Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 CAPÍTULO 13 Lo Que Deja el Abismo
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14: CAPÍTULO 13: Lo Que Deja el Abismo 14: CAPÍTULO 13: Lo Que Deja el Abismo El silencio en el fondo del Cañón Telesto era absoluto, casi irreal después de la carnicería.
El aire estaba cargado de un polvo grisáceo que se pegaba a la garganta con cada respiración.
El hedor a azufre se mezclaba con el olor metálico del fluido espeso y oscuro que todavía brotaba de los restos destrozados del coloso de roca.
Darian, apoyado contra una gran roca de obsidiana, intentó tragar saliva, pero un latigazo de agonía le recorrió las costillas y lo obligó a cerrar los ojos.
Su antebrazo derecho estaba destrozado; el hueso estaba fracturado y empujaba desde adentro, mientras la piel mostraba quemaduras graves y enrojecidas por el salvaje estallido de plasma que lo había mandado a volar.
A escasos centímetros de su mano, un triste rastro de polvo gris era todo lo que quedaba de su espada de hierro, desintegrada por no soportar la presión térmica.
A pocos metros, Aria y Varkas yacían en el suelo, tratando de recuperar el aliento tras la brutal onda expansiva.
Aria tenía el rostro cubierto de hollín, apretando los dientes y temblando levemente mientras intentaba incorporarse sobre sus rodillas.
Varkas, el inmenso guerrero, se sujetaba el costado con una mueca de dolor, observando en silencio el huevo celeste de Vaelor que descansaba intacto entre las piedras calcinadas.
Frente a ellos, flotando sobre los restos de la aberración, el grimorio emitía una pulsación violeta oscura.
El efecto en el entorno era puramente físico, crudo y aplastante.
Las piedras sueltas alrededor del libro temblaban contra el suelo, incapaces de elevarse un milímetro, sometidas por una presión invisible que volvía el aire espeso como el lodo.
Darian sintió el tirón en el centro de su pecho.
Era una gravedad que no tiraba de su cuerpo, sino de sus propios nodos de maná vacíos.
Usando solo su brazo izquierdo y apretando los dientes hasta que le sangraron las encías, comenzó a arrastrarse.
—Darian…
—murmuró Aria con voz débil, una advertencia que se ahogó en una tos seca.
Él no se detuvo.
El polvo de obsidiana le raspaba la cara y las rodillas, pero siguió hasta llegar frente al tomo de cuero negro que exhibía el eclipse oscuro y las cadenas rotas en su portada.
Al apoyar su mano izquierda sobre la tapa helada, el impacto le cortó la respiración de golpe.
No fue un destello mágico; fue como si un yunque de plomo le cayera directo en el esternón.
Hilos de energía violeta se le clavaron en la carne, perforando sus defensas y arrastrando su conciencia hacia el vacío.
Darian quiso gritar cuando el aire abandonó sus pulmones y la gravedad lo aplastó de cara contra la piedra del cañón.
El zumbido en sus oídos se volvió ensordecedor, la realidad se agrietó a su alrededor como un cristal roto, y la oscuridad lo tragó por completo a la fuerza.
Cuando abrió los ojos, la asfixia había desaparecido.
Ya no había azufre, ni dolor, ni rocas rotas.
Se encontraba de pie en una inmensa habitación de columnas de piedra oscura y techos altos tallados con precisión milimétrica.
Un ventanal enorme dejaba pasar una luz naranja suave y cálida que bañaba el suelo de mármol.
En el centro, sentado ante un escritorio de madera robusta, estaba Sarion.
Tenía la piel de una palidez lunar y los cuernos oscuros curvados hacia atrás.
El hombre escribía rápido, absorto y muy entretenido con sus notas, trazando símbolos rúnicos en un pergamino con absoluta concentración.
No emanaba aura asesina ni sed de sangre; solo la dedicación de un erudito perdido en su propio mundo.
La pesada puerta de roble se abrió y una mujer entró con paso tranquilo y elegante.
Llevaba un vestido oscuro y holgado que delataba un embarazo avanzado.
Al verla, Sarion dejó la pluma sobre la mesa.
Su rostro, marcado por la falta de sueño y la exigencia del estudio, perdió cualquier rastro de tensión en un instante.
Se levantó rápido, la tomó de las manos con una delicadeza extrema y la guió hasta un sillón de lectura.
—Estos cálculos son complejos, Lireth —dijo Sarion, sentándose en el suelo junto a ella y apoyando la cabeza en sus rodillas con un suspiro de agotamiento—.
Si no logro estabilizar el flujo de estos portales, el rey Drevath pensará que he fallado.
No puedo permitir que las defensas de la ciudad sean débiles.
Lireth le acarició el oscuro cabello con una sonrisa serena.
—Eres el más brillante de nosotros.
No vas a fallar —respondió ella, con una voz que transmitía una paz absoluta—.
Drevath levantó estas murallas para que todos estuviéramos a salvo.
Nuestro hijo nacerá en un reino seguro.
Aquí seremos felices.
Sarion cerró los ojos y puso una mano sobre el vientre de su esposa con devoción pura.
Darian, invisible en su rincón, miró a través del ventanal.
Allá afuera no había tierras yermas ni fosas de tortura.
Había canales de agua limpia reflejando la luz naranja, plazas ordenadas y gente caminando con tranquilidad.
Vio a civiles riendo, mercaderes acomodando sus puestos y niños jugando bajo la vigilancia de guardias que no empuñaban sus armas.
No eran los demonios de las leyendas; era una ciudad viva.
Un hogar pacífico.
Un tirón salvaje e invisible en su pecho lo arrancó de la visión.
Darian volvió a la realidad ahogándose, tosiendo sangre y ceniza.
Varkas lo sostenía por los hombros con una fuerza brutal para que no se partiera la cabeza contra el suelo en su desesperación por tomar aire.
Aria estaba arrodillada a su lado, con los ojos muy abiertos.
—¡Respira, cachorro!
—lo sacudió el gigante con urgencia.
Darian se aferró al peto de cuero del guerrero.
La energía oscura ya estaba adentro, latiendo pesada y densa.
Estaba en shock.
Las imágenes de Lireth acariciando el cabello de su esposo chocaban violentamente contra las historias de monstruos despiadados que los sacerdotes del Imperio le habían enseñado desde niño.
—Eran personas…
—soltó Darian, con la voz rota, mirando a Aria con una mezcla de horror y furia—.
No eran monstruos.
Vi su ciudad, Aria.
Sarion…
tenía una esposa embarazada.
Iban a tener un hijo.
Estaban construyendo un hogar.
Aria frunció el ceño, completamente desconcertada, e intercambió una mirada rápida con Varkas.
—¿De qué estás hablando, Darian?
—preguntó ella, acercándose más—.
¿A quién viste?
¿Qué te hizo ese libro?
Darian tragó saliva, sintiendo el gusto metálico de la sangre en su boca.
—Me mostró el pasado.
Los recuerdos de Sarion —explicó con la respiración entrecortada, intentando que las palabras tuvieran sentido—.
Nos mintieron toda la vida.
Los masacraron…
y nos dijeron que eran demonios salvajes para tapar lo que hicieron.
Aria bajó la mirada, procesando la magnitud de un engaño a escala global.
Varkas, en cambio, soltó un gruñido áspero desde el fondo de su garganta.
No hubo sorpresa en el curtido rostro del guerrero lobo, solo un reconocimiento oscuro de cómo funcionaba el mundo.
—Para los que mandan, el enemigo siempre tiene que ser un monstruo —sentenció el gigante, con una crudeza fría y directa—.
Si le dices a un ejército de campesinos que va a marchar para matar familias y quemar cunas, tiran las espadas y se rebelan.
Pero si les dices que van a cazar demonios sin alma que quieren devorarse el mundo…
marchan felices.
El ascenso a la superficie fue una auténtica tortura física.
Varkas operó los viejos elevadores de cadena a pura fuerza bruta.
Sus bíceps temblaban por el esfuerzo de levantar la plataforma mientras ignoraba el sangrado oscuro de su propio costado.
Darian, sentado en las tablas de madera crujiente, protegía el huevo celeste de Vaelor con su brazo sano.
Al llegar a Refugio Ámbar, el silencio del pueblo fue total y opresivo.
El líder enano se abrió paso entre la multitud y, al ver el huevo en manos del joven humano y confirmar que el protector de los cielos no regresaba, bajó la cabeza.
Todo el asentamiento se sumió en un luto silencioso.
No hubo tiempo para celebraciones ni grandes discursos de victoria.
Fueron escoltados a una habitación apartada en la taberna local.
El curandero del pueblo fue implacable: le acomodó el hombro a Darian de un tirón seco que lo hizo morderse el labio hasta sangrar y le entablilló el antebrazo fracturado con maderas gruesas y vendas apretadas.
Pasaron apenas tres días encerrados, durmiendo por el agotamiento extremo, comiendo en silencio y sanando lo mínimo indispensable para poder mantenerse en pie.
Fue en la noche del tercer día cuando Darian intentó pararse de la cama para acercarse a la pequeña fogata.
Al apoyar las botas, la tabla del suelo crujió con una violencia desmedida, como si la madera estuviera a punto de partirse.
Sentía que cada paso requería el doble de esfuerzo muscular.
La nueva gravedad oscura anidaba en su pecho como una piedra de plomo.
Cada movimiento se sentía extrañamente pesado, como si todo a su alrededor intentara aplastarlo hacia el centro de la tierra.
Aria, que terminaba de ajustarse la venda ensangrentada de su pierna, lo miró fijamente.
—Te mueves distinto —notó ella, bajando la voz en la penumbra de la habitación—.
Como si estuvieras cargando una armadura de hierro macizo.
Darian se apoyó en el marco de la puerta para no perder el equilibrio.
La madera gimió bajo su agarre.
—Es esta magia…
—murmuró, respirando hondo, sintiendo cómo el aire le pesaba en los pulmones—.
Empuja hacia abajo todo el tiempo.
Voy a tener que volverme mucho más fuerte físicamente si no quiero que me rompa los propios huesos desde adentro.
A la mañana siguiente, listos para partir, el líder enano los interceptó en la puerta principal.
Llevaba un pesado saco de cuero que depositó en el suelo con un golpe seco.
—Los Cristales de Núcleo Resonante, el núcleo del dragón y las gruesas placas de roca para el gigante.
Y el informe oficial sellado —dijo el enano con semblante rudo, sin asomo de alegría—.
Valerius sabrá exactamente lo que costó sacar esto del abismo.
Iniciaron la marcha alejándose del cañón.
El regreso hacia las murallas de Arkania los obligó a cruzar por las profundas cicatrices del Bosque Esmeralda, donde los árboles milenarios yacían arrancados de raíz por la batalla de los titanes.
El barro espeso se pegaba a las botas de Darian, pero la verdadera presión venía desde su interior.
La energía del grimorio latía densa en su pecho a cada paso, y el huevo celeste guardado en su mochila vibraba levemente en respuesta.
Sin embargo, a cientos de kilómetros de distancia, bajo la fría oscuridad de unas ruinas olvidadas, un par de ojos carmesí se abrieron de golpe.
El demonio que habían enfrentado en la cueva de Coral Negro levantó su rostro pálido.
Había sentido la vibración atravesar el continente.
Esa firma de maná resonante y aplastante era inconfundible.
El chico humano no solo había sobrevivido, sino que acababa de asimilar otro de los grimorios perdidos.
Una sonrisa torcida y oscura se dibujó en el rostro del demonio.
No iba a ir por él todavía.
Dejaría que el joven siguiera reuniendo el poder esparcido por el mundo, haciendo el trabajo duro.
Solo cuando estuviera listo y el poder hubiera madurado, lo buscaría para arrancarle la magia directamente del pecho.
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