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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 CAPÍTULO 2 La Anomalía en Monte Bajo
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3: CAPÍTULO 2: La Anomalía en Monte Bajo 3: CAPÍTULO 2: La Anomalía en Monte Bajo El aire dentro de la mazmorra no solo era húmedo; era pesado, cargado de un hedor a moho y algo más rancio, como carne que se pudre lentamente en la oscuridad.

Darian sentía el frío del acero de su espada corta filtrándose a través del cuero de su guante.

Cada paso que daba sobre el suelo de piedra irregular resonaba en sus oídos como un trueno, a pesar de sus intentos por ser silencioso.

—¡Izquierda!

—el susurro de Aria fue un latigazo de autoridad.

Darian giró la cabeza justo cuando una silueta escuálida se desprendía de las sombras.

Era un goblin, pero no como los de los libros de cuentos.

Su piel era de un verde bilioso, tensa sobre costillas que se marcaban con cada respiración sibilante.

Tenía ojos de un amarillo turbio y una boca llena de dientes astillados que goteaban una saliva espesa.

El monstruo saltó con una agilidad antinatural, blandiendo un fémur afilado como si fuera una daga.

Darian activó su energía.

El calor del refuerzo físico subió por sus piernas, pero la inexperiencia le cobró factura: al intentar pivotar, su bota se hundió en una capa de limo resbaladizo.

Perdió el equilibrio y el mundo se inclinó.

El golpe del goblin solo falló porque el joven terminó cayendo de hombro contra la pared húmeda.

Antes de que la criatura pudiera saltar sobre su pecho, un silbido agudo cortó el aire.

Una flecha de Aria le atravesó la garganta, clavándolo al suelo mientras sus patas cortas se agitaban en una danza de muerte frenética que salpicó de negro las botas de Darian.

—Levántate —ordenó Aria, sin apartar la vista del túnel—.

En una mazmorra, el suelo es tu primer enemigo.

Si no sientes dónde pisas, ya estás muerto.

Darian se puso en pie, limpiándose el barro y la vergüenza.

Tres sombras más emergieron de las grietas.

Esta vez, el joven no esperó.

Obligó a su corazón a calmarse y canalizó el flujo de poder hacia sus brazos.

Cuando el primer goblin se lanzó con un chillido desgarrador, Darian realizó un tajo ascendente; el acero vibró al chocar contra el arma de hueso del enemigo, pero la fuerza bruta de su refuerzo físico desintegró el hueso y continuó el arco, abriendo el pecho del monstruo en un corte profundo que inundó el aire con un olor metálico y dulce.

Al descender al segundo nivel, el entorno se volvió claustrofóbico.

El techo descendió y las raíces de los árboles de la superficie perforaban la piedra como dedos retorcidos.

El goteo del agua era constante, un sonido rítmico que ocultaba cualquier otro ruido.

Darian avanzaba con los hombros bajos, sintiendo cada músculo de sus piernas protestar por la tensión.

Se enfrentaron a un grupo de slimes, masas viscosas y translúcidas que palpitaban con un núcleo violáceo.

Darian tuvo que moverse con rapidez, lanzando estocadas quirúrgicas para destruir los núcleos antes de que el ácido de las criaturas devorara su equipo.

Llegaron a una pequeña gruta donde la luz de los hongos fluorescentes iluminaba un lecho de hierba medicinal.

Darian se arrodilló, pero antes de tocar la primera hoja, un impacto sordo hizo vibrar la piedra bajo sus rodillas.

Fue un choque de metal contra roca, pesado y seco.

Aria se congeló.

Su mano derecha, que ya buscaba otra flecha, se detuvo a mitad de camino.

Se giró hacia la rampa que conducía al tercer nivel y le hizo una señal imperativa a Darian para que guardara silencio.

Caminaron hacia el borde del descenso.

Una línea de sangre fresca, de un rojo brillante, trazaba un camino macabro hacia abajo.

Había marcas de arrastre, como si algo pesado hubiera sido llevado por la fuerza.

—Eso…

suena a acero —susurró Darian, con la voz tensa—.

¿Hay otros aventureros aquí?

—No debería haber nadie —respondió Aria, y por primera vez, Darian notó una pizca de duda en su voz—.

Este rastro es demasiado reciente.

Bajaron al tercer nivel, donde el aire se volvió gélido.

La cámara que se abrió ante ellos era inmensa, pero lo que capturó su atención fue la carnicería.

Varios especímenes de Trolls de cueva y Escarabajos acorazados, monstruos que habitualmente dominaban este piso, yacían esparcidos por el suelo.

Un Troll, una masa de músculos de casi dos metros, había sido partido a la mitad de un solo tajo.

No había señales de lucha prolongada.

Las columnas de piedra de la sala estaban agrietadas, con trozos de roca desprendidos como si algo con la fuerza de un ariete hubiera impactado contra ellas.

Entonces, el silencio fue reemplazado por el sonido del horror: pasos lentos, pesados, y el roce constante de una hoja de metal de gran tamaño siendo arrastrada por la grava.

De la oscuridad profunda emergió el Caballero Espectral.

Era una armadura de placas completa, de un gris ceniza que parecía absorber la luz.

Bajo el yelmo no había rostro, solo un vacío negro del que emanaba una neblina fría.

La espada que arrastraba era tan larga como el propio Darian.

—Darian prepárate para pelear.

Grito Aria El Caballero Espectral dio un paso al frente.

El sonido de su bota metálica contra la grava no fue un simple paso; fue un impacto sordo que vibró en la boca del estómago de Darian.

Sin previo aviso, la figura alzó su espada colosal con una sola mano y cargó.

—¡Muévete!

—gritó Aria.

Darian apenas tuvo tiempo de lanzarse hacia un lado.

El acero del caballero golpeó el suelo donde él estaba un segundo antes, partiendo la piedra sólida como si fuera cristal.

El impacto levantó una nube de esquirlas y polvo que cegó a Darian momentáneamente.

La fuerza fue tal que una de las columnas cercanas comenzó a soltar fragmentos de piedra del techo, amenazando con venirse abajo.

Aria no se quedó atrás.

Con una velocidad que justificaba su rango Plata, encordó tres flechas al mismo tiempo.

Sus dedos se movieron como un rayo y los proyectiles salieron disparados, envueltos en una tenue aura de energía.

Las flechas impactaron en las articulaciones de la armadura, pero en lugar de atravesarlas, rebotaron con un sonido seco, dejando apenas unos rasguños superficiales en el metal grisáceo.

El caballero ignoró a la arquera y fijó su vacío yelmo en Darian.

El joven, sintiendo que el pánico amenazaba con paralizarlo, forzó a su Refuerzo Físico al límite.

Sintió sus músculos arder, casi al punto de romperse, una sensación de calor extremo que recorría cada fibra de su cuerpo.

Cuando la gran espada descendió de nuevo en un arco vertical, Darian no esquivó: interpuso su propia hoja en un bloqueo desesperado.

El choque fue brutal.

Darian sintió cómo los huesos de sus brazos crujían bajo la presión.

Sus pies se hundieron en el suelo agrietado, y la fuerza lo obligó a hincar una rodilla en tierra.

El metal de su espada corta empezó a emitir un chirrido agónico ante el peso de la hoja espectral.

Estaba a punto de ceder.

—¡Darian, aguanta!

—Aria dejó caer su arco y desenvainó su cuchillo corto.

Corrió por la pared lateral, desafiando la gravedad con saltos precisos sobre los escombros, y se lanzó sobre la espalda del caballero.

Con una precisión letal, Aria buscó una pequeña abertura en el cuello de la armadura.

Su cuchillo penetró, pero no encontró carne, solo una resistencia gélida.

Un destello azulado surgió del interior del yelmo.

—¡El núcleo!

—gritó ella—.

¡Darian, en el pecho, bajo la placa central!

El Caballero Espectral soltó una onda de choque de aire frío que lanzó a Aria contra una columna.

Darian, viendo a su supervisora caer, rugió de pura adrenalina.

Aprovechando que el caballero había levantado su espada para el golpe final, el joven se impulsó hacia adelante.

No fue un tajo, fue una estocada con todo el peso de su cuerpo y su energía concentrada en la punta del acero.

La espada de Darian encontró la grieta en la armadura del pecho.

Hubo una resistencia momentánea, como si estuviera atravesando hielo espeso, y luego algo se rompió.

Un brillo blanco cegador estalló desde el interior del caballero.

El sonido que siguió fue ensordecedor.

No fue el caballero gritando, sino la propia mazmorra colapsando.

La fuerza del núcleo destruido actuó como una carga explosiva en una estructura ya debilitada.

La columna donde Aria estaba apoyada se partió, y el techo de la cámara comenzó a ceder en grandes bloques de granito.

—¡Aria!

—alcanzó a gritar Darian, extendiendo su mano mientras el suelo bajo sus pies se desintegraba.

La semielfa intentó saltar hacia él, sus dedos rozaron los de Darian por un instante agónico, pero una grieta enorme se abrió entre ambos.

El suelo del tercer nivel desapareció por completo, devorado por una oscuridad más profunda de lo que cualquier mapa indicaba.

Darian cayó al abismo, viendo cómo la luz de los cristales de arriba se convertía en un punto lejano antes de desaparecer tras una lluvia de escombros.

Darian despertó en medio de un silencio absoluto, tan denso que podía escuchar el silbido de su propia respiración entrecortada.

El dolor en sus costillas era un recordatorio punzante de la caída y el polvo le llenaba la garganta, obligándolo a toser con esfuerzo.

Estaba solo.

No había rastro de Aria, ni de los restos del caballero, ni de la luz de los niveles superiores.

Se incorporó con dificultad, usando la pared de piedra para sostenerse.

A diferencia de las paredes rústicas y húmedas de los niveles superiores de Monte Bajo, esta piedra era lisa y trabajada con una maestría antigua que no parecía natural.

En el centro de la cámara, sobre un pedestal de piedra negra, descansaba un libro.

Darian se quedó inmóvil.

En su mente, como un eco lejano, resonó la voz de su padre durante sus años de formación en Ravel: —”Existen los tomos, que son registros de habilidades asimilables…

y luego están los Grimorios.

La mayoría piensa que son leyendas, mitos sobre un poder que se fusiona con el alma.

No te distraigas con cuentos ahora, pero si alguna vez el mundo vuelve a ver uno, la realidad se sacudirá hasta sus cimientos”.

Allí estaba.

El grimorio era imponente, una presencia que llenaba la habitación.

Su cubierta parecía hecha de obsidiana pulida, pero con la textura de la seda.

No era simplemente negro; era un vacío que absorbía la luz.

En los bordes, unos refuerzos de plata antigua sujetaban las tapas, grabados con runas que parecían desplazarse milimétricamente si se las miraba fijamente.

Lo más asombroso era el centro.

No tenía un título, sino un cristal de color ámbar oscuro incrustado en la portada, tallado en forma de ojo cerrado.

De su interior emanaba una pulsación rítmica, un calor tenue que Darian sentía en la boca del estómago, sincronizándose con su propio pulso.

Darian no dio un paso adelante.

Simplemente se quedó allí, observándolo con la respiración contenida.

A pesar del miedo por Aria —que se había quedado atrás enfrentando el peligro con su arco y aquel cuchillo corto—, sintió una atracción primitiva.

Un reconocimiento mutuo.

Como si el libro hubiera estado contando los siglos, esperando exactamente el peso de sus pasos.

—No es un mito…

—susurró Darian, su voz quebrando el silencio de la tumba—.

Es real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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