Heredero del origen. El principio - Capítulo 6
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6: Capítulo 6- El lobo que reclama 6: Capítulo 6- El lobo que reclama La noche había caído sobre el territorio de Luna Rossa con un peso extraño, como si el bosque entero estuviera conteniendo el aliento.
Pierina no podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía los de Aldric brillando entre los árboles, fijos en ella como si la conociera desde antes de que existiera.
Todo la inquietaba.
Todo le preocupaba.
La marca en su vientre ardía con un pulso lento, inquietante.
No era dolor.
Era… llamado.
Se levantó de la cama y se acercó a la ventana.
La luna estaba alta, redonda, enorme.
El bosque parecía moverse bajo su luz, respirando.
Pierina apoyó la mano en el vidrio frío.
—¿Qué querés de mí?
—susurró.
La respuesta llegó como un murmullo en su mente.
Vos.
Pierina retrocedió, con el corazón golpeándole el pecho.
—No… no podés estar acá… Pero la presencia estaba ahí.
No en la habitación.
No en la casa.
En el bosque.
Esperando.
La reunión del Consejo En la planta baja, voces tensas llenaban la casa.
Pierina bajó las escaleras despacio, tratando de no hacer ruido.
Pedro estaba en el centro de la sala, rodeado por los miembros del Consejo de Luna Rossa.
Helena estaba a su derecha, con los brazos cruzados y una expresión de satisfacción contenida.
—No podemos ignorarlo —decía uno de los ancianos—.
Si Aldric está en Valdoro, es una amenaza para todos.
—No sabemos si es él —respondió Pedro, aunque su voz no tenía convicción.
Helena sonrió.
—Ella lo dijo.
Lo vio.
Lo sintió.
¿Qué más necesitás?
Pedro apretó los dientes.
—Pierina está asustada.
No sabe lo que vio.
—¿Y vos sí?
—preguntó Helena, con veneno en la voz—.
¿Vos sabés lo que significa que Aldric esté acá?
Pedro la miró con furia.
—Sé que no vamos a entregarla.
Un murmullo recorrió la sala.
—No se trata de entregarla —dijo Helena—.
Se trata de protegernos.
Si Aldric la quiere, la va a buscar.
Y si la busca, va a cruzar nuestras fronteras.
¿Estás dispuesto a poner en riesgo a toda la manada por una humana marcada?
Pedro dio un paso hacia ella.
—No es humana.
El silencio cayó como un golpe.
Helena entrecerró los ojos.
—Entonces peor.
No sabemos qué es.
No sabemos qué puede hacer.
No sabemos si es un arma.
Pierina sintió un nudo en el estómago.
—No soy un arma —dijo, entrando en la sala.
Todos se volvieron hacia ella.
Pedro dio un paso adelante, como si quisiera protegerla del mundo entero.
—Pierina… Ella lo ignoró.
Caminó hacia el centro de la sala, con la espalda recta aunque las manos le temblaban.
—No pedí esto —dijo—.
No pedí la marca.
No pedí que Aldric me siguiera.
No pedí que mi casa ardiera.
Pero no voy a dejar que me usen como excusa para una guerra.
Helena la observó con una mezcla de desprecio y curiosidad.
—¿Y qué proponés?
Pierina respiró hondo.
—Quiero saber qué soy.
La verdad que duele El Consejo murmuró entre sí.
Pedro la miró con una mezcla de orgullo y miedo.
—Pierina… no tenés que— —Sí —lo interrumpió ella—.
Tengo que.
No puedo seguir sin saber.
La madre de Pedro apareció en la entrada, apoyada en el marco de la puerta.
Su piel estaba más pálida que antes, sus ojos más hundidos.
—Ella tiene razón —dijo con voz suave—.
La ignorancia es más peligrosa que la verdad.
Helena frunció el ceño.
—¿Vos sabés algo?
La mujer asintió.
—Sé lo suficiente para temerlo.
Se acercó a Pierina y tomó su mano.
Su piel estaba fría, casi helada.
—Tu marca no es un accidente —susurró—.
Es un sello.
Un llamado.
Una herencia.
Pierina sintió que la garganta se le cerraba.
—¿De qué?
La mujer la miró con una tristeza profunda.
—De un linaje que fue casi exterminado.
De una magia que las manadas modernas no pueden controlar.
De una profecía que muchos quisieron olvidar.
Helena dio un paso adelante.
—¿Qué profecía?
La mujer respiró hondo.
—La de la Luna Dorada.
Un murmullo recorrió la sala.
Pedro se tensó.
—Mamá… no.
Pero ella continuó.
—La Luna Dorada es la heredera del linaje antiguo.
La única capaz de despertar la magia que dormía desde la caída del Primer Alfa.
La única que puede unir… o destruir… a todas las manadas.
Pierina sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
—No… no puede ser… La mujer apretó su mano.
—Y Aldric… es el Lobo Blanco.
El heredero desterrado.
El que perdió su derecho al trono.
El que ha buscado a la Luna Dorada durante años.
Pierina sintió que la marca ardía como fuego líquido.
—¿Por qué yo?
La mujer sonrió con tristeza.
—Porque la luna te eligió.
El llamado del bosque Un aullido resonó en la distancia.
Largo.
Profundo.
Inconfundible.
Todos se quedaron inmóviles.
Pedro palideció.
—No… Helena sonrió.
—Llegó.
Pierina sintió que la marca ardía con tanta fuerza que casi cayó de rodillas.
La voz de Aldric resonó en su mente.
Salí.
Te estoy eperando.
Pedro la tomó por los brazos.
—No lo escuches.
No salgas.
No vayas hacia él.
Pierina lo miró, con lágrimas en los ojos.
—No puedo… detenerlo… Pedro la sostuvo con más fuerza.
—Yo sí.
El Alfa contra el destino Pedro salió de la casa como una tormenta.
Helena lo siguió.
La manada entera se movilizó.
Pierina quedó en la puerta, temblando, con la marca ardiendo como si quisiera romper su piel.
En el borde del bosque, entre las sombras, Aldric apareció.
Alto.
Imponente.
Hermoso de una forma inquietante.
Nunca había visto alguien así.
Nunca había sentido su pecho latir de esa manera.
Sus ojos dorados brillaban como dos lunas pequeñas.
—Pierina —dijo, con una voz que parecía acariciar el aire—.
Vení.
Pedro se interpuso entre ellos.
—No la vas a tocar.
Ella es mia.
Aldric sonrió.
—No vine a pelear, hermano.
Pedro gruñó.
—No me llames así.
Aldric inclinó la cabeza.
—Pero lo somos.
Y ella… es nuestra.
Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No soy de nadie —susurró.
Aldric la miró.
—Todavía no.
Pedro rugió.
Y el bosque entero contuvo el aliento.
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