Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 CAPÍTULO 21 EL LATIDO DEL ALBA
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22: CAPÍTULO 21: EL LATIDO DEL ALBA 22: CAPÍTULO 21: EL LATIDO DEL ALBA El crujido rompió el silencio como un relámpago en la noche.
Darian se giró.
El huevo de Vaelor, que había quedado junto al fuego, ya no tenía una simple grieta.
El cascarón azul celeste se resquebrajaba en múltiples direcciones, y de cada fisura brotaba una luz dorada y cálida, como un amanecer contenido.
—Se está abriendo —murmuró Kára, dejando caer su lima.
Varkas se incorporó sin hacer ruido.
Aria se puso de pie lentamente, con los ojos fijos en el huevo.
La tensión de la pelea aún flotaba en el aire, pero por un instante, todos la olvidaron.
El cascarón cedió.
Una espiral de polvo dorado se elevó desde el interior, girando lentamente alrededor de la pequeña criatura que emergía.
Los cristales de mana en las paredes brillaron con más intensidad.
El fuego del horno crepitó con fuerza renovada.
Y entonces, la luz se disipó.
Allí estaba.
Apenas del tamaño de un gato doméstico.
Escamas de un azul profundo, salpicadas de motas plateadas que brillaban con luz propia.
Alas plegadas contra el lomo, membranas translúcidas como el cielo al amanecer.
Una cola larga que se agitaba sin control.
Y dos ojos dorados, húmedos y curiosos, que parpadearon por primera vez.
El pequeño dragón dio un paso.
Tropezó.
Cayó.
Se levantó con terquedad.
Otro paso.
Otro tropiezo.
Nadie hablaba.
Sus ojos dorados recorrieron la forja.
Vieron el fuego.
Las herramientas.
A Kára, con sus ojos violetas muy abiertos.
A Varkas, cuya respiración se había detenido.
A Aria, que por primera vez en días no tenía el ceño fruncido.
Y luego, se detuvieron en Darian.
El pequeño dragón inclinó la cabeza.
Darian extendió una mano, con la palma hacia arriba.
La criatura olfateó el aire y caminó hacia él, tambaleándose.
Cuando llegó a su altura, frotó la cabeza contra sus dedos.
Darian sintió un calor desconocido recorrerle el brazo y anclarse en su pecho, justo donde el Dominio del Vacío pesaba como una losa.
No era un calor que quemara.
Era un calor que sanaba.
El pequeño dragón emitió un sonido grave, profundo, que vibró en el pecho de Darian como un segundo corazón.
Luego se acurrucó contra su palma y cerró los ojos.
Darian lo levantó con cuidado y lo sostuvo contra su pecho.
La criatura se acomodó al instante, como si aquel fuera su lugar desde siempre.
Kára rompió el silencio.
Su voz era apenas un susurro.
—Los dragones no eligen a simples mortales.
Y cuando lo hacen…
es un vínculo que trasciende la vida misma.
Varkas sonrió.
—Este muchacho nunca deja de sorprenderme.
Aria no dijo nada.
Pero se acercó.
Despacio, como quien se acerca a un fuego que no quiere apagar.
Se sentó al lado de Darian, con la espalda apoyada en la misma pared de piedra.
No lo miró a los ojos.
Pero se quedó allí.
El pequeño dragón abrió los ojos y la miró.
Aria sostuvo la mirada dorada sin pestañear.
La criatura parpadeó y volvió a cerrar los ojos.
Silencio.
—Lo que dije antes…
sobre tus ocho años…
—Aria…
—Déjame terminar.
—Su voz era firme, pero no agresiva—.
No debí decirlo.
Fue cruel.
Y falso.
Darian bajó la mirada hacia las escamas azules que brillaban contra su pecho.
—Gracias.
Aria asintió.
No sonrió.
No lo abrazó.
Pero se quedó allí, compartiendo el silencio y el calor de aquella pequeña vida que había elegido quedarse con ellos.
Varkas avivó el fuego.
Kára volvió a su yunque, pero sus ojos violetas seguían yendo del pequeño dragón a Darian, y de Darian a Aria.
Por un instante, todo estuvo en calma.
Kára se tensó.
—Hay movimiento ahí fuera —dijo, con la voz repentinamente grave—.
Lejos todavía.
Pero vienen hacia aquí.
Varkas se puso en pie.
Aria tomó su arco.
Darian, con el pequeño dragón aún en brazos, se levantó.
Afuera, la niebla ocultaba las figuras que se acercaban.
Pero sus pasos ya resonaban en la piedra.
La calma había terminado.
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