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Heredero del origen. El principio - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7- La luna decide
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7: Capítulo 7- La luna decide 7: Capítulo 7- La luna decide El aire del bosque estaba tan frío que parecía cortar la piel.

La luna, enorme y blanca, iluminaba el claro donde Pedro y Aldric se enfrentaban como dos sombras vivas.

Pierina estaba detrás de Pedro, con la espalda pegada a la puerta de la casa del Alfa, sintiendo cómo la marca en su vientre ardía como si quisiera romper su piel desde adentro.

Aldric dio un paso adelante.

No era un paso humano.

Era un movimiento fluido, silencioso, casi felino.

Su presencia llenaba el claro como si desplazara el aire mismo.

—Pierina —dijo, con una voz que parecía acariciar el viento—.

No tenés que esconderte.

No de mi.

Pedro gruñó, un sonido bajo, profundo, que no pertenecía a un hombre.

—No la vas a tocar.

Nunca.

Aldric lo observó con una calma inquietante.

—Ya te lo dije, no vine a pelear con vos, Pedro.

—Entonces andate —escupió el Alfa.

Aldric sonrió.

Una sonrisa lenta, peligrosa.

—No puedo.

Ella me llamó.

Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Yo no te llamé —susurró.

Aldric la miró.

Sus ojos dorados brillaron como dos lunas pequeñas.

—Tu marca sí.

La manada se divide Los miembros de Luna Rossa comenzaron a rodear el claro.

Algunos estaban transformados a medias: ojos brillantes, colmillos visibles, músculos tensos.

Otros permanecían en forma humana, pero con la postura de quien está listo para atacar.

Helena se acercó a Pedro.

—No podemos dejarlo entrar —dijo en voz baja—.

Es una provocación directa.

Pedro no apartó la vista de Aldric.

—No va a entrar.

Aldric inclinó la cabeza, divertido.

—¿De verdad creés que podés detenerme?

Helena dio un paso adelante.

—Este territorio está protegido.

No tenés derecho a cruzarlo.

Aldric la miró como si fuera un insecto.

—No estoy hablando con vos, pequeña.

Helena retrocedió, pero sus ojos ardían de rabia.

Pedro avanzó un paso, interponiéndose entre Aldric y la manada.

—No vas a llevarte a nadie de acá.

Aldric suspiró, como si la situación lo aburriera.

—No vine a llevarme a nadie.

Vine a hablar con ella.

Pierina sintió que la marca ardía más fuerte.

Como si respondiera a su nombre.

Como si reconociera su voz.

—No quiero hablar con vos —dijo, aunque su voz tembló.

Aldric sonrió.

—Eso no es lo que siento.

El despertar La marca ardió con tanta fuerza que Pierina cayó de rodillas.

Un grito se escapó de su garganta.

El dolor era insoportable, como si algo dentro de ella estuviera rompiéndose para salir.

Como si el mundo entero etuviera por rugir.

Pedro se volvió hacia ella, alarmado.

—¡Pierina!

Aldric dio un paso adelante.

—No la toques —ordenó.

Pedro rugió.

—¡Es mía para proteger!

Aldric lo miró con una calma aterradora.

—Y mía para reclamar.

La marca brilló bajo la ropa de Pierina.

Un resplandor dorado atravesó la tela.

El aire vibró alrededor de ella.

Los lobos de la manada retrocedieron instintivamente.

Helena se cubrió la boca.

La madre de Pedro, desde la puerta, dejó escapar un susurro tembloroso.

—La Luna Dorada… Pierina gritó otra vez.

El resplandor se expandió.

El bosque entero pareció inclinarse hacia ella.

Aldric cerró los ojos, como si sintiera un placer profundo.

—Despertó.

Pedro se lanzó hacia él.

El choque El impacto fue brutal.

Dos cuerpos chocaron con una fuerza que hizo temblar el suelo.

Pedro se transformó a medias en el aire: garras, colmillos, músculos tensos.

Aldric lo recibió sin retroceder, como si hubiera estado esperando ese ataque.

Los dos rodaron por el suelo, gruñendo, golpeando, desgarrando.

La manada gritó.

Algunos quisieron intervenir.

Helena levantó una mano.

—¡No!

—ordenó—.

Si intervenimos, él nos mata a todos.

Pierina intentó levantarse, pero el dolor la dobló otra vez.

La marca ardía como un sol bajo su piel.

Aldric empujó a Pedro contra un árbol.

El tronco crujió.

Pedro gruñó, sangrando por la boca.

—No vas a tocarla —escupió.

Aldric lo sostuvo por el cuello.

—No vine a lastimarla.

Vine a despertarla.

Pedro intentó liberarse, pero Aldric era más fuerte.

Mucho más fuerte.

—Ella no te pertenece —dijo Pedro, con la voz rota.

Aldric sonrió.

—Todavía no.

La elección de la luna Pierina logró ponerse de pie.

El resplandor dorado seguía brillando bajo su piel.

El aire vibraba alrededor de ella como si el bosque entero respondiera a su presencia.

—¡Basta!

—gritó.

Aldric y Pedro se detuvieron.

Ambos la miraron.

Pierina respiraba con dificultad.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Pero su voz era firme.

—No soy de nadie.

Ni tuya —miró a Aldric—.

Ni tuya —miró a Pedro.

Aldric la observó con una mezcla de fascinación y deseo.

—No podés negar lo que sos.

Pedro dio un paso hacia ella.

—Pierina, no tenés que— —¡Sí tengo!

—lo interrumpió—.

Tengo que decidir yo.

El bosque quedó en silencio.

La luna brilló más fuerte.

La marca ardió.

Y Pierina sintió algo nuevo.

Algo profundo.

Algo que no era miedo.

Ni dolor.

Ni confusión.

Poder.

Un poder antiguo.

Salvaje.

Propio.

Aldric sonrió, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida.

—Ahí estás.

Pedro palideció.

—Pierina… no lo escuches… Ella cerró los ojos.

Y el bosque tembló.

El temblor Un estallido de luz dorada salió de su cuerpo.

Los árboles se inclinaron.

Las hojas se elevaron en espirales.

Los lobos retrocedieron, aullando.

Pedro cayó de rodillas.

Aldric se mantuvo de pie, pero su expresión cambió.

Por primera vez, parecía sorprendido.

Pierina abrió los ojos.

Eran dorados.

Como la luna.

Como Aldric.

Como el linaje que despertaba en su sangre.

Aldric dio un paso hacia ella.

—Mi reina… Pedro se levantó, tambaleante.

—¡No!

Pierina levantó una mano.

El aire se detuvo.

La luz se apagó.

Y el bosque quedó en silencio.

El final del comienzo Pierina respiró hondo.

La marca dejó de arder.

Sus ojos volvieron a su color normal.

—No voy a irme con vos —dijo, mirando a Aldric.

Aldric inclinó la cabeza.

—Todavía no.

Se volvió hacia el bosque.

—Pero pronto.

Y desapareció entre los árboles.

Pedro cayó de rodillas, exhausto.

Pierina lo miró.

Y supo que nada volvería a ser igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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