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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 CAPÍTULO 14 El Peso de la Verdad
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15: CAPÍTULO 14: El Peso de la Verdad 15: CAPÍTULO 14: El Peso de la Verdad El barro se pegaba a sus botas como plomo.

Tras días de marcha agónica y silencio, el enorme campanario de la catedral de Arkania finalmente rompió el horizonte gris.

—Aria, Varkas…

ya casi llegamos —suspiró Darian, exhausto pero aliviado.

Varkas lo miró y una sonrisa fiera asomó entre sus colmillos.

—Ya casi, cachorro.

—Me muero por una cerveza bien fría —murmuró Aria, rengueando levemente y frotándose el hollín de la frente.

—Sí.

Y mucha carne —coincidió Varkas.

—Yo solo quiero ver qué armas nos hará Thorgar con todo esto —sumó Darian, aferrando la mochila que llevaba pegada al pecho.

Al acercarse a las puertas de la ciudad, Darian bajó la mirada hacia el bolso de cuero.

—Darian…

—dijo Aria, entrecerrando los ojos—.

¿El huevo está brillando o me parece a mí?

Darian metió la mano.

—Sí, y está mucho más caliente.

Varkas se detuvo y clavó sus ojos amarillos en el cascarón celeste.

—Es normal.

Esa clase de huevos necesita tres cosas para eclosionar: aceptación, afinidad y valor.

—¿Y este las tiene?

—preguntó Darian.

—La aceptación fue cuando Vaelor no te aplastó.

El valor lo demostraste al pelear con el coloso.

Y la afinidad…

te sintió vibrar con tu maná.

Aria se cruzó de brazos con una sonrisa burlona.

—Yo creo que me aceptó a mí.

Fui yo quien le disparó a los ojos al coloso para darte la apertura.

—Ni lo sueñes —retrucó Darian, apretando el huevo—.

Fui yo quien dio el golpe final.

Es obvio que me eligió a mí.

—Si no fuera por mis flechas, serías papilla de roca.

Varkas soltó un gruñido impaciente.

—Basta de peleas infantiles.

Ya veo la puerta.

Cruzaron las inmensas entradas de hierro sin que los guardias les hicieran preguntas al ver sus medallas manchadas de sangre.

El bullicio de carretas, mercaderes y caballos los envolvió de inmediato.

En el centro de la plaza principal, la estatua del héroe legendario se alzaba imponente.

Darian la miró de reojo.

Un nudo frío se le formó en el estómago al preguntarse cuánta sangre inocente se ocultaba detrás de ese mármol inmaculado.

—Darian, vamos —lo apuró Aria, sacándolo de sus pensamientos.

Al abrir las pesadas puertas del Gremio, las risas y los choques de jarras se apagaron de golpe.

Todas las miradas se clavaron en ellos.

Un aventurero novato se acercó con cautela.

—¿Es verdad que acabaron con un dragón de roca ustedes tres solos?

Aria lo fulminó con una mirada fría.

—¿De dónde sacaste eso?

El chico señaló temblando el enorme tablón de anuncios.

Aria se acercó y abrió los ojos de par en par.

—Darian, Varkas…

Miren esto.

En el centro del tablero había un pergamino imperial con sus rostros dibujados.

El texto decía: “Por vencer al dragón de roca de los Cañones del Este, se les ofrece una recompensa directa del Imperio”.

Corrieron al mostrador.

La recepcionista palideció al reconocerlos y fue a buscar al maestro del gremio de inmediato.

En la oficina, Valerius los esperaba de pie.

—¿Qué significa ese cartel del Imperio?

—preguntó Darian directo al grano.

Valerius señaló tres pesadas bolsas de oro sobre su mesa.

—Significa que hicieron lo imposible.

El Imperio paga bien.

Ahí está su oro.

Y hay algo más.

—Sacó dos pergaminos sellados—.

Darian, Varkas.

Tienen autorización oficial para rendir la prueba a Rango Plata.

Varkas tomó el papel.

Diez años de cadenas habían quedado atrás; ahora era un hombre reconocido.

Darian agradeció y guardó el suyo, frunciendo el ceño.

—Pero sigo sin entender por qué el Imperio hace un anuncio público…

—No lo hicieron para arrestarlos —dijo una voz arrastrada desde la esquina oscura de la oficina.

Los tres se giraron.

Un hombre de abrigo gris impecable dio un paso hacia la luz.

Era el mismo que los observaba en la taberna tiempo atrás.

Aria bajó la mano hacia su daga.

—Tranquila, cazadora —sonrió el hombre, levantando las manos—.

Monte Bajo.

Puerto Vell.

Ahora los Cañones.

Ustedes atraen las anomalías.

—Solo hacemos nuestro trabajo —gruñó Varkas, poniéndose por delante de los chicos.

—Y lo hacen muy bien.

—El hombre caminó despacio, dejó una pequeña tarjeta metálica sobre el escritorio y los miró a los ojos—.

El Imperio lo observa todo.

Si encuentran más anomalías…

búsquenme.

Pagamos mucho mejor que el Gremio.

Sin decir más, el hombre de gris dio media vuelta y salió.

Darian guardó la tarjeta metálica en silencio y tomaron el oro.

La visita a la herrería de Thorgar fue rápida.

Al ver los cristales y las placas del dragón, el enano quedó fascinado.

Prometió forjarles armas que soportaran todo su maná, pero les advirtió que le tomaría semanas trabajar materiales de ese nivel.

Siguieron el consejo del herrero, buscaron habitaciones en la posada del León Dorado, se bañaron y bajaron a comer.

Varkas y Aria devoraban su comida, pero Darian miraba un papel arrugado sobre la madera, ausente.

—¿Qué pasa, cachorro?

No tocaste el plato —dijo Varkas, limpiándose la boca.

—¿Recuerdan que investigué en la biblioteca antes de ir a Puerto Vell?

—preguntó Darian, bajando la voz.

Aria asintió, dejando su jarra.

Darian empujó el papel arrugado hacia el centro de la mesa.

—Descubrí los nombres de los cuatro generales del Rey Demonio: Seth, Krug, Nyssa…

y Sarion el Archimago.

Aria frunció el ceño.

—¿El mismo Sarion del que viste los recuerdos?

—El mismo —asintió Darian, apretando los puños—.

El hombre que vi tenía esposa.

Iban a tener un hijo.

Amaba a su gente y a su rey.

¿Cómo pudo traicionar a todos de esa manera?

No tiene sentido.

Nos están mintiendo.

Varkas se cruzó de brazos, asimilando el golpe.

—¿Qué sugieres?

—Para descubrir la verdad, necesito encontrar los demás grimorios.

Y para eso…

los necesito a ustedes.

Varkas no dudó.

Levantó su jarra.

—Te di mi palabra, cachorro.

Voy contigo.

Darian miró a la cazadora.

Aria suspiró, pero sonrió.

—Alguien tiene que cuidarlos.

Iré.

Esa noche, en la oscuridad de su cuarto, Darian acarició el huevo de Vaelor que latía cálido sobre su cama.

La gravedad oscura de su pecho y la magia celestial del huevo vibraban al unísono.

Sonrió y cerró los ojos, sabiendo que no estaba solo.

Al otro lado de la ciudad, Aria caminaba sola por las calles empedradas.

Llegó a la modesta casa de su padre.

Al golpear, Elías le abrió de inmediato y la hizo pasar.

—Papá —dijo Aria, plantándose en medio de la sala—.

Nos vamos de Arkania.

Tomaremos misiones fuera de las fronteras imperiales.

Elías palideció y la agarró de los brazos con manos temblorosas.

—¡Estás loca!

¡Sabes que tu madre huyó del reino de los elfos por una razón!

—suplicó, desesperado—.

¡Lord Aelthas tiene ojos en todos lados!

Si sales de la jurisdicción del Imperio, tu abuelo te va a encontrar.

¡Te van a cazar, Aria!

Aria miró las manos temblorosas de su padre.

Sabía que tenía razón.

El Imperio era una jaula, pero la mantenía a salvo.

Se soltó del agarre de Elías con suavidad pero con una firmeza absoluta.

No dijo una sola palabra.

Dio media vuelta, abrió la pesada puerta y salió.

Se quedó de pie en el medio de la calle adoquinada, respirando el aire helado, completamente sola bajo el inmenso cielo nocturno de Arkania.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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