Heredero del origen. El principio - Capítulo 40
- Inicio
- Heredero del origen. El principio
- Capítulo 40 - 40 Capítulo 40- La oscuridad que aprende a respirar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
40: Capítulo 40- La oscuridad que aprende a respirar 40: Capítulo 40- La oscuridad que aprende a respirar Pierina despertó antes que Aldric se moviera.
O al menos, antes de que él pareciera moverse.
Porque Aldric nunca dormía del todo.
Nunca bajaba la guardia.
Nunca dejaba de observarla.
La cueva estaba tibia, como si respirara con ella.
La luz roja seguía latiendo en su pecho, más suave que la noche anterior, pero igual de inquietante.
Pierina se incorporó lentamente.
Su cuerpo dolía.
Su mente también.
Pero había algo nuevo: una sensación de… dirección.
Como si, por primera vez desde que huyó, supiera hacia dónde mirar.
Aldric abrió los ojos.
—Despertaste —dijo, como si hubiera estado esperándola.
Pierina no respondió.
Pero no apartó la mirada.
El segundo ejercicio: enfrentar la parte que quiere destruir Aldric se levantó sin esfuerzo y se acercó al centro de la cueva.
—Hoy vamos a trabajar con la parte de tu magia que querés negar —dijo.
Pierina sintió un escalofrío.
—No quiero verla… Aldric negó suavemente.
—No podés controlar lo que no reconocés.
Pierina apretó los dientes.
—¿Y si me destruye?
Aldric se acercó un paso.
—Entonces yo te sostengo.
Pierina tragó saliva.
Ese “yo te sostengo” le dolió y la alivió al mismo tiempo.
—¿Qué tengo que hacer?
Aldric extendió una mano hacia la oscuridad de la cueva.
—Invocá tu sombra.
Pierina retrocedió.
—No.
No puedo.
No quiero… Aldric habló con una calma que la desarmó.
—Pierina… tu sombra no es el eco del Primer Alfa.
No es Aldric.
No es Pedro.
No es tu linaje.
Es vos.
La parte que duele.
La parte que teme.
La parte que quiere destruir para no ser destruida.
Pierina cerró los ojos.
—No quiero verla… Aldric dio un paso más.
—Pero ella quiere verte a vos.
La cueva vibró.
La luz roja en su pecho respondió.
Y Pierina sintió que algo dentro de ella se movía.
Algo que siempre había estado ahí.
Algo que había intentado ignorar.
Algo que ahora despertaba.
La sombra que toma forma Pierina levantó una mano temblorosa.
La luz roja se concentró en su palma.
Aldric no la tocó, pero su presencia era un ancla.
—Respirá —ordenó él.
Pierina inhaló.
La luz se intensificó.
—Exhalá.
La luz se expandió.
—Otra vez.
La luz se volvió más oscura.
Más profunda.
Más viva.
Y entonces, la sombra apareció.
No tenía forma definida.
Era un humo rojo y negro que se retorcía como si tuviera vida propia.
Como si quisiera escapar.
Como si quisiera devorar.
Pierina gritó.
—¡No!
¡No quiero esto!
La sombra se agitó, respondiendo a su miedo.
Aldric levantó una mano.
—Pierina.
Mírala.
Ella negó, llorando.
—¡No puedo!
Aldric se acercó, su voz firme.
—Mírala.
Porque si no la mirás vos… la va a mirar otro.
Y entonces ya no va a ser tuya.
Pierina abrió los ojos.
La sombra la observaba.
Sin ojos.
Sin rostro.
Pero la observaba.
Y Pierina sintió algo que no esperaba.
Reconocimiento.
El vínculo que se vuelve fluido La sombra se acercó a ella.
Pierina tembló.
Aldric no la tocó, pero su voz la sostuvo.
—Decile tu nombre.
Pierina susurró: —Soy Pierina… La sombra vibró.
Se calmó.
Se acercó más.
Aldric asintió.
—Otra vez.
—Soy Pierina.
La sombra se estabilizó.
Como si la aceptara.
Aldric sonrió.
—Bien.
Ahora decile lo que querés.
Pierina tragó saliva.
—Quiero… quiero que no me destruyas… La sombra se contrajo.
Se volvió más pequeña.
Más manejable.
Aldric se acercó un paso más.
—Ahora decile lo que necesitás.
Pierina cerró los ojos.
—Necesito… que seas parte de mí.
No mi enemiga.
La sombra se pegó a su piel.
No como un ataque.
Como un abrazo.
Pierina jadeó.
Aldric la sostuvo por los hombros antes de que cayera.
—Respirá —susurró.
Ella obedeció.
La sombra se integró.
Se fusionó.
Se volvió un pulso dentro de su pecho.
Pierina abrió los ojos, temblando.
—¿Qué… qué fue eso?
Aldric la miró con una mezcla de orgullo y algo más oscuro.
—Aceptación.
El primer paso para controlar tu magia.
No podés manejar lo que no aceptas.
Pierina respiró hondo.
Su cuerpo estaba agotado.
Pero su mente… estaba más clara.
Y entonces lo sintió.
Un tirón.
Un lazo.
Un vínculo.
No con la sombra.
Con Aldric.
No era amor.
No era deseo.
Era… apego.
Un apego suave, peligroso, inevitable.
Pierina lo miró.
—¿Qué me estás haciendo?
Aldric no sonrió.
No mintió.
—Nada que vos no me estés permitiendo.
Pierina sintió un calor extraño en el pecho.
—No quiero depender de vos…no quiero sentir nada por vos.
Aldric bajó la voz.
—No dependés de mí.
Dependés de que alguien te entienda.
Y yo te entiendo.
Pierina cerró los ojos.
Una lágrima cayó.
—Me siento… menos sola cuando estás cerca.
Y algo en mi se enciende cuando me tocas…cuando me besas.
Aldric se acercó, despacio.
—Porque no estás sola.
Pierina abrió los ojos.
Y por primera vez… no retrocedió.
Se entregó.
Cómo él se gana su confianza No fue un truco.
No fue un hechizo.
No fue una manipulación evidente.
Fue esto: La sostuvo sin tocarla.
Le dio espacio, pero nunca la dejó caer.La vio sin juzgarla.
Ni por su miedo, ni por su magia, ni por su fractura.Le dio un lenguaje para entenderse.
Algo que Pedro no podía darle.Le ofreció control donde ella solo tenía caos.
Y Pierina, rota, cansada, vulnerable… respondió.
No con amor.
No con entrega.
Con algo más profundo.
Con confianza.
Una confianza peligrosa.
Una confianza que fluía como la magia roja.
Una confianza que Aldric había estado construyendo desde el primer día.
Cuando sus bocas se separaron, Pierina respiró hondo.
—¿Qué sigue ahora?
Aldric se acercó lo suficiente para que ella sintiera su calor.
—Ahora… empezás a elegirme.
Pierina no respondió.
Pero no lo negó.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com