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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 19

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  3. Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 18 EL PESO DE LA SUPERVIVENCIA
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19: CAPÍTULO 18: EL PESO DE LA SUPERVIVENCIA 19: CAPÍTULO 18: EL PESO DE LA SUPERVIVENCIA El viento helado de los Picos Quebrados silbaba entre las rocas, arrastrando consigo el polvo y el olor a hierro viejo.

Darian apretó las empuñaduras de sus espadas negras.

La línea azulada de las hojas vibró apenas, como si las armas también contuvieran el aliento.

Treinta hombres.

Treinta espadas, hachas y ballestas apuntándolos.

El líder mercenario, un tipo de rostro picado de viruela y una sonrisa torcida, dio un paso al frente.

Golpeó su espada contra el escudo.

Un ritmo burlón.

—El Imperio paga bien por cabezas de fenómenos.

Nada personal.

Varkas no respondió.

Desenvainó en silencio, plantando sus pies en la grava.

El metal de su armadura crujió al tensarse sus músculos.

Era una montaña a punto de desatarse.

Aria, a su lado, llevó la mano al carcaj.

Su mandíbula era una línea de acero.

No miró a Darian.

Pero él sintió su presencia.

La sintió como se siente el filo de una daga en la oscuridad: letal y necesaria.

—Vengan a cobrar —gruñó Varkas.

Y el infierno se desató.

— Los primeros cinco mercenarios cargaron en bloque.

—¡Vamos, vamos, vamos!

—gritó uno de ellos, espoleando a sus compañeros—.

¡Son solo tres!

¡Tres contra treinta!

¡Aplástenlos de una vez!

Varkas no retrocedió.

Levantó su escudo y avanzó.

El impacto de los cuerpos contra la placa de dragón sonó como un trueno seco.

El gigante empujó, barriendo con su peso a dos hombres y abriendo una cuña en la formación enemiga.

Aria disparó.

No a matar.

Sus flechas de viento silbaban bajas, precisas.

Una golpeó la empuñadura de un hacha, arrancándola de las manos de su dueño.

Otra se clavó en la rodilla de un ballestero, que cayó gritando.

La tercera rozó la sien de un espadachín que se abalanzaba sobre Varkas, cegándolo con su propia sangre.

Darian cubría los flancos.

Sus dos espadas negras se movían en arcos cortos y letales.

Percepción de Flujo.

El mundo se ralentizó.

Vio la trayectoria de un tajo que buscaba su cuello y giró la muñeca.

El cristal resonante desvió el acero enemigo como si apartara una rama.

Un paso lateral.

Un tajo horizontal.

El mercenario cayó agarrándose el muslo.

Eran un equipo.

A pesar del silencio incómodo de los últimos días, a pesar de las palabras hirientes en la cueva, sus cuerpos se movían con la memoria del acero compartido.

Pero eran demasiados.

Un grupo de seis mercenarios con armaduras pesadas y escudos rectangulares se desgajó del grupo principal.

Avanzaban en formación cerrada, hombro con hombro, como una tortuga de hierro.

Lentos, pero imparables.

Ignoraron a Varkas y Aria.

Iban directos a por Darian.

Querían aislarlo.

Darian apretó los dientes.

Sintió el peso de la gravedad en su pecho, la losa invisible que lo acompañaba desde el cañón.

Sintió también el calor del huevo de Vaelor contra su espalda, palpitando acelerado, como si la cría dentro de él presintiera el peligro.

No era solo su vida la que estaba en juego.

Clavó su espada derecha en el suelo de grava.

Visualizó la humedad bajo la piedra, el agua oculta en la tierra seca.

La hoja negra brilló con un color marrón verdoso.

Y bajo los pies de los mercenarios acorazados, la grava se ablandó.

—¿Qué demonios…?

—gritó uno de ellos.

El suelo se convirtió en barro espeso y pegajoso.

Un pantano oscuro que les llegaba a las rodillas.

Los escudos pesaban, sus botas se hundían.

La formación perfecta se quebró en segundos.

Estaban atrapados, maldiciendo y forcejeando.

Darian no les dio tiempo a reaccionar.

Alzó su otra espada.

Esta vez, la hoja brilló con un blanco azulado, el color del fuego más puro contenido por la calma del agua.

Apuntó al centro del pantano.

No lanzó una bola de fuego.

Lanzó un rayo de calor extremo, concentrado.

El agua del barro se evaporó al instante.

Una explosión de vapor sobrecalentado envolvió a los mercenarios.

Los gritos de furia se convirtieron en alaridos de dolor.

La nube blanca los cegó, quemándoles la piel expuesta.

La tortuga de hierro se había convertido en una trampa hirviente.

Darian jadeó.

El esfuerzo le quemaba los pulmones.

Pero no había tiempo para el alivio.

Un grito a su izquierda lo heló.

Aria.

Se giró.

Tres hombres con ropas ligeras y dagas la habían flanqueado.

Ella ya no tenía flechas.

Empuñaba su cuchillo, pero los asesinos eran rápidos, escurridizos.

Uno de ellos saltó hacia su espalda con una daga de hoja verde.

Veneno.

Darian estaba demasiado lejos.

No llegaría ni aunque corriera.

El tiempo se detuvo.

Vio la daga acercándose a la espalda de su compañera.

Vio la expresión de Aria, que presentía el golpe pero no podía girarse a tiempo.

Y entonces, sintió la gravedad en su pecho.

El Dominio del Vacío.

La bestia encadenada que habitaba en él desde el Cañón Telesto.

No pensó.

No razonó.

Simplemente…

la soltó.

El mundo se distorsionó en un área de tres metros alrededor del grupo de asesinos.

El aire se volvió denso, pesado como plomo.

Un estampido sordo, antinatural, resonó en el desfiladero.

Los tres asesinos se estrellaron contra el suelo.

El suelo de grava bajo sus cuerpos se hundió varios centímetros, como si un martillo invisible los hubiera incrustado en la roca.

Sus propias dagas se les escaparon de las manos, clavándose en la tierra compactada como si pesaran quintales.

Sus gritos de sorpresa se convirtieron en gemidos ahogados por la presión.

Estaban aplastados contra el mundo, incapaces de levantar un dedo.

Aria cayó de rodillas, sintiendo el peso, pero en el centro del área el efecto era menor.

Ella podía moverse.

Levantó la vista y sus ojos verdes se encontraron con los de Darian.

No había miedo en ellos.

Había asombro.

Y algo más.

Comprensión.

Darian sintió un latigazo helado en sus nodos de maná.

Un sabor metálico le llenó la boca.

Sangre.

Le sangraba la nariz.

El mundo empezaba a oscurecerse en los bordes.

No podía mantenerlo.

—¡Aria, ahora!

—gritó, con la voz rota.

Ella no dudó.

Se incorporó con un movimiento fluido y, con tres golpes secos de su cuchillo, silenció para siempre los gemidos de los asesinos caídos.

Darian cortó el flujo.

La gravedad volvió a la normalidad.

Él cayó sobre una rodilla, mareado, escupiendo saliva teñida de rojo.

El calor del huevo de Vaelor en su espalda era ahora un fuego palpitante, como si la cría estuviera orgullosa o asustada.

Un cuerno resonó a lo lejos.

Luego otro.

Y otro más.

Desde el paso del sur, una nueva oleada de siluetas emergió entre la polvareda.

Refuerzos.

Otros veinte o treinta hombres, con antorchas y armas relucientes.

Varkas, que había terminado con sus oponentes, cojeaba visiblemente.

Un corte profundo en su muslo teñía de rojo oscuro su greba.

Miró a los refuerzos, luego al este.

Su voz resonó como un trueno cansado.

—¡No podemos con otra oleada!

¡Al este!

¡Ábranse paso hacia el este!

¡YA!

Aria recogió un carcaj caído de un mercenario muerto.

Solo quedaban tres flechas.

Darian se obligó a levantarse, ignorando el vértigo.

Varkas ya estaba cargando contra los últimos cinco o seis hombres que bloqueaban el estrecho desfiladero rocoso.

Aria disparó sus últimas tres flechas.

Esta vez, imbuidas con todo el viento que pudo reunir.

Los proyectiles no se clavaron.

Estallaron contra los escudos y los cuerpos de los dos mercenarios de los extremos, lanzándolos por los aires.

Darian, a pesar del agotamiento, levantó su espada.

Invocó una llamarada de viento y fuego, una ráfaga cegadora que no buscaba matar, sino aturdir.

Las llamas lamieron el centro de la formación enemiga, obligándolos a cubrirse los ojos.

Y entonces Varkas, el gigante herido, embistió como un ariete contra los dos hombres que quedaban en pie.

El impacto de su escudo los lanzó a un lado como muñecos de trapo.

El hueco estaba abierto.

—¡AHORA!

—rugió.

Corrieron.

Darian, Aria y Varkas se lanzaron a través del desfiladero, dejando atrás los gritos de los mercenarios y el sonido de los refuerzos llegando tarde.

La niebla baja de las montañas los envolvió.

El terreno cambió.

El aire se volvió más frío, más seco.

Estaban en tierra de nadie, cojeando, sangrando, pero vivos.

— En el paso de los Picos Quebrados, el líder mercenario pateó el suelo con furia.

Los refuerzos llegaron, pero ya era tarde.

Señaló el desfiladero, pero sus hombres se detuvieron.

Nadie quería adentrarse en territorio enano sin permiso.

El líder mercenario arrojó su casco al suelo con un grito de rabia.

—¡¿Tres?!

¡¿Tres miserables y no pudieron con ellos?!

—rugió a los hombres que aún se retorcían de dolor—.

¡Levántense, inútiles!

¡Miren lo que hicieron!

¡Un muchacho con dos espadas nos dejó en ridículo!

¡Treinta hombres no pudieron parar a tres!

Uno de los soldados de la segunda oleada, jadeando por la carrera, miró hacia el desfiladero oscuro y negó con la cabeza, incrédulo.

—Jefe…

ese muchacho…

hizo que el suelo se tragara a los nuestros.

No era magia normal.

No sé qué demonios era eso, pero yo no piso territorio enano ni loco.

El líder mercenario apretó los puños, observando la niebla con una mezcla de furia y, por primera vez, un atisbo de miedo.

Habían subestimado a aquellos “fenómenos”.

Y les había costado muy caro.

En las alturas, ocultos entre las sombras alargadas del atardecer, tres figuras encapuchadas observaban en silencio.

Sus capas oscuras se agitaban con el viento de montaña.

Una de ellas se adelantó levemente, y una ráfaga de aire apartó su capucha.

Un rostro pálido y anguloso, de belleza afilada y distante.

Y una oreja larga y puntiaguda.

Sus ojos, del color del hielo viejo, siguieron la estela de los tres fugitivos hasta que la niebla se los tragó.

El elfo volvió a cubrirse y susurró en una lengua antigua y melódica.

Sus compañeros asintieron.

Y tan silenciosamente como habían aparecido, las tres figuras se desvanecieron entre las rocas, siguiendo el rastro de su presa hacia las montañas enanas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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