Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 21
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21: CAPÍTULO 20: GRIETAS 21: CAPÍTULO 20: GRIETAS Darian abrió los ojos.
El calor contra su espalda era más intenso que nunca.
El huevo de Vaelor palpitaba con un ritmo firme, como un tambor lejano.
Algo estaba cambiando dentro de aquel cascarón.
Se incorporó con cuidado.
La forja estaba en calma.
El fuego del horno crepitaba suavemente.
Varkas dormía profundamente, su respiración pesada llenaba la caverna como un oleaje constante.
Kára trabajaba en su yunque, limando una pieza de metal con movimientos precisos y silenciosos.
No miraba a nadie.
Pero sus orejas, ligeramente puntiagudas, estaban atentas.
Aria estaba despierta.
Sentada contra la pared de piedra, con la espalda recta y la mirada fija en la entrada de la cueva.
Su postura era rígida.
No había dormido.
O no había querido hacerlo.
El silencio entre ellos era denso.
No era el silencio de la calma.
Era el silencio de las palabras atragantadas, de los reproches contenidos, de la herida que supuraba sin cerrar.
Darian lo sentía en el aire, como una presión adicional sobre su pecho, sumándose al peso del Dominio del Vacío.
Se levantó.
El frío de la piedra le recordó que seguía agotado, pero ya no al borde del colapso.
Caminó hacia Aria con pasos lentos, midiendo cada uno.
El sonido de sus botas contra la roca resonaba en la caverna como martillazos.
—Aria.
Ella no se giró.
—Tenemos que hablar de lo que pasó.
—No hay nada que hablar.
—Su voz era plana, sin matices.
Una puerta cerrada—.
Tomaste una decisión sin nosotros.
Casi nos matan.
Fin.
Darian apretó los puños.
El silencio volvió a estirarse, tenso como la cuerda de un arco.
Kára seguía limando, pero sus movimientos eran más lentos.
Varkas ya no roncaba.
—No vi otra salida —dijo Darian al fin—.
El Imperio nos ofreció los archivos.
La verdad sobre Sarion.
Si no aceptaba, quizás nunca tendríamos otra oportunidad.
Aria se giró por fin.
Sus ojos verdes estaban encendidos.
La tensión en el ambiente se disparó.
—¿Y qué querías que hiciera?
—La voz de Darian también subió—.
¿Que me quedara en Arkania esperando a que el Imperio decidiera usarnos de otra forma?
¿Que dejara escapar la única pista que tenemos?
—¡Quería que confiaras en nosotros!
—Aria se puso de pie, enfrentándolo.
El movimiento fue tan brusco que Kára detuvo su lima por completo—.
¡Que no decidieras como si fuéramos tus piezas de juego!
¡Somos un equipo, Darian!
¡O se supone que lo éramos!
—¡Nunca dije que no lo fuéramos!
—¡Actuaste como si no lo fuéramos!
El grito de Aria rebotó en las paredes de piedra.
La caverna entera pareció encogerse.
Kára dejó la lima sobre el yunque y se giró, observando.
Varkas abrió los ojos, pero no se movió.
Darian respiró hondo.
La rabia y la frustración le quemaban por dentro.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—A veces creo que te importa más tu orgullo que el equipo.
Aria se quedó helada.
Sus ojos se abrieron por un segundo, heridos.
La temperatura en la caverna pareció descender varios grados.
Luego, su expresión se torció en algo más oscuro.
—Por lo menos yo no soy un fracasado que tardó ocho años en aprender un refuerzo físico.
El silencio que siguió fue absoluto.
Ni el fuego crepitaba.
Ni el viento silbaba en la entrada.
Nada.
Darian se quedó blanco.
Como si le hubieran arrancado todo el aire de los pulmones.
Ocho años.
Ocho años de frustración, de sentirse inútil, de ver cómo otros avanzaban mientras él se quedaba atrás.
Todo eso, condensado en una sola frase.
Dicha por una de las pocas personas en las que confiaba.
No respondió.
No podía.
Solo la miró, roto.
Aria abrió la boca, pero nada salió.
El arrepentimiento ya asomaba en sus ojos, pero el daño estaba hecho.
—Basta.
La voz de Varkas no fue un grito.
Fue una roca asentándose.
El gigante se incorporó, su enorme figura interponiéndose entre ambos.
—Ya está.
Lo que pasó, pasó.
Su voz era grave, cansada, pero firme.
El ancla del grupo en medio de la tormenta.
—Discutir quién tuvo la culpa no nos va a devolver a Arkania ni va a hacer que esos mercenarios desaparezcan.
Aria apretó los labios.
Darian ni siquiera pestañeó.
Varkas los miró a ambos, alternando el peso de su mirada amarilla.
Primero a Darian.
Luego a Aria.
—Somos un equipo.
Una familia.
Nos guste o no, nuestro futuro depende de nosotros mismos.
Y ese futuro no se forja peleándonos ni echándonos cosas en cara.
Se forja unidos.
O no se forja.
Hizo una pausa.
El fuego del horno crepitó.
—Afuera hay enemigos.
Encapuchados que buscan a Aria.
Un Imperio que nos tendió una trampa.
Secretos que ni siquiera entendemos.
Si nos quedamos aquí rasgándonos las vestiduras, estamos muertos.
Todos.
Miró a Darian.
—Tú eres el que lleva el peso más grande.
Lo sé.
Miró a Aria.
—Y tú eres la que nos mantiene alerta.
También lo sé.
Volvió a mirar a ambos.
—Pero ninguno de los dos va a llegar lejos si no confían el uno en el otro.
Así que guarden el orgullo.
Curen sus heridas.
Y cuando estén listos, vuelvan a ser el equipo que yo elegí seguir.
El silencio regresó.
Pero ya no era el mismo.
La tensión seguía allí, pero algo había cambiado.
Una grieta en el muro de hielo.
Darian asintió lentamente.
No dijo nada.
No podía.
Aria desvió la mirada hacia el fuego.
Su mandíbula seguía tensa, pero sus hombros habían descendido un palmo.
Tampoco dijo nada.
Pero no se fue.
Kára, desde el yunque, observaba.
Sus ojos violetas iban de uno a otro.
No entendía del todo lo que acababa de presenciar, pero reconocía el peso de aquel momento.
Un grupo roto intentando no desmoronarse del todo.
Un crujido.
Todos se giraron.
El huevo de Vaelor, que Darian había dejado junto al fuego, tenía una grieta.
Una fisura fina recorría la superficie azul celeste, desde la base hasta casi la cúspide.
No se rompió del todo.
Pero algo dentro se movió.
Una sombra diminuta, viva.
Kára se acercó.
Varkas también.
Aria olvidó el rencor por un instante y dio un paso involuntario hacia adelante.
Darian contuvo el aliento.
Se arrodilló junto al huevo.
La grieta era pequeña, pero el calor que emanaba era distinto.
Más vivo.
Como un corazón a punto de despertar.
El cascarón no se abrió.
Pero algo dentro palpitó con fuerza, sincronizándose con el pulso de Darian.
Afuera, la niebla seguía.
Los encapuchados seguían allí.
El Imperio seguía siendo una amenaza.
Pero dentro de la forja, en medio de las grietas de un grupo a punto de quebrarse, algo nuevo estaba a punto de nacer.
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