Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 CAPÍTULO 6 El Rastro de Sangre en el Coral
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7: CAPÍTULO 6: El Rastro de Sangre en el Coral 7: CAPÍTULO 6: El Rastro de Sangre en el Coral Darian no esperó a que los guardaespaldas acortaran la distancia.
Su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada, pero no fue un simple movimiento físico.
En lo profundo de su mente, buscó la conexión con el grimorio espiritual.
Percepción del Flujo.
El mundo pareció estirarse.
El maná de Darian bajó de golpe, dejándole una punzada de frío en el estómago, pero a cambio, el tiempo se ralentizó.
Pudo ver las líneas de fuerza de los ataques enemigos antes de que ocurrieran.
Esquivó el hachazo del primer matón con un paso lateral casi perezoso y, con un giro fluido, golpeó con el pomo de su espada en la base del cráneo del hombre, enviándolo al suelo de bruces.
—¡Cuidado a tu izquierda, idiota!
—gritó Aria.
¡Fwip!
¡Fwip!
Dos flechas silbaron a centímetros de la oreja de Darian, clavándose en los antebrazos del segundo guardia justo cuando este levantaba una daga.
El hombre gritó, soltando el arma.
Aria no se detuvo; avanzó con una tercera flecha tensada, cubriendo el flanco de Darian con la autoridad que sus años como Rango Plata le habían otorgado.
—No te lances así sin avisar, Darian.
Somos un equipo, no tu espectáculo personal —le regañó Aria, aunque sus ojos no perdían de vista el perímetro.
El esclavista ilegal, acorralado contra los barrotes de una jaula, soltó el látigo y levantó las manos, temblando.
Darian recogió una espada pesada que uno de los guardias había soltado y caminó hacia el hombre bestia.
Con un gesto solemne, le ofreció el arma.
El hombre bestia tomó la espada.
Sus ojos amarillos brillaron con una intensidad salvaje mientras se ponía de pie, superando a todos en altura.
Caminó hacia el esclavista con pasos pesados que hacían crujir la grava.
El traficante intentó retroceder, pero solo encontró el metal de la jaula.
—Piedad…
por favor…
—sollozó el esclavista.
El hombre lobo no dijo nada.
Levantó la espada y, con un rugido contenido, la descargó con una fuerza brutal.
El acero no tocó la carne, sino que se clavó profundamente en el suelo, justo entre las piernas del hombre, desgarrando la tela de su pantalón.
El frío del metal rozando su piel fue el golpe final.
El esclavista siente el frío del acero, ve la sombra del lobo cubriéndolo y, en ese instante, el chorro de orina es inevitable.
Se desplomó desmayado por el shock del terror.
El hombre bestia lo tomó por un pie como si fuera un saco de basura y lo lanzó dentro de la jaula, cerrando el cerrojo con un estruendo metálico.
—Matarte sería darte un honor que no posees —gruñó.
Se giró hacia Darian y Aria, y clavó la punta de la espada rota en el suelo antes de arrodillerse levemente.
Mientras tanto, Darian y Aria abrieron el resto de las jaulas.
Liberaron a un par de campesinos humanos y a un joven elfo que estaba lleno de moretones y marcas de golpes.
Aria se acercó a ellos con un rostro serio pero compasivo, entregándoles unas cuantas monedas de cobre de su propia bolsa.
—Vayan directo a las puertas oeste de la ciudad —les instruyó Aria—.
Busquen a las autoridades del Gremio y denuncien este lugar.
Digan que Aria Valen y Darian de Ravel los liberaron.
¡Muevanse!
Cuando los prisioneros se alejaron, el hombre bestia se dirigió a ellos: —Me han devuelto mi orgullo.
Mi fuerza y mi aliento son suyos.
Darian miró a Aria.
—Es tu misión, Aria.
Tú eres la de mayor rango aquí y la líder de esta incursión.
¿Aceptamos un escudo extra?
Aria evaluó al guerrero.
—Un guerrero con ese honor y esa fuerza es mejor tenerlo de nuestro lado que vagando solo por la costa.
Te acepto en el equipo, pero bajo mis órdenes.
Si puedes seguir el ritmo, muévete.
Antes de marchar, Aria repartió raciones de carne seca y pan duro.
El hombre bestia comía con urgencia, recuperando fuerzas.
—Mi nombre es Varkas —dijo finalmente—.
Vengo de las tierras del Norte del continente de los hombres bestia.
Fui capturado tras una emboscada con veneno y terminé aquí.
No olvidaré lo que han hecho.
Varkas se acercó a los guardias inconscientes y tomó lo que necesitaba: unos pesados brazales de acero, una espada ancha y un escudo redondo reforzado con hierro.
La entrada a la Gruta del Arrecife Hueco era una enorme cavidad natural bajo los acantilados.
Al entrar, la estructura de coral antiguo permitía que el aire fluyera, creando pasajes habitables por debajo del nivel del mar sin necesidad de respiración mágica.
La iluminación provenía de algas bioluminiscentes y hongos que bañaban todo de un azul espectral.
—Mantengan la formación —ordenó Aria.
A medida que bajaban, el horror se hizo evidente.
No eran dos ni tres; eran cientos de monstruos los que yacían esparcidos por los túneles.
Hombres-pez, crustáceos gigantes y serpientes menores formaban una alfombra de carne y escamas destrozadas.
La carnicería era absoluta y brutal; algunos estaban partidos por la mitad, otros aplastados contra el coral negro como si una prensa hidráulica los hubiera golpeado.
El olor a hierro y fluidos de monstruo era nauseabundo.
—Esto es una masacre…
—susurró Aria, saltando sobre el cadáver de un tiburón de tierra—.
Quien hizo esto es un monstruo por derecho propio.
Siguieron el rastro de destrucción, una línea recta que atravesaba la mazmorra ignorando cualquier distracción.
Finalmente, desembocaron en la Cámara del Núcleo.
Allí, el Guardián de la Mazmorra —una serpiente marina colosal— yacía con el cráneo hundido sobre su propio altar.
En el centro de la cámara, de espaldas a ellos y rodeado por el silencio sepulcral de la masacre, se encontraba un hombre.
Vestía ropas negras, una capa oscura y una capucha que ocultaba su identidad.
No decía nada.
No se movía.
Solo permanecía allí, de espaldas, frente al pedestal vacío, emanando una presencia que helaba la sangre de los tres héroes.
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