Hierro y Sangre - Capítulo 115
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Capítulo 115: Capítulo 115: El Umbral de la Noche
(Narra Aelnora)
Caminar por las ruinas de Sombra del Cuervo se sentía como profanar un cementerio que aún no ha terminado de enterrar a sus muertos. La pequeña sombra caminaba a nuestro lado, sus pies de humo apenas rozando la ceniza tibia que cubría lo que alguna vez fueron calles llenas de vida. Se veía tan frágil, tan ajena a la carnicería que su otra mitad había provocado, que por un momento el horror del sótano y los gritos de los corazones negros me parecieron una pesadilla lejana, un eco de una vida que no me pertenecía.
Me dolía el pecho. Cada vez que mis ojos se cruzaban con la silueta de la niña, recordaba el crujido del alma que yo misma había desintegrado minutos antes. Sentía que el peso de mi maza era diez veces mayor, como si el pecado de la inexistencia se hubiera filtrado en el acero bendito.
—¿Cómo es él ahora? —preguntó de pronto la sombra, deteniéndose frente a un poste de luz calcinado que se alzaba como un hueso negro contra el cielo gris.
Raven se detuvo también. Sus ojos negros, usualmente fríos y analíticos, se suavizaron con una serenidad que rara vez permitía que otros vieran. Parecía que el mago de sangre encontraba en esa niña un reflejo de algo que él mismo había perdido hace mucho tiempo.
—Es un guerrero increíble —respondió el elfo, bajando el tono de voz para que solo ella lo escuchara—. Lo apodan “el Filo” por sus guadañas. Son extensiones de sus propios brazos, Ariadne. Porta una máscara de madera tallada, imponente, que oculta su rostro, pero no su determinación. Se ha vuelto alguien fuerte, alguien que ha sobrevivido a todo para encontrarte.
La sombra se quedó muy quieta. Su silueta tembló, deshaciéndose en jirones de humo que volvían a integrarse en su pecho, como una llama azotada por un viento invisible.
—Lo he visto antes, no sabia que era el… —susurró con una voz que parecía venir de un pozo profundo, cargada de una clarividencia maldita—. Él luchó con la bruja en el bosque. La mató una vez. Lo sentí… sentí el acero cortando la carne que alguna vez fue mía. Estaba… acompañado de una mujer. Una guerrera. Creo que no se alegrará de verme. He causado tanto dolor, incluso sin quererlo…
—Tonterías —replicó Raven con una firmeza que no admitía réplica—. Se alegrará más de lo que puedes imaginar. Círdan ha pasado toda su vida cargando con tu fantasma, alimentando su fuerza con el recuerdo de la niña que no pudo salvar. Encontrarte, aunque seas este eco de inocencia, será lo único que le dé paz a su tormenta.
La pequeña pareció cobrar ánimos ante sus palabras. Por un instante, su forma se volvió más nítida, casi podíamos ver el contorno de su vestido raído. De repente, echó a correr hacia los límites del pueblo con una energía renovada. Todos fuimos tras ella, sorteando los escombros con prisa, ansiosos por dejar atrás aquel aire viciado que sabía a carne quemada y promesas rotas.
Pero al llegar a la frontera invisible, allí donde las cenizas dejan de caer y la luz del sol golpea con fuerza las laderas verdes del valle, la niña se frenó en seco. Sus pies de sombra retrocedieron dos pasos ante el resplandor, cubriéndose el rostro con sus manos de humo como si la claridad fuera un castigo físico.
—No puedo viajar con luz —dijo con un hilo de voz que se quebraba—. Me lastima. Siento que me deshago, que el sol intenta borrarme porque no pertenezco a este lado del día.
—¿Por eso nunca dejas este lugar? —le pregunté, acercándome con cautela. Sentía una punzada de lástima en el pecho al verla encogerse ante la belleza del atardecer.
—Así es… —respondió ella, hundiéndose de nuevo en la penumbra de un edificio derruido—. Sombra del Cuervo es mi cárcel, pero también mi refugio. La luz recuerda lo que soy: un despojo.
—Esperemos a que caiga la noche entonces y encontraremos un refugio en donde no llegue el sol para descansar, viajaremos solo en la oscuridad —sentencié, mirando el sol que aún colgaba alto en el horizonte, negándonos la salida. Me senté sobre una piedra ennegrecida, sintiendo que el tiempo en este lugar se movía de forma distinta, más lento, más pesado.
Pero la calma duró poco. De repente, la niña se abrazó las rodillas, encogiéndose hasta parecer una mancha de hollín contra la pared.
—¡No quiero ir! —gritó de pronto, su voz subiendo de octava hasta volverse un chirrido—. ¡Él no me querrá! ¡Soy un monstruo!
Antes de que pudiéramos reaccionar o decir una palabra de consuelo, se dio la vuelta y corrió de regreso hacia la torre con una velocidad sobrenatural, atravesando las ruinas como una exhalación negra.
(Narra Valka)
Sentí la temperatura de la torre helarse antes de verla llegar. Estaba apoyada en el muro de piedra desnuda de la torre, todavía con el asco de los corazones quemados fresco en la memoria, cuando la pequeña sombra cruzó la puerta sin siquiera abrirla, atravesando la madera carbonizada como si no fuera más que una ilusión. Se detuvo en el centro de la estancia, temblando violentamente, con sus manos de humo agitándose de forma errática.
—¿Qué pasó? —le pregunté, enderezándome. El silencio de la torre era incómodo ahora que ya no había latidos, un vacío que zumbaba en los oídos.
—Círdan… está con alguien —sollozó la niña, y el sonido de su llanto era como el viento silbando entre grietas—. No querrá verme. Ha peleado con la bruja… la odia con cada fibra de su ser. Ella lo lastimó, ella destruyó todo lo que él amaba… y yo soy ella. Él me odia.
Einar, que había estado vigilando las alturas desde lo que quedaba del piso superior, bajó las escaleras con una pausa deliberada. Se acercó a ella con el sosiego de un depredador que ya no tiene necesidad de cazar, sino de proteger. Se puso en una rodilla para estar a su altura, moviéndose con una lentitud que buscaba no sobresaltarla.
—Un amigo me dijo una vez que el odio solo es amor que se quedó guardado mucho tiempo en un lugar oscuro —le dijo con esa voz ronca suya, que sonaba a tierra y raíces—. Estoy seguro de que querrá verte, pequeña. El odio de Círdan es para la bruja, para la mujer que eligió el pacto sobre su vida. Para ti solo queda el vacío que dejaste en su pecho, un hueco que él ha intentado llenar con hierro y sangre, pero que solo tú puedes cerrar.
Los demás entraron poco después, jadeando por la carrera cuesta arriba. La niña los miró a todos con una mezcla de sospecha y anhelo. De repente, en un gesto que me erizó la piel, materializó el juguete roto en su mano. Por un segundo, su rostro sombrío se despejó, mostrando a la niña de ojos verdes que habíamos visto en los recuerdos. Contempló las piezas de madera con una tristeza infinita, acariciando las grietas con dedos que no tenían peso. Lo dejó en el piso con una delicadeza extrema y se sentó a mirarlo, como si esperara que el tiempo retrocediera y el juguete se arreglara solo por un milagro de inocencia.
La sombra volvió a cubrir sus facciones, ocultando el verde de sus ojos bajo el velo negro.
—Veré de nuevo a Círdan —murmuró para sí misma, como si fuera una oración o una sentencia—. Veré al niño que arreglaba mis juguetes.
Me acerqué a Raven, que observaba la escena desde la entrada, con los brazos cruzados y el ceño fruncido bajo su capucha.
—¿Qué pasó allá afuera, Raven? Pensé que ya estaban por salir de este agujero.
—No puede viajar con luz —respondió el elfo sin mirarme, su voz era un susurro afilado—. El sol la rechaza. Es un espectro de pacto, Valka; la luz es para ella lo que el fuego para el papel. Se consume si se expone demasiado.
—Tiene sentido —dije, mirando las ventanas altas por donde entraba una claridad mortecina—. Ella es la parte que Ariadne descartó para abrazar la oscuridad de Aztherath. Es lógico que la luz sea su veneno.
—¿Podemos esperar en otro lugar? —preguntó Aelnora, caminando de un lado a otro con una inquietud que no podía ocultar. Miraba con desconfianza las paredes de piedra, como si esperara que los corazones volvieran a brotar en cualquier momento. La sombra no respondió, sumida en su propio trance frente al juguete roto. —Supongo que no —se respondió la elfa sola, dejándose caer contra el muro opuesto con un suspiro de derrota.
Pasaron las horas. El sol empezó su descenso, tiñendo el cielo de un color sangre que se filtraba por las grietas de la torre. El silencio era sepulcral, interrumpido solo por el goteo de agua en algún sótano lejano y el roce de la ceniza contra las piedras. De pronto, la pequeña sombra se puso de pie de un salto. Su cuerpo de humo se agitó con una agitación repentina, mirando en todas direcciones como un animal que ventea el peligro.
Todos nos pusimos en guardia. Einar desenvainó sus garras, Raven preparó un conjuro de sangre y Ulm apretó el mango de su pico.
—¿Qué pasa, pequeña? —preguntó Aeris, acercándose con cautela, con su mano buscando una de las granadas de su cinturón.
Un sonido húmedo y rítmico rompió la calma del lugar. No era un latido masivo, sino algo más sutil. En la pared de piedra, justo donde antes había miles, un solo corazón negro surgió de la nada. Brotó con una lentitud asquerosa, inflándose con sangre negra hasta que empezó a latir con una fuerza desesperada, haciendo vibrar la piedra a su alrededor. Todos lo miramos con horror, esperando que fuera el inicio de una nueva masacre, pero se quedó allí, solitario, como una mancha de pecado en un lienzo limpio.
—Fue él —dijo la sombra, señalando el órgano con un dedo tembloroso—. Aztherath. Uno al día… para alargar la agonía de la bruja sin romper el pacto. Él no la deja morir. Fue él.
La niña levantó la mano, sus dedos posicionados para chasquear y destruir esa nueva ofrenda de dolor, pero se congeló en medio del gesto. Su cuerpo de humo se volvió rígido, como si hubiera sido golpeado por un rayo. El destello magenta de sus ojos se intensificó, iluminando la habitación con un brillo maligno y febril que nos obligó a entornar los ojos.
—Ella… está cerca —susurró la niña con un terror que nos heló la sangre, una voz que no era suya, sino un eco del miedo original—. Está aquí. Puedo sentir su odio cruzando las colinas. Puedo sentir su hambre.
Miré por la ventana hacia el pueblo. El sol estaba casi oculto, y en las sombras alargadas de las casas quemadas, algo empezaba a moverse. La bruja Ariadne había regresado a su cuna de cenizas, y esta vez no venía a negociar.
(Narra Aelnora)
Salimos de la torre con el acero desenvainado y el alma en un hilo. Raven, Aeris, Ulm y yo formamos una línea de defensa frente a las ruinas, mientras Berg y Fenrir gruñían a nuestro lado, sus instintos detectando la aberración que se arrastraba por la ceniza. La pequeña sombra se mantenía cerca de nosotros, pero su voz sonaba distinta, más firme, como si la cercanía de su otra mitad le devolviera una autoridad olvidada.
—No des la señal, Raven —sentenció la niña, mirando fijamente hacia la oscuridad del pueblo—. No destruyan el último corazón hasta que yo lo diga.
El elfo oscuro asintió, con sus dedos ya trazando hilos de sangre en el aire, preparados para el comando. Entonces, ella apareció.
Ariadne llegó con el rostro distorsionado por una ira que desafiaba la anatomía humana. Sus facciones eran casi irreconocibles, como si la carne se estuviera derritiendo sobre sus huesos; su piel grisácea supuraba una esencia corrupta y sus ojos magenta brillaban con un hambre demencial. En su cabeza faltaban mechones de cabello, dejando parches de cuero cabelludo quemado.
—El fuego en los corazones… la dañó a ella también —susurró la niña de sombras, ocultándose de la luz impura que emanaba de la bruja.
Sin mediar palabra, la bruja lanzó el primer ataque desde la distancia. Bolas de fuego rosa surcaron los cielos grisáceos como meteoros malditos. Alcé mi escudo, canalizando cada gramo de mi fe; los impactos resonaron con una fuerza bruta que retumbó en cada uno de mis huesos, obligándome a clavar los pies en la tierra para no ser arrollada.
—¡Ahora! —rugió Raven.
Aeris y Ulm no perdieron un segundo. La artífice lanzó viales explosivos que estallaron en ráfagas de magnesio, mientras el gigante arrojaba rocas inmensas contra la bruja. Ariadne esquivaba los ataques con movimientos espasmódicos, avanzando implacable mientras devolvía golpes de magia corrupta que agrietaban el suelo a nuestro paso. En medio del caos, la sombra de la niña se materializó un instante detrás de Aeris, entregándole el cuchillo de ébano de las visiones.
—Sabes en dónde va —dijo la pequeña antes de esfumarse de nuevo para permanecer oculta.
Al ver que la niña estaba a salvo, canalicé un rayo de luz pura directamente hacia la bruja. Al mismo tiempo, Raven arrojó una daga de sangre. Ariadne esquivó la daga con un giro antinatural para evitar ser controlada, pero recibió el impacto de mi luz de lleno en el costado. El olor a carne quemada inundó el aire mientras ella gritaba de agonía, pero no se detuvo. Mientras Raven hacia un movimiento extraño y muy discreto, Ulm aprovechó el momento y arrojó su enorme pico de guerra, un movimiento furtivo que la bruja apenas logró esquivar por milímetros.
Ariadne se plantó frente a nosotros, con la magia supurando de sus manos como brea hirviente. —Todos morirán —sentenció con una voz que parecía el crujido de mil tumbas abriéndose.
—Lo dudo —respondió Raven con una sonrisa gélida.
La granada que el elfo había hecho rodar por el suelo hasta quedar detrás de ella estalló. Miles de pequeñas agujas de sangre se clavaron en la espalda de la bruja. Raven movió los dedos en el aire con una destreza magistral, tomando el control de su sistema circulatorio. Obligó a Ariadne a llevar sus manos a la espalda y a caer de rodillas, inmovilizada por su propia sangre.
Di un paso al frente, blandiendo a Venganza, dispuesta a terminar con su sufrimiento, pero la niña de sombras apareció entre la bruja y yo. Miró a Aeris con una tristeza infinita. La artífice lo entendió de inmediato. Caminó hasta quedar detrás de la bruja y, con un movimiento firme, le clavó el cuchillo de ébano en la nuca. La punta negra salió por la boca de Ariadne, empapada en sangre magenta, impidiéndole pronunciar una sola palabra más.
La sombra me miró fijamente. —Dile a Círdan que lo siento… que no quería lastimarlo. Dile que… dile que digo adiós.
El cuerpo de la bruja empezó a volverse cenizas bajo el efecto del cuchillo, pero el latido del último corazón en la torre aumentó su volumen hasta escucharse en todo el pueblo, un pulso desesperado por traerla de vuelta.
—¡¿Ya lo hacemos?! —gritó Raven, con los músculos tensos por el esfuerzo de mantener el control. —No —respondió la niña. —¡¿Qué esperamos?! —rugió el elfo—. ¡Va a reaparecer si no destruimos ese corazón!
—¡AZTHERATH! —gritó la niña de sombras con una fuerza que sacudió los cimientos de Sombra del Cuervo.
El demonio se manifestó partiendo una grieta en el suelo. Del humo denso y gris surgió su figura imponente, mirando a la pequeña sombra con un asco profundo. —El cuchillo cierra el trato —dijo la niña—. Los corazones quemados lo borran. Mi voluntad anula el contrato.
—No lo hagas —advirtió Aztherath con un rugido que hizo temblar el aire—. Tú quieres verlo. Aceptaste el trato…por él.
Un lamento desgarrador surgió del viento, un llanto que parecía venir de las entrañas de la tierra. La niña de sombras cerró los puños y gritó con toda el alma que le quedaba: —¡Aztherath! ¡Quiero romper el contrato! ¡Ya no quiero volver más!
El cuerpo de la bruja, que se retorcía bajo el dolor de la daga, intentó revocar el deseo, balbuceaba en agonía con la daga en la boca pero la magia corrupta del pacto roto empezó a destrozarla desde adentro. La sombra asintió hacia Raven, quien finalmente movió un dedo, enviando la señal.
(Narra Valka)
Escuchamos los gritos afuera, los golpes y ese llanto que parecía brotar de las mismas piedras de la torre. De repente, sentí un tirón violento en mi cuerpo, un jalón en el esternón que me dejó sin aliento. Era la señal.
Levanté mi espada, aquella de filo eterno que Aeris me había dado, y apunté al último corazón en la pared. Dudé un segundo, abrumada por la responsabilidad de borrar un alma, y ese segundo fue suficiente para que Einar reaccionara. El druida disparó un virote de su garra incendiándolo en el aire con una celeridad asombrosa.
El corazón estalló en llamas, soltando un grito de agonía que obligó a Einar a caer de rodillas, cubriéndose los oídos. Lo escuché gritando y maldiciendo en una lengua antigua, con tal desesperación que decidí en ese mismo instante que nunca, bajo ninguna circunstancia, le preguntaría qué recuerdo le había mostrado ese último corazón.
(Narra Aelnora)
El palpitar del corazón se detuvo en seco. El cuerpo de la bruja se desmoronó en un montón de polvo gris y la inocencia de Ariadne simplemente se desvaneció, fundiéndose con el aire mientras las nubes se alejaban. La ceniza maldita dejó de caer por primera vez en años. La luz de la luna, fría y limpia, iluminó la cara putrefacta de Aztherath, que nos miraba con un odio que prometía milenios de tormento.
Valka y un Einar visiblemente agitado y pálido nos alcanzaron en el centro de las ruinas. El demonio entonces habló, y su voz no era más que un susurro cargado de veneno:
—Rompieron mi juguete favorito. Pagarán por ello.
Aztherath soltó un grito de ira pura. Una onda expansiva, tan potente como si uno de los artilugios más grandes de Aeris hubiese estallado, salió proyectada de su cuerpo. La fuerza me hizo volar por los aires, perdiendo el sentido del arriba y el abajo. Caí a decenas de metros de distancia, impactando contra los restos de una casa. Intenté aferrarme a la conciencia, quería ponerme de pie y buscar a mis compañeros, pero mi cuerpo no respondía. Mis ojos simplemente decidieron cerrarse mientras la oscuridad me reclamaba.
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