Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 CAPÍTULO 17 La Falsa Mazmorra
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18: CAPÍTULO 17: La Falsa Mazmorra 18: CAPÍTULO 17: La Falsa Mazmorra El viaje hacia la frontera este fue un descenso lento y agobiante.
Durante los primeros días de marcha, las praderas de Arkania comenzaron a quedar atrás.
Para el quinto día, el terreno se volvió escarpado, gris y dominado por desfiladeros de piedra afilada.
El desgaste físico de caminar bajo un cielo plomizo se sumaba a una tensión grupal constante.
Las noches de campamento transcurrían en un silencio incómodo; comían sin mirarse, envueltos en sus propios pensamientos y durmiendo de espaldas al fuego.
Darian caminaba al frente, mudo y obstinado, mientras Aria iba varios pasos más atrás, con la mirada clavada en el suelo, reacia a dirigirle la palabra.
Esa falta de coordinación casi les cuesta la vida al séptimo día.
Mientras cruzaban un sendero rocoso flanqueado por altos acantilados, el suelo tembló.
Tres Quelónidos de las Cumbres —enormes reptiles bípedos cubiertos de gruesas placas de piedra— emboscaron al grupo desde las cornisas.
Darian reaccionó por instinto, pero la aplastante gravedad que su pecho aún soportaba lo hizo un segundo más lento de lo habitual.
Canalizó su maná en las palmas de sus manos y lanzó una densa ráfaga de fuego hacia el primer monstruo que caía sobre ellos.
Las llamas envolvieron a la bestia, pero sus gruesas escamas resistieron el calor.
El Quelónido atravesó el fuego con un rugido y lo embistió, obligando a Darian a rodar torpemente por el suelo de grava para no ser aplastado.
Darian se puso de pie y desenfundó sus espadas negras, esperando que, como siempre, una flecha de Aria lo cubriera mientras él se reposicionaba.
Pero la flecha no fue para él.
Aria había apuntado hacia el lado opuesto, ignorando por completo el flanco abierto de su compañero.
Su arco blanco crujió y una flecha hipercomprimida con magia de viento salió disparada, perforando el ojo del segundo Quelónido justo antes de que saltara, derribándolo en el acto.
El tercer reptil aprovechó el hueco defensivo y cargó directamente contra el flanco desprotegido de Darian.
Varkas intervino con un gruñido profundo.
El gigante se plantó en la tierra seca y levantó su enorme escudo.
El impacto de las garras y la masa de piedra contra la coraza oscura sonó como un estruendo ensordecedor.
Varkas patinó hacia atrás por la fuerza bruta, pero no cayó.
Aprovechando que Varkas retenía a la criatura, Darian canalizó su magia a través de las espadas negras.
Las hojas absorbieron el calor, brillando con una intensidad letal, y con un doble tajo cruzado, logró decapitar al monstruo que Varkas sostenía.
Acto seguido, Aria remató a la primera bestia, aún envuelta en llamas, con dos flechas consecutivas en el cuello.
El combate se había alargado más de lo necesario, fue caótico, desordenado y agotador.
Los tres respiraban con dificultad.
Varkas sacudió la sangre de su escudo y los miró con furia, pero decidió apretar los dientes y obligarlos a seguir avanzando.
Al caer la tarde, finalmente llegaron a la grieta de los Picos Quebrados.
Entraron en alerta máxima, esperando encontrar marcas de garras, huesos o el hedor a muerte típico de una mazmorra activa.
Tras una hora de descender por túneles húmedos y cavernas vacías, se detuvieron en el centro de una bóveda natural.
El silencio era absoluto.
No había rastro de bestias.
El regreso a la superficie fue denso.
Ninguno decía nada, pero el aire se sentía pesado; el enojo y la frustración eran palpables.
—Te dije que era muy sospechoso.
Mi intuición no fallaba —le recriminó Aria—.
Todo el viaje fue en vano.
—Está bien, lo siento.
Perdón, me equivoqué —respondió Darian, harto de los reproches—.
Pero por lo menos yo intento hacer algo.
Tú estabas muy cómoda en Arkania.
Total, tienes talento…
¿Para qué esforzarse, no?
Aria se detuvo en seco y se giró hacia él, notablemente molesta.
Se le fue encima, acortando la distancia entre ambos.
—¡Cállate!
No hables de lo que no sabes —le espetó ella con voz cortante.
—¿Que no sé?
—retrucó Darian, dando un paso al frente y sosteniéndole la mirada en una postura de total confrontación—.
¿Qué es lo que no sé?
¡Dímelo!
Aria empujó a Darian contra una de las paredes de la mazmorra.
Pero Darian le devolvió el empujón.
La pelea era inminente.
Aria canalizó su magia de viento, tirando a Darian por los aires.
Al caer, Darian se levantó furioso y le lanzó una bola de fuego.
La bola de fuego se acercaba a Aria, pero Varkas se interpuso, recibiendo el impacto en su escudo.
—¡BASTA!
—gritó Varkas.
El gigante pacífico se había cansado de la pelea.
—Ya fue suficiente los dos, aquí no son niños —continuó Varkas mientras bajaba su escudo—.
Si tanto quieren pelear, háganlo, ¡pero salgan afuera!
¿No querías proteger a tus compañeros, Aria?
¿Y tú, Darian, no los ves como tu familia?
Salgamos y terminemos esto.
No soy su niñera —sentenció.
Ambos se miraron y se sacudieron el polvo.
Se disculparon con Varkas y siguieron el camino a la superficie.
Casi llegando a la entrada, el ambiente cambió.
Algo en el aire no se sentía bien.
Al salir, el sol rojo se estaba poniendo, tiñendo el lugar de un naranja rojizo, y entre las luces del sol, decenas de largas siluetas oscuras se estiraban sobre la grava.
El paisaje rocoso que habían dejado atrás hace un par de horas ya no estaba desierto.
Decenas de hombres bloqueaban el estrecho paso que conectaba la montaña con el camino de regreso.
Estaban esparcidos en un amplio semicírculo frente a la entrada.
Vestían cueros gastados, pieles sucias y sostenían espadas, hachas y ballestas.
Algunos reían con un tono áspero, otros simplemente se mantenían en silencio.
Eran al menos treinta hombres fuertemente armados, agrupados, cerrándoles el paso por completo.
El líder de los hombres dio un paso al frente, golpeando su espada contra su escudo, con una sonrisa fría.
Aria tensó la mandíbula y llevó lentamente la mano a su carcaj.
Varkas desenvainó en silencio.
Darian sacó sus espadas negras, sintiendo cómo el mundo se reducía a los enemigos que tenían enfrente.
El viento helado de la montaña silbó entre las rocas, barriendo cualquier esperanza de un malentendido.
Estaban rodeados.
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