Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 CAPÍTULO 7 El Peso de lo Invisible
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8: CAPÍTULO 7: El Peso de lo Invisible 8: CAPÍTULO 7: El Peso de lo Invisible El eco del agua desapareció de golpe.
La cueva quedó en un silencio que lastimaba los oídos.
El olor a sangre y a carne quemada era insoportable.
Cientos de monstruos marinos yacían destrozados por todas partes.
Algunos partidos a la mitad, otros calcinados o aplastados contra el coral.
En el centro del islote, de espaldas a ellos, había un hombre.
Llevaba una capa oscura y una pesada capucha negra.
No se movía.
No hacía ruido.
Darian sintió que le faltaba el aire.
El pecho le pesaba toneladas, como si la gravedad en esa cueva fuera distinta.
A su lado, Varkas soltó un gruñido grave.
Al gigante de dos metros se le erizó todo el pelo de los brazos y la nuca.
Dio medio paso hacia atrás.
No fue una decisión táctica, fue puro instinto.
Su lado animal le gritaba que lo que estaba parado ahí enfrente no era algo que debieran enfrentar.
—Llegan tarde —dijo la figura.
Su voz sonó plana, sin una sola gota de emoción.
Aria no dudó.
El miedo no la frenó, la hizo actuar.
En un segundo, tensó su arco.
¡Fwip!
¡Fwip!
¡Fwip!
Tres flechas salieron disparadas directo a la espalda y el cuello del hombre de negro.
Él ni siquiera se giró.
Apenas movió un dedo.
Una pared de viento cortante barrió el aire y frenó las flechas en seco, desviándolas hasta clavarlas en el suelo de coral.
—¡Manipulador de viento!
—gritó Aria—.
¡Cúbranse!
Pero el hombre de negro se giró despacio y levantó la mano.
No hubo conjuros.
No hubo gritos.
Solo chasqueó los dedos.
El suelo debajo de Varkas y Darian estalló en una columna de fuego rojo.
Varkas reaccionó a tiempo.
Descolgó el pesado escudo de su espalda y lo clavó contra el suelo de coral, inyectando su magia de tierra en el metal.
Un bloque grueso de roca envolvió el escudo al instante, creando una barrera irrompible.
Las llamas chocaron contra la piedra, calentándola al rojo vivo, pero el muro aguantó el impacto.
El enemigo bajó la mano y volvió a pisar el suelo.
De la nada, tres lanzas gruesas de hielo puro salieron disparadas hacia Aria.
Ella usó su magia de viento, lanzando una ráfaga desde sus propias manos hacia el piso para impulsarse en el aire y esquivar las lanzas, que se clavaron donde ella había estado un segundo antes, congelando la roca.
Darian se puso de pie, sacando su espada.
Tenía la respiración agitada.
Viento.
Fuego.
Hielo.
Era imposible.
Cualquier mago apenas podía dominar uno o dos elementos en toda su vida.
Nadie podía usar tres.
El hombre de negro los miró bajo las sombras de su capucha.
Levantó ambas manos.
En la derecha, una esfera de luz blanca empezó a brillar con una intensidad que lastimaba los ojos.
En la izquierda, una masa de sombras negras se arremolinó, devorando la luz.
—No…
esto no tiene sentido —murmuró Darian, sintiendo un escalofrío en la espalda—.
Luz y oscuridad.
Cinco elementos…
—¡No puedo permitir que lastimen a mis compañeros!
—rugió Varkas.
El hombre bestia desenvainó su inmenso espadón y cargó hacia adelante.
Cada pisada hacía temblar el suelo.
Iba directo a partir al mago por la mitad con toda su masa muscular y el acero pesado.
El hombre de negro ni se inmutó.
Lanzó la esfera de luz blanca.
El destello fue absoluto.
La luz golpeó el escudo de Varkas antes de que pudiera bajar la espada.
La fuerza fue brutal.
El gigante salió volando hacia atrás, estrellándose contra una pared de coral con un crujido violento.
Quedó tirado en el suelo, tosiendo sangre, tratando de levantarse por pura fuerza de voluntad.
—¡Varkas!
—gritó Darian.
La ira reemplazó al miedo.
Darian apretó la empuñadura de su espada.
Si el enemigo podía usar todos esos elementos a la vez, atacar de lejos no servía de nada.
Tenía que acortar la distancia.
Cerró los ojos un segundo.
Era el momento de jugarse todas las cartas.
Activó el Refuerzo Físico y la Percepción del Flujo al mismo tiempo.
El mundo entero frenó de golpe.
El sonido del agua y el polvo cayendo se volvieron lentos.
El maná en su cuerpo bajó drásticamente, dándole un frío intenso en el estómago, mientras sus músculos ardían de dolor por la sobrecarga de energía al usar ambas habilidades juntas.
Darian corrió.
Esquivó a la izquierda justo cuando una cuchilla de sombras cortó el aire donde estaba su cabeza.
La oscuridad partió una roca detrás de él.
El enemigo movió la mano derecha.
Una ráfaga de viento condensado se formó como un muro frente a él.
Darian no frenó.
Con el tiempo ralentizado, vio el punto más débil de la barrera de aire.
Puso todo su peso en la pierna derecha, giró la cadera y lanzó un tajo cruzado con su espada, usando absolutamente toda la fuerza de su cuerpo potenciado.
La hoja de acero chocó contra el viento mágico y la mano envuelta en oscuridad del enemigo.
El impacto fue una explosión.
Pero no fue solo un choque de fuerza física.
Una resonancia eléctrica estalló entre los dos.
Fue un zumbido profundo, innegable.
Darian sintió una sacudida brutal en el pecho, justo donde latía el poder oscuro de su propio misterio.
Las dos energías chocaron y vibraron en la misma frecuencia antigua y pesada, como si se reconocieran mutuamente.
El ruido fue como un trueno dentro de la cueva.
Una onda expansiva reventó el suelo de coral bajo sus pies en docenas de pedazos.
La fuerza del choque hizo que Darian saliera despedido hacia atrás.
Cayó rodando por el suelo.
Estaba completamente exhausto.
Los pulmones le quemaban y apenas podía mover los dedos para sostener la espada.
Sentía todo el peso opresivo del poder que acababa de forzar en su cuerpo; estaba al límite de sus fuerzas.
Pero el golpe había logrado algo.
La onda expansiva también había golpeado al enemigo.
El hombre de negro retrocedió un paso, y la fuerza del estallido le arrancó la pesada capucha hacia atrás.
El tiempo volvió a su velocidad normal.
Darian levantó la vista, respirando por la boca con pesadez.
El rostro del enemigo quedó al descubierto bajo la luz de los hongos de la cueva.
Su piel era pálida, de un tono irreal.
Y de su frente asomaban dos cuernos finos y oscuros.
Sus ojos los miraron.
Estaban vacíos.
No había odio, ni sorpresa, ni furia.
Era una calma aterradora.
La mente de Darian hizo un clic al instante.
La piel.
Los cuernos.
Era igual al hombre que vio en su recuerdo.
Igual a Sarion.
No era humano.
No era un mago excepcional.
Era un demonio.
—Interesante —dijo el demonio, mirándose la mano izquierda, donde la espada de Darian le había dejado un pequeño corte superficial del que brotaba una gota de sangre oscura.
El techo de la caverna empezó a crujir.
La onda expansiva había desestabilizado las rocas superiores.
Piedras del tamaño de carretas empezaron a caer alrededor.
—¡La cueva se viene abajo!
—gritó Aria.
Corrió hacia Darian y lo agarró del brazo, tirando de él hacia arriba—.
¡Varkas, arriba!
¡Nos vamos!
Varkas se puso de pie con un quejido de dolor, agarró a Darian por la cintura y corrió detrás de Aria hacia el túnel de salida.
Darian miró hacia atrás mientras huían.
Una roca inmensa estaba a punto de aplastar al demonio.
Pero él no se inmutó.
Un sutil círculo mágico brilló bajo sus botas.
En un parpadeo, el aire se distorsionó y la figura desapareció por completo, dejando que la enorme piedra destrozara el suelo vacío.
El escape fue un borrón de polvo, ruido ensordecedor y adrenalina pura.
Corrieron por los túneles hasta que el sonido del derrumbe quedó atrás, dejándolos en la oscuridad de las zonas superiores de la mazmorra, al fin a salvo.
A kilómetros de distancia de allí, en la cima de un acantilado que miraba hacia el mar abierto, el aire se distorsionó.
El demonio apareció de la nada, con la misma calma letal de siempre.
El viento de la costa sacudió su ropa negra.
Estaba completamente ileso.
Sacó de su túnica un pequeño artefacto de metal oscuro.
Lo apretó, y una luz roja brilló en la superficie de la pieza.
—Habla —exigió una voz profunda desde el artefacto.
—El grimorio de la mazmorra está asegurado —respondió el demonio, mirando las olas chocar contra las rocas bajo la luz naranja del atardecer—.
Ya lo he absorbido.
Hubo un breve silencio del otro lado.
—¿Entonces por qué te comunicas tan pronto?
—preguntó la voz.
—Porque hubo un descubrimiento interesante.
—El demonio levantó su mano izquierda, recordando la vibración en el momento del impacto—.
Durante el combate, mi magia chocó contra la de un humano.
Hubo una resonancia.
Una frecuencia inconfundible.
La voz en el artefacto cambió de tono, cargándose de interés.
—¿Me estás diciendo que…?
—Sí —lo interrumpió el demonio, con los ojos vacíos fijos en el sol que se hundía en el horizonte—.
El humano es un portador.
Él también posee un grimorio.
Una risa grave y lenta resonó desde el metal oscuro.
—¿Un humano portando nuestro poder?
Perfecto.
No lo mates todavía.
Podemos aprovecharlo.
Dejemos que haga el trabajo de recolectar los grimorios por nosotros.
El demonio guardó el artefacto.
Se quedó en silencio, mirando la inmensidad del océano mientras el atardecer bañaba sus cuernos de rojo sangre.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES SerathKael El enemigo no solo se quedó con el grimorio de la mazmorra, sino que ahora sabe el mayor secreto de Darian y planea usarlo a su favor.
¿Creen que dejar vivir a nuestro protagonista para que recolecte los grimorios será el mayor error de los demonios, o Darian está caminando ciego hacia una trampa sin salida?
¡Déjenme sus teorías en los comentarios!
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