Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Heredero del origen. El principio - Capítulo 35

  1. Inicio
  2. Heredero del origen. El principio
  3. Capítulo 35 - 35 Capítulo 35- El lobo que espera
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

35: Capítulo 35- El lobo que espera a que la luna caiga 35: Capítulo 35- El lobo que espera a que la luna caiga Pierina no sabía cuánto tiempo había pasado desde que se desplomó.

Podían haber sido minutos, horas o días.

El bosque no se movía.

El aire no cambiaba.

La luna parecía clavada en el cielo, como si el tiempo hubiera decidido detenerse para observarla romperse.

Estaba sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho, los brazos rodeándolas, la frente apoyada en los muslos.

No lloraba.

No temblaba.

No hablaba.

Era peor.

Estaba vacía.

La marca ardía, pero ya no la sentía como dolor.

Era un recordatorio.

Un pulso.

Un latido que no era suyo.

Y entonces, sin ruido, sin aviso, sin sombra… Aldric apareció.

No caminó hacia ella.

No emergió de entre los árboles.

Simplemente estaba ahí, como si el bosque lo hubiera exhalado.

Pierina no levantó la cabeza.

Pero él sabía que lo había sentido.

—Despertaste —dijo Aldric, con una voz suave, casi humana.

Pierina no respondió.

Aldric se acercó despacio, como si se acercara a un animal herido que podía atacar o colapsar en cualquier momento.

—¿Cómo te sentís?

Pierina apretó los dedos contra la tierra.

—No sé quién soy.

Aldric se arrodilló frente a ella, pero no la tocó.

—Eso es un comienzo.

Pierina levantó la cabeza apenas.

Sus ojos estaban vacíos.

No había luz.

No había rabia.

No había esperanza.

Solo cansancio.

—No quiero recordar más —susurró.

Aldric inclinó la cabeza.

—No podés borrar lo que sos.

Pierina cerró los ojos.

—No quiero ser esto.

Aldric la observó con una mezcla de compasión y triunfo.

—No sos “esto”.

Sos lo que decidas ser.

Pierina rió.

Un sonido roto.

Un sonido que no tenía alegría.

—No tengo decisiones.

No tengo control.

No tengo nada.

Aldric acercó una mano, despacio, y la apoyó en el suelo, a centímetros de la de ella.

—Tenés algo —dijo—.

Tenés poder…y me tenés a mi.

Pierina negó con la cabeza.

—El poder me está destruyendo.

Y no sé si quiero tenerte.

Aldric sonrió, suave.

—El poder no destruye.

La soledad sí.

Y no pódes hacerte cargo de los sentimientos ajenos…no pódes hacerte cargo y decidir si voy a amarte o no…porque eso ya ocurrió.

Pierina abrió los ojos.

Lo miró.

Y por primera vez desde que despertó… sintió algo.

Fuego.

Calor.

Contención .

Dolor.

—Estoy sola —susurró.

Aldric asintió.

—No.

Y no volveras a estarlo.

Pierina tragó saliva.

—Me fui para protegerlos… Aldric la observó con una intensidad que la atravesó.

—¿Y quién te protege a vos?

Pierina sintió un nudo en la garganta.

—Nadie.

Aldric acercó su mano un poco más.

No la tocó.

Pero la cercanía era suficiente para que Pierina sintiera el calor.

—Dejame hacerlo yo.

Pierina retrocedió apenas.

—No confío en vos.

Aldric sonrió.

—No tenés que confiar.

Solo tenés que dejar de pelear sola.

Pierina apretó los dientes.

—No quiero depender de vos.

No quiero amarte.

No quiero necesitarte.

No quiero sentir lo que siento cuando me tocas.

Aldric inclinó la cabeza.

—No es dependencia.

Es supervivencia.

No es elección, es destino.

Pierina sintió que el aire se volvía más denso.

—Pedro… él… Aldric la interrumpió, suave.

—Pedro no puede ayudarte con esto.

Pierina sintió un golpe en el pecho.

—Él me ama… Aldric asintió.

—Sí?

o ama lo que pódes ser?

Él no puede ver lo que sos.

Él te ve como quiere verte.

No como necesitás ser.

El te ve como un arma, no como una mujer.

Pierina tembló.

—No, el me ama y no quiero perderlo… Aldric bajó la voz.

— ¿Y desde cuando?

¿Desde que descubrió lo que eras?…¿ O desde sus noches de universidad?…Si realmente te ama, no lo vas a perder.

Pero ahora… ahora no podés volver con él.

Pierina cerró los ojos.

—¿Por qué?

Aldric se acercó un poco más.

—Porque estás rota.

Y él no sabe cómo sostener tus pedazos sin cortarse.

Pierina sintió que las lágrimas le ardían.

—No quiero romperlo… Aldric susurró: —Entonces dejame sostenerte a vos.

Dejame ser tu ancla.

Deja que mi amor te contenga.

Pierina abrió los ojos.

Aldric estaba tan cerca que podía ver el reflejo de la luna en sus pupilas doradas.

—No quiero ser tuya —dijo, con la voz temblorosa.

Aldric negó.

—No te estoy pidiendo que seas mía.

Te estoy pidiendo que no mueras sola.

Pierina sintió que el mundo se inclinaba.

—No sé si puedo confiar en vos… Aldric apoyó una mano en su propio pecho.

—No confíes en mí.

Confiá en vos.

En lo que sentís.

En lo que necesitás.

Pierina tragó saliva.

—¿Y qué necesito?

Aldric respondió sin dudar.

—Descanso.

Silencio.

Espacio.

Y alguien que entienda lo que sos.

Que te ame rota.

Que te ame sin condiciones.

Pierina bajó la mirada.

—No quiero que me entiendas vos…no quiero que me ames vos.

Aldric sonrió, triste.

—Pero soy el único que puede.

Pierina sintió que algo dentro de ella se quebraba.

No por él.

Por ella misma.

Por la verdad que no quería admitir.

Estaba sola.

Estaba rota.

Estaba peligrosa.

Estaba cansada.

Se estaba enamorando de ese hombre que la contenía como nadie más podía hacerlo.

Muy cansada.

Y que su corazón estaba latiendo al compás del de Aldric.

Aldric extendió una mano hacia ella.

No para tomarla.

Para ofrecerla.

—Vení conmigo.

No para ser mía.

No para rendirte.

Para sobrevivir.

Pierina lo miró.

Su respiración temblaba.

Su magia vibraba.

Su alma sangraba.

—No sé si puedo caminar… Aldric se acercó un poco más.

—Entonces te llevo.

Pierina cerró los ojos.

Y por primera vez desde que huyó… no sintió miedo.

Sintió alivio.

Un alivio pequeño.

Peligroso.

Pero real.

Aldric esperó.

No la apuró.

No la tocó.

Y Pierina, con un temblor que no pudo contener, levantó su mano… y la apoyó sobre la de él.

Aldric exhaló, como si hubiera estado conteniendo la respiración.

—Bien —susurró—.

Vámonos.

Pierina no sabía si estaba tomando la decisión correcta.

No sabía si estaba salvándose… o entregándose.

Pero sabía algo: No podía quedarse ahí.

No podía volver.

No podía seguir sola.

Y Aldric… Aldric era la única mano extendida en la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo