Heredero del origen. El principio - Capítulo 38
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38: Capítulo 38- El Alfa que siente cómo la luna se apaga.
38: Capítulo 38- El Alfa que siente cómo la luna se apaga.
Pedro corría.
No sabía desde cuándo.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que tenía que moverse, que tenía que seguir, que tenía que encontrarla antes de que algo (o alguien) la reclamara por completo.
El bosque se abría y cerraba a su paso como si respirara con él.
Las ramas se apartaban.
Las raíces se retorcían.
El viento cambiaba de dirección.
Pero nada de eso lo guiaba.
Nada de eso lo ayudaba.
Porque el rastro de Pierina ya no existía.
No había olor.
No había huella.
No había vibración.
Solo un vacío.
Un silencio.
Un hueco en el mundo.
Y ese hueco lo estaba destruyendo.
La ausencia que duele más que cualquier herida Pedro frenó de golpe.
Sus manos se apoyaron en los muslos.
Su respiración era un gruñido entrecortado.
—Pierina… —susurró, como si decir su nombre pudiera traerla de vuelta.
Pero no pasó nada.
La marca que compartían (esa conexión tenue, frágil, que siempre había sentido como un hilo dorado) estaba muda.
No rota.
No cortada.
Silenciada.
Y eso era peor.
Pedro apretó los dientes.
Un dolor punzante le atravesó el pecho.
—¿Por qué…?
¿Por qué te fuiste así?
Pero sabía por qué.
Sabía que ella tenía miedo.
Sabía que se sentía peligrosa.
Sabía que creía que alejarse era protegerlos.
Pero también sabía algo más.
Ella no se había ido sola.
El instante en que lo siente Fue un segundo.
Un latido.
Un destello.
Un pulso que no era suyo.
Un pulso que no era de Pierina.
Un pulso frío.
Metálico.
Oscuro.
Aldric.
Pedro levantó la cabeza, los ojos brillando con un negro profundo.
—No… —susurró—.
No te la llevaste… no te la llevaste… Pero lo sintió.
Lo supo.
Lo entendió.
Pierina estaba con él.
No porque quisiera.
No porque confiara.
Porque estaba rota.
Porque estaba sola.
Porque estaba vulnerable.
Y Aldric era un depredador que sabía esperar.
Pedro rugió.
Un rugido que hizo temblar el bosque.
—¡Aldric!
El eco se perdió entre los árboles.
Pero Pedro no necesitaba respuesta.
Sabía que Aldric lo había escuchado.
Sabía que Aldric estaba sonriendo.
Sabía que Aldric estaba disfrutando.
Y eso lo enloquecía.
La culpa que lo desgarra Pedro cayó de rodillas.
Sus manos se hundieron en la tierra.
Sus uñas rasgaron el suelo.
—Es mi culpa… —susurró—.
Es mi culpa… Porque él la había dejado ir.
Porque él no la había seguido.
Porque él no había visto lo rota que estaba.
Porque él no había entendido lo profundo de su miedo.
Porque el no la descubrió primero.
Porque el se negó al destino primero.
Porque él había creído que su amor era suficiente para sostenerla.
Y no lo fue.
Pedro apretó los ojos.
Una lágrima cayó.
La primera en años.
—Perdoname… —susurró—.
Perdoname, Pierina… El viento sopló.
Frío.
Vacío.
Indiferente.
El miedo que nunca había sentido Pedro era un Alfa.
Había enfrentado lobos, hombres, bestias, sombras.
Había peleado.
Había sangrado.
Había sobrevivido.
Pero nunca había sentido esto.
Miedo.
No miedo a morir.
No miedo a perder una batalla.
Miedo a perderla a ella.
Miedo a que Aldric la moldeara.
Miedo a que la sombra la reclamara.
Miedo a que su magia la consumiera.
Miedo a que ella dejara de ser Pierina.
Miedo a que cuando la encontrara… ya no lo reconociera.
Pedro apretó los dientes.
—No.
No voy a dejar que pase.
Pero la duda se coló igual.
Como veneno.
Como una sombra.
¿Y si ya pasó?
Pedro rugió, furioso.
—¡No!
¡Ella me ama!
Pero el bosque no respondió.
La luna tampoco.
Y en el silencio, otra pregunta lo atravesó: ¿Y si lo que siente ya no es amor?
Pedro sintió que el corazón se le rompía.
La rabia que lo impulsa El dolor se transformó.
Se volvió calor.
Se volvió fuego.
Se volvió rabia.
Una rabia que no era humana.
Una rabia que no era lobo.
Una rabia que era ambas cosas.
Pedro se levantó.
Sus ojos brillaban.
Sus colmillos asomaban.
Su piel vibraba.
—Aldric… —gruñó—.
Te voy a encontrar.
El bosque tembló.
Las hojas crujieron.
El aire se tensó.
Pedro dio un paso.
Luego otro.
Luego otro.
No sabía hacia dónde.
No sabía por dónde.
No sabía si podía rastrearla.
Pero sabía algo: No iba a detenerse.
La conexión que vuelve… distorsionada De repente, sintió algo.
Un latido.
Un pulso.
Un eco.
Pierina.
Pero no era la Pierina que conocía.
No era la luz dorada.
No era la magia cálida.
Era algo más oscuro.
Más profundo.
Más… rojo.
Pedro se detuvo.
Su respiración se cortó.
—Pierina… —susurró—.
¿Qué te está pasando?
El pulso volvió.
Fuerte.
Doloroso.
Distorsionado.
Como si ella estuviera luchando.
Como si estuviera llorando.
Como si estuviera… rindiéndose.
Pedro sintió que el pecho se le partía.
—No… no te rindas… no te rindas, por favor… Pero el pulso se apagó.
Otra vez.
Como si alguien hubiera puesto una mano sobre su boca.
Pedro rugió.
—¡Aldric!
¡Soltala!
El bosque no respondió.
Pero Pedro sabía que Aldric lo había escuchado.
Y sabía que Aldric no iba a soltarla.
La decisión que lo cambia todo Pedro respiró hondo.
Su cuerpo temblaba.
Su alma ardía.
—Voy a encontrarte —susurró—.
Aunque tenga que romper el bosque.
Aunque tenga que enfrentar al eco.
Aunque tenga que morir.
Sus ojos brillaron con una oscuridad peligrosa.
—Voy a encontrarte, Pierina.
Y voy a traerte de vuelta.
Aunque no quieras volver.
El viento sopló.
La luna brilló.
El bosque se inclinó.
Y Pedro corrió.
Corrió como si el mundo dependiera de ello.
Porque dependía Cada segundo que pasaba la luz se apagaba, el tirón aflojaba…ya no la sentía…recordo su cuerpo estremeciéndose con sus besos…la forma en que se consumian en la intimidad de su cuarto…la pasión que se desataba en ella cada vez que su boca la había reclamado…el temblor en sus piernas después de cada madrugada de sexo.
Se dió cuenta de que ella siempre había sido demasiado para él y el no supo verla…si tan solo no hubiera sido tan cobarde para admitir esa llama, ese tirón, si tan solo la hubiera reclamado la primera vez que la beso y su mundo se fusionó al de ella…si tan solo hubiera tenido el valor para marcarla sin importarle lo que era…
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