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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 9 El Murmullo de los Elementos
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10: CAPÍTULO 9: El Murmullo de los Elementos 10: CAPÍTULO 9: El Murmullo de los Elementos Las inmensas murallas de piedra blanca de Arkania se alzaban cortando el cielo de la mañana.

Eran tan altas que la sombra proyectada devoraba el sendero polvoriento mucho antes de llegar a los pesados portones de hierro.

Apenas pisaron esa sombra, Aria levantó un puño cerrado y miró sobre su hombro.

Darian y Varkas se detuvieron en seco.

A su alrededor, carretas mercantes y jinetes pasaban rumbo a la ciudad, levantando nubes de polvo.

—En Puerto Vell llamamos demasiada atención —dijo Aria, bajando la voz al mínimo, asegurándose de que nadie los escuchara—.

Si el Imperio suma tus cuatro colores a un demonio suelto, no habrá agujero donde escondernos.

Así que antes de cruzar esas puertas, las reglas son simples: cero demonios, cero grimorios.

Darian frunció el ceño.

—Valerius es el Maestro del Gremio.

¿Vamos a mentirle en la cara?

—Vamos a omitir para evitar un pánico innecesario —lo corrigió ella, manteniendo una calma absoluta—.

Diremos que la mazmorra mutó por un desequilibrio de maná y que fuimos atacados por un usuario de magia oscura encapuchado.

Varkas se cruzó de brazos.

La armadura de cuero crujió bajo la tensión de sus músculos.

—Aria tiene razón, cachorro —intervino el gigante con voz áspera—.

He visto lo que hacen los ejércitos humanos cuando el miedo los domina.

Atacan a ciegas.

Arrasan aldeas enteras solo por sospechas.

Darian apretó los puños.

La imagen de aquel demonio chasqueando los dedos en la caverna le quemaba en la retina, pero soltó el aire despacio y asintió.

No podían arriesgar a gente inocente.

Una hora más tarde, el silencio era absoluto en la oficina de Valerius, en la torre central del Gremio.

El Maestro escuchó el reporte completo apoyando los codos sobre su escritorio de caoba.

Cuando Aria terminó de describir el colapso masivo de la cueva, Valerius se recostó pesadamente en su silla.

—Un mago oscuro capaz de colapsar una mazmorra submarina…

—murmuró, frotándose la barbilla llena de cicatrices—.

Este informe queda clasificado desde este mismo segundo.

No hablarán de este incidente con nadie más.

Darian dio un paso al frente.

—¿Por qué ocultarlo, Maestro?

Es una amenaza enorme para la costa.

Valerius golpeó la madera con los nudillos, produciendo un sonido seco y tajante.

—Porque si el Imperio sospecha que hay sectarios con ese poder operando en sus narices, no enviarán investigadores.

Enviarán a los Inquisidores de la Llama Blanca.

Purgarán Puerto Vell y quemarán la costa solo para asegurarse.

—El Maestro bajó la voz, volviéndose más conspirativo—.

El Gremio rastreará a este individuo en las sombras.

Daremos con él antes de que los militares hagan pedazos un pueblo por simple paranoia.

Mantengan la boca cerrada.

Salieron del edificio central.

El aire fresco de la ciudad los recibió, cargado de olores a pan recién horneado y especias.

Aria soltó un largo suspiro, relajando los hombros.

—Terminamos con la burocracia —dijo, ajustándose el carcaj—.

Vamos a buscar al erudito que les mencioné.

Se adentraron en el Distrito de los Eruditos.

Las amplias calles dieron paso a callejones empedrados y edificios de piedra oscura con techos asimétricos.

Se detuvieron frente a una torre ligeramente inclinada, y Aria empujó la pesada puerta de roble.

El interior era un laberinto caótico.

Estanterías repletas de libros llegaban hasta el techo, y pergaminos iluminados por esferas de luz estática flotaban lentamente.

En el centro, subido a una escalera, un hombre de túnica desordenada escribía ecuaciones invisibles en el aire a una velocidad vertiginosa.

—…¡la fricción rúnica derretiría los conductos a menos que el canal sea un flujo alterno!

Aria se cruzó de brazos y carraspeó fuerte.

El mago pegó un salto, tirando gruesos tomos al vacío.

Se agarró de la baranda y, al enfocar la vista en la puerta, su rostro demacrado se iluminó.

—¡Aria!

¡Mi pequeño pétalo!

—gritó, bajando los escalones de tres en tres.

La envolvió en un abrazo que casi la asfixia.

Al mismo tiempo, un hurón de las nieves asomó desde su bolsillo, saltó al hombro de Aria y empezó a frotarse contra su mejilla chillando de alegría.

Darian y Varkas intercambiaron una mirada cómplice.

El joven no pudo resistirlo.

Infló el pecho y, engrosando la voz lo más que pudo para imitar el tono del mago, exclamó: —¡Oh, mi pequeño y frágil pétalo!

El gigante captó el chiste al instante.

Haciendo un esfuerzo ridículo por afinar su voz ronca hasta alcanzar un tono agudo y dramático, respondió: —¡Papá, suéltame, por favor, me asfixias!

Darian se tapó la boca, temblando por no estallar a carcajadas, mientras Varkas soltaba una risa atronadora.

Aria se puso roja hasta las orejas.

Elías la soltó de golpe.

Su actitud torpe desapareció; se empujó los anteojos sobre la nariz y se irguió, escaneando a los dos forasteros con una mirada repentinamente fría y protectora, dando un paso al frente como si fuera a lanzar un hechizo.

—¿Y ustedes quiénes son y qué quieren con mi hija?

—preguntó con autoridad.

—Papá, basta.

Son de mi equipo —interrumpió Aria, muerta de vergüenza—.

Él es Darian, y el grandote es Varkas.

La mención de “equipo” apagó su instinto protector como un soplo a una vela.

—Ah, ¿compañeros de expedición?

Pasen, siéntense donde puedan —dijo alegremente, despejando sillas llenas de mapas.

Les sirvió té caliente.

Una vez sentados, Aria fue directo al grano, explicándole la resonancia en la cueva y la explosión de los cuatro colores en la esfera del gremio.

Elías dejó su taza.

Su mirada se volvió analítica.

—La magia elemental es universal, pero los recipientes no —comenzó a explicar, señalándolos—.

Los humanos canalizan magia neutral.

Los elfos, naturaleza.

Los enanos forjan, los orcos potencian su sangre para la guerra…

cada raza tiene su propio diseño interno.

Además, cuando un individuo posee más de un elemento, con el entrenamiento adecuado puede canalizarlos simultáneamente para crear variaciones.

Lodo, magma, tormenta, hielo…

Las combinaciones dependen completamente de quién las use y de su capacidad de control.

Pero tú, muchacho…

Elías se inclinó sobre la mesa, mirando a Darian fijamente.

—Tú tienes cuatro.

Tu nodo anatómico humano es un embudo diseñado para un solo carril.

Al intentar usar un simple Refuerzo Físico en tus entrenamientos, el fuego, la tierra, el agua y el aire intentaron salir al mismo tiempo.

Hubo un embotellamiento masivo en tus venas.

Darian se quedó sin aliento.

Miró sus propias manos, sintiendo un nudo apretándole la garganta.

Ocho años.

Ocho largos años creyendo que era un inútil sin talento, un fracaso, cuando en realidad su cuerpo estaba conteniendo un huracán.

—Se bloquearon a sí mismos por pura presión para no destrozarte desde adentro…

—murmuró el joven, sintiendo que una losa de toneladas desaparecía de sus hombros.

Estaban sellados por su propio caos.

Varkas resopló, dándole un trago a su té.

—Como intentar pasar a cien prisioneros enfurecidos por una sola puerta angosta —gruñó el gigante—.

Se atascan y nadie sale.

La magia es un maldito dolor de cabeza, cachorro.

El acero es más simple.

—Y el choque de resonancia con ese demonio rompió esa puerta —dedujo Aria, tomando un rol activo en la ecuación, con los ojos entrecerrados—.

El flujo ahora está abierto.

Pero si Darian no lo controla, su propio maná lo va a reventar.

—Exacto —asintió Elías, dándole la razón—.

Tienes un torrente salvaje.

El entrenamiento empieza ahora.

Elías tomó una pluma blanca de su escritorio y se la tendió a Darian.

—Haz vibrar esta pluma.

Solo con viento.

Visualiza la densidad de la tierra, la volatilidad del fuego y la fluidez del agua, y reprímelas.

Aísla el aire.

Darian tomó la pluma.

La tensión en la sala era palpable.

Cerró los ojos, exhaló lentamente e intentó abrir el nodo solo para el hilo verde del aire.

La respuesta de su cuerpo fue violenta.

La pesada densidad de la tierra y la agresividad del fuego empujaron salvajemente contra su concentración.

Un calambre brutal le atravesó el antebrazo; sentía los tendones a punto de estallar.

Apretó los dientes, ahogando un grito, y cortó el flujo de golpe.

Abrió los ojos, cubierto de sudor frío y respirando con dificultad.

—Incluso si logra aislar un elemento perfectamente —intervino Aria, mirando el brazo tembloroso de su compañero—, una hoja de acero común no soportará esa presión.

Se derretirá en sus manos a mitad de un combate.

—Necesitan visitar la herrería de inmediato —concluyó Elías.

Antes de irse, el erudito los acompañó hasta la puerta trasera de la torre, que daba a un pequeño patio interior amurallado.

En el centro, un hermoso árbol de cerezos dejaba caer sus pétalos rosados sobre la hierba.

Aria se detuvo.

Su postura de líder implacable se desmoronó por completo.

—Mi madre está enterrada aquí —susurró, con una vulnerabilidad que Darian nunca le había visto.

Miró los pétalos en el suelo.

—La medicina humana era incompatible con su fisiología élfica.

Una enfermedad en la sangre…

se apagó frente a nosotros y, estando tan lejos del Reino Élfico, no pudimos hacer nada.

Darian sintió un pinchazo en el pecho.

Ahora entendía la coraza de frialdad que Aria usaba para protegerse.

Y comprendió por qué Elías prefería vivir encerrado entre ecuaciones, huyendo de un mundo que le había arrebatado todo.

Se despidieron en silencio y caminaron hacia el distrito militar hasta encontrar “El Yunque de Hierro”.

El calor infernal de la fragua los golpeó al entrar.

Frente al yunque, Thorgar martillaba una coraza al rojo vivo.

Al verlos, el herrero soltó el pesado martillo y una carcajada atronadora compitió con el crepitar del fuego.

—¡Darian!

¡La pequeña Aria!

Y veo que esta vez por fin traen a un guerrero de verdad —rugió Thorgar.

Caminó hacia Varkas y le dio una palmada en la espalda con una fuerza descomunal—.

Oye, grandulón, el día que te canses de cargar esa enorme espada, ven a buscarme.

Te forjaré un arma que hará temblar montañas.

Varkas soltó un gruñido bajo, asintiendo con una sonrisa de puro respeto.

Darian avanzó hacia el calor.

Le explicó su necesidad de canalizar magia pura sin destrozar su arma.

La sonrisa de Thorgar se borró.

—La magia pura corroe el acero desde adentro, chico —explicó el herrero, adoptando un tono crítico—.

Necesitas Cristal de Núcleo Resonante.

Es el único material que absorbe el maná extremo.

Se encuentra en los Cañones del Este.

Thorgar se inclinó sobre el yunque, mirándolos con inusual seriedad.

—Pero escuchen bien.

Los mercaderes están huyendo de esa ruta.

Hablan de una criatura colosal cazando cerca de Refugio Ámbar.

Lo que sea que esté ahí, está destrozando la zona.

Si van por ese cristal, no tienen margen de error.

Esa noche, durmieron en camas reales para recuperar fuerzas.

A la mañana siguiente, cruzaron las puertas orientales de Arkania.

El camino hacia los cañones se extendía bajo la luz del amanecer.

Horas más tarde, armaron campamento al borde del sendero, donde los primeros árboles del bosque comenzaban a asomar.

Mientras Varkas y Aria dormían, Darian permanecía despierto bajo la luna.

Sacó la pluma.

Cerró los ojos.

Visualizó la roca, el agua y el fuego, empujándolos hacia atrás con pura fuerza de voluntad, y dejó que el viento subiera por su brazo.

La pluma tembló.

Darian contuvo el aliento.

Uno.

Dos.

La pluma se elevó, girando impulsada por un pequeño huracán que solo existía en su mano.

Tres segundos.

Su concentración vaciló y la pluma cayó en su palma.

El brazo le dolía horrores, pero Darian sonrió.

Un triunfo minúsculo, pero el caos por fin empezaba a obedecerle.

Guardó la pluma y se recostó contra un tronco.

Justo cuando cerró los ojos, el silencio absoluto del bosque se rompió.

No fue un sonido.

Fue una fuerza física.

El suelo bajo su espalda vibró.

Un latido sordo, rítmico y pesado, proveniente del este, hacia Refugio Ámbar.

El polvo cayó de las hojas de los árboles.

Varkas abrió los ojos amarillos de golpe.

Sin decir una palabra, su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada.

Miró a Darian y negó con la cabeza, con las pupilas dilatadas.

El temblor volvió a golpear la tierra, más fuerte esta vez, haciendo vibrar hasta las piedras del campamento.

Algo inmenso, de una escala que desafiaba a la naturaleza misma, acababa de despertar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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