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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 CAPÍTULO 11 El Eco de los Titanes
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12: CAPÍTULO 11: El Eco de los Titanes 12: CAPÍTULO 11: El Eco de los Titanes El temblor de la noche anterior había cambiado las reglas del Gran Bosque Esmeralda.

Al amanecer, el rastro de destrucción era innegable.

Avanzaban por una trinchera de árboles milenarios astillados y tierra removida.

Lo que fuera que aguardaba en la lejanía no solo era inmenso; estaba desplazando a los depredadores más letales de su territorio, empujándolos hacia ellos.

El tenso silencio del bosque se rompió con un crujido seco.

Varkas levantó un puño, deteniendo al grupo al instante.

De entre los matorrales oscuros, las sombras parecieron cobrar vida.

Eran Lobos Sangrientos.

Bestias imponentes de un metro y medio de alto y casi tres metros de largo.

Su pelaje era de un negro azabache que absorbía la poca luz del bosque, y sus hocicos destacaban con un color rojo carmesí intenso, como si estuvieran permanentemente manchados de sangre fresca.

Sus ojos brillaban como rubíes en la penumbra.

Eran cinco, moviéndose con una coordinación escalofriante, rodeándolos en absoluto silencio.

—Formación —dijo Aria.

El aire a su alrededor comenzó a arremolinarse levemente mientras deslizaba una flecha en la cuerda de su arco.

De pronto, la maleza se partió frente a ellos.

El Lobo Alfa emergió.

Era una monstruosidad de dos metros de alto y cuatro de largo.

Se plantó sobre una roca, levantó el hocico carmesí y soltó un aullido ensordecedor que hizo vibrar las hojas de los árboles.

El aullido no solo era una llamada a matar; era un potenciador.

Los ojos de los cinco lobos brillaron con más intensidad, sus músculos se hincharon bajo el pelaje negro y el bosque estalló.

Para Darian, el combate se convirtió instantáneamente en un torbellino borroso.

El ruido era una pared sólida de gruñidos, madera crujiendo y carne desgarrándose.

Por el rabillo del ojo, apenas logró captar cómo la tierra trepaba por el brazo de Varkas, convirtiéndolo en un ariete de roca viva que interceptaba unas fauces carmesí y reventaba un cráneo contra el suelo.

En el lado opuesto, un borrón verde y plateado le indicó que Aria estaba saltando impulsada por el viento, disparando proyectiles que silbaban antes de perforar carne.

Pero la visión periférica de Darian fue interrumpida bruscamente.

Un lobo se abalanzaba directo hacia su pecho.

La victoria de la noche anterior lo había cegado.

En lugar de desenvainar el acero, Darian levantó la mano desnuda, intentando forzar la compuerta de sus nodos en medio del pánico para invocar el viento.

Pero la magia no respondió.

La presión del momento lo bloqueó por completo.

Las fauces hirvientes se cerraron a centímetros de su rostro, deteniéndose en seco cuando una flecha atravesó la garganta del animal, salpicando la cara de Darian con sangre caliente y tirando el cuerpo hacia un costado.

—¡Usa la maldita espada, Darian!

—le gritó la arquera desde algún lugar a su derecha.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Una segunda mole negra lo embistió desde la maleza, golpeándolo con tanta fuerza que le sacó el aire de los pulmones y lo tiró de espaldas.

El animal intentó morderle la cara, pero una bota cubierta de piedra sólida se incrustó en el flanco de la bestia, mandándola a volar contra un tronco.

El último de los lobos rasos, viendo la apertura, saltó directo hacia el cuello del joven.

Darian agarró la empuñadura.

Cerró los ojos una fracción de segundo, buscando el flujo en su interior.

Percepción del Flujo.

El caos absoluto se congeló.

El rugido del lobo se distorsionó en un eco grave y pesado.

Darian vio la línea de fuerza y la trayectoria del animal flotando sobre él.

Dio un paso lateral limpio y desenvainó en un destello plateado.

La hoja cortó profundo, partiendo las costillas de la bestia y perforando su corazón antes de que el mundo volviera a acelerarse y el cadáver se desplomara.

El Alfa, cubierto de la sangre de su propia manada destrozada, frenó su avance.

Su hocico se arrugó en un gruñido cargado de odio.

Vio a Varkas y a Aria listos para rematarlo, pero clavó sus ojos de rubí en Darian, reconociéndolo como el eslabón débil.

Con un impulso desesperado, la bestia gigantesca se lanzó hacia el joven en un intento suicida de llevarse una vida consigo.

La pesada espada de Varkas descendió como un rayo, cortando el aire a escasos centímetros del Alfa y abriendo un surco en la tierra que rompió el equilibrio del monstruo.

El lobo derrapó, soltó un aullido de furia impotente, giró sobre sus patas traseras y huyó hacia la oscuridad de la espesura a una velocidad vertiginosa.

Darian soltó un suspiro, con los ojos irritados y un agudo pitido taladrándole los oídos por el uso de su poder.

Aria bajó el arco, pero sin relajar la postura.

—Si dejamos que escape —dijo con voz tensa—, buscará a los solitarios, formará una manada aún más grande y volverá.

Hay que matarlo.

Varkas asintió, sacudiendo la sangre de su hoja mientras la roca de su brazo se desmoronaba en polvo.

—No irá muy lejos.

—El guerrero levantó el hocico, olfateando el aire húmedo—.

Huelo el rastro de su miedo.

Sus pisadas son pesadas y rompen las ramas.

Yo iré por tierra.

Aria, a los árboles.

La cacería duró casi una hora, adentrándose en las profundidades de la espesura, hasta que el denso bosque terminó abruptamente contra la base de una escarpada pared de roca natural.

El Lobo Alfa había llegado a un callejón sin salida, acorralado y jadeando.

Al verlos, sus músculos se hincharon y sus ojos brillaron con desesperación homicida.

Eligió al enemigo más grande y se lanzó directo hacia Varkas.

El gigante no se inmutó.

Plantó los pies firmemente en la piedra, y con un gruñido gutural, hizo que la tierra a su alrededor se elevara, anclando sus pesadas botas al suelo como raíces de roca viva.

El impacto de la enorme bestia chocando contra él sonó como el golpe brutal de un ariete contra la muralla de un castillo.

Varkas gruñó por el esfuerzo, pero aguantó la embestida como un muro inamovible.

Esa contención era todo lo que necesitaban.

Desde una rama superior, Aria canalizó su magia.

Una espiral de viento esmeralda rodeó la punta de su flecha.

Disparó.

El proyectil cortó el aire con un silbido agudo y se clavó profundamente en el hombro del Alfa, haciéndolo aullar de dolor y aflojar su empuje.

Ese fue el momento de Darian.

Con un estallido de velocidad, el joven se deslizó por el flanco desprotegido del lobo.

Sujetó la espada con ambas manos y la hundió hasta la empuñadura en el grueso cuello de la enorme bestia.

El Alfa soltó un gorgoteo sanguinolento, sus patas cedieron y se desplomó pesado y sin vida sobre la roca.

El silencio regresó de golpe, interrumpido solo por la respiración agitada de los tres.

Darian retiró la espada de un tirón, dejando que la sangre oscura manchara la piedra.

Varkas se acercó, deshaciendo la atadura de roca de sus piernas, y pateó el hocico del monstruo para confirmar la muerte.

—Buen corte, cachorro —gruñó el gigante, sacando un cuchillo curvo de despellejar de su cinturón—.

Ahora, a trabajar antes de que el olor llame a la carroña.

Ayúdenme a darle la vuelta.

No había tiempo para descansar ni para celebrar.

La realidad de la supervivencia se impuso.

Desollar a una bestia de cuatro metros era un trabajo sucio y agotador, hundiendo las manos en la carne caliente para separar la piel sin dañarla.

El pelaje negro azabache de esa criatura era un material rarísimo, rico en partículas mágicas que le otorgaban la capacidad de absorber fuertes impactos y una enorme resistencia mágica.

Cuando volvieran a la ciudad, sería perfecto para confeccionar una capa y forjar algunas partes de una armadura ligera del más alto nivel para Aria.

Tras empacar la pesada piel ensangrentada, se alejaron del matadero y se detuvieron unos minutos junto a un arroyo para limpiar el acero y lavar el sudor de sus rostros.

Darian se sentó sobre una roca plana, alejado del grupo.

La sangre le hervía, pero no por la pelea, sino por su propia torpeza.

Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

«¿Por qué me cuesta tanto?», pensó, sintiendo un nudo de pura rabia en la garganta.

«¿Por qué no puedo pelear bien?

¿Por qué me es tan difícil empuñar la espada y usar la magia a la vez?

¿Qué me falta, maldición?

No solo me pongo en riesgo a mí, sino que obligo a Aria y a Varkas a defenderme porque soy demasiado débil.

¿Para esto quería ser aventurero?

Maldita sea.

Esto no puede pasar de nuevo.

Tengo que controlar mi magia como sea.» Necesitaba redimirse.

Necesitaba demostrarse que su avance de la noche anterior no había sido un golpe de suerte.

Extendió la mano sobre el arroyo.

Canalizó su maná con una única intención: invocar la corriente fría del viento, limpia y controlada, exactamente como lo había hecho antes.

Pero su mente estaba demasiado turbia, intoxicada por la frustración.

El control perfecto se fracturó.

Sin que él lo ordenara, en medio del caos de sus nodos, el calor abrasador del fuego se liberó de golpe y se coló en el mismo canal que el viento.

Ambos elementos colisionaron violentamente justo antes de abandonar su cuerpo.

¡FWOOM!

El destello azulado fue cegador, pero el impacto físico fue devastador.

Una onda expansiva brutal reventó hacia afuera de su mano.

Darian salió despedido por los aires como un muñeco de trapo, volando varios metros hasta estrellar la espalda contra una roca maciza.

El mundo se quedó en un silencio sepulcral, reemplazado por un zumbido agudísimo que le perforaba los tímpanos.

El olor acre a tierra calcinada y pelo quemado le inundó las fosas nasales.

Darian abrió los ojos, tosiendo ceniza.

Sentía una presión agonizante en el pecho, como si unas garras invisibles le hubieran arrancado todo el maná de golpe, dejándole los conductos internos raspados y vacíos.

Aria dejó caer el odre de agua al instante.

En dos segundos estaba de rodillas junto a él, agarrándolo por las correas de la pechera de cuero.

—¡Mírame!

—le exigió, con la voz temblando por una mezcla de rabia y un miedo genuino—.

Casi te revientas el brazo.

Si vuelves a forzar un choque así en tus nodos, te vas a desangrar por dentro y no habrá poción que te salve.

No me obligues a cargarte muerto, ¿me escuchaste?

Darian asintió lentamente, con la mandíbula apretada, todavía asimilando el vacío doloroso en su interior y el cráter humeante que había dejado en la orilla del arroyo.

Sin perder más tiempo, recargaron el equipo y retomaron la marcha con urgencia.

Apenas dos horas después, la densidad de los árboles comenzó a escasear.

El Gran Bosque Esmeralda terminó, dándole paso a una vasta extensión de piedra grisácea y tierra seca.

Habían llegado a su destino.

A menos de un kilómetro se alzaba Refugio Ámbar.

Las murallas exteriores del asentamiento estaban agrietadas, remendadas apresuradamente con troncos gruesos.

No se escuchaba el murmullo típico de un pueblo comercial; el aire era pesado, cargado de un pánico silencioso.

Sobre las empalizadas, los guardias no vigilaban el bosque.

Estaban paralizados, con los rostros pálidos como la cera, aferrando sus lanzas mientras miraban aterrados hacia el horizonte este.

Darian entendió por qué en cuanto alzó la vista.

Detrás del pueblo se abría una herida colosal en la tierra: el Cañón de Telesto.

Una grieta de kilómetros de ancho que parecía no tener fondo, de la cual emanaba una densa niebla rojiza.

Antes de que pudieran dar un paso hacia las puertas del pueblo, el cielo entero se oscureció.

No fueron nubes.

Fue una sombra masiva que devoró la luz del sol.

Un rugido que hizo vibrar los huesos de Darian barrió la llanura.

Desde el interior del inmenso cañón, una garra del tamaño de un torreón de vigilancia se aferró al borde de la grieta.

La piedra cedió y se desmoronó bajo su peso astronómico.

Lentamente, el Dragón de Roca se arrastró fuera del abismo.

Era una montaña viviente.

Su cuerpo estaba recubierto de placas tectónicas irregulares que brillaban con vetas de magma ardiente en las grietas.

Cada vez que exhalaba, una nube de ceniza volcánica quemaba el aire a su alrededor.

Varkas dio un paso atrás por puro instinto, con los ojos muy abiertos.

Aria bajó su arco lentamente; una flecha era menos que una aguja contra algo de esa magnitud.

Pero la bestia de piedra no miraba hacia el insignificante pueblo de Refugio Ámbar.

Miraba hacia arriba.

Las nubes sobre ellos comenzaron a girar en un remolino violento.

Un segundo rugido, agudo y cortante como un huracán de cuchillas, partió el cielo en dos.

El protector había llegado.

El Dragón de Viento descendió en picada.

Era más esbelto que su enemigo terrestre, cubierto de escamas blancas y esmeraldas, con alas membranosas tan inmensas que cada batido generaba ráfagas capaces de arrancar árboles de raíz.

El choque frontal de los dos titanes hizo que Darian cayera de rodillas por la simple onda expansiva.

El Dragón de Viento envolvió a la bestia de roca en un tornado de aire a presión, intentando rebanar su coraza.

El Dragón de Roca respondió escupiendo un torrente de magma puro que iluminó el cielo de naranja y fundió la piedra a su alrededor.

Se enzarzaron en una carnicería a escala divina.

Sus cuerpos colosales rodaron aplastando la llanura, peligrosamente cerca del borde del Cañón de Telesto.

En un movimiento desesperado, el Dragón de Roca logró atrapar el ala izquierda de su oponente entre sus fauces candentes, pero el peso de ambos desequilibró la balanza.

Con un crujido que pareció quebrar el mundo mismo, el borde del precipicio cedió.

Ambos titanes cayeron entrelazados hacia el abismo, perdiéndose en la espesa niebla rojiza.

Segundos después, un impacto titánico sacudió la tierra desde las profundidades, confirmando que la bestia del cielo y la de la tierra seguían destrozándose allá abajo.

Darian tragó saliva y se puso de pie con lentitud, sintiendo sus propios latidos martilleando en sus oídos.

Se acercó al borde de la llanura, mirando hacia la inmensa grieta humeante.

Dos fuerzas de la naturaleza estaban librando una guerra apocalíptica.

Pero mientras el suelo bajo sus botas volvía a temblar con un nuevo y aterrador rugido ascendiendo desde la oscuridad de la niebla, Darian aferró la empuñadura de su espada.

El inmenso abismo se abría ante sus pies como unas fauces hambrientas, y la aplastante presión del lugar le heló la sangre.

Iban a tener que descender al mismo infierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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