Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 CAPÍTULO 5 Las Cadenas de la Costa
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6: CAPÍTULO 5: Las Cadenas de la Costa 6: CAPÍTULO 5: Las Cadenas de la Costa El camino hacia el sur se abría entre colinas que perdían el verde para teñirse de un tono pajizo bajo el sol.
El aire, que en Arkania era fresco, empezó a volverse pesado y cargado de una humedad salina.
Darian y Aria caminaban a un ritmo constante, pero el silencio se sentía denso.
Darian sabía que no podía ocultarlo más.
—Aria, necesito contarte qué pasó exactamente cuando caí en ese agujero en Monte Bajo —dijo Darian, deteniéndose a la sombra de un árbol seco.
Aria se giró, cruzando los brazos.
—Te escucho.
Has estado actuando como si llevaras un fantasma en la espalda.
—No fue solo una caída —comenzó Darian, buscando las palabras—.
Abajo, en una cámara que no figuraba en ningún mapa, encontré algo que no debería existir.
Había un altar, y sobre él, un libro.
Pero no era un tomo de habilidades común.
Tenía un cristal de ámbar en la portada, un ojo que parecía palpitar.
Emitía un aura que hacía que el aire pesara, una energía tan antigua que me heló la sangre.
Cuando lo toqué, mi mente fue arrancada de mi cuerpo.
Aria frunció el ceño, confundida.
—¿Un libro con un ojo de ámbar?
Darian, eso suena a…
—Es un Grimorio —soltó él.
Aria soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Un Grimorio?
No digas tonterías.
Los Grimorios son mitos, cuentos para asustar a los niños o leyendas de la Gran Guerra, de los tiempos en que derrotamos al Rey Demonio.
No existe registro de uno real en los últimos trescientos años, y mucho menos en una mazmorra de Rango E que miles de aventureros han pisado.
Es imposible.
—Lo vi, Aria.
Lo sentí —insistió Darian, dando un paso hacia ella—.
Y no solo eso.
El libro me forzó a vivir una visión.
Vi a un hombre, un demonio con cuernos finos y piel pálida llamado Sarion.
Se enfrentaba al Rey Demonio bajo un cielo negro lleno de ceniza.
Aria lo miró, incrédula.
—¿Un demonio?
—El Rey Demonio le hablaba a él —continuó Darian, recordando las palabras exactas que resonaron en su mente—.
Le preguntaba por qué, siendo el más grande de su estirpe, había traicionado a los suyos por las razas inferiores.
Aria frunció el ceño, procesando la información.
—¿Traicionar a los suyos por nosotros?
Darian, eso no tiene sentido.
Ninguna crónica menciona a un demonio de nuestro lado.
Si ese libro te metió esas ideas en la cabeza, es magia oscura, una maldición.
—No se siente como una maldición —replicó él, tocándose el pecho—.
Se siente como una habilidad que intenta despertar, pero es tan inmensa que me drena la energía, todo mi maná, de una forma brutal cada vez que la uso.
Está vinculado a mí ahora.
Aria guardó silencio, su rostro pasó de la burla a una preocupación genuina.
Si lo que Darian decía era cierto, tenía entre manos algo que podría destruir su vida si el Imperio llegaba a sospecharlo.
—Si ese objeto es real, no se lo digas a nadie más.
Ni una palabra.
En este mundo, un Grimorio es un poder que los reyes matarían por poseer.
Siguieron el viaje en un silencio tenso hasta que se cruzaron con una caravana.
Eran carruajes de madera barnizada y guardias bien armados.
Los esclavistas lucían licencias de plata en sus pechos.
Los esclavos dentro —humanos, elfos, entre otras razas— estaban encadenados pero limpios y bien alimentados.
—Esclavitud legal —explicó Aria, viendo la mandíbula apretada de Darian—.
Son deudores o criminales.
El Imperio exige que los esclavistas tengan licencia y mantengan a los esclavos en perfectas condiciones.
Es un negocio regulado; si el esclavo sufre abusos innecesarios, el dueño pierde el permiso.
Es el orden del Imperio, Darian.
Al final del segundo día, llegaron a Puerto Vell.
La ciudad era una joya de mármol blanco y canales de agua turquesa.
A diferencia de la piedra gris de Arkania, aquí los edificios tenían fachadas de estuco de colores cálidos y balcones llenos de flores.
El suelo de mármol pulido brillaba bajo el sol, y el aire olía a especias y brisa marina.
Era una ciudad que respiraba opulencia y comercio.
Se dirigieron al Gremio, un edificio circular de columnas jónicas frente al puerto principal.
Allí los recibió Cástor, el líder del Gremio local, un hombre de túnicas caras y dedos llenos de anillos.
—Valerius me informó de su llegada —dijo Cástor, revisando unos pergaminos sobre su amplio escritorio—.
Dicen que tienen buen ojo para las anomalías.
La mazmorra de Coral Negro, aquí en los acantilados, se ha vuelto inestable.
No es solo que los monstruos sean más fuertes; es que el flujo de energía ha cambiado drásticamente y la dificultad ha escalado de Rango D a C en días.
Necesitamos que investiguen el origen de este cambio.
Aria se adelantó un paso, adoptando una postura profesional.
—¿Han notado solo un aumento de fuerza o también avistaron criaturas fuera de su hábitat natural, como nos ocurrió a nosotros en el norte?
—Ambas cosas —respondió Cástor, entrelazando sus dedos enjoyados—.
La flora marina del interior está mutando, y los pescadores aseguran haber visto siluetas patrullando las entradas que no pertenecen al ecosistema del coral.
Algo los está alterando.
—¿Tienen un mapa actualizado de los niveles donde se concentra la mayor densidad de energía?
—preguntó Darian, sabiendo lo vital que fue orientarse en Monte Bajo.
El líder del Gremio negó con la cabeza.
—Los exploradores locales no han podido pasar del segundo nivel desde la mutación.
La densidad mágica bloquea las sondas.
Tendrán que trazar la ruta ustedes mismos.
Vayan, descubran qué está corrompiendo la mazmorra y, sobre todo, vuelvan vivos.
Tras descansar en una posada de la zona alta, a la mañana siguiente se dirigieron hacia los límites de la ciudad para entrar en la mazmorra.
Sin embargo, en un recodo del camino, oculto entre rocas salinas, Darian escuchó el chasquido de un látigo.
Se acercaron con cautela y encontraron un campamento precario.
No había carruajes limpios ni licencias aquí.
Había varios esclavos amontonados en condiciones deplorables, atados unos a otros por el cuello y temblando de miedo.
Sin embargo, la atención y la furia del lugar estaban centradas en un solo prisionero.
Un hombre de aspecto rudo y ropas sucias golpeaba con furia a un hombre bestia lobo.
El esclavo era enorme y musculoso, pero estaba famélico, con costillas marcadas y heridas infectadas que supuraban sobre las rocas.
—¡Levántate, animal!
—gritaba el esclavista ilegal—.
¡Vas a cargar estas provisiones a la mazmorra aunque tenga que arrastrarte muerto!
Dos guardaespaldas armados con hachas observaban la escena burlándose, bebiendo de odres de cuero.
El hombre bestia se mantenía sobre sus rodillas, con la cabeza gacha, pero sus garras se hundían en la piedra con una fuerza desesperada.
Darian sintió una rabia líquida subiendo por su garganta.
Estaba harto de ver cómo la “civilización” se alimentaba de la miseria de los que no tenían voz.
Desenvainó su espada nueva de acero templado.
El metal brilló con un destello frío bajo el sol costero.
—Suelta ese látigo —ordenó Darian, saliendo al descubierto.
El esclavista se detuvo, sorprendido, mientras el hombre bestia lobo levantaba lentamente la mirada, revelando unos ojos amarillos cargados de un odio que estaba a punto de desbordarse.
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