Hierro y Sangre - Capítulo 114
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Capítulo 114: Capítulo 114: Cenizas del Alma
(POV Aeris)
El silencio que siguió al último recuerdo de la sombra era más denso que la propia ceniza que caía afuera. Podía sentir la ira de mis compañeros vibrando en el aire, una presión eléctrica que amenazaba con hacer estallar la estancia. Ulm tenía los puños tan apretados que la piel de sus manos crujía; Einar respiraba con la pesadez de una bestia herida, y Aelnora… ella parecía haberse marchitado. La luz que siempre emanaba de su presencia se había vuelto opaca, empañada por el horror de lo que acabábamos de presenciar.
Valka, por su parte, mantenía una quietud aterradora; no había rastro de sus bromas ácidas ni de su arrogancia habitual. Tenía la mirada fija en el suelo, con una mano aferrada al mango de su daga con tal fuerza que sus dedos temblaban, mientras un asco visceral le tensaba la mandíbula. El brillo en sus ojos no era de miedo, sino de una sed de sangre fría y pura, como si en el cadáver desmembrado del director no hubiera encontrado suficiente castigo para lo que acababa de ver.
La sombra de la niña, ajena al peso del trauma que nos había infligido, volvió a sus saltitos rítmicos. De repente, se detuvo y miró hacia la pared. Sus cuencas oscuras mostraron un destello rosado, un brillo magenta que palpitaba al ritmo de los muros.
—La bruja está peleando —dijo la niña, inclinando la cabeza.
Todos la seguimos con la mirada. Las paredes empezaron a mutar; nuevos corazones negros comenzaron a materializarse, brotando de la piedra como tumores malignos, aumentando el ritmo del latido unísono.
—¿Con quién pelea? —rugió Einar, dando un paso al frente.
—Orcos —respondió la pequeña, ladeando la cabeza con una indiferencia que helaba la sangre—. Los está matando. Por eso aparecen nuevos corazones en los muros.
La niña volvió a inclinar la cabeza, pero esta vez su voz perdió la calma:
—Pero… la bruja está en problemas. Son demasiados. El paso está teñido de sangre verde, pero ellos no dejan de venir. Está cayendo… la bruja está en problemas.
Se hizo un silencio expectante. Vimos cómo uno de los corazones en el muro se tensaba hasta casi reventar.
—Murió. La bruja murió —sentenció la niña. Apuntó con su dedito sombrío hacia un punto en el muro. Allí, uno de los corazones negros estalló en llamas fatuas, consumiéndose en un segundo.
—¿Se acabó? —preguntó Valka, con una chispa de esperanza—. ¿Tan fácil?
—No —la voz de la niña se volvió gélida—. El demonio teje un nuevo cuerpo en el infierno. Lo profana recordándole su pena, mientras él alimenta su pecado.
El corazón en llamas soltó un grito aterrador, un alarido que no era humano ni animal, mientras dejaba un hueco vacío en el muro.
—Una vida por una vida —continuó la niña—. El alma se va, el alma toma lo que no era suyo. Cuerpo y alma se unen, la masacre continúa.
Mientras hablaba, más corazones aparecieron en la pared, brotando como una plaga. Entendí con horror lo que Raven ya sospechaba: cada latido en este muro era una vida extra. Ariadne no podía morir mientras tuviera combustible. Cada vez que caía en combate, Aztherath simplemente tomaba una de las almas almacenadas aquí para devolverla al mundo terrenal, enviándola de vuelta a la matanza.
—Y la lucha termina —dijo la niña finalmente—. Siempre es así. Nada la detiene.
Miré los muros con un asco infinito. Cada corazón era una víctima. Cada latido era una persona que había tenido sueños, familia y un nombre, reducida a ser un repuesto biológico para una asesina creada en el averno.
—Entonces deberíamos destruir los corazones —dijo Ulm, alzando su pico de guerra—. Si le quitamos sus vidas extra, podremos matarla de verdad.
—No tienes la fuerza para hacerlo —respondió la sombra, sentándose en el suelo de piedra.
—Yo sí la tengo —rugió Aelnora.
La elfa estaba cubierta de lágrimas, pero sus ojos ardían con una furia sagrada que nunca le había visto. Se lanzó contra el muro y, con un golpe devastador de su maza, reventó uno de los corazones. El órgano estalló en una nube de ceniza y esencia violeta. Pero en ese mismo instante, Aelnora se tambaleó, su arma cayó al suelo con un estrépito metálico y ella se llevó las manos a las sienes, colapsando de rodillas.
—¡Aelnora! ¡¿Qué pasa?! —gritó Aeris, corriendo hacia ella para sostenerla.
—Lo vi… —susurró Aelnora con la voz rota, sus ojos desenfocados, proyectando el horror de lo que acababa de vivir—. Era una cocina… olía a pan y a leña. Había una joven, estaba tarareando una canción mientras ponía la mesa para tres… esperaba a su esposo y a su hijo. Estaba tan feliz, Aeris… tenía tanta paz…
Aelnora sollozó, apretando los párpados con fuerza mientras el recuerdo se tornaba ceniza en su mente.
—Pero de pronto el sol de la ventana se volvió fuego. El humo entró por las rendijas y ella recordó… recordó que murió gritando sus nombres mientras las llamas de Ariadne consumían su hogar. Se giró hacia mí, me miró a los ojos con una tristeza que me arrancó el alma y me dijo: “Los perdí… jamás los volveré a.…”
—La chica no pudo terminar la frase —dijo Aelnora sollozando—. El alma de la joven simplemente se fue, se deshizo como papel quemado frente a su mirada.
—Cuando rompes un corazón, no solo destruyes el corazón —explicó la niña con una calma cruel, observando el lugar donde el órgano había estallado—. Se destruye el alma de la criatura a quien le pertenecía. No hay más allá. No hay reencarnación para los condenados por el pacto. Solo inexistencia.
Aelnora se miró la mano, la misma con la que empuñaba su arma, con un horror indescriptible.
—No… no por favor, no… —balbuceó, retrocediendo como si el muro fuera a tragarla.
Einar la rodeó con sus brazos, sosteniéndola para que no cayera.
—Tranquila, grandulona —susurró el druida cerca de su oreja—. No sabías. No es tu culpa.
—Ven… —la niña nos miró desde el suelo—. No hay nada que puedan hacer. No tienen la fuerza para hacerlo… Y… Aun si rompen cada corazón… mientras haya pacto, ella puede crear más. Solo tiene que matar, y eso lo hace muy bien.
—Es imposible vencerla —murmuró Valka, dejando caer los hombros—. Estamos peleando contra una hidra que se alimenta de sus propias víctimas.
—No es imposible —intervino Raven, su voz afilada como una de sus dagas—. Pero es costoso. Debemos destruir todos los corazones. Pero solo podemos hacer eso cuando sepamos que la bruja está muerta de verdad, debemos romper su pacto primero. Si rompemos todo ahora y nos vamos, ella simplemente matará a alguien más y creará un nuevo almacén. Hay que matarla a ella y, en ese mismo instante, asegurarnos de quemar todos los corazones… aun así, no hay garantías.
—No —asintió la niña—. El pacto le permite al demonio matar en su nombre para crear más corazones.
Me acerqué a la sombra, intrigada por su presencia constante.
—¿Por qué nos ayudas? —le pregunté—. Eres parte de ella. ¿Por qué nos dices cómo destruirla?
La sombra bajó la mirada a sus manitas de humo.
—La bruja… esa parte de mi lastimó a quien quería proteger y ahora trabaja con gente mala que le miente, le prometieron lo mismo que ahora posee, pero sin un pacto demoniaco, dijeron que sería un regalo divino. Pero, ella no lo merece. Ella lo lastimó… No lo cuidó. Lo dejó morir en el fuego mientras ella buscaba una venganza cegada por su propio odio.
—¿Círdan? —preguntó Raven, dando un paso al frente.
La niña asintió con una tristeza infinita.
—Está vivo —dijo Raven, y por primera vez vi una chispa de genuina humanidad en sus ojos—. Él salió del fuego, Ariadne. Está con nosotros. En Colmillo Gris.
La niña inclinó la cabeza, y un destello de luz verde, el color de los ojos de la visión pareció brillar por un segundo en su rostro sombrío.
—¿Puedo ir con ustedes? —susurró—. Quiero verlo. Quiero saber si todavía sabe arreglar juguetes.
Raven miró al grupo. Sabía que llevar a una entidad sombría era un riesgo, pero también era nuestra única ventaja.
—Sí —respondió el elfo—. Pero necesitamos acabar con el pacto primero.
—El pacto es de Ariadne, solo ella puede romperlo. Tú no —aclaró la pequeña sombra.
—¿Y cómo sabemos que no nos encontraremos con ella en el exterior? —preguntó Aelnora, todavía temblando.
—Ella está descansando, llévenme con Círdan —respondió la niña.
Caminó hacia el centro de la estancia y, con un gesto elegante, chasqueó sus dedos inexistentes. Un fuego negro, frío y voraz, brotó del suelo y empezó a trepar por las paredes como una enredadera hambrienta. Los corazones empezaron a arder, arrancando gritos sordos que se apagaban al instante en el vacío.
—Nadie más sufre por mí —dijo la niña, y su voz sonó más clara que nunca—. Yo los traje, yo los libero. No hay alma que salvar si el pacto ya las consumió.
Vimos cómo la arquitectura de carne se desintegraba bajo las llamas negras, dejando solo la piedra calcinada y el silencio bendito. La presión en mi pecho desapareció. El latido unísono se detuvo.
—Mierda… esto es horrible…. no debiste hacerlo, no ahora. Tú misma dijiste que ella o el maldito demonio pueden crear más —dijo Aelnora.
Raven se volvió hacia Valka. Sus ojos se encontraron en un entendimiento tácito que me hizo estremecer.
—Valka… puedo controlar tu sangre a distancia. Si te quedas aquí mientras el resto vamos con Círdan y en busca de la bruja… con un tirón seco en tu cuerpo podré avisarte que el trabajo está hecho. Tu labor será destruir un corazón o más… si es que aparece alguno nuevo.
Valka tragó saliva pesadamente, mirando los muros con asco, pero asintió con firmeza.
—Lo haré. No dejaré que esa perra regrese de nuevo.
Einar se posicionó tras ella, poniendo una mano en su hombro.
—Me quedaré contigo. Dos armas son mejores que una si las sombras deciden atacar.
Aelnora asintió, aunque seguía evitando mirar las paredes.
La sombra de Ariadne se acercó a Raven y estiró su mano.
—¿Nos vamos? —preguntó con la inocencia de quien espera una aventura—. Quiero verlo. Quiero ver si Círdan todavía me recuerda.
Raven tomó la mano de humo, y por un momento, el mago de sangre y la inocencia perdida formaron una estampa que ninguno de nosotros olvidaría. Salimos de la torre mientras el fuego negro terminaba de devorar los restos de la parte más retorcida del pacto
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