Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 CAPÍTULO 15 El Peso del Entrenamiento
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16: CAPÍTULO 15: El Peso del Entrenamiento 16: CAPÍTULO 15: El Peso del Entrenamiento El golpe de la espada de madera contra las costillas de Darian sonó como el crujido de una rama seca.
El joven escupió tierra y saliva, retrocediendo a tropezones por el patio trasero del Gremio.
Sus pulmones ardían y el sudor le picaba en los ojos.
Llevaba horas recibiendo el castigo físico de un guerrero que le doblaba en peso y tamaño.
El sol de la tarde caía a plomo, convirtiendo el patio en un horno.
Pero el verdadero enemigo de Darian no era Varkas.
Era su propio cuerpo.
La energía oscura del grimorio del Cañón Telesto ejercía una presión constante y aplastante.
No bloqueaba su maná, pero le pesaba como una armadura invisible de plomo.
Cada paso costaba el doble.
Cada vez que levantaba la espada, los brazos le temblaban.
—¡No te detengas!
—rugió Varkas, acortando la distancia.
El guerrero lanzó un tajo descendente.
Darian intentó bloquear, pero su cuerpo fue demasiado lento.
El golpe lo mandó de rodillas contra el barro seco.
Darian se levantó con esfuerzo, respirando con dificultad, y dejó caer la espada de práctica al suelo.
—¡Maldición!
—bramó—.
¡No puedo moverme a tiempo!
¡Esta pesadez me está matando!
—Tiene razón, ¿sabes?
—dijo una voz burlona desde el borde del patio.
Darian levantó la vista.
Aria estaba sentada sobre un barril de agua, mordiendo una manzana verde con una sonrisa pícara.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí mirando?
—preguntó Darian.
—Lo suficiente para verte comer tierra tres veces seguidas —respondió ella, dándole otro mordisco—.
Tu postura es horrible, pareces un anciano cargando un saco de piedras.
—¿Por qué no bajas y pruebas tú pelear con este peso encima?
—la desafió Darian.
—Yo uso arco.
Mi trabajo es ser rápida, no dejar que los gigantes me peguen con palos de madera —rio Aria, saltando del barril.
Varkas apoyó su espada de madera en el hombro e ignoró las burlas.
—En una pelea real, al enemigo no le importa si te sientes pesado.
Te corta la cabeza igual.
Vamos de nuevo.
La sesión continuó unos minutos más hasta que Aria se paró junto a la cabeza de Darian, que estaba tirado en el suelo recuperando el aliento.
—Bueno, ya fue suficiente paliza por hoy —dijo la cazadora—.
Por cierto, vengo de ver a Thorgar.
Dijo que ya terminó todo.
Nos está esperando.
Darian se levantó de inmediato.
El cansancio agobiante pareció esfumarse ante la pura anticipación.
Varkas soltó un gruñido satisfecho.
Salieron del Gremio a paso rápido.
Mientras cruzaban la ciudad, la emoción hizo que hasta la pesadez en el pecho de Darian se sintiera un poco más liviana.
Al llegar a la herrería, el taller estaba en silencio.
Darian empujó la puerta.
Thorgar los esperaba detrás de la mesa de piedra volcánica, con una expresión de orgullo en su rostro curtido.
Sobre la mesa descansaban tres bultos envueltos en gruesa tela marrón.
—Tardaron bastante —dijo el herrero—.
Acérquense.
Thorgar retiró la primera tela.
Varkas soltó un gruñido de aprobación al ver su nuevo escudo inmenso y la armadura pesada forjada con las placas del dragón de roca.
Junto a ellos descansaba una espada larga de metal oscuro con cristales resonantes que brillaban con luz azulada.
—Es perfecta —murmuró Varkas, probando el equilibrio.
Thorgar destapó el segundo bulto.
Aria abrió los ojos como platos.
Allí estaba su arco blanco y curvo, reforzado con cristales negro-azulados, junto a la espectacular capa hecha con la piel del lobo sangriento y una armadura ligera de cuero reforzado que se adaptaba perfectamente a su figura.
Se puso la capa al instante y tensó el arco con una sonrisa depredadora.
—Es una obra de arte —dijo, casi sin aliento.
Por último, Thorgar reveló el equipo de Darian.
Dos espadas: una larga de combate principal y otra más corta para defensa.
Ambas estaban forjadas por completo del cristal resonante negro, con una línea central de luz azulada que vibraba a lo largo de toda la hoja.
En la base de cada hoja, incrustados con precisión, brillaban los núcleos del dragón de roca, de un rojo intenso y profundo.
El pomo de cada empuñadura lucía delicadas decoraciones hechas con el mismo núcleo del dragón de roca.
Junto a las armas descansaba una armadura de placas oscura, ligera pero sólida.
Darian empuñó ambas espadas.
Al entrar en contacto con su maná, el cristal negro no opuso resistencia; lo aceptó como si fueran una extensión viva de sus brazos.
—Intenté que fueran lo más ligeras posible —explicó Thorgar—.
Esos cristales van a dejar que tu magia fluya sin problemas.
No volverás a desintegrar un arma.
Darian se ajustó el peto, las hombreras y las grebas.
El peso real del equipo se sumó a la presión constante de su pecho, pero por primera vez sintió que tenía las herramientas para soportarlo.
Los tres se miraron.
Aria con su nueva capa ondeando y su armadura ligera, Varkas con su escudo y espada larga, y Darian con sus dos espadas de cristal negro y azul cruzadas frente a él.
—Estamos listos —dijo Darian con una sonrisa.
Thorgar dio un paso atrás, orgulloso.
Tres figuras brillaban bajo la luz anaranjada de las fraguas.
Ya no eran los aventureros heridos que volvieron del abismo.
Ahora eran u n equipo completo, armado y unido, listo para enfrentar lo que viniera.
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