Hierro y Sangre - Capítulo 126
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Capítulo 126: Capítulo 126: Confianza y melodía
(Narra Viktor)
El sótano del Colmillo de Wyvern olía a piedra antigua, a humedad estancada y a esa vibración metálica y eléctrica que solo el oricalco puro puede emitir. Descendí los peldaños con la agilidad de quien ha pasado media vida escapando por callejones, disfrutando del eco de mis propias botas contra la roca. Al llegar al fondo, me detuve en seco. La luz azul de “La Esperanza de Ariadne” bañaba las estatuas de los dioses olvidados, dándoles un aspecto espectral, casi vivo.
—Vaya… —susurré, dejando que mis ojos se ajustaran al resplandor cobalto—. Realmente no mentían sobre el brillo. Es una canción visual, una nota sostenida en el tejido de la realidad.
Caminé hacia un rincón que todavía permanecía en penumbra, lejos de la efigie de Malakor y de la mirada severa de la Dama Luna. Metí la mano en el bolsillo de mi jubón y saqué una caja pequeña, de madera de sándalo, grabada con motivos de liras y nubes. La coloqué en el suelo con la reverencia de quien manipula el corazón de un recién nacido.
Chasqueé los dedos con un ritmo preciso.
¡Puff!
Una nube de humo con aroma a lavanda y resina envolvió el rincón. Cuando se disipó, un altar de madera de ébano, con incrustaciones de cuerdas de plata que parecían vibrar por sí solas, se alzaba orgulloso contra la pared de roca. No era imponente como el de los otros dioses, pero tenía una elegancia que hacía que el resto del sótano pareciera burdo. Con manos temblorosas, tomé mi laúd y lo deposité con extrema delicadeza sobre la superficie de seda que cubría el altar.
—Cuida de mi voz y de mi ser, Lyra —murmuré, inclinando la cabeza hasta que mi frente rozó la madera fría—. Porque en este lugar de hierro y sangre, la música es lo único que nos separa de las bestias… y de los santos.
Me quedé allí un momento, escuchando cómo el silencio del sótano intentaba devorar la nota residual de mi laúd. La guerra estaba a las puertas, pero aquí abajo, mi diosa y la esperanza compartirían el mismo aire viciado. Era un comienzo.
(Narra Valka)
La taberna del pueblo en el bajo pueblo, lejos del fuerte, era el único lugar donde uno podía pretender que el mundo no se estaba yendo al carajo. El aire estaba saturado del olor a sudor, cerveza y el aroma metálico de la armadura de Gorrash, que ocupaba espacio suficiente para dos hombres. Me senté frente a él, golpeando la jarra de madera contra la mesa con una fuerza que hizo saltar la espuma.
—¿Y bien, “Su Majestad”? —solté, arrastrando las palabras con una ironía que cortaba más que mi hacha—. ¿Vas a quedarte ahí sentado mirándome con esa cara de nobleza herida o vas a explicarme desde cuándo duermo con la realeza de Oriente?
Gorrash soltó un suspiro largo, un sonido que nació desde lo más profundo de su pecho fornido. Se llevó la jarra a los labios, bebiendo con una lentitud que me sacaba de quicio. Sus ojos azules, generalmente calculadores, tenían ahora un brillo de fatiga antigua.
—En el exilio, Valka, todos somos iguales —dijo, y su voz recuperó ese tono refinado que ahora me sonaba a castillos y protocolos—. Un rey sin tierra no es más que un guerrero con mejores modales. No vi la necesidad de cargar vuestro espíritu con un título que solo trae consigo el peso de los muertos.
—¡No me vengas con esa mierda de mártir, Gorrash! —le espeté, inclinándome sobre la mesa—. Me ocultaste el trono, pero me mostraste la espada. ¿Por qué ahora? ¿Por qué dejar que ese bardo parlanchín soltara la lengua en medio del patio?
El orco me miró fijamente. Sus colmillos, con esos malditos anillos de oro, brillaron bajo la luz de las antorchas. —Porque el tiempo de los secretos se ha agotado. Si vuestra Dama de Hierro va a confiar en mi acero para enfrentarse a demonios, debe saber que no soy solo un mercenario que busca comida. Soy Gorrash Al’ habad, y mi gente me sigue no por mi fuerza, sino por mi sangre.
Me recosté en el banco, mirándolo de arriba abajo. No pude evitar que una sonrisa torcida apareciera en mi rostro. —Rey de Oriente… —mascullé—. Supongo que puedo perdonarte la mentira si el reino viene con un buen castillo y una cama que no cruja tanto como la que tengo en este chiquero. Aunque te advierto, dulzura: si pretendes que te haga reverencias, vas a llevarte un hachazo donde más te duele.
Gorrash soltó una risotada ronca que hizo vibrar las jarras de las mesas vecinas. —No os preocupéis por eso, Valka. Vuestra falta de respeto es, precisamente, lo que mantiene mi corona en su sitio.
(Narra Ulm)
Afuera, cerca de la entrada de las minas, el aire era más fresco pero cargado de la tensión que flotaba sobre el fuerte. Estaba sentado sobre una roca plana, con mis piernas colgando como troncos de árbol. A mi lado, Aeris limpiaba su cañón de mano con un trapo aceitoso, sus movimientos eran mecánicos, precisos, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia el patio principal.
Tomé un fémur el fémur de un bisonte almizclero, del tamaño de un tronco pequeño, y lo arrojé hacia la oscuridad del valle. —¡Ve por él, Berg! —rugí.
La sombra masiva de Berg saltó desde la penumbra, atrapando el hueso en el aire con un chasquido de mandíbulas que resonó como un trueno. El karkadann aterrizó con pesadez, levantando una nube de polvo, y volvió a trote hacia nosotros, orgulloso de su premio.
—Primero un mineral que canta en la montaña —dije, rascándome la barba poblada de polvo de roca—, luego un orco que resulta ser un rey de tierras lejanas, y ahora un bardo que saca equipaje de los bolsillos con explosiones de humo. El mundo se está rompiendo, pequeña. Las piezas ya no encajan en los agujeros.
Aeris detuvo su limpieza y miró el arma en su mano. La luz del atardecer se reflejaba en el bronce del cañón. —Si ese tal Viktor sabe cosas útiles sobre la Inquisición, entonces nos será de mucha ayuda. El mundo no se está rompiendo, Ulm. Ya está roto. Solo que ahora nos quitamos la venda de los ojos y estamos viendo las piezas caer.
—¿Crees que sea verdad lo que dijo? —pregunté, viendo a Berg destrozar el hueso con sus dientes.
—Raven cree que sí. Y cuando ese mago se pone serio, es porque algo huele a podrido en el éter —respondió la artífice, guardando su arma en el cinto—. Me da igual si es un bardo o un espía, Ulm. Si tiene información sobre cómo detener a esos Palma Roja, le construiré un altar de oro si hace falta. Pero como me toque una sola vez una de mis herramientas, le vuelo los dedos.
Solté una risotada. La niña tenía más fuego que una forja enana.
(Narra Aelnora)
Caminábamos por los pasillos superiores del fuerte, donde el viento silbaba entre las grietas de la mampostería. Einar caminaba a mi izquierda, con los hombros tensos y una mano descansando en el lomo de un Fenrir que no dejaba de gruñir en dirección al sótano. A mi derecha, Raven avanzaba con esa elegancia despectiva que tanto lo caracterizaba.
—Huele a historias viejas y a mentiras nuevas —murmuró Einar, sus ojos escaneando cada sombra—. Ese bardo tiene un rastro que no me gusta. Es como si llevara mil voces encima, pero ninguna fuera la suya.
—Se llama carisma, druida. Deberías intentar usarlo alguna vez, en lugar de gruñirle a todo lo que no tiene pelo —replicó Raven, sin siquiera mirarlo. El mago de sangre parecía más animado de lo normal—. Sin embargo, tengo que admitir que su llegada es… oportuna. Es demasiada coincidencia para ser azar, incluso para mis estándares de cinismo. Alguien o algo está moviendo las piezas para que choquemos contra esa maldita Inquisición de frente.
—Quizás es lo que Ulm pidió —dije, apretando el mango de mi maza—. Quizás es un milagro. No todos los que llegan de la nada tienen que ser enemigos, Raven.
—Los milagros suelen tener un precio en sangre que tú no estás dispuesta a pagar, Aelnora —Raven se detuvo y nos miró a ambos—. Ese bardo sabe cosas. Si su información es real, la Inquisición estará al alcance de nuestras armas, procuren no perder el enfoque.
Einar se tensó, pero no respondió. Seguimos caminando en silencio, con el eco de la música de Viktor todavía vibrando en el fondo de nuestras mentes como una advertencia silenciosa.
(Narra la Dama de Hierro)
Me encontraba en el balcón de la sala de guerra, observando cómo las hogueras del campamento orco punteaban la oscuridad del valle como estrellas caídas. El frío de la noche golpeaba mi máscara, pero no podía sentirlo. Círdan estaba detrás de mí, fundido con las sombras de la columna, tan inmóvil como una gárgola.
—¿Es sabio confiar en un extraño que llega cantando en medio de una guerra, Círdan? —pregunté sin darme la vuelta—. Sus palabras son dulces, pero sus secretos pesan demasiado.
El Filo dio un paso al frente, y la luz de la luna iluminó brevemente la cicatriz de su cuello. Su voz, recuperada pero profunda, rompió el silencio.
—Tú confiaste en mí cuando morías en aquel bosque, Nereida. Yo confié en ti cuando el recuerdo de mi propia infancia casi me destruye tras lo de Ariadne. Es en los momentos más desesperados cuando más debemos demostrar que la confianza existe, por absurda que parezca.
—La confianza es un lujo que los líderes no suelen permitirse —respondí, apretando el barandal de piedra.
—Sin ella no hay fe, Dama. Y sin fe, no hay esperanza. No importa si ese bardo viene por designio divino o por una casualidad cósmica. Debemos creer que nos ayudará, porque la otra opción es enfrentarnos a la palma roja con los ojos vendados. Y créeme, nadie quiere ser el ciego en una pelea una guerra que ya por sí misma parece imposible de ganar.
Me quedé en silencio, mirando hacia el horizonte. Círdan tenía razón, como de costumbre. El Colmillo de Wyvern se había convertido en un refugio de renegados, reyes ocultos y dioses que ni yo conocía. Un bardo más no haría la diferencia en la cuenta final de locos… o eso esperaba.
—Mañana lo llevaremos a la mesa —sentencié—. Que hable. Que nos diga por donde debemos comenzar. Y luego, decidiremos si le damos un catre o la horca.
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