Hierro y Sangre - Capítulo 125
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Capítulo 125: Capítulo 125: La Fonética del Caos
(Narra Aelnora)
Bajamos las escaleras del fuerte casi en tropel, con el sonido de las botas golpeando la piedra y el tintineo de las armas resonando en el patio. El laúd había dejado de sonar justo cuando pusimos un pie en el exterior. Allí, en el centro del patio, rodeado por una guardia de rebeldes que no sabía si arrestarlo o aplaudir, se encontraba el visitante. Vestía una capa corta de un color carmesí desgastado y ropas tan coloridas que hacían que el gris del Colmillo de Wyvern pareciera una tumba.
Aeris, siempre la más rápida en reaccionar cuando se trata de tecnología y defensa, ya le apuntaba con ese artefacto extraño que había estado perfeccionando en su taller. El bardo ni siquiera parpadeó.
—Interesante bienvenida —dijo el extraño, ladeando la cabeza con una sonrisa juguetona—. Tu juguete huele a pólvora, pequeña.
—Es algo así como un cañón de mano —respondió Aeris sin bajar el arma, con el dedo rozando el mecanismo de ignición—. Así que mejor habla antes de que decida probar si la percusión suena mejor que tu laúd.
—Hola, si quieres una conversación amigable, te recomiendo bajar el arma, mucha gente podría considerar hostil que le apuntes con un cañón de mano en la cara —dijo el extraño con una simplicidad exasperante.
Aeris apretó los dientes, su paciencia agotándose a la velocidad de una mecha corta. —Me refería a tu nombre, idiota.
—¡Ah! Esa es una instrucción mucho más clara. Deberías ser más cuidadosa con tus palabras, jovencita, pues ellas cargan mucho poder, a veces más que el salitre y el azufre, o incluso que la pólvora de tu juguete.
—¡El nombre, Dinos tu maldito nombre! —Grito Aeris con una seriedad que habría hecho temblar a un inquisidor.
—¡Vaya modales! —reclamó el extraño mientras se ajustó la túnica con una calma que rayaba en lo insultante, ignorando por completo que la espada de Valka estaba ahora a escasos centímetros de su garganta. Dio un paso atrás con elegancia y realizó una reverencia tan profunda que su sombrero casi tocó el barro.
—Mi nombre es Valeryus Ignatius Kasparien Theophrastus Obernastentoriatus Reginald III, a sus servicios… o pueden llamarme Viktor, si les parece más simple. No me gusta su fonética, es tan… plana, pero admito que es más fácil de pronunciar para lenguas perezosas.
—Vaya nombre —masculló Valka, bajando finalmente su espada, aunque manteniendo los músculos tensos y la guardia alta—. Es más largo que la lista de mis pecados. ¿No es más fácil decirte solo Valeryus y ya?
—¿Solo usar mi primer nombre? —respondió el bardo, fingiendo una exaltación que hizo que sus ojos brillaran con indignación dramática—. ¡Vaya absurdo! Todos mis nombres tienen el mismo peso y valor histórico, por lo cual no puedo simplemente omitirlos. Y ya que las lenguas perezosas como la tuya…
—Su lengua no es perezosa, bardo —interrumpió Raven con un tono gélido, dando un paso al frente mientras sus dedos jugueteaban con la empuñadura de su daga.
Viktor se detuvo, miró a Raven de arriba abajo y arrugó la nariz.
—Sí, bueno… primero: qué asco. Segundo: como decía, ya que lenguas como la tuya no gustan de pronunciar sesenta y cinco letras para llamar a alguien por su nombre. Les facilito la vida usando solo la primera letra de cada uno de mis nombres; pueden llamarme Viktor.
El bardo nos miró a todos, uno por uno. Su curiosidad era voraz, como si estuviera leyendo una partitura invisible escrita en nuestras cicatrices. Extendió las manos, abarcando al grupo con un gesto teatral.
—Además, a diferencia de mí, ustedes no necesitan presentarse. Los rumores vuelan para oídos atentos como los de un músico de mi calibre. No sé sus nombres por su propia voz, pero sé quiénes son…
—La clériga que rompió sus votos y ahora carga una maza bendecida por la venganza; el druida y su manada de lobos, los salvadores de Cruce del Sauce; el gigante de las minas de Roble de Hierro… Por cierto, gigante, me hubiera gustado ver el alboroto que causaste en la ciudad de Orodreth montando un karkadann. ¿Lo tienes aquí? Bueno, eso, no importa, estoy seguro de que es un espécimen impresionante. Veamos que más tenemos aquí… un mago de sangre que huele a sacrificios y libros viejos; un elfo enmascarado cuyo silencio grita dolor… y una mujer que esconde su rostro tras el metal. Seguramente usted es…
Viktor se interrumpió. Sus ojos se fijaron en alguien que se acercaba por detrás de nosotros con paso lento y pesado. Gorrum emergió de las sombras del pasillo. Valka, notando el repentino nerviosismo del bardo, dijo con una malicia juguetona:
—Tranquilo, muchacho. No es un salvaje. Lo tengo domesticado.
—¡Domesticado! —gritó Viktor, y por primera vez su voz perdió el tono burlón para llenarse de un ultraje genuino—. ¡Injuria! ¡Delito! ¡Insurrección! ¡perjuicio! Esto es un despropósito, una calamidad de proporciones épicas. ¿Cómo te atreves a decir eso de su majestad?
Tras nosotros, el orco hizo una seña sutil para que Viktor guardara silencio, pasando una mano por su rostro en un gesto de frustración evidente. Pero el bardo estaba en trance.
—Esos aros de oro en los colmillos inusualmente cortos, esos ojos azules como los cielos del sur, ese cabello que parece alaciado por los mismos dioses con aceite de almendra… —Viktor se dejó caer de rodillas, aunque sus ojos seguían fijos en el orco—. Solo puede ser…
—Gorrum —dijo el orco, intentando detener la marea.
—¿Gorrum? ¡Su majestad olvidó su propio nombre! —respondió Viktor dramáticamente—. Usted es Gorrash Al’ habad, el Rey Orco de Oriente.
—Cállate, Viktor —dijo el orco, ahora Gorrash, cerrando los ojos con fuerza.
—Ese es mi nombre, bueno, mi acrónimo, usted entiende. ¡Y lo recordó mejor que el propio! —exclamó el bardo, ignorando la amenaza implícita en la voz del guerrero.
Todos nos giramos hacia el orco. El silencio que siguió fue denso. Valka fue la primera en reaccionar, sus ojos saltando de Viktor al orco con una mezcla de asombro y una chispa de ambición que no pudo ocultar.
—¿Gorrash? —preguntó Valka, acercándose a él—. ¿Rey?
El bardo, ajeno a la tensión que acababa de crear, siguió mirando al grupo con interés renovado. —La niña del cañón de mano sigue siendo un enigma para mí —continuó, ignorando que Aeris todavía consideraba seriamente volarle la cabeza.
—Eres un rey… —repitió Valka, plantándose frente al masivo guerrero verde.
Gorrash soltó un suspiro largo, resignado. Su voz recuperó ese tono refinado y pomposo que ahora tenía todo el sentido del mundo.
—Sí… lo soy. ¿Vais a decir que ahora sí somos algo más que amigos, Valka? ¿Os impresiona tanto una corona de arena y ceniza? —ironizó el orco, mirándola desde su altura.
Valka soltó una carcajada ronca, una que denotaba que el desafío le encantaba. —Si me haces una jodida reina, dulzura, seré lo que tú quieras.
Viktor continuó con su monólogo, ajeno a los flirteos reales.
—Pero…volviendo a la señora enmascarada… no puede ser otra más que la Dama de Hierro. Y si hay tanta celebridad reunida en este nido de águilas, quiere decir que estoy en el centro de operaciones de la Rebelión de los Blasfemos.
Al oír esa palabra, el ambiente cambió. El sonido del metal desenvainado fue unánime. Arcos, espadas y el cañón de Aeris convergieron sobre el bardo en un segundo.
—¿Quién te envía, bardo? —preguntó Nereida, su voz vibrando con la amenaza de una ejecución inmediata.
—Tranquilos —dijo el Filo, siendo el único que no había desenfundado su arma. Círdan dio un paso al frente, observando a Viktor con ojos cansados—. El, como pueden ver, es un bardo y la realidad de su profesión es que las escuelas de bardos, en realidad, son academias para espías. No es un simple músico.
Viktor asintió con entusiasmo, a pesar de tener una docena de armas apuntándole al pecho. — Es correcto, las palabras tienen poder, mi señor. Mis canciones son historias, hitos del pasado, pero también, para un oído educado, contienen información, rutas comerciales, secretos de alcoba y movimientos de tropas. Soy un coleccionista de verdades en un mundo de mentiras.
—¿Qué quieres aquí? —preguntó la Dama, sin bajar la guardia.
El bardo miró hacia las sólidas murallas del fuerte y luego hacia el cielo que empezaba a oscurecerse. —Dormir entre cuatro paredes no me vendría nada mal; el rocío del bosque es terrible para mis cuerdas vocales. Además, si esta pequeña congregación de extrañas criaturas es realmente la llamada Rebelión de los Blasfemos, como dicen los de las Manitas Rojas… es el lugar perfecto.
—¿Perfecto para qué? —preguntó Einar, con Fenrir gruñendo a su lado.
—¿Tendrán un altar vacío para mi diosa, Lyra, y un catre para mí? A cambio, puedo ofrecerles algo que no encontrarán en los libros de historia ni en las visiones de soñadores.
Aeris, con un gesto de fastidio, enfundó su pequeño cañón de mano en su cinto, aunque mantuvo su mano cerca de la empuñadura. —Depende de qué tengas tú, bardo. No aceptamos refugiados solo porque sepan rimar “muerte” con “suerte”.
Viktor miró a Aeris y sonrió. —Ah, pero claro, la niña rara con juguetes extraños… por tu mirada y esa cosita con la que pretendías matarme, supongo que eres el cerebro de este grupo, la líder de la rebelión. Bueno, no lideras a la Dama de Hierro… ni al Rey de Oriente… bueno, como sea, eres casi indispensable. En fin, para ustedes mi querido público, tengo lo más valioso en este mundo, en especial en un mundo en guerra.
Se inclinó hacia adelante, y por un momento, su teatralidad desapareció, dejando ver la mirada afilada de un hombre que ha visto caer imperios.
—Tengo información.
El silencio volvió a reinar en el patio, pero esta vez, el zumbido azul del oricalco que subía desde las profundidades pareció vibrar en sintonía con las palabras del bardo.
—¿Y bien? ¿Hay un altar para mi señora o no? —preguntó Viktor, balanceando su laúd con una despreocupación que rozaba lo insolente.
—En el sótano —respondió Aelnora, señalando con un gesto breve hacia las profundidades del fuerte—. Justo en el corazón de la montaña.
—El sótano… —repitió el bardo, saboreando las palabras como si fueran parte de una estrofa—. Un altar de adoración en el corazón profundo del fuerte. Qué poético, qué lúgubre… me agradan. ¿Y hay un catre vacío para este humilde servidor?
—Sí, bardo. Hay una habitación completa para ti —dijo Círdan, cuya voz cansada indicaba que su paciencia se estaba agotando más rápido que la luz del día.
Viktor dio una palmada entusiasta. —¡Excelente! Digan a sus lacayos que lleven mi equipaje a la habitación de inmediato, mientras yo busco el altar para Lyra.
—¿Equipaje? —preguntó la Dama, arqueando una ceja tras su máscara de hierro—. Viniste con las manos vacías.
El bardo sonrió con malicia y extrajo una caja diminuta de uno de sus bolsillos coloridos. La depositó en el suelo de piedra con delicadeza, se enderezó y chasqueó los dedos. De repente, una pequeña explosión de humo purpúreo envolvió el objeto, y en un parpadeo, la cajita se convirtió en un montón de maletas de cuero fino y diversos estuches de instrumentos.
—Son delicados —advirtió mientras comenzaba a caminar con paso ligero. Al pasar junto a Gorrash, hizo una reverencia tan baja que casi rozó el suelo—. Su majestad.
El orco giró los ojos con un desdén monumental, soltando un gruñido que hizo vibrar las placas de su armadura. Viktor, ajeno o acostumbrado al desprecio real, siguió su camino hacia la penumbra del sótano, tarareando una melodía que parecía flotar en el aire mucho después de que su figura desapareciera.
—Eso ha sido… interesante, por decir algo —murmuró la Dama de hierro, rompiendo el silencio atónito que se había apoderado del patio.
(Narra Viktor)
El sótano del Colmillo de Wyvern olía a piedra antigua, a humedad estancada y a esa vibración metálica y eléctrica que solo el oricalco puro puede emitir. Descendí los peldaños con la agilidad de quien ha pasado media vida escapando por callejones, disfrutando del eco de mis propias botas contra la roca. Al llegar al fondo, me detuve en seco. La luz azul de “La Esperanza de Ariadne” bañaba las estatuas de los dioses olvidados, dándoles un aspecto espectral, casi vivo.
—Vaya… —susurré, dejando que mis ojos se ajustaran al resplandor cobalto—. Realmente no mentían sobre el brillo. Es una canción visual, una nota sostenida en el tejido de la realidad.
Caminé hacia un rincón que todavía permanecía en penumbra, lejos de la efigie de Malakor y de la mirada severa de la Dama Luna. Metí la mano en el bolsillo de mi jubón y saqué una caja pequeña, de madera de sándalo, grabada con motivos de liras y nubes. La coloqué en el suelo con la reverencia de quien manipula el corazón de un recién nacido.
Chasqueé los dedos con un ritmo preciso.
¡Puff!
Una nube de humo con aroma a lavanda y resina envolvió el rincón. Cuando se disipó, un altar de madera de ébano, con incrustaciones de cuerdas de plata que parecían vibrar por sí solas, se alzaba orgulloso contra la pared de roca. No era imponente como el de los otros dioses, pero tenía una elegancia que hacía que el resto del sótano pareciera burdo. Con manos temblorosas, tomé mi laúd y lo deposité con extrema delicadeza sobre la superficie de seda que cubría el altar.
—Cuida de mi voz y de mi ser, Lyra —murmuré, inclinando la cabeza hasta que mi frente rozó la madera fría—. Porque en este lugar de hierro y sangre, la música es lo único que nos separa de las bestias… y de los santos.
Me quedé allí un momento, escuchando cómo el silencio del sótano intentaba devorar la nota residual de mi laúd. La guerra estaba a las puertas, pero aquí abajo, mi diosa y la esperanza compartirían el mismo aire viciado. Era un comienzo.
(Narra Valka)
La taberna del pueblo en el bajo pueblo, lejos del fuerte, era el único lugar donde uno podía pretender que el mundo no se estaba yendo al carajo. El aire estaba saturado del olor a sudor, cerveza y el aroma metálico de la armadura de Gorrash, que ocupaba espacio suficiente para dos hombres. Me senté frente a él, golpeando la jarra de madera contra la mesa con una fuerza que hizo saltar la espuma.
—¿Y bien, “Su Majestad”? —solté, arrastrando las palabras con una ironía que cortaba más que mi hacha—. ¿Vas a quedarte ahí sentado mirándome con esa cara de nobleza herida o vas a explicarme desde cuándo duermo con la realeza de Oriente?
Gorrash soltó un suspiro largo, un sonido que nació desde lo más profundo de su pecho fornido. Se llevó la jarra a los labios, bebiendo con una lentitud que me sacaba de quicio. Sus ojos azules, generalmente calculadores, tenían ahora un brillo de fatiga antigua.
—En el exilio, Valka, todos somos iguales —dijo, y su voz recuperó ese tono refinado que ahora me sonaba a castillos y protocolos—. Un rey sin tierra no es más que un guerrero con mejores modales. No vi la necesidad de cargar vuestro espíritu con un título que solo trae consigo el peso de los muertos.
—¡No me vengas con esa mierda de mártir, Gorrash! —le espeté, inclinándome sobre la mesa—. Me ocultaste el trono, pero me mostraste la espada. ¿Por qué ahora? ¿Por qué dejar que ese bardo parlanchín soltara la lengua en medio del patio?
El orco me miró fijamente. Sus colmillos, con esos malditos anillos de oro, brillaron bajo la luz de las antorchas. —Porque el tiempo de los secretos se ha agotado. Si vuestra Dama de Hierro va a confiar en mi acero para enfrentarse a demonios, debe saber que no soy solo un mercenario que busca comida. Soy Gorrash Al’ habad, y mi gente me sigue no por mi fuerza, sino por mi sangre.
Me recosté en el banco, mirándolo de arriba abajo. No pude evitar que una sonrisa torcida apareciera en mi rostro. —Rey de Oriente… —mascullé—. Supongo que puedo perdonarte la mentira si el reino viene con un buen castillo y una cama que no cruja tanto como la que tengo en este chiquero. Aunque te advierto, dulzura: si pretendes que te haga reverencias, vas a llevarte un hachazo donde más te duele.
Gorrash soltó una risotada ronca que hizo vibrar las jarras de las mesas vecinas. —No os preocupéis por eso, Valka. Vuestra falta de respeto es, precisamente, lo que mantiene mi corona en su sitio.
(Narra Ulm)
Afuera, cerca de la entrada de las minas, el aire era más fresco pero cargado de la tensión que flotaba sobre el fuerte. Estaba sentado sobre una roca plana, con mis piernas colgando como troncos de árbol. A mi lado, Aeris limpiaba su cañón de mano con un trapo aceitoso, sus movimientos eran mecánicos, precisos, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia el patio principal.
Tomé un fémur el fémur de un bisonte almizclero, del tamaño de un tronco pequeño, y lo arrojé hacia la oscuridad del valle. —¡Ve por él, Berg! —rugí.
La sombra masiva de Berg saltó desde la penumbra, atrapando el hueso en el aire con un chasquido de mandíbulas que resonó como un trueno. El karkadann aterrizó con pesadez, levantando una nube de polvo, y volvió a trote hacia nosotros, orgulloso de su premio.
—Primero un mineral que canta en la montaña —dije, rascándome la barba poblada de polvo de roca—, luego un orco que resulta ser un rey de tierras lejanas, y ahora un bardo que saca equipaje de los bolsillos con explosiones de humo. El mundo se está rompiendo, pequeña. Las piezas ya no encajan en los agujeros.
Aeris detuvo su limpieza y miró el arma en su mano. La luz del atardecer se reflejaba en el bronce del cañón. —Si ese tal Viktor sabe cosas útiles sobre la Inquisición, entonces nos será de mucha ayuda. El mundo no se está rompiendo, Ulm. Ya está roto. Solo que ahora nos quitamos la venda de los ojos y estamos viendo las piezas caer.
—¿Crees que sea verdad lo que dijo? —pregunté, viendo a Berg destrozar el hueso con sus dientes.
—Raven cree que sí. Y cuando ese mago se pone serio, es porque algo huele a podrido en el éter —respondió la artífice, guardando su arma en el cinto—. Me da igual si es un bardo o un espía, Ulm. Si tiene información sobre cómo detener a esos Palma Roja, le construiré un altar de oro si hace falta. Pero como me toque una sola vez una de mis herramientas, le vuelo los dedos.
Solté una risotada. La niña tenía más fuego que una forja enana.
(Narra Aelnora)
Caminábamos por los pasillos superiores del fuerte, donde el viento silbaba entre las grietas de la mampostería. Einar caminaba a mi izquierda, con los hombros tensos y una mano descansando en el lomo de un Fenrir que no dejaba de gruñir en dirección al sótano. A mi derecha, Raven avanzaba con esa elegancia despectiva que tanto lo caracterizaba.
—Huele a historias viejas y a mentiras nuevas —murmuró Einar, sus ojos escaneando cada sombra—. Ese bardo tiene un rastro que no me gusta. Es como si llevara mil voces encima, pero ninguna fuera la suya.
—Se llama carisma, druida. Deberías intentar usarlo alguna vez, en lugar de gruñirle a todo lo que no tiene pelo —replicó Raven, sin siquiera mirarlo. El mago de sangre parecía más animado de lo normal—. Sin embargo, tengo que admitir que su llegada es… oportuna. Es demasiada coincidencia para ser azar, incluso para mis estándares de cinismo. Alguien o algo está moviendo las piezas para que choquemos contra esa maldita Inquisición de frente.
—Quizás es lo que Ulm pidió —dije, apretando el mango de mi maza—. Quizás es un milagro. No todos los que llegan de la nada tienen que ser enemigos, Raven.
—Los milagros suelen tener un precio en sangre que tú no estás dispuesta a pagar, Aelnora —Raven se detuvo y nos miró a ambos—. Ese bardo sabe cosas. Si su información es real, la Inquisición estará al alcance de nuestras armas, procuren no perder el enfoque.
Einar se tensó, pero no respondió. Seguimos caminando en silencio, con el eco de la música de Viktor todavía vibrando en el fondo de nuestras mentes como una advertencia silenciosa.
(Narra la Dama de Hierro)
Me encontraba en el balcón de la sala de guerra, observando cómo las hogueras del campamento orco punteaban la oscuridad del valle como estrellas caídas. El frío de la noche golpeaba mi máscara, pero no podía sentirlo. Círdan estaba detrás de mí, fundido con las sombras de la columna, tan inmóvil como una gárgola.
—¿Es sabio confiar en un extraño que llega cantando en medio de una guerra, Círdan? —pregunté sin darme la vuelta—. Sus palabras son dulces, pero sus secretos pesan demasiado.
El Filo dio un paso al frente, y la luz de la luna iluminó brevemente la cicatriz de su cuello. Su voz, recuperada pero profunda, rompió el silencio.
—Tú confiaste en mí cuando morías en aquel bosque, Nereida. Yo confié en ti cuando el recuerdo de mi propia infancia casi me destruye tras lo de Ariadne. Es en los momentos más desesperados cuando más debemos demostrar que la confianza existe, por absurda que parezca.
—La confianza es un lujo que los líderes no suelen permitirse —respondí, apretando el barandal de piedra.
—Sin ella no hay fe, Dama. Y sin fe, no hay esperanza. No importa si ese bardo viene por designio divino o por una casualidad cósmica. Debemos creer que nos ayudará, porque la otra opción es enfrentarnos a la palma roja con los ojos vendados. Y créeme, nadie quiere ser el ciego en una pelea una guerra que ya por sí misma parece imposible de ganar.
Me quedé en silencio, mirando hacia el horizonte. Círdan tenía razón, como de costumbre. El Colmillo de Wyvern se había convertido en un refugio de renegados, reyes ocultos y dioses que ni yo conocía. Un bardo más no haría la diferencia en la cuenta final de locos… o eso esperaba.
—Mañana lo llevaremos a la mesa —sentencié—. Que hable. Que nos diga por donde debemos comenzar. Y luego, decidiremos si le damos un catre o la horca.
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