miedo.
Recordó la sensación de caminar sin que el bosque la mirara.
De dormir sin sueños que la desgarraran.
De amar sin sentir que ese amor podía matar.
Y entonces, la verdad la golpeó.
No sabía si quería volver a ser esa mujer.
Porque esa mujer era frágil.
Esa mujer era pequeña.
Esa mujer no tenía poder.
Y ahora… ahora tenía demasiado.
Pierina se cubrió el rostro con las manos.
—¿Qué me está pasando…?
La mujer que ama El nombre de Pedro apareció en su mente como un latido.
Pedro.
Su voz.
Su abrazo.
Su olor.
Su fuerza.
Su vulnerabilidad.
Su amor.
Ese amor que la sostenía.
Ese amor que la asfixiaba.
Ese amor que la hacía sentir viva.
Ese amor que la hacía sentir peligrosa.
Pierina sintió que el pecho se le cerraba.
—Lo amo… —susurró—.
Lo amo tanto que me duele… Y ese era el problema.
Porque amar a Pedro significaba ponerlo en riesgo.
Significaba que su magia podía estallar y quemarlo.
Significaba que su destino podía arrastrarlo.
Significaba que el Primer Alfa podía usarlo para llegar a ella.
Amarlo era hermoso.
Y era mortal.
Pierina apretó los dientes.
—No quiero perderlo… Pero tampoco quería destruirlo.
Y ese era el nudo que la estaba ahogando.
La mujer que teme El miedo era una presencia constante.
Un animal agazapado en su pecho.
Un susurro en su oído.
Una sombra detrás de cada pensamiento.
Pierina temía muchas cosas.
Temía a Aldric.
Temía al Primer Alfa.
Temía a la grieta.
Temía a su magia.
Pero sobre todo… temía a sí misma.
Temía lo que podía hacer.
Temía lo que podía sentir.
Temía lo que podía desear.
Porque había una parte de ella —una parte pequeña, escondida, vergonzosa— que no solo temía a Aldric… sino que respondía a él.
Y ya no estaba segura si no era por amor.
Por atracción.
Por magia.
Por linaje.
Por destino.
Y eso la aterraba.
—No quiero ser eso… —susurró—.
No quiero ser lo que él dice que soy… Pero la marca ardía.
Y la sombra del Primer Alfa se acercaba.
Y su magia vibraba como si reconociera algo que ella no quería reconocer.
La mujer que desea Pierina se abrazó a sí misma, temblando.
No quería admitirlo.
No quería pensarlo.
No quería sentirlo.
Pero estaba ahí.
El deseo.
No por Aldric.
No por Pedro.
Por ella misma.
Deseaba ser libre.
Deseaba ser fuerte.
Deseaba ser dueña de su magia.
Deseaba no tener miedo.
Deseaba no depender de nadie.
Deseaba no ser un peligro.
Deseaba no ser una presa.
Deseaba ser algo más que una Luna Dorada.
Deseaba ser algo más que un destino.
Deseaba ser algo más que un premio entre dos Alfas.
Deseaba ser Pierina.
Pero no sabía quién era Pierina ahora.
—Estoy perdida… —susurró—.
No sé quién soy… Y esa era la verdad más dolorosa.
La mujer que se rompe La magia roja subió por su pecho como un latido.
Un latido que no era suyo.
Un latido que la reclamaba.
Pierina cayó de rodillas.
Sus manos temblaban.
Su respiración era un jadeo.
—No… no quiero… ¡no quiero!
Pero la magia no escuchaba.
La magia no obedecía.
La magia no tenía compasión.
Era un río desbordado.
Era un incendio sin control.
Era una herencia que no había pedido.
Y en medio de ese caos, Pierina sintió algo más.
Una grieta.
Una fractura.
Un quiebre.
Como si su alma se partiera en dos.
Una parte quería correr hacia Pedro.
Otra parte quería rendirse a Aldric.
Y una tercera parte —la más silenciosa, la más peligrosa— quería destruirlo todo para no tener que elegir.
Pierina gritó.
Un grito que no era humano.
Un grito que no era lobo.
Un grito que era magia pura.
El bosque tembló.
La luna parpadeó.
La sombra del Primer Alfa se detuvo.
Y Aldric… sonrió.
La mujer que resiste Pierina cayó hacia adelante, apoyando las manos en la tierra.
Su respiración era un jadeo.
Su cuerpo temblaba.
Su magia ardía.
Pero en medio del caos… algo se encendió.
Una chispa.
Una luz.
Una fuerza.
No venía de Aldric.
No venía del Primer Alfa.
No venía de la luna.
Venía de ella.
Pierina levantó la cabeza.
Sus ojos brillaban.
No dorado.
No rojo.
Una mezcla.
Una fusión.
Un color nuevo.
—No voy a romperme… —susurró—.
No voy a ser de nadie… No voy a ser una presa… Aldric la observó con una mezcla de fascinación y peligro.
—Entonces demostralo.
Pierina tembló.
Pero no retrocedió.
Por primera vez… no estaba huyendo.
No estaba eligiendo.
No estaba obedeciendo.
Estaba resistiendo.
Frente a los ojos de Aldric que la miraba como quien mira un objeto precioso.
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