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Heredero del origen. El principio - Capítulo 33

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  3. Capítulo 33 - 33 Capítulo 33- La mujer que sangra recuerdos
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33: Capítulo 33- La mujer que sangra recuerdos 33: Capítulo 33- La mujer que sangra recuerdos Cuando la sombra del eco se retiró, el bosque volvió a existir… pero Pierina no volvió con él.

Su cuerpo estaba ahí, de pie, temblando, respirando.

Pero su mente seguía atrapada en ese vacío donde la voz del Primer Alfa había entrado como un cuchillo.

Aldric la observaba desde unos pasos atrás.

No hablaba.

No sonreía.

No intervenía.

Porque sabía que lo que venía ahora no era suyo.

Era de ella.

De su sangre.

De su memoria.

Pierina llevó una mano al pecho.

La marca ardía.

No como fuego.

Como una herida abierta.

—No… —susurró—.

No quiero recordar… Pero los recuerdos no pidieron permiso.

Los recuerdos que no son suyos Primero llegó el olor.

Sangre.

Tierra mojada.

Humo.

Pelo quemado.

Luego, las imágenes.

Rápidas.

Violentas.

Fragmentadas.

Un bosque en llamas.

Lobos corriendo.

Gritos.

Aullidos.

Una luna roja.

Un hombre-lobo gigantesco, con ojos vacíos.

Una mujer de cabello dorado cayendo al suelo.

Otra.

Otra.

Otra.

Todas iguales.

Todas distintas.

Todas Lunas Doradas.

Todas muertas.

Pierina gritó.

—¡No!

¡No quiero ver esto!

Pero los recuerdos siguieron.

Porque no eran recuerdos.

Eran herencias.

Eran memorias de sangre.

Eran las muertes de las que vinieron antes.

Y ahora vivían en ella.

La mujer que se rompe Pierina cayó de rodillas.

Sus manos se hundieron en la tierra.

Sus uñas rasgaron el suelo.

Su respiración era un jadeo entrecortado.

—No… no soy ellas… no soy ellas… Pero las voces de las Lunas Doradas la rodearon.

Hija… Eco… Herencia… Destino… Pierina se cubrió los oídos.

—¡Cállense!

¡Cállense!

Pero las voces no venían de afuera.

Venían de adentro.

De su sangre.

De su magia.

De su marca.

Aldric dio un paso hacia ella, pero no la tocó.

—Pierina… Ella levantó la cabeza.

Sus ojos estaban vacíos.

No de ausencia.

De exceso.

Demasiado dolor.

Demasiada memoria.

Demasiada magia.

—No puedo… —susurró—.

No puedo con esto… Aldric la observó con una mezcla de fascinación y compasión.

—Estás recordando lo que ellas vivieron.

Lo que ellas sufrieron.

Lo que ellas perdieron.

Pierina tembló.

—Murieron… todas murieron… Aldric asintió.

—Sí.

Pierina apretó los dientes.

—¿Por qué?

¿Por qué yo tengo que ver esto?

Aldric se arrodilló frente a ella, sin tocarla.

—Porque sos la primera que puede sobrevivirlo.

Te estan mostrando el camino para que no cometas los mismos errores que ellas.

Pierina negó con la cabeza.

—No… no puedo… no quiero… La mujer que teme su propio poder La marca ardió más fuerte.

Roja.

Viva.

Peligrosa.

Pierina sintió que algo dentro de ella se movía.

No la sombra del eco.

No la magia de Aldric.

Algo propio.

Algo que había estado dormido.

Algo que ahora despertaba.

—No… —susurró—.

No quiero ser esto… Aldric la miró con intensidad.

—¿Qué sentís?

Pierina apretó los ojos.

—Poder… Fuerza… Rabia… Dolor… Y… y algo más… Aldric inclinó la cabeza.

—¿Qué?

Pierina abrió los ojos.

Estaban llenos de lágrimas.

—Hambre.

Aldric no se sorprendió.

—Es la herencia del Primer Alfa.

Pierina gritó.

—¡No quiero su herencia!

Aldric respondió con calma.

—Pero la tenés.

Pierina se abrazó a sí misma.

—Tengo miedo… tengo miedo de mí… tengo miedo de lo que puedo hacer… tengo miedo de lastimar a todos… Aldric la observó con una sinceridad que la desarmó.

—Ese miedo es lo único que te mantiene humana.

Pierina lloró.

—No quiero dejar de ser humana… Aldric bajó la mirada.

—Entonces tenés que aprender a vivir con lo que sos.

Pierina tembló.

—No sé cómo… La mujer que se desmorona Los recuerdos volvieron.

Más fuertes.

Más claros.

Una Luna Dorada corriendo entre árboles.

Un Alfa cayendo muerto a sus pies.

Un grito.

Un destello dorado.

Un rugido.

Un cuerpo desgarrado.

Sangre.

Sangre.

Sangre.

Pierina gritó.

Un grito que hizo temblar el bosque.

Aldric retrocedió un paso.

No por miedo.

Por respeto.

Pierina se desplomó en el suelo.

Su cuerpo temblaba.

Su magia vibraba.

Su mente se quebraba.

—No quiero ser esto… —susurró—.

No quiero ser una asesina… no quiero ser una maldición… no quiero ser una luz que mata… Aldric habló en voz baja.

—No sos una asesina.

No sos una maldición.

No sos una luz que mata.

Pierina levantó la mirada, desesperada.

—¿Entonces qué soy?

Aldric respondió sin dudar.

—Sos la primera Luna Dorada que puede elegir.

Sos la Luna que yo voy a proteger.

Pierina sintió que el mundo se detenía.

—¿Elegir… qué?

Aldric se acercó un poco más.

—Elegir si repetís la historia… o si la rompés.

Pierina tembló.

—No sé si puedo romper nada… Aldric la miró con una intensidad feroz.

—Pierina… ya lo hiciste.

Cuando sobreviviste a la grieta.

Cuando resististe al eco.

Cuando no te rendiste a mí.

Cuando no dejaste que tu magia te consumiera.

Pierina bajó la mirada.

—Pero ahora… ahora siento que me estoy rompiendo… siento que me estoy rindiendo…

Aldric negó.

—No te estás rompiendo.

Te estás transformando.

Pierina lloró.

—No quiero transformarme… Aldric susurró: —Entonces vas a morir.

Pierina se congeló.

Aldric continuó: —Las que vinieron antes murieron porque no aceptaron lo que eran.

Vos… vos tenés la oportunidad de ser algo nuevo.

Pierina respiró hondo.

Su cuerpo temblaba.

Su alma también.

—Tengo miedo… —susurró.

Aldric asintió.

—Entonces estás viva.

Aún hay humanidad en ti y eso…eso lo camba todo.

La mujer que queda en silencio Pierina se quedó quieta.

No porque estuviera calmada.

Porque estaba agotada.

Vacía.

Rota.

Llena de recuerdos que no eran suyos.

Llena de magia que no sabía manejar.

Llena de miedo que no sabía nombrar.

Aldric se levantó lentamente.

—Descansá.

Tu mente necesita silencio.

Tu magia necesita espacio.

Tu alma necesita tiempo.

Pierina lo miró, vulnerable.

—¿Y si no puedo con esto?

Aldric respondió con una calma inquietante.

—Entonces te voy a sostener hasta que puedas.

Pierina cerró los ojos.

No porque confiara en él.

Porque no tenía fuerzas para seguir despierta.

Y mientras se desmoronaba en el suelo, y los brazos de Aldric la sostenían, una última imagen cruzó su mente: Pedro.

Corriendo hacia ella.

Desesperado.

Furioso.

Asustado.

Y Pierina sintió un dolor tan profundo que casi la partió en dos.

—Perdoname… —susurró antes de caer en la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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