Heredero del origen. El principio - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capítulo 39- La luz que tiebla en otras manos
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39: Capítulo 39- La luz que tiebla en otras manos 39: Capítulo 39- La luz que tiebla en otras manos La cueva estaba en silencio.
Un silencio tan profundo que parecía absorber incluso los pensamientos.
Pierina estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, las manos apoyadas sobre las rodillas.
Aldric estaba frente a ella, a una distancia calculada: lo suficientemente cerca para guiarla, lo suficientemente lejos para no invadirla.
La luz roja seguía latiendo en su palma.
Inestable.
Irregular.
Peligrosa.
Pierina la miraba con miedo.
—No puedo controlarla —susurró.
Aldric negó suavemente.
—No podés controlarla todavía.
Eso es distinto.
Pierina apretó los dientes.
—No quiero que sea roja.
Aldric inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
Pierina tragó saliva.
—Porque no es mía.
No es… yo.
Aldric la observó con una calma inquietante.
—La luz no tiene moral, Pierina.
No es buena ni mala.
Solo es.
Lo que te asusta no es el color.
Es lo que te recuerda.
Pierina bajó la mirada.
La luz roja parpadeó, como si respondiera a su vergüenza.
—Me recuerda a él —susurró.
Aldric no sonrió.
No se burló.
No aprovechó la confesión.
Solo dijo: —Y también te recuerda a vos.
Pierina levantó la cabeza, confundida.
—¿A mí?
Aldric asintió.
—La magia roja no es del Primer Alfa.
Es de la Luna Dorada.
Es tuya.
Él solo la corrompió.
Vos podés purificarla.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Purificarla cómo?
Aldric extendió una mano hacia ella, sin tocarla.
—Con control.
Con intención.
Con verdad.
Pierina frunció el ceño.
—No entiendo.
Aldric se acomodó, cruzando las piernas.
—Vamos a empezar por lo básico.
Quiero que inhales profundo.
Pierina obedeció.
El aire entró en su pecho como un golpe frío.
—Ahora exhalá —dijo Aldric.
Ella lo hizo.
La luz roja tembló.
—Otra vez —ordenó él.
Pierina inhaló.
Exhaló.
La luz se volvió más tenue.
Aldric asintió.
—Bien.
Tu magia responde a tu respiración.
A tu ritmo.
A tu calma.
Pierina negó con la cabeza.
—No estoy calmada.
Aldric sonrió apenas.
—Por eso estamos acá.
El ejercicio del pulso Aldric levantó su mano derecha.
—Quiero que copies mi respiración.
Pierina lo observó.
Él inhaló lento.
Ella lo imitó.
Él exhaló suave.
Ella lo siguió.
La luz roja empezó a acompasarse.
A latir al ritmo de ambos.
Pierina abrió los ojos, sorprendida.
—¿Qué… qué está pasando?
Aldric respondió: —Tu magia está buscando un patrón.
Vos no tenés uno todavía.
Así que toma el mío.
Pierina sintió un nudo en el pecho.
—No quiero depender de vos… Aldric negó.
—No dependés de mí.
Dependés de un ritmo.
Yo solo lo marco hasta que encuentres el tuyo.
Pierina bajó la mirada.
—¿Y si nunca lo encuentro?
Aldric respondió sin dudar: —Lo vas a encontrar.
Porque no sos débil.
Sos inexperta.
Es distinto.
Pierina sintió que algo dentro de ella se aflojaba.
No confianza.
No alivio.
Pero sí… espacio.
Un espacio donde podía respirar.
El ejercicio del nombre Aldric cambió de postura.
—Ahora quiero que digas tu nombre.
Pierina frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
Aldric la miró con intensidad.
—Todo.
Tu magia responde a tu identidad.
Y ahora mismo, vos no sabés quién sos.
Pierina tragó saliva.
—Soy Pierina.
Aldric negó.
—No.
Eso es un nombre.
No una identidad.
Decilo otra vez.
Pero esta vez… creelo.
Pierina apretó los puños.
—Soy Pierina.
La luz roja tembló.
Se volvió más brillante.
Más viva.
Aldric asintió.
—Otra vez.
Pierina respiró hondo.
—Soy Pierina.
La luz se estabilizó.
Apenas.
Pero lo hizo.
Pierina abrió los ojos, sorprendida.
—¿Eso… fui yo?
Aldric sonrió.
—Sí.
No tu miedo.
No tu herencia.
Vos.
Pierina sintió un calor extraño en el pecho.
No magia.
No poder.
Orgullo.
Pequeño.
Frágil.
Pero real.
El ejercicio del miedo Aldric se inclinó hacia adelante.
—Ahora viene la parte difícil.
Pierina tensó los hombros.
—¿Qué tengo que hacer?
Aldric habló con una voz baja, profunda.
—Quiero que pienses en tu miedo.
Pierina retrocedió.
—No.
No quiero… Aldric negó.
—No podés controlar lo que negás.
Pensá en tu miedo.
En el más grande.
En el que te rompe.
Pierina cerró los ojos.
La luz roja vibró.
La cueva tembló.
—Tengo miedo de lastimar a Pedro —susurró.
Aldric no reaccionó.
No mostró celos.
No mostró molestia.
Solo dijo: —Bien.
Seguí.
Pierina apretó los dientes.
—Tengo miedo de que él me vea como un monstruo… Aldric asintió.
—Seguí.
Pierina sintió que las lágrimas le caían.
—Tengo miedo de que me odie… Aldric bajó la voz.
—Seguí.
Pierina gritó: —¡Tengo miedo de que me deje de amar!
La luz roja explotó.
Un destello que iluminó toda la cueva.
Aldric no se movió.
No retrocedió.
No se protegió.
Solo la observó.
Y cuando la luz se apagó, Pierina estaba jadeando, temblando, llorando.
Aldric habló con suavidad.
—Ese es tu miedo.
No tu magia.
No tu destino.
Vos.
Pierina se cubrió el rostro.
—No quiero sentir esto… Aldric se acercó un poco más.
—Pero lo sentís.
Y mientras lo escondas, tu magia va a usarlo contra vos.
Pierina bajó las manos.
Sus ojos estaban rojos.
Su voz, rota.
—¿Y qué hago con este miedo?
Aldric respondió: —Lo nombrás.
Lo aceptás.
Y después… lo usás.
Pierina lo miró, confundida.
—¿Usarlo cómo?
Aldric sonrió.
—El miedo es poder.
Si lo negás, te controla.
Si lo aceptás, te impulsa.
Pierina respiró hondo.
—No sé si puedo… Aldric extendió una mano.
No para tomarla.
Para ofrecerla.
—Yo te enseño.
Pierina dudó.
Mucho.
Demasiado.
Pero finalmente… apoyó su mano sobre la de él.
Y la calma la invadió por completo.
Aldric cerró los ojos un instante.
No por satisfacción.
Por respeto.
—Bien —susurró—.
Ahora sí podemos empezar.
Cómo él empieza a ganarse su confianza No fue por dulzura.
No fue por manipulación directa.
No fue por seducción.
Fue por tres cosas: No la juzgó.
Ni por su miedo, ni por su magia, ni por su fractura.No la apuró.
Cada ejercicio era un paso.
Cada paso, una elección.No la trató como una víctima.
La trató como alguien fuerte que había olvidado cómo serlo.
Y Pierina, rota, cansada, vulnerable… respondió a eso.
No con amor.
No con confianza plena.
Con algo más pequeño.
Más peligroso.
Más real.
Con apertura.
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