Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 CAPÍTULO 19 LA FORJA DE LAS MONTAÑAS
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20: CAPÍTULO 19: LA FORJA DE LAS MONTAÑAS 20: CAPÍTULO 19: LA FORJA DE LAS MONTAÑAS La niebla de las montañas enanas era un manto helado que se pegaba a la piel y calaba hasta los huesos.
Darian avanzaba con paso tambaleante, sintiendo cada fibra de su cuerpo al borde del colapso.
El frío le mordía las mejillas y el aliento se le escapaba en nubes blancas que desaparecían tragadas por la bruma.
A su lado, Varkas cojeaba visiblemente.
El corte en su muslo había dejado de sangrar gracias a un vendaje de emergencia, pero cada paso era un recordatorio de la emboscada.
El gigante apretaba los dientes y seguía adelante, negándose a mostrar debilidad.
Aria cerraba la marcha.
Su capa de lobo sangriento, antes orgullosa y letal, ahora estaba manchada de barro y salpicaduras de sangre seca.
Tenía el arco en la mano, sin flechas, pero lista para usarlo como garrote si era necesario.
Su mirada escaneaba la niebla constantemente.
Ninguno hablaba.
El silencio entre ellos era tan denso como la niebla misma.
Estaban agotados y el frío no daba tregua.
—Necesitamos refugio —gruñó Varkas, rompiendo el hielo más por necesidad que por ganas de hablar—.
Si nos quedamos a la intemperie, el frío nos matará antes que cualquier mercenario.
Darian asintió, sin fuerzas para responder.
El calor del huevo de Vaelor contra su espalda era el único consuelo en medio de aquel páramo helado.
Palpitaba débilmente, como un pequeño corazón resistiéndose a rendirse.
Aria se detuvo de repente.
Señaló hacia una grieta en la pared rocosa, apenas visible entre la niebla.
—Allí.
Una entrada.
Era una abertura baja y estrecha, medio oculta por rocas caídas.
No parecía natural.
Los bordes estaban tallados con runas enanas desgastadas por el tiempo.
Un viejo puesto de avanzada, o quizás la entrada a una mina abandonada.
Avanzaron hacia ella con la cautela que permitía su agotamiento.
Antes de llegar a la entrada, una figura surgió de entre las sombras de la grieta.
Era baja, apenas llegaba al pecho de Darian.
Vestía un peto de cuero endurecido con hombreras de metal azulado y un delantal de herrera que parecía tener más batallas que muchos escudos.
Su cabello plateado estaba recogido en una coleta alta que caía sobre su hombro.
Sus ojos, de un violeta intenso, los observaban con una mezcla de desconfianza y curiosidad.
En sus manos sostenía una ballesta enana, pequeña pero de aspecto letal.
Apuntaba directamente al pecho de Varkas.
—Alto ahí, forasteros —dijo la enana con voz firme—.
¿Qué hacen un hombre bestia, una elfa y un humano en territorio enano?
Varkas levantó una mano en gesto de paz, aunque la otra descansaba en la empuñadura de su espada.
—Somos aventureros.
Tuvimos problemas en el paso.
Solo queremos curar nuestras heridas y un refugio para descansar.
No queremos traerte problemas.
La enana entrecerró los ojos.
Su mirada recorrió al grupo lentamente.
Primero al gigante herido, luego a la joven de la capa de lobo, y finalmente al muchacho de las espadas de cristal.
Su mirada se detuvo en Darian.
—Humano —dijo, y su tono cambió.
Ya no era solo desconfianza.
Había algo más oscuro, más personal—.
¿Sabes lo que los tuyos le hicieron a mi clan?
Darian le sostuvo la mirada.
Estaba demasiado agotado para discutir, pero no apartó los ojos.
—No.
Pero imagino que nada bueno.
—Nada bueno —repitió la enana con amargura—.
Llegaron de noche.
Bandidos humanos.
Saquearon, mataron y quemaron todo.
Se llevaron lo que quisieron.
Aria, a un lado, observaba en silencio.
Su mano no se movió hacia el cuchillo, pero su postura seguía tensa.
Aquel conflicto no era con ella.
Pero la hostilidad en el aire le ponía los nervios de punta.
Varkas permaneció inmóvil, listo para interponerse si era necesario.
Finalmente, la mirada de la enana se desvió hacia las espadas de Darian.
Sus ojos violetas se abrieron ligeramente.
La curiosidad innata de su raza pudo más que el rencor.
—¿Eso es…
obsidiana rúnica?
—preguntó, bajando la ballesta unos centímetros—.
¿Y esa capa?
¿Piel de Lobo Sangriento Alfa?
Darian asintió, sin fuerzas para dar explicaciones.
—Me llamo Darian.
Tuvimos que huir hacia aquí.
Solo queremos curar nuestras heridas y descansar.
Nada más.
La enana los observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.
Luego, con un suspiro, bajó la ballesta por completo.
—Está bien.
Pero entran bajo mi responsabilidad.
Y si intentan algo…
—golpeó el mango de un martillo que colgaba de su cinturón— ya saben.
—Trato hecho —dijo Varkas, sin molestarse en discutir.
—Y tú, gigante —añadió la enana, señalando la herida de su muslo—.
Esa herida hay que cerrarla antes de que se infecte.
Entra y te la curo.
Varkas asintió con un gruñido que podía ser tanto agradecimiento como resignación.
La enana les indicó que la siguieran y se adentró en la grieta.
El túnel era estrecho al principio, pero pronto se ensanchó hasta convertirse en una caverna iluminada por el suave resplandor de cristales de mana incrustados en las paredes.
El aire se volvió cálido y llevaba el inconfundible aroma del carbón y el metal caliente.
Una forja.
En el centro de la caverna, un yunque de piedra negra descansaba junto a un horno de ladrillos refractarios.
Herramientas de todos los tamaños colgaban ordenadas en las paredes.
Era un taller completo, escondido en las entrañas de la montaña.
—Soy Kára —dijo la enana, colgando la ballesta en un soporte junto a la entrada—, la última del Clan Kadrin.
Y este taller es lo único que los humanos no pudieron quemar.
La frase quedó flotando en el aire.
Darian sintió el peso de aquellas palabras.
No apartó la mirada, pero tampoco intentó defenderse.
Aria, desde un rincón, observaba en silencio.
Aquello no iba con ella.
Darian se dejó caer sobre un taburete de madera.
El calor de la forja le lamió el rostro y sintió que sus dedos entumecidos comenzaban a revivir.
El huevo de Vaelor palpitó con más fuerza contra su espalda, como si también agradeciera el refugio.
Kára se acercó a Varkas y examinó la herida de su muslo con ojo crítico.
—Esto necesita puntos.
Y un ungüento para evitar infección.
Siéntate.
Varkas obedeció, apoyando la pierna con un quejido.
Kára se arrodilló junto a él y comenzó a limpiar la herida con agua y un líquido oscuro de olor penetrante.
Mientras trabajaba, sus ojos se detuvieron en las muñecas del gigante.
Luego en su cuello.
Cicatrices.
Marcas profundas, desiguales, del roce constante del hierro contra la piel.
Kára se quedó quieta un instante.
Sus dedos rozaron una de las marcas en la muñeca de Varkas.
—¿Cuánto tiempo?
—preguntó en voz baja.
Varkas no apartó la mirada del fuego de la forja.
—Diez años.
Kára exhaló lentamente.
—Humanos —dijo, y la palabra sonó a escupitajo.
—Humanos —confirmó Varkas.
La enana volvió a su trabajo.
Comenzó a coser la herida con una aguja curva, sus movimientos precisos y metódicos.
El silencio se estiró entre ambos.
—Mi clan —dijo Kára sin levantar la vista—.
Los Kadrin.
Éramos veintisiete.
Forjadores, mineros, guardianes de las runas antiguas.
Vivíamos en un asentamiento al pie de la Montaña del Eco.
—Hizo una pausa para anudar un punto—.
Una noche, llegaron.
Bandidos humanos.
Rodearon el poblado y prendieron fuego a las casas.
Los que intentaron huir fueron asesinados.
Los que pudieron, capturados.
Se llevaron todo lo que tenía valor.
—¿Cómo escapaste tú?
—preguntó Varkas.
—No estaba.
Había bajado a las minas a extraer obsidiana rúnica.
Pasé tres días bajo tierra.
Cuando subí…
—Su voz se quebró apenas un instante, pero se recompuso de inmediato—.
Solo quedaban cenizas y huesos.
Terminó de coser y aplicó el ungüento con cuidado.
Luego alzó la vista y la clavó en Darian.
—El problema son los humanos.
El silencio se hizo pesado.
Darian sintió el peso de aquellas palabras como una losa adicional sobre su pecho.
No apartó la mirada, pero tampoco intentó defenderse.
—No todos.
La voz de Varkas resonó grave y firme.
Kára se giró hacia él, sorprendida.
—¿Cómo puedes decir eso?
—preguntó la enana, con incredulidad—.
Tú más que nadie…
diez años encadenado por ellos.
¿Y aún así los defiendes?
Varkas miró a Darian y a Aria.
Luego volvió a clavar sus ojos amarillos en Kára.
—Yo también perdí a los míos.
Mi tribu fue atacada por cazadores.
Mi esposa, mis hijos…
lograron escapar porque yo me quedé atrás para detenerlos.
—Hizo una pausa—.
Durante diez años solo fui una bestia para ellos.
Un animal para sus apuestas.
Pero este muchacho y esta elfa me liberaron.
Me devolvieron mi orgullo.
—Su voz se volvió más firme—.
No lucho por los humanos.
Lucho por ellos.
Son mi nueva familia.
Kára permaneció en silencio.
Su mirada viajó de Varkas a Darian, y luego a Aria.
Algo cambió en sus ojos violetas.
Ya no era solo desconfianza.
Había algo nuevo.
Una chispa de respeto, quizás.
O al menos, el reconocimiento de que aquellos tres no eran como los demás.
Para romper la tensión, sus ojos se fijaron en el bulto que sobresalía de la espalda de Darian.
—¿Qué llevas ahí?
Darian dudó un instante.
Miró a Varkas, que asintió levemente.
Luego, con cuidado, sacó el huevo de su mochila.
Era del tamaño de un puño grande, de un azul celeste con motas plateadas que brillaban débilmente bajo la luz de los cristales.
Palpitaba con un ritmo suave y constante, como un corazón dormido.
Kára abrió los ojos como platos.
—¿Eso es…
un huevo de dragón?
—De Vaelor —confirmó Darian—.
El guardián del Cañón Telesto.
Murió para salvarnos.
Kára alargó una mano, pero se detuvo a medio camino.
Miró a Darian, pidiendo permiso.
Él asintió.
La enana rozó la superficie del huevo con la yema de los dedos.
—Están metidos en algo muy grande —murmuró, casi para sí misma.
Retiró la mano y volvió a centrarse en la herida de Varkas.
Aplicó un vendaje limpio y se incorporó.
—Hace dos días vi a un grupo de encapuchados cruzar el paso.
No eran humanos.
Se movían como sombras.
Preguntaron por una elfa.
Aria se tensó.
Su mano se cerró alrededor del mango de su cuchillo.
—¿Y qué les dijiste?
—preguntó Darian.
—Nada.
No hablo con desconocidos.
Pero iban hacia el este.
Y no parecían de por aquí.
Darian apoyó la cabeza en la pared de piedra.
El calor de la forja le lamía el rostro.
El aroma del metal y el carbón le llenaba los pulmones.
El peso en el pecho de Darian se sintió un poco más ligero.
El huevo de Vaelor, contra su espalda, palpitó suavemente, como si también sintiera que, al menos por esta noche, estaban a salvo.
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