Heredero del origen. El principio - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 37- La noche donde la sombra respira con ella
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37: Capítulo 37- La noche donde la sombra respira con ella 37: Capítulo 37- La noche donde la sombra respira con ella La cueva no era una cueva.
No del todo.
Desde afuera parecía una abertura oscura entre rocas viejas, pero al cruzar el umbral, Pierina sintió que el aire cambiaba.
No era humedad lo que la envolvía, sino una densidad extraña, como si el espacio estuviera hecho de magia comprimida.
El silencio era tan profundo que parecía absorber sus pensamientos.
Aldric entró primero.
No encendió fuego.
No buscó luz.
No necesitaba ver.
Pierina lo siguió con pasos lentos, arrastrados, como si cada movimiento fuera una decisión que no estaba segura de querer tomar.
La cueva se expandía hacia adentro, formando una cámara amplia donde la oscuridad no era ausencia de luz, sino una presencia viva.
Una presencia que la observaba.
Pierina se abrazó a sí misma.
—No me gusta este lugar… Aldric se volvió hacia ella, su silueta apenas visible.
—No tiene que gustarte.
Solo tiene que sostenerte.
Pierina tragó saliva.
—¿Qué es?
Aldric caminó hacia el centro de la cámara.
—Un refugio.
Un límite.
Un espacio donde tu magia no puede escapar… y donde nada puede entrar.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Ni Pedro?
Aldric la miró con una expresión que no era burla ni crueldad.
Era… constatación.
—Ni Pedro.
Pierina bajó la mirada.
No sabía si eso la aliviaba o la destruía.
La cueva que respira Aldric se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared.
Pierina dudó.
No quería acercarse.
No quería alejarse.
Finalmente, eligió un punto a varios metros de él y se dejó caer.
Sus piernas temblaban.
Sus manos también.
La cueva vibró.
Apenas.
Como un latido.
Pierina levantó la cabeza.
—¿Sentiste eso?
Aldric asintió.
—La cueva responde a tu magia.
Está viva mientras vos estés viva.
Pierina cerró los ojos.
—No quiero que nada responda a mí… Aldric apoyó un brazo sobre su rodilla.
—No podés apagar lo que sos.
Pierina apretó los dientes.
—No quiero ser esto.
Aldric habló con una calma que la desarmó.
—No querés ser lo que te dijeron que eras.
Eso es distinto.
Pierina abrió los ojos.
—¿Y qué soy entonces?
Aldric la observó en silencio.
Un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
—Sos una mujer que está aprendiendo a sobrevivir a su propia magia.
Pierina sintió un nudo en la garganta.
—No sé si quiero sobrevivir… Aldric no se movió.
—Sí querés.
Si no, no estarías acá.
Pierina bajó la mirada.
—Estoy acá porque no tenía fuerzas para irme.
Aldric negó suavemente.
—Estás acá porque elegiste no morir sola.
Pierina sintió que las lágrimas le ardían.
—No sé si fue una elección… Aldric respondió: —Todo lo que duele es una elección.
Incluso cuando no lo parece.
La noche que la desnuda emocionalmente El silencio volvió.
Pero no era vacío.
Era un silencio lleno de cosas que Pierina no quería pensar.
Su respiración era irregular.
Su pecho dolía.
La marca ardía.
Y entonces, sin aviso, los recuerdos regresaron.
Las Lunas Doradas cayendo.
La sangre.
El rugido.
La sombra.
El eco.
El dolor.
Pierina se llevó las manos a la cabeza.
—No… no otra vez… ¡no quiero verlas!
Aldric no se acercó.
No la tocó.
No la contuvo.
Solo habló.
—No estás viendo sus muertes.
Estás viendo sus advertencias.
Pierina gritó: —¡No quiero sus advertencias!
Aldric respondió: —Pero las necesitás.
Pierina tembló.
—No quiero ser como ellas… Aldric inclinó la cabeza.
—No lo sos.
Ellas murieron.
Vos no.
Pierina sintió que el aire se le escapaba.
—¿Y si muero igual?
Aldric respondió sin suavidad: —Entonces no será hoy.
Pierina lo miró, con lágrimas silenciosas.
—¿Cómo podés estar tan seguro?
Aldric sostuvo su mirada.
—Porque estoy acá.
Pierina sintió un escalofrío.
—No quiero depender de vos… Aldric sonrió, triste.
—No dependés de mí.
Dependés de que alguien te vea como sos.
Y yo te veo.
Completa.
Rota.
Fragmentada.
Como sea que estés.
Yo te veo.
Pierina cerró los ojos.
—No quiero que seas vos quien me vea… Aldric respondió: —Pero soy el único que puede hacerlo sin romperse.
Pierina sintió que algo dentro de ella se quebraba.
No por él.
Por la verdad.
Pedro la amaba.
Pero Pedro no podía sostener esto.
No podía sostenerla así.
No podía sostener la sombra, la magia, la herencia, el eco.
Aldric sí.
Porque él era parte de eso.
Y eso la aterraba.
La vulnerabilidad que él aprovecha Pierina se recostó contra la pared.
Su cuerpo estaba agotado.
Su mente también.
—Tengo miedo… —susurró.
Aldric respondió: —Lo sé.
—Tengo miedo de mí.
—Lo sé.
—Tengo miedo de lastimar a todos.
—Lo sé.
Pierina abrió los ojos.
—¿Y vos?
¿No tenés miedo de mí?
Aldric negó.
—No.
Porque sé lo que sos capaz de hacer… y sé lo que todavía no sabés hacer.
Pierina tragó saliva.
—¿Y qué soy capaz de hacer?
Aldric respondió con una voz baja, profunda.
—De destruir.
De sanar.
De despertar.
De elegir.
De sobrevivir.
De cambiarlo todo.
Pierina sintió que el pecho le dolía.
—No quiero destruir… Aldric la observó.
—Entonces aprendé a controlar.
Pierina negó.
—No puedo… Aldric respondió: —Podés.
Pero no sola.
Pierina lo miró.
—¿Y vos me vas a enseñar?
Aldric asintió.
—Sí.
Pierina bajó la mirada.
—¿Por qué?
Aldric respondió sin dudar: —Porque si vos caés… yo caigo con vos.
Porque sos mi destino.
Porque sos lo que amo.
Pierina sintió un escalofrío.
—No entiendo… Aldric se acercó un poco más.
No para tocarla.
Para que lo escuchara.
—Tu magia y la mía están hechas del mismo origen.
Si vos te rompés… yo también.
Pierina abrió los ojos, sorprendida.
—¿Eso significa que…?
Aldric asintió.
—Sí.
Estamos unidos.
Por destino.
Por naturaleza.
Pierina sintió que el mundo se inclinaba.
—No quiero estar unida a vos… Aldric respondió: —No tenés que quererlo.
Esto no se trata de intenciones.
Solo tenés que aceptarlo.
La noche que la transforma El silencio volvió.
Pero esta vez, Pierina no lo sintió vacío.
Lo sintió… inevitable.
Aldric se recostó contra la pared, esta vez, a su lado.
Cerró los ojos.
No dormía.
Solo esperaba.
Pierina lo observó.No con odio.
Con una mezcla de miedo, necesidad , resignacicon y deseo.
—¿Qué pasa ahora?
—preguntó en voz baja.
Aldric abrió los ojos.
—Ahora descansás.
Y mañana… empezamos.
Pierina tragó saliva.
—¿Empezamos qué?
Aldric respondió: —A reconstruirte- sus ojos se fijaron un instante en los de ellas.- Necesitas mi calor…
vení.- y la acerco contra su pecho.
Ella no se resistió.
Pierina cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo… no soñó.
No porque estuviera en paz.
Porque la calidez del Aldric le daba algo que no había encontrado en ningun otro lugar: seguridad.
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