Heredero del origen. El principio - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8- La sangre que responde
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8: Capítulo 8- La sangre que responde 8: Capítulo 8- La sangre que responde El amanecer llegó sin calidez.
La luz gris se filtraba entre los árboles como un suspiro cansado, incapaz de disipar la tensión que había quedado suspendida en el aire después del enfrentamiento.
Pierina no había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la luz dorada estallando desde su piel, veía a Pedro sangrando en el suelo, veía a Aldric sonriendo como si hubiera esperado ese momento durante siglos.
La marca en su vientre seguía caliente, pero ya no ardía.
Era un calor distinto, más profundo, como si algo dentro de ella hubiera despertado y ahora respirara con ella.
Pedro estaba sentado en la mesa de la cocina, con el torso vendado y la mirada perdida en la ventana.
La madre de Pedro preparaba una infusión con manos temblorosas.
Helena estaba apoyada contra la pared, observando todo con ojos afilados.
Pierina entró en silencio.
Las miradas se volvieron hacia ella.
—Necesitamos hablar —dijo Helena, sin rodeos.
Pedro gruñó.
—No ahora.
—Sí ahora —insistió Helena—.
La manada está inquieta.
Algunos quieren entregarla.
Otros quieren expulsarla.
Y otros… —miró a Pedro con una sonrisa venenosa— …quieren protegerla sin entender por qué.
Pierina sintió un nudo en el estómago.
—No soy un problema —dijo, aunque su voz tembló.
Helena arqueó una ceja.
—Sos todos los problemas juntos.
Pedro se levantó de golpe, ignorando el dolor.
—¡Basta!
La madre de Pedro levantó una mano.
—Los dos tienen razón —dijo con voz suave—.
Pierina no es culpable de nada.
Pero su presencia… cambia todo.
Pierina respiró hondo.
—Quiero aprender a controlarlo.
Pedro la miró, sorprendido.
—¿Controlar qué?
Pierina apoyó una mano sobre la marca.
—Esto.
Lo que sea que despertó anoche.
No puedo seguir sin saber qué soy.
Ni qué puedo hacer.
Helena sonrió, satisfecha.
—Por fin dice algo sensato.
Pedro la fulminó con la mirada.
—No vas a entrenarla vos.
Helena se encogió de hombros.
—No pienso hacerlo.
No soy suicida.
La madre de Pedro se acercó a Pierina y tomó su mano.
—Hay alguien que puede ayudarte —susurró—.
Pero no te va a gustar.
Pierina sintió un escalofrío.
—¿Quién?
La mujer la miró con tristeza.
—Vos misma.
El bosque interior Pedro llevó a Pierina a un claro profundo del bosque, lejos de la manada.
El aire estaba cargado de humedad y el suelo cubierto de hojas secas.
El silencio era tan denso que parecía absorber los sonidos.
—¿Por qué acá?
—preguntó Pierina.
Pedro se cruzó de brazos.
—Porque si perdés el control, no quiero que lastimes a nadie.
Ni que nadie te lastime a vos.
Pierina tragó saliva.
—¿Qué tengo que hacer?
Pedro señaló su vientre.
—Conectarte con eso.
Pierina se abrazó a sí misma.
—No sé cómo.
Pedro dio un paso hacia ella.
—Anoche lo hiciste.
Sin pensarlo.
Sin quererlo.
Ahora tenés que hacerlo consciente.
Pierina cerró los ojos.
Respiró hondo.
Sintió el bosque alrededor.
El viento.
La tierra.
El murmullo de los árboles.
Y entonces, la marca respondió.
Un pulso.
Otro.
Más fuerte.
Pierina abrió los ojos.
Eran dorados.
Pedro retrocedió un paso, sorprendido.
—Bien —dijo—.
Ahora controlalo.
Pero Pierina no podía.
El poder se expandía dentro de ella como un río desbordado.
El aire vibraba.
Las hojas se levantaban del suelo.
El viento giraba en espirales.
—¡No puedo!
—gritó.
Pedro se acercó.
—¡Pierina, escuchame!
¡Respirá!
Pero la voz que respondió no fue la de ella.
Fue una voz profunda.
Antigua.
Salvaje.
No interfieras.
Pedro se congeló.
—Aldric… La luz dorada estalló alrededor de Pierina.
El bosque tembló.
Los árboles se inclinaron.
Y entonces, la figura apareció entre las sombras.
El lobo blanco Aldric emergió del bosque como si hubiera sido tallado por la noche misma.
Su presencia llenó el claro.
Sus ojos dorados brillaban con una intensidad casi insoportable.
—No deberías estar acá —gruñó Pedro.
Aldric lo ignoró.
Solo tenía ojos para Pierina.
—Estás despertando —dijo, con una voz suave—.
Por fin.
Pierina temblaba.
La luz dorada la envolvía.
El poder la desgarraba.
—No… no puedo… —jadeó.
Aldric se acercó.
—Sí podés.
Solo tenés que dejar de resistirte.
Pedro se interpuso entre ellos.
—¡No la toques!
Aldric lo miró con calma.
—No vine a pelear.
—Siempre venís a pelear —escupió Pedro.
Aldric sonrió.
—Solo cuando me obligás.
Pierina gritó.
La luz se intensificó.
El aire vibró como si fuera a romperse.
Aldric extendió una mano hacia ella.
—Pierina.
Mirame.
Ella lo hizo.
Y el mundo se detuvo.
La visión El bosque desapareció.
La luz se apagó.
El silencio cayó.
Pierina estaba en un lugar que no reconocía.
Un templo antiguo.
Columnas rotas.
Luz de luna filtrándose por grietas en el techo.
Y frente a ella… una mujer.
Alta.
Pálida.
Con ojos dorados.
—¿Quién sos?
—preguntó Pierina.
La mujer sonrió.
—Soy lo que vas a ser.
Pierina retrocedió.
—No entiendo… La mujer levantó una mano.
La marca de Pierina ardió.
—Sos la Luna Dorada.
La heredera del linaje antiguo.
La que puede unir o destruir a los lobos.
La que puede despertar la magia que duerme desde hace siglos.
Pierina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No quiero esto.
La mujer la miró con compasión.
—No importa lo que quieras.
Importa lo que sos.
La visión se quebró.
El templo desapareció.
El bosque volvió.
Pierina cayó de rodillas.
La elección que no puede evitar Pedro corrió hacia ella.
—¡Pierina!
Aldric lo detuvo con un gesto.
—Dejala.
Pierina levantó la cabeza.
Sus ojos brillaban con lágrimas… y con luz dorada.
—Yo… lo vi —susurró—.
Vi lo que soy.
Pedro la tomó de los hombros.
—No tenés que ser nada que no quieras.
Aldric sonrió.
—Eso no es verdad.
Ella ya es.
Pierina lo miró.
—¿Por qué yo?
Aldric se acercó.
Su voz fue un susurro.
—Porque la luna no se equivoca.
Pedro gruñó.
—¡Alejate de ella!
Aldric retrocedió un paso, sin perder la sonrisa.
—No por mucho tiempo.
Y desapareció entre los árboles.
Pierina se desplomó en los brazos de Pedro.
—Tengo miedo —susurró.
Pedro la sostuvo con fuerza.
—No estás sola.
Pero Pierina sabía que eso no era del todo cierto.
Porque dentro de ella… algo había despertado.
Algo que no respondía a nadie.
Ni a Pedro.
Ni a Aldric.
Ni siquiera a ella.
Algo que tenía su propia voluntad.
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