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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 CAPÍTULO 16 Decisiones Peligrosas
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17: CAPÍTULO 16: Decisiones Peligrosas 17: CAPÍTULO 16: Decisiones Peligrosas El amanecer en Arkania tenía un aire distinto esa mañana.

Las calles adoquinadas comenzaban a cobrar vida, pero para Darian, Aria y Varkas, el mundo se sentía diferente.

Caminaban en dirección al Gremio con un ritmo pausado.

Darian seguía sintiendo la aplastante gravedad en su pecho, ese peso constante que intentaba hundirle los pulmones.

Sin embargo, las dos espadas que llevaba cruzadas a la espalda lo anclaban al suelo.

Además, en el interior de su mochila, el huevo de Vaelor irradiaba un calor suave y constante contra su espalda, un pequeño corazón latiendo en sintonía con su propio maná.

—Sigo diciendo que es demasiado llamativo —comentó Aria, caminando a su lado—.

Pareces un faro con esa luz azulada en las espadas.

—Habla la chica que lleva puesta la piel de un lobo sangriento gigante como si fuera un abrigo de invierno —retrucó Darian, esbozando una leve sonrisa.

Aria se encogió de hombros, dejando que la capa roja y negra ondeara con la brisa matutina.

Su arco blanco colgaba de su hombro, impecable y letal.

—Es cuestión de estilo, Darian.

Algo que claramente no entiendes.

Varkas soltó un gruñido bajo.

Su armadura de placas oscuras resonaba con cada paso pesado.

—Dejen de ladrar, cachorros.

Tenemos que hablar con Valerius para que nos dé una misión de evaluación.

Quiero probar este acero en combate real y conseguir ese Rango Plata de una vez.

Al cruzar las inmensas puertas de madera del Gremio, la recepcionista apareció corriendo, pálida y sin aliento.

—Por los dioses, al fin llegan.

El maestro Valerius los necesita en su oficina.

Ahora mismo.

Entraron a la oficina sin golpear.

Valerius estaba de pie tras su escritorio, secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

No estaba solo.

Parado junto al ventanal, con las manos cruzadas a la espalda y su impecable abrigo gris, se encontraba el emisario del Imperio.

El hombre se giró lentamente.

Esa misma media sonrisa inescrutable apareció en su rostro.

—Puntuales —dijo el hombre de gris, con su voz fría—.

Veo que han forjado armas excepcionales.

—Venimos para hacer la misión de ascenso a rango plata —gruñó Varkas, interponiendo su enorme cuerpo entre el emisario y los dos jóvenes—.

No tenemos tiempo para juegos.

Valerius tosió, visiblemente incómodo, y señaló un pergamino negro sobre su escritorio, sellado con la cera dorada de la capital, Aethelgard.

—Chicos…

la prueba de Rango Plata tendrá que esperar.

Tengo una solicitud directa del Imperio.

Y es exclusivamente para ustedes.

Darian frunció el ceño.

—Somos Rango Bronce, Valerius.

El Imperio no nos contrataría así porque sí.

El hombre de gris dio un par de pasos hacia el centro de la oficina.

—El Imperio necesita discreción.

Pasando la ciudad de Rocaferro, muy cerca de Fuerte Ark, en la frontera misma con el Reino Enano, hemos detectado alteraciones en la mazmorra de los Picos Quebrados.

El emisario apoyó ambas manos sobre el escritorio, mirándolos con intensidad.

—Enviar a un regimiento llamaría demasiado la atención de los enanos y lo tomarían como un acto de guerra.

Necesitamos un grupo pequeño y capaz que entre, limpie el lugar y regrese.

Si lo hacen, el Imperio les otorgará el ascenso directo a Rango Oro.

Y además…

el pase de autorización para acceder a la Gran Biblioteca de la capital y a sus archivos históricos restringidos.

Darian sintió que el corazón le daba un vuelco.

*Los archivos*.

Era la llave para descubrir la verdad sobre Sarion y los grimorios.

El joven dio un paso hacia el escritorio para tomar el pergamino, pero Aria lo detuvo.

La cazadora le tomó la mano con fuerza, frenándolo en seco.

Sus ojos verdes estaban clavados en los de Darian, llenos de una advertencia feroz.

—Es demasiado, Darian —le susurró—.

Nadie regala el Rango Oro y el acceso a los secretos imperiales por limpiar una cueva.

Algo no cuadra.

Darian miró la mano de Aria aferrada a la suya.

Sabía que ella tenía razón.

Pero la necesidad de respuestas quemaba en su interior.

Miró a Varkas, quien asintió lentamente, dispuesto a seguirlo.

Darian se soltó suavemente del agarre de Aria y tomó el pergamino negro.

—Lo haremos.

—Excelente —dijo el hombre de gris—.

Fuerte Ark los espera.

Una hora después, con los suministros cargados, el grupo cruzaba las puertas Este de Arkania.

El ambiente entre ellos era inusualmente tenso.

—Nos vendiste por la promesa de unos malditos archivos —soltó Aria, rompiendo el silencio.

Caminaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados bajo la capa del lobo—.

Te dejaste cegar, Darian.

Ese hombre de gris apesta a trampa a kilómetros.

—Necesitamos esa información, Aria —respondió él, manteniendo la mirada al frente—.

Es la única forma de saber a qué nos enfrentamos realmente.

Y mírarnos…

con este equipo podemos limpiar esa mazmorra y salir enteros.

La cazadora soltó una risa seca y amarga.

—Solo espero que esa obsesión tuya por la verdad no nos cueste la cabeza.

Si nos matan en esa cueva, te juro que te lo voy a echar en cara en el más allá.

Varkas suspiró con pesadez, sin intervenir.

Darian no respondió; se limitó a ajustar las correas de su mochila, sintiendo el calor del huevo de Vaelor contra su espalda, y avanzó en silencio hacia el este.

A cientos de kilómetros de allí, en la fortaleza de Aethelgard, el silencio era absoluto.

En una sala sumida en penumbras, iluminada solo por el fuego de una enorme chimenea, una figura observaba un mapa del continente.

El aire se distorsionó y el hombre de gris apareció de la nada, arrodillándose.

—Han tomado el contrato, señor.

Van hacia los Picos Quebrados.

La figura se inclinó apenas hacia adelante.

La luz del fuego iluminó un rostro duro y unos ojos calculadores.

—Bien.

Que empiece la prueba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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