Heredero del origen. El principio - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capítulo 36- El camino donde la luna se de deja guiar
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36: Capítulo 36- El camino donde la luna se de deja guiar 36: Capítulo 36- El camino donde la luna se de deja guiar Pierina caminaba detrás de Aldric como si sus pies no le pertenecieran.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que aceptó su mano.
Podían haber sido minutos o una eternidad.
El bosque se extendía ante ellos como un túnel vivo, respirando, observando, inclinándose hacia su paso.
Aldric no hablaba.
No la apuraba.
No la tocaba.
Solo avanzaba con un paso firme, seguro, como si conociera cada raíz, cada sombra, cada susurro del bosque.
Como si el bosque lo conociera a él.
Pierina lo seguía porque no tenía fuerzas para hacer otra cosa.
Porque su cuerpo estaba vacío.
Porque su mente estaba rota.
Porque su magia era un animal salvaje que no sabía cómo contener.
Y porque, aunque le doliera admitirlo, estar cerca de Aldric era… más fácil que estar sola.
El bosque que se abre para él A medida que avanzaban, el bosque cambiaba.
Las ramas se apartaban.
Las raíces se hundían.
El aire se volvía más cálido.
Pierina lo notó.
—¿Por qué… por qué el bosque te deja pasar así?
Aldric no se volvió.
—Porque no me teme.
Pierina tragó saliva.
—¿Y yo debería temerte?
Aldric sonrió apenas, sin detenerse.
—No.
Vos no.
Pierina frunció el ceño.
—¿Por qué no?
Aldric respondió con una calma inquietante.
—Porque vos sos parte de lo mismo que yo.
Porque jámas lastimaria lo que amo.
Pierina sintió un escalofrío.
—No quiero ser parte de vos.
Aldric finalmente se detuvo.
Giró la cabeza apenas, lo suficiente para que ella viera el brillo dorado en sus ojos.
—No dije que fueras parte mía.
Dije que somos parte de lo mismo.
Pierina bajó la mirada.
—No sé qué significa eso… Aldric retomó la marcha.
—Lo vas a entender.
No hoy.
Pero lo vas a entender.
La fragilidad que él percibe Pierina tropezó con una raíz.
Aldric no la sostuvo.
No la ayudó.
Solo se detuvo y esperó a que se levantara sola.
Pierina sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué no me ayudaste?
Aldric la observó con una expresión que no era crueldad, pero tampoco compasión.
—Porque si te sostengo ahora, te vas a quebrar más rápido.
Pierina apretó los dientes.
—Ya estoy quebrada.
Aldric negó.
—No.
Estás fracturada.
Y una fractura puede soldar más fuerte que antes… si se la deja sanar.
Pierina sintió que las lágrimas le ardían.
—No sé si quiero sanar… Aldric se acercó un paso.
—No tenés que querer.
Tenés que decidir.
Pierina lo miró, confundida.
—¿Decidir qué?
Aldric bajó la voz.
—Si querés seguir siendo la mujer que se rompe… o la mujer que sobrevive.
Pierina sintió que el pecho le dolía.
—No sé si puedo sobrevivir… Aldric respondió sin dudar.
—Podés.
Pero no sola.
No luchando contra tu propia sangre.
El viaje hacia lo desconocido El bosque se volvió más oscuro.
No por falta de luz.
Por densidad.
Por magia.
Por historia.
Pierina lo sintió en la piel.
En la marca.
En la sangre.
—¿A dónde vamos?
—preguntó, con la voz temblorosa.
Aldric respondió sin girarse.
—A un lugar donde nadie puede encontrarte.
Pierina se detuvo.
—¿Ni Pedro?
Aldric también se detuvo.
Pero no se volvió.
—Especialmente Pedro.
Pierina sintió un golpe en el pecho.
—No quiero perderlo… Aldric habló con una suavidad peligrosa.
—No lo vas a perder.
Él ya te perdió.
Pierina negó con la cabeza.
—No… él me va a buscar… Aldric sonrió.
—Sí.
Y por eso tenés que alejarte más rápido.
Pierina sintió que el aire se volvía más frío.
—¿Por qué?
Aldric se volvió lentamente.
Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que la atravesó.
—Porque si él te encuentra ahora… no va a reconocer lo que sos.
Y vos tampoco.
Pierina retrocedió un paso.
—¿Qué… qué soy?
Aldric se acercó despacio.
—Una Luna Dorada que despertó demasiado rápido.
Una mujer con magia que no sabe contener.
Una herencia que no entiende.
Un arma que no quiere ser arma.
Un corazón dividido.
Un alma fracturada.
Un pedazo de humanidad.
Un destino.
Pierina sintió que las lágrimas le caían.
—No quiero ser nada de eso… Aldric levantó una mano.
No para tocarla.
Para señalarla.
—Pero lo sos.
Y yo soy el único que puede enseñarte a vivir con eso.
Pierina tembló.
—¿Por qué vos?
Aldric bajó la mano.
—Porque yo también fui un arma.
Porque yo también fui una herencia.
Porque yo también fui una sombra.
Y sobreviví.
Pierina lo miró con una mezcla de miedo y curiosidad.
—¿Cómo?
Aldric sonrió, triste.
—Aprendiendo a no depender de nadie.
Ni de la luna.
Ni de la manada.
Ni del destino.
Pierina bajó la mirada.
—No sé si puedo hacer eso… Aldric dio un paso hacia ella.
—Por eso estoy acá.
La manipulación suave Aldric retomó la marcha.
Pierina lo siguió.
El silencio entre ellos no era incómodo.
Era denso.
Cargado.
Lleno de cosas que ella no sabía nombrar.
Después de un rato, Aldric habló.
—¿Qué sentiste cuando el eco te tocó?
Pierina se estremeció.
—Miedo.
Dolor.
Rabia.
Y… y algo más… Aldric asintió.
—Poder.
Pierina cerró los ojos.
—No quiero ese poder… Aldric respondió sin suavidad.
—Lo tenés igual.
Pierina abrió los ojos.
—¿Y si me destruye?
Aldric se detuvo.
La miró con una intensidad feroz.
—Entonces dejame moldearlo antes de que te consuma.
Pierina tragó saliva.
—¿Moldearlo cómo?
Aldric sonrió.
—Primero, alejándote de todo lo que te debilita.
Segundo, aceptando lo que sos.
Tercero, aprendiendo a usar tu magia antes de que ella te use a vos.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Y si no quiero usarla?
Aldric negó.
—No es una opción.
La magia no espera.
La magia no pregunta.
La magia no perdona.
Pierina bajó la mirada.
—Tengo miedo… Aldric se acercó.
Esta vez, sí la tocó.
Apenas.
Un roce en la mejilla.
Suave.
Cálido.
—Entonces dejame sostener ese miedo hasta que puedas sostenerte sola.
Pierina cerró los ojos.
Y no se apartó.
La decisión que no es decisión El bosque se abrió de pronto.
Un claro.
Una cueva al fondo.
Oscura.
Profunda.
Viva.
Aldric señaló la entrada.
—Ahí vamos a quedarnos.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Qué hay ahí?
Aldric respondió sin dudar.
—Silencio.
Sombra.
Magia.
Y tiempo.
Pierina respiró hondo.
—No sé si quiero entrar… Aldric la miró.
—No tenés que querer.
Solo tenés que dar un paso.
Pierina lo miró.
Miró la cueva.
Miró sus manos temblorosas.
Y dio el paso.
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