Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO 4 El Peso del Bronce
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5: CAPÍTULO 4: El Peso del Bronce 5: CAPÍTULO 4: El Peso del Bronce El salón principal del Gremio de Arkania era un hervidero de actividad.
El aire estaba saturado con el aroma de guisos de carne, el olor acre del sudor y el metal, y un murmullo constante que subía y bajaba como la marea.
Darian esperaba frente al mostrador principal.
No fue Garrick quien salió a recibirlo, sino Valerius, el Maestro del Gremio.
Era un hombre imponente, con el cabello canoso y una cicatriz que le recorría el cuello, pero sus ojos, aunque severos, mostraban un brillo de respeto.
—Darian de Ravel —dijo Valerius, dejando caer una bolsa de cuero que tintineó con fuerza sobre el mostrador—.
Han traído información vital.
Lo que tú y Aria enfrentaron en Monte Bajo no debería haber estado allí.
El Caballero Espectral, las sombras que te acecharon y la inestabilidad de ese nivel cinco son advertencias que el Gremio no pasará por alto.
Aquí tienes tu paga por el éxito de la misión y por los datos recuperados.
Valerius sacó entonces un objeto que brilló con un tono apagado bajo las antorchas: un disco de bronce macizo, tosco y pesado.
—A partir de hoy, dejas de ser un aspirante —sentenció Valerius con un asentimiento—.
Bienvenido al Gremio, aventurero de Rango Bronce.
Lleva esta placa con orgullo; es la marca de alguien que sabe mantenerse en pie cuando la oscuridad intenta arrastrarlo.
Darian tomó la placa, sintiendo su peso real.
Ya no era un simple muchacho de pueblo; era, oficialmente, un aventurero.
—Te lo has ganado —dijo Aria, apareciendo a su lado mientras salían al aire fresco de la tarde.
Caminaron hacia la posada “El Descanso del Viajero”.
Aria lo notaba distante, con la mirada fija en el suelo, como si todavía estuviera procesando el eco de los gritos en la mazmorra, el colapso del techo y el frío de la espada del espectro.
—Darian —lo detuvo ella antes de llegar a la puerta—.
Estás raro.
Lo que pasó allí abajo…
esa habilidad que usaste para esquivar los ataques y predecir el derrumbe…
no fue suerte.
Darian suspiró, sintiendo el agotamiento mental quemándole las sienes.
—Aria, de verdad, estoy agotado.
Siento que mi cabeza va a estallar.
Necesito asimilar todo lo que pasó en ese nivel cinco.
Te prometo que, cuando esté más tranquilo, te contaré todo lo que vi y cómo lo hice.
Aria lo estudió un segundo, vio la sinceridad en su cansancio y asintió.
—Está bien.
Descansa.
Mañana nos ocuparemos del resto.
A la mañana siguiente, Darian visitó la Gran Biblioteca.
En un tomo antiguo sobre las “Huestes del Rey Demonio”, encontró lo que buscaba.
Sus dedos temblaron al leer los nombres de los Cuatro Generales: Seth el baluarte, Krug el filo, Nyssa la voz de la sangre…
y Sarion, el Archimago.
El registro simplemente nombraba a Sarion como uno de los pilares del ejército enemigo bajo el mando del Rey Demonio.
Darian cerró el libro, confundido.
No cuadraba.
La visión del grimorio le había mostrado a Sarion enfrentándose a su propio rey, siendo llamado traidor por proteger a los humanos.
“¿Por qué los libros dicen que servía al Rey Demonio y mi visión muestra una rebelión?”, se preguntó.
Había piezas que no encajaban en la historia que todos conocían.
Al mediodía, se reunió con Aria en la plaza principal, frente a la imponente estatua de Alterion.
La plaza rebosaba de vida: mercaderes gritando, niños jugando y el sonido del agua de la fuente central.
Aria contemplaba la estatua del héroe con el respeto que cualquier ciudadano del Imperio sentía por el salvador de la humanidad.
—Es magnífica, ¿no crees?
—comentó ella—.
Sin él, nada de esto existiría.
Darian asintió, aunque el nombre de Sarion seguía martilleando en su mente.
—Vamos —dijo él—.
Necesitamos equipo si vamos a seguir con esto.
Llegaron a “El Yunque de Hierro”.
Dentro, el calor era sofocante y el ruido de los martillos constante.
Thorgar, un herrero de brazos como troncos y una barba trenzada que siempre parecía tener chispas atrapadas, los recibió con una carcajada estruendosa que vibró en el pecho de Darian.
—¡Aria!
¡Maldita sea, sigues viva!
—rugió Thorgar con una voz gruesa y alegre—.
¿Qué te trae por mi humilde fragua?
¿Ya rompiste otro arco intentando atravesar rocas?
Aria sonrió con ironía.
—Casi, viejo amigo.
Vengo con Darian.
Es un nuevo aventurero oficial.
Darian dio un paso al frente con naturalidad.
—Hola, Thorgar.
Tenemos este presupuesto —dijo señalando la bolsa de la misión—.
Es por la información que trajimos de Monte Bajo; Aria y yo logramos salir de allí tras vencer a un espectro y necesitamos equipo completo que aguante de verdad.
No quiero que mi equipo falle frente a la primera cosa que nos ataque.
Thorgar soltó una risotada y le dio una palmada en el hombro a Darian que casi lo hace tambalear.
—¡Ese es el espíritu!
Si sobrevivieron a un espectro con esas ropas, ¡necesitan metal del bueno!
Por ese precio, muchacho, puedo darte un peto de cuero reforzado, unas grebas y una espada de acero templado que le daría envidia a un guardia de la capital.
Mientras Thorgar preparaba el equipo, Aria aprovechó para explicarle a Darian el sistema de las mazmorras (Rango E, D, C, B, A y S) de forma sencilla.
—Monte Bajo era una E que mutó.
Puerto Vell, nuestro siguiente destino, es una Rango D que acaba de saltar a C.
Eso significa que los monstruos son más fuertes y el terreno más traicionero.
Justo cuando Darian terminaba de ajustar sus nuevas botas de cuero, un joven mensajero con la insignia del Gremio entró corriendo a la herrería, esquivando los yunques y a un par de clientes que examinaban escudos.
—¡Aria!
¡Darian!
—gritó el joven, recuperando el aliento mientras se apoyaba en sus rodillas—.
El instructor Garrick solicita su presencia de inmediato en la sala de guerra.
Es un asunto de prioridad máxima.
El Maestro Valerius los espera.
Aria y Darian intercambiaron una mirada rápida.
Thorgar, que estaba limpiando una de las mesas, soltó un bufido divertido.
—Vaya, parece que el descanso se terminó antes de empezar.
¡Vayan, no hagan esperar a los de arriba!
Al llegar al Gremio, cruzaron el salón principal y subieron hacia la zona restringida.
En la sala de guerra, Garrick estaba inclinado sobre una mesa llena de mapas náuticos y pergaminos con sellos de urgencia de color rojo.
Su rostro estaba más rígido de lo habitual, iluminado por la luz vacilante de las lámparas de cristal.
—Han llegado informes urgentes de Puerto Vell —dijo Garrick sin preámbulos, señalando la ciudad portuaria en el mapa costero—.
Es una mazmorra que solía ser Rango D, pero los últimos reportes indican una mutación agresiva.
Ha saltado a Rango C en cuestión de días.
Hay informes de criaturas actuando de forma errática fuera de sus niveles y avistamientos de sombras similares a las que mencionaron en su informe.
Se parece demasiado a lo que vivieron en Monte Bajo.
Darian sintió que la placa de bronce en su pecho se enfriaba.
El misterio no se había quedado atrás en la cueva; parecía estar extendiéndose.
—El Gremio de Puerto Vell ha solicitado apoyo de aventureros que tengan experiencia de campo reciente con estas anomalías —continuó Garrick, entregándoles un sobre sellado con cera—.
El Maestro Valerius ha decidido que ustedes dos son los más indicados para investigar y servir de apoyo a los equipos locales.
Parten mañana al alba en el primer carruaje hacia el sur.
No bajen la guardia; si Monte Bajo fue una advertencia, Puerto Vell podría ser la tormenta.
Al salir del edificio, el sol se ponía finalmente sobre Arkania, tiñendo las torres de un naranja intenso y casi sangriento.
Darian miró a Aria, quien ajustaba la correa de su nuevo arco con una determinación silenciosa.
—Puerto Vell —murmuró ella—.
Dicen que allí el mar no es lo único que esconde secretos.
—Entonces es el lugar ideal para nosotros —respondió Darian.
Mientras caminaba hacia la posada para preparar sus cosas, el joven tocó el bolsillo donde guardaba sus notas sobre Sarion.
Sabía que esta nueva misión no era solo un trabajo del Gremio; era su oportunidad de encontrar la verdad que la biblioteca de Arkania no podía, o no quería, contarle.
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