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Hierro y Sangre - Capítulo 124

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Capítulo 124: Capítulo 124: El Eco de las Cuerdas

(Narra Aelnora)

La sala de guerra del Colmillo de Wyvern nunca se había sentido tan pequeña. El aire estaba cargado con el olor del metal frío, el cuero viejo y el aroma penetrante a madera ahumada que desprendía la presencia de Gorrum. Nereida presidía la mesa, con su máscara de metal proyectando una sombra inmóvil sobre el mapa de la región, mientras Círdan —el Filo— permanecía a su derecha, todavía pálido, pero con una verticalidad en la espalda que indicaba que su voluntad estaba regresando, pieza a pieza.

Valka rompió el silencio, apoyando sus manos sobre el borde de madera de la mesa con una energía que contrastaba con la pesadez del ambiente.

—Ya tenemos más guerreros, más bestias, y un patio que apesta a gloria orca —dijo, lanzando una mirada a Gorrum—. Tenemos tantos efectivos que quizá debamos agrandar el fuerte para no molestar al pueblo de abajo. Pero tenemos todo, menos un objetivo claro. ¿Tu rebelión perdió el rumbo, Nereida?, ¿o es que simplemente no sabes cómo atacar a los Palma Roja?

La Dama de Hierro no se movió, pero su voz salió gélida, como el viento que azota las almenas. —Estoy buscando objetivos estratégicos, Valka. No pienso enviarlos al matadero ni ordenar la toma de templos a ciegas. Eso ya salió mal una vez, y las cicatrices en nuestro orgullo todavía supuran. No desperdiciaré vidas en ataques de rabia.

—Bueno, pues aquí sentados no vamos a lograr nada —replicó Valka, cruzándose de brazos—. Tengo a un hombre entre los míos. No me gusta su estilo de combate, es demasiado… escurridizo para mi gusto, pero es lo suficientemente sigiloso para infiltrarse y obtener información donde los demás solo encontraríamos una pared de lanzas. Solo dinos dónde quieres que la consigamos y enviaré a mi duelista, Raeghar. Es un duelista sigiloso y furtivo como nadie; podrá entrar en sus nidos mejor que nadie.

Círdan interrumpió, y su voz, aunque más recuperada, conservaba un rastro de ceniza. —La última incursión terminó en un enfrentamiento contra un enemigo tan poderoso que solo ella misma pudo acabar con su propia existencia. Si vamos a movernos, debemos saber qué estamos enfrentando realmente.

Raven, que estaba apoyado contra la pared en la zona más oscura de la sala, dejó escapar un suspiro teatral mientras jugueteaba con un pequeño frasco de vidrio. —Es vital entender cómo la Inquisición pensaba darle esa supuesta “inmortalidad” con bendiciones a Ariadne —intervino el mago de sangre—. Si es que no era solo una mentira más para manipular a una niña poderosa. Debemos asumir que hay algo de verdad en esa promesa si no queremos creer algo mucho peor.

—¿Qué puede ser peor que una mentira de la Inquisición? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

Raven se enderezó, y la luz de las velas hizo que sus ojos brillaran con una inteligencia cruel. —La lógica, mi querida elfa. Engañar a Ariadne pudo haber sido difícil; esa maga era astuta, incluso en su desesperación. Pero ¿engañar a un demonio? Eso, querida, es imposible. ¿Porque Aztherath no simplemente encerró en el Averno a Ariadne si sabía que ella buscaba la vida eterna “bendita” en lugar de su pacto maldito? Creo que la bendición y el pacto son dos caras de una misma moneda, y no sé qué tan lejos está una de otra.

—¿Sugieres que la Inquisición, que busca unificar la fe en un solo dios y purgar el mundo, trabaja con demonios? —dijo Aeris, frunciendo el ceño mientras ajustaba un engranaje en su mano.

—Sabía que tú lo entenderías, niña astuta —Raven le dedicó una sonrisa gélida—. Es justo lo que pienso. El Imperio no está destruyendo la oscuridad, la está canalizando bajo un sello dorado.

—Solo necesitamos encontrar el cómo y por qué —añadió la artífice, mirando el mapa con nuevos ojos.

Gorrum, que había permanecido en un silencio majestuoso, giró su cabeza lentamente hacia Valka. Sus colmillos con anillos de oro brillaron y sus cuentas de hierro tintinearon levemente con el movimiento. —No me dijiste que seriamos cazadores de demonios, Valka —dijo el orco, con una dicción tan refinada y arrogante que hizo que varios soldados en la sala parpadearan sorprendidos—. Te habría cobrado el doble por vuestra falta de honestidad al contratar mis servicios.

—No te estoy pagando, idiota —respondió ella, soltando una risotada que rompió un poco la tensión.

Gorrum soltó una risa breve, grave, que pareció vibrar en los huesos de todos los presentes. —Humanos con un fanatismo absurdo o demonios ancestrales… vuestro problema es increíblemente complejo, casi digno de lástima. No seréis capaces de resolverlo sin mi presencia y consejo. Es un alivio para vosotros que yo haya decidido intervenir.

Valka lo miró de arriba abajo, divertida. —No habláis así en el campamento, dulzura. Allá eres mucho más… directo y menos decorado.

El orco se irguió en toda su imponente estatura de casi dos metros, ajustando las bandas metálicas de su cabello negro azabache con una templanza insultante. —Vos y yo interactuamos de otra forma y en la santidad de mi hogar, Valka. Esto es diferente. La mesa de guerra requiere de todo mi respeto y compostura; así es la tradición de mi familia y de mi estirpe. No confundáis el lecho con el consejo.

Nereida golpeó la mesa, exigiendo orden. —Continuamos. No tenemos tiempo para vuestras interrupciones.

—Mis disculpas, Dama. Proseguid —dijo el orco con una inclinación de cabeza tan perfectamente ejecutada que parecía una burla a la nobleza imperial. Valka, detrás de él, imitó el movimiento y la reverencia con un gesto exagerado y burlón, sacándole la lengua a la espalda de Gorrum.

—En resumen —dije, tratando de enfocar la discusión—, sospechamos de demonios, dioses y una corrupción que llega hasta las raíces del clero, pero no sabemos por dónde carajo atacar para desmoronar ese muro.

—Así es —respondió Nereida con voz de fastidio, frotándose las sienes sobre la máscara.

—Deberías volver a la lista de objetivos de Varic, Aelnora —sugirió Einar desde la esquina, donde Fenrir descansaba a sus pies—. Al menos ese rastro de corrupción nos llevará a algún lado o llamará la atención de alguien que sepa más de lo que admite.

Ulm, que estaba de pie junto a la puerta porque no cabía sentado en ninguna silla, dejó escapar un suspiro pesado. —Si queremos salvar la fe, o la libertad de creer o no creer… necesitamos un milagro. Algo que nos dé una señal de que no estamos peleando solos contra el mundo entero.

En el silencio que siguió a las palabras del gigante, algo cambió. No fue un estallido, ni un grito de guerra. Fue un sonido tenue, una vibración de cuerdas que subía desde el camino que llevaba al fuerte. A lo lejos, entre el viento de la montaña, comenzó a sonar un laúd. Era una melodía extraña, alegre, pero con un trasfondo de melancolía que se filtraba por las rendijas de la piedra.

Círdan se acercó a la ventana de la sala de guerra y miró hacia el puente levadizo. Luego, giró la cabeza hacia el gigante con una sombra de sonrisa en su rostro cansado.

—Las coincidencias no existen, amigo —dijo el Filo—. Parece que tus plegarias han sido escuchadas. Tenemos un visitante.

En el patio, un hombre pequeño envuelto en una capa colorida cruzaba el puente levadizo, ajeno a los arcos que lo apuntaban desde las torres, haciendo que su música resonara contra las paredes del Colmillo de Wyvern como si el lugar fuera su propio auditorio privado. El destino, o algo mucho más cínico, acababa de enviar su respuesta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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