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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 CAPÍTULO 10 Ecos en el Bosque Esmeralda
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11: CAPÍTULO 10: Ecos en el Bosque Esmeralda 11: CAPÍTULO 10: Ecos en el Bosque Esmeralda La vibración murió lentamente bajo la espalda de Darian, pero la amenaza quedó flotando en el aire.

Aún recostado contra el tronco en el campamento, el joven contuvo el aliento.

Varkas mantenía la mano cerrada sobre la empuñadura de su espada, con los músculos del brazo tensos.

Aria seguía de rodillas en la oscuridad, con la flecha apuntando hacia el este.

—No se está acercando —gruñó Varkas finalmente, soltando la empuñadura despacio—.

Está en su territorio.

Marcando los límites.

Aria bajó el arco y destensó la cuerda con un chasquido suave.

—Descansen lo que puedan.

Al alba entramos al bosque.

Cuando el sol despuntó en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo pálido, el trío cruzó la frontera invisible donde la civilización humana moría.

El Gran Bosque Esmeralda los devoró en cuestión de minutos.

El paisaje cambió con una brutalidad sobrecogedora.

No había pinos comunes ni senderos.

Caminaban bajo la sombra de árboles inmensos, con troncos tan anchos que harían falta veinte hombres para rodearlos.

Sus ramas se entrelazaban a cientos de metros de altura, formando un techo verde tan espeso que tapaba el sol por completo.

El día se convirtió en un atardecer perpetuo y esmeralda.

Darian miraba a su alrededor en guardia.

El aire era pesado, pero limpio; olía a tierra mojada tras una tormenta y a savia dulce.

El ecosistema entero palpitaba con una magia salvaje.

El suelo estaba cubierto por un musgo grueso y esponjoso que ocultaba el sonido de sus pasos, pero con una particularidad: al pisarlo, reaccionaba.

Cada huella dejaba un rastro bioluminiscente de un amarillo suave que se desvanecía a los pocos segundos.

Darian vio cómo unas Culebras de Cristal, reptiles casi transparentes, se deslizaban entre las raíces.

En los troncos más altos, unos Monos Tejedores de cuatro brazos los observaban en absoluto silencio.

Cada vez que Varkas abría paso entre la maleza, inmensos Helechos Sangrantes retraían sus hojas de golpe, asustados por el calor corporal del gigante.

Avanzaban en una formación estrictamente calculada.

Varkas iba al frente, siendo el escudo del grupo.

Darian marchaba en el centro.

Aria cerraba la formación varios metros por detrás, con una flecha siempre lista.

—Cualquier bestia ataca al que va último —había explicado la arquera—.

Y los asesinos siempre buscan la espalda.

Si me quedo atrás, tengo todo el panorama controlado.

Así cubro la retaguardia de ambos.

El silencio del bosque se rompió con el crujido seco de una rama gruesa partiéndose a su derecha.

Varkas levantó un puño enorme.

Darian se congeló.

Aria giró sobre sus talones, apuntando hacia la espesura oscura de los helechos.

De entre las sombras, emergió un depredador.

Era un Acechador de Espinas, un felino del tamaño de un caballo, cubierto de escamas de madera petrificada.

De su lomo sobresalían gruesas púas afiladas.

La bestia clavó sus ojos de un amarillo iridiscente en Darian, bajó la cabeza y soltó un siseo que hizo vibrar el musgo bajo sus patas.

Varkas no retrocedió un milímetro.

El gigante dio un paso al frente, desenvainó su pesada espada con un rasguido metálico e infló su inmenso pecho.

Soltó un rugido profundo y ensordecedor.

No era un grito humano; era el sonido de un guerrero reclamando su dominio.

La onda expansiva de su voz agitó las hojas de los helechos.

El Acechador de Espinas frenó en seco.

Calculó las probabilidades mirando la inmensa figura de Varkas y la punta de la flecha de Aria brillando en la penumbra.

Las escamas de su lomo se aplanaron.

Dio un paso atrás y, con un salto silencioso, desapareció tragado por la inmensidad del bosque.

—No derramen sangre si no es a muerte —murmuró Varkas, guardando la espada—.

El olor atrae cosas peores aquí adentro.

Siguieron marchando hasta que la poca luz esmeralda desapareció por completo.

Encontraron un claro protegido por las raíces retorcidas de un árbol caído y armaron campamento.

Varkas encendió una pequeña fogata y puso a asar unas raciones de carne seca.

Darian no se sentó cerca del fuego.

A unos quince metros, en la penumbra, el joven estaba al borde del colapso físico.

Sostenía la pluma blanca de Elías.

Apretaba los dientes, intentando arrastrar el maná puro a través de sus canales.

Quería viento, solo viento.

Pero su frustración era gasolina.

La energía pura hervía en sus venas, desgarrándolo por dentro al intentar transformarse violentamente en roca, fuego y agua al mismo tiempo.

Un chispazo rojo saltó de sus dedos y quemó apenas la punta de la pluma.

Un latigazo de dolor le surcó el antebrazo.

Darian cerró los ojos por la punzada, se agarró la muñeca, tomó aire y volvió a extender la mano.

Quería usar la magia.

Sentía una desesperación feroz por dominarla y compensar el tiempo perdido.

Forzó el flujo otra vez.

El dolor punzó en sus costillas como un cuchillo.

Una mano firme se cerró sobre su hombro y lo tiró hacia atrás.

Aria se paró frente a él, mirándolo con el ceño fruncido.

—Vas a quemar tus propios conductos antes de que lleguemos al cañón —lo regañó ella, bajando el brazo del muchacho a la fuerza—.

Llevas una hora hirviendo tu propio maná.

Tu cuerpo no está acostumbrado a este tráfico.

—¡Tengo que acostumbrarlo!

—replicó Darian, frustrado—.

Si viene una criatura como la que hizo temblar el suelo ayer, el acero no me va a servir de nada.

Necesito que la magia salga cuando yo lo ordene.

No puedo seguir siendo un peso muerto.

Aria cruzó los brazos.

La luz de la fogata iluminaba la mitad de su rostro.

—No eres un peso muerto, Darian.

Sobreviviste a Monte Bajo y al demonio en la cueva peleando cuerpo a cuerpo.

Eres letal con la espada.

¿De dónde viene esta desesperación absurda por aprender todo de golpe?

Darian bajó la mirada hacia la pluma blanca.

Caminó hasta una de las inmensas raíces del árbol caído y se sentó, apoyando los codos en las rodillas.

—Mi abuelo llegó a ser aventurero Rango Platino —comenzó Darian, con la voz grave—.

Mi padre, Rango Oro.

Leyendas vivas en las capitales.

Crecí bajo la sombra inmensa de su legado.

Todo el mundo esperaba que yo fuera un prodigio.

Y yo solo quería ser como Alterion.

El Héroe de la Humanidad.

Quería ser el escudo de los débiles.

Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Pero a los ocho años comencé a entrenar…

y no pasó nada.

Mis amigos aprendían a lanzar fuego o a levantar muros de aire, y yo ni siquiera podía invocar un mísero Refuerzo Físico.

Fueron ocho años tragando tierra, de ver miradas de lástima, de escuchar los murmullos diciendo que la sangre de mi familia se había arruinado conmigo.

Todos me dijeron que me rindiera.

Pero nunca bajé los brazos.

Mi cuerpo era una jaula conteniendo una tormenta.

Y ahora que sé la verdad…

no voy a desperdiciar un solo segundo.

Aria lo observó en silencio.

La coraza de frialdad de la arquera se resquebrajó, revelando una empatía profunda.

Caminó despacio y se sentó a su lado.

—La impotencia es un veneno —murmuró Aria, mirando las brasas crepitantes—.

Yo también lo bebí.

Darian la miró, sorprendido por su tono.

—Mi madre se llamaba Loth’Fael —continuó la arquera, con la voz inusualmente suave—.

Cuando la enfermedad de la sangre la atacó, yo era una niña.

La vi marchitarse día tras día en su cama.

No podía hacer nada.

Mi padre tampoco.

Me sentaba a su lado y sentía una impotencia tan grande que me asfixiaba.

Ver a la persona que amas desaparecer lentamente y saber que eres demasiado débil para detenerlo…

te rompe por dentro.

El verde de sus pupilas brilló con una intensidad feroz cuando se giró hacia él.

—Entreno hasta que me sangran las manos porque juré bajo el árbol donde ella descansa que nunca más sería débil.

Juré que nunca más me quedaría de pie, sintiéndome inútil.

Por eso les exijo tanto.

Por eso cubro la espalda.

Porque ahora ustedes son mi equipo, y no voy a perder a nadie más.

Darian sintió el peso de esas palabras golpear en su pecho.

Entendía perfectamente ese fuego.

Unos pasos pesados hundieron el musgo luminoso a sus espaldas.

Varkas llegó cargando tres cuencos de madera humeantes con carne asada y se sentó en el suelo frente a ellos.

Les tendió la comida.

Había escuchado todo.

—El legado y la impotencia pesan como armaduras de hierro fundido —dijo el gigante.

Su voz ronca resonó en el bosque—.

Pero la memoria, cachorros…

la memoria es un motor mil veces más fuerte.

Aria y Darian lo miraron, sosteniendo sus cuencos calientes.

Varkas miró hacia el techo de ramas que ocultaba las estrellas.

—Hace diez años, un grupo de esclavistas cruzó el océano y atacó las tierras de mi gente, la Tribu Zarpa de Hierro.

Peleé en la vanguardia para cubrir la retirada…

pero nos superaban en número y en trampas.

Vi a mis hermanos de armas caer frente a mí.

Vi a mis amigos y a mi gente siendo masacrados o arrastrados con cadenas de hierro.

Y yo terminé cayendo con ellos, atrapado.

El guerrero bajó la mirada hacia sus enormes manos, acariciando con el pulgar las cicatrices de los grilletes que le rodeaban las muñecas.

—Mi esposa, Naisha…

—su voz se suavizó, teñida de una profunda y dolorosa nostalgia—.

Y mis dos hijos, Tarik y Torin.

Todavía puedo escuchar sus risas cuando corrían por la aldea.

Tendrían tu edad ahora, Darian.

Apenas levantaban un metro del suelo la última vez que los vi.

Darian sintió un nudo apretándole la garganta.

—Lo siento mucho, Varkas —dijo el joven.

Varkas esbozó una sonrisa torcida, inquebrantable y fiera.

Mostró los colmillos, pero no había amenaza en su gesto, solo una promesa.

—Fueron diez años pudriéndome en jaulas, destrozando huesos en las arenas por las apuestas de nobles asquerosos.

Pero cada latigazo, cada herida, la aguanté recordando sus rostros.

Ya soy libre.

Es un juramento que le hice a mi propia sangre: los volveré a ver.

Y pobre del desgraciado que intente detenerme.

Aria destapó su cantimplora de cuero y la alzó hacia el centro del grupo.

—Por Naisha, Tarik y Torin —dijo Aria con firmeza.

Darian y Varkas alzaron sus propias cantimploras, chocando el cuero en el aire nocturno con un golpe seco.

—Por ellos —repitieron al unísono.

Horas más tarde, el campamento estaba sumido en la quietud.

Varkas roncaba, y Aria dormía profundamente, lista para disparar incluso en sueños.

Darian, sin embargo, permanecía despierto.

Sentado frente a las brasas agonizantes, sostenía la pluma en su mano derecha.

Su brazo aún latía.

Cerró los ojos.

Sintió el maná hirviendo en su interior, un caos espeso que arañaba las paredes de sus nodos exigiendo salir.

Esta vez, no opuso fuerza contra fuerza.

Usó la fría disciplina de ocho años de fracasos.

Atrás, ordenó.

Asfixió las llamas.

Aplastó la roca.

Estancó el agua.

Abrió la compuerta y dejó que solo el aliento helado del viento subiera por su brazo.

La pluma tembló en su palma.

Darian contuvo el aliento.

Un segundo.

Dos.

La pluma se elevó.

Giró lentamente sobre su mano, bañada por un remolino perfecto y silencioso.

No hubo dolor, ni chispas erráticas.

Solo un flujo de maná implacable y obediente.

Había domado la primera brisa de la tormenta.

Darian abrió los ojos y sonrió en la oscuridad.

Pero la sonrisa desapareció en el acto.

El silencio de la noche se quebró.

No con un sonido, sino con una fuerza física que se sentía en los huesos.

El suelo vibró.

Un latido profundo, rítmico y terrorífico provenía desde las profundidades del este, marcando el pulso de la tierra en la lejanía.

Las inmensas ramas sobre ellos crujieron levemente, dejando caer algunas hojas secas.

Varkas abrió los ojos amarillos de golpe en la penumbra.

Sin decir una palabra, el gigante se sentó, con la mirada clavada en la negrura absoluta.

Aria ya estaba despierta, con la mano descansando sobre la madera de su arco.

El temblor volvió a sentirse, igual de inamovible.

Pesado.

Imponente.

Darian miró hacia el este.

Lo que habitaba cerca de Refugio Ámbar no iba a salir a cazarlos.

Simplemente estaba allí, aguardando en la oscuridad, y cada noche que pasaba, cada paso que daban, se acercaban más y más a sus fauces.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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