Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 CAPÍTULO 3 El Nombre Prohibido
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4: CAPÍTULO 3: El Nombre Prohibido 4: CAPÍTULO 3: El Nombre Prohibido Darian permaneció inmóvil frente al pedestal.
En su mente resonaba la voz de su padre, pero la realidad que tenía ante sus ojos era mucho más pesada que cualquier relato de infancia.
Aquella frase que había pronunciado segundos antes, “No es un mito…
es real”, cobraba ahora un peso físico que casi le impedía respirar.
El cristal de ámbar en la portada del libro, ese ojo cerrado que parecía palpitar, emitía un calor que Darian sentía en sus propios huesos.
Sin poder evitarlo, impulsado por una atracción que desafiaba su miedo, extendió la mano y tocó la superficie fría del libro.
El mundo se detuvo.
No fue una explosión, sino una inmersión violenta en una memoria ajena.
Darian se encontró de pie en un terreno yermo, bajo un cielo cargado de nubes negras que asfixiaban cualquier rastro de luz.
El aire olía a ceniza y a una energía eléctrica que erizaba su piel.
Frente a él, una figura de pesadilla se alzaba como una torre de sombras: el Rey Demonio.
Pero lo que detuvo el corazón de Darian fue el hombre que le hacía frente.
No era humano.
De su frente nacían cuernos finos y oscuros, y su piel tenía una palidez lunar que contrastaba con la sangre que manchaba su túnica.
Era un demonio, pero su postura no era de villano, sino de un guerrero exhausto que sostenía un báculo agrietado.
—¿Por qué?
—retumbó la voz del Rey Demonio, haciendo que la realidad misma vibrara—.
Eres el más grande de nuestra estirpe.
¿Por qué traicionaste a los tuyos por estas razas inferiores, Sarion?
Darian quiso gritar, pero la visión se disolvió en hilos de energía que se enroscaron en su pecho.
Sintió un cambio profundo en su alma, un peso nuevo que se asentaba sobre su corazón, algo que no podía explicar pero que lo hacía sentir fundamentalmente distinto.
—¡Darian!
¡Reacciona!
El grito de Aria lo trajo de vuelta a la cámara de piedra lisa.
Darian cayó de rodillas, jadeando.
El pedestal estaba vacío.
Aria estaba a su lado, sujetándose el hombro izquierdo con una mueca de dolor; el impacto contra la columna en el nivel superior la había dejado malherida, aunque mantenía su cuchillo corto desenvainado por puro instinto.
—Piso cinco —dijo ella con una urgencia gélida—.
Caímos demasiado profundo.
No preguntes, no hables.
Si nos quedamos aquí, no saldremos nunca.
Darian se puso en pie, sintiendo que sus sentidos estaban extrañamente alerta.
El túnel que tenían delante, sumido en la oscuridad, parecía vibrar ante sus ojos.
No habían avanzado mucho cuando el peligro se materializó.
Un Acechador de las Sombras se deslizó desde el techo.
Era una masa de garras y colmillos translúcidos.
Aria se interpuso, pero su movimiento era más lento de lo habitual por su lesión.
Darian sintió entonces un pinchazo en el pecho y, por puro instinto, susurró: —Percepción del flujo…
El mundo perdió su color.
Darian vio una estela de energía azul que marcaba la trayectoria del salto del monstruo hacia el cuello de Aria.
Al mismo tiempo, en la base del cráneo de la criatura, distinguió un nudo tenue de luz.
Su punto débil.
—¡Aria, abajo!
—gritó, lanzándose hacia adelante.
La espada de Darian interceptó el nudo de luz en el aire.
No fue la fuerza lo que detuvo al monstruo, sino la precisión absoluta.
El Acechador soltó un alarido y retrocedió, herido de una forma que no parecía lógica.
Darian cayó de rodillas de inmediato.
Un dolor punzante le atravesó la cabeza y sintió un líquido caliente correr por sus ojos y sus oídos.
Sangre.
Sus sentidos estaban gritando por el esfuerzo.
—¿Cómo lo has…?
—Aria no terminó la frase.
Lo levantó por el hombro sano—.
Luego.
Ahora corre.
La salida fue una odisea de sombras.
Se movieron en silencio, escondiéndose en grietas mientras patrullas de monstruos pasaban a pocos metros.
Aria guiaba con maestría, aunque Darian notaba que ella lo observaba de reojo, con una duda que no se atrevía a verbalizar.
Finalmente, alcanzaron la superficie.
El aire nocturno de Monte Bajo los recibió con un silencio sepulcral.
Mientras caminaban hacia el linde del bosque, Darian se detuvo un segundo y miró hacia atrás.
Allí, sobre un risco elevado, creyó ver una silueta envuelta en una capa oscura observándolos.
Irradiaba una intención gélida.
—Aria…
—murmuró Darian, deteniéndose—.
Creo que vi algo por allá arriba.
Aria se giró al instante, tensando lo que quedaba de su postura de combate.
Escaneó el risco, pero la silueta ya no estaba.
—¿Qué?
¿Qué cosa?
—preguntó ella, con la voz alerta.
Darian parpadeó.
El risco estaba vacío.
—No…
nada.
Creo que no estoy bien de la vista…
debe ser el golpe.
Aria lo miró fijamente unos segundos antes de suspirar y seguir caminando.
—No es de extrañar.
Camina, no quiero estar aquí cuando el resto de la mazmorra despierte.
El trayecto hacia Arkania fue un borrón de fatiga.
Al llegar a las puertas de la ciudad, el ambiente nocturno, iluminado por faroles de cristal mágico, se sentía extraño, como si el mundo conocido ya no fuera el mismo para Darian.
Entraron en el Gremio bajo la mirada atónita de los presentes.
Aria, con su rango plata manchado de polvo y sangre, informó de la anomalía: el Caballero Espectral en un piso superior y el colapso.
—Es un milagro que estén vivos —gruñó Garrick, el instructor, mirando con sospecha las heridas de Darian.
Darian no dijo nada.
Se mantuvo en silencio, sintiendo el calor en su pecho.
En el rincón más oscuro del salón, el oficial del Imperio tomaba notas, observándolo con una intensidad analítica.
El secreto de Sarion latía en el alma de Darian, mientras las sombras que los habían vigilado en la mazmorra parecían extenderse sobre su futuro.
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