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Hierro y Sangre - Capítulo 127

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Capítulo 127: Capítulo 127: El Contrato de la Espina y el Peso de los Siglos

(Narra Aelnora)

El patio del fuerte era un hervidero de actividad verde y gris, pero Viktor parecía existir en una burbuja de color y ruido propia. Antes de que Nereida pudiera darle la orden de subir, el bardo se plantó frente a su equipaje, que seguía amontonado en el centro del patio bajo una llovizna persistente que amenazaba con calar el cuero y las cuerdas.

Lanzó una mirada de reproche dramático a los soldados rebeldes que montaban guardia, quienes lo observaban con una mezcla de sospecha y cansancio, con las manos apretando las astas de sus lanzas.

—¡Qué falta de cortesía elemental! —exclamó Viktor, llevándose una mano al pecho como si hubiera recibido una estocada invisible—. Mis bártulos, mis tesoros, las cajas que guardan las rimas de tres décadas… abandonados aquí como sacos de grano rancio. No los han llevado a mi estancia, bueno, ¿qué se le va a hacer? Supongo que el protocolo en las rebeliones ha decaído con el paso de los siglos tanto como el gusto por la buena lírica.

Con un movimiento fluido, casi felino, tomó un segundo laúd de uno de los estuches abiertos y, con un chasquido de dedos que resonó como un latigazo en el aire húmedo, envolvió el resto de sus pertenencias en una nube de humo purpúreo. Un segundo después, el montón de maletas había desaparecido, volviendo a ser la pequeña cajita de madera que se guardó en el bolsillo del jubón con un gesto de suficiencia.

Ya en la sala de guerra, el ambiente era radicalmente distinto. El olor a pino quemado de las antorchas y el frío que emanaba de las paredes de piedra creaban un entorno opresivo. Nereida no se sentó; permanecía de pie al final de la mesa, observando al bardo con una desconfianza que se podía cortar con un cuchillo.

—¿Cómo es que sabes todo lo que dices saber, Viktor? —preguntó la Dama de Hierro. Su voz, filtrada por el metal de su máscara, sonaba hueca y peligrosa—. Los nombres, nuestras historias, el linaje que Gorrash pretendía ocultar… No eres un simple músico errante que busca un catre caliente.

Viktor comenzó a caminar alrededor de la mesa, acariciando las cuerdas de su segundo laúd sin llegar a tocarlas, disfrutando del sonido de su propia voz mientras le daba vueltas a la respuesta con una parsimonia que empezaba a irritar incluso a los orcos.

—El Filo ya se los dijo, aunque quizás con menos brillo del que mi profesión merece —respondió Viktor, sonriendo de lado—. Los bardos somos los mejores espías del reino y del mundo, mis queridos y silenciosos amigos. Obtenemos información para nuestras canciones en las tabernas más inmundas a cambio de unas miserables monedas de plata. Pero el oro… ah, el oro lo ganamos en salas de guerra como esta, compartiendo secretos que pueden hacer caer murallas. Nada es más sagrado que la lealtad de un bardo, aunque, irónicamente, esta siempre esté a la venta. Compren la mía y no habrá poder en este continente que rompa el acuerdo que sellemos hoy. No solo compro y vendo historias; compro y vendo verdades que la gente prefiere olvidar.

Nereida guardó silencio un momento y luego miró a Círdan. —Esto… ¿es seguro, amor mío? —preguntó en un susurro cargado de duda.

Círdan, en lugar de responder con palabras, metió la mano en su túnica y sacó un flautín de madera oscura, casi negra, tallado con runas que parecían absorber la luz.

—Lo es, Nereida. Lo es —afirmó el Filo—. Yo mismo fui parte de la escuela de bardos de la Espina Azul hace mucho tiempo. Sé reconocer a uno de los míos, incluso tras una máscara de bufón.

—¿Y eso cuándo fue, Círdan? —preguntó Nereida de repente, sin soltar el tema, con los ojos fijos en el rostro descubierto del elfo—. He luchado a tu lado durante años, hemos sangrado en los mismos bosques… y nunca mencionaste la Espina Azul. ¿Cuándo tuviste tiempo de ser un músico?

Viktor se detuvo en seco y miró a Círdan con una curiosidad genuina, entornando los ojos. —Usted, mi enmascarado amigo, no da muestras del carisma necesario para el oficio. Parece usted más un muro de piedra que un contador de historias. El arte de la Espina Azul requiere una gracia que vuestra armadura parece haber aplastado.

Círdan no se inmutó. Lentamente, se quitó la máscara, revelando su rostro marcado por las batallas, y se llevó el flautín a los labios. Tocó una melodía breve, una secuencia de notas tan complejas que parecían formar un lenguaje propio. Viktor, sin perder el ritmo, comenzó a acompañarlo con su laúd, creando una armonía perfecta que llenó la sala. Cuando la última nota de Círdan se desvaneció, Viktor bajó su instrumento y asintió con respeto.

—Interesante conversación, amigo mío —dijo el bardo—. Trato hecho. Consideren mi lealtad sellada por la melodía.

Círdan guardó el flautín con un movimiento seco, casi defensivo. —Cuando alguien vive mucho tiempo, hace muchas cosas con las décadas a su disposición, Nereida. El tiempo no corre igual para todos.

—¿Exactamente cuándo fue tu infancia, Círdan? —intervino Einar, cruzándose de brazos con una impaciencia que hacía crujir el cuero de su armadura—. Porque hablas de escuelas antiguas y de tiempos olvidados como si los hubieras vivido ayer.

El elfo soltó un gruñido de fastidio, harto de las preguntas. —He vivido mucho, Einar. ¿No te basta con esa respuesta?

Yo no podía callarme más. La revelación me estaba quemando por dentro. —Ciento veintitrés años —dije, y mi voz sonó extrañamente frágil—. Ciento veintitrés años y contando es lo que llevo en este mundo. Siempre pensé que era una veterana, que mi longevidad me daba una perspectiva que los humanos nunca entenderían.

—Pareces de veintitrés —bromeó Einar, intentando romper la tensión, pero su sonrisa se desvaneció al ver la expresión de Círdan.

El Filo miró a Nereida, ignorando a los demás por un segundo. —Tú nunca preguntaste, amor mío. Y yo no vi la necesidad de recordarte que soy un vestigio. El tiempo para nosotros es un peso que se acumula, no un número que se celebra.

Se giró hacia el grupo y apoyó los puños sobre el mapa de la mesa. —Ochocientos cuarenta y dos años —soltó finalmente, y la cifra pareció vibrar en el aire como un trueno lejano—. Esa es mi cuenta. Nosotros los elfos tenemos una maduración acelerada durante los primeros veinte años; en ese periodo somos indistinguibles de los humanos. Pero luego nos estancamos. Nos quedamos fijos en una madurez que puede durar de siete a diez mil años si el acero no nos encuentra primero. Para mí, Aelnora… para mí no eres más que una niña que acaba de abrir los ojos a la luz.

Tragué saliva. Ochocientos años. Había visto caer dinastías, había visto bosques crecer y morir. Pero lo que dijo después fue lo que realmente nos golpeó en el estómago.

—Conocí a Ariadne cuando teníamos tenía siete años —continuó Círdan, y su voz se volvió amarga—. Siete años humanos. Ella pasó más de ochocientos años con su condena, atrapada en ese cuerpo que no envejecía, alimentada por el rencor de un pacto que hizo cuando este mundo aún era salvaje y la magia no tenía dueños. La Inquisición no la creó; solo la encontró hace poco, le vendió esa mentira de la “bendición eterna” para usarla como una batería de poder sagrado.

—Basta de historia antigua —interrumpió Valka, golpeando el pomo de su hacha contra la mesa—. El bardo ha cerrado un trato y el elfo ya nos dijo que es un anciano. Habla ya, Viktor. ¿A que nos enfrentamos?

Viktor asintió, recobrando su aire teatral, pero con una sombra de seriedad en su mirada inquieta. —Bien. Les hablaré de las Siete Llagas. No son rangos militares, son pactos de sangre y alma. Siete altos mandos de la Inquisición que han marcado su carne con los nombres de los siete demonios superiores que representan los pecados imperdonables. Es el mayor secreto del clero: predican luz, pero su poder viene de las llagas del averno.

—No vi ninguna llaga en Ariadne —dijo Aeris, frunciendo el ceño mientras recordaba con horror las batallas contra la bruja—. Pelamos contra ella, vi sus brazos, su rostro… no tenía marcas.

Viktor la miró con una pizca de malicia que me hizo estremecer. —Mi niña… ¿en dónde crees tú que pondría las llagas el pecado de la Lujuria? Aztherath no marca la frente para que los soldados lo vean en formación. Marca lo que se oculta, lo que se desea en la penumbra. Las marcas de Ariadne no estaban a la vista de ojos inocentes.

Aeris palideció de golpe, llevándose una mano a la boca. —¡Oh, Dioses!

—Los Dioses no tiene nada que ver con esto, pequeña —sentenció el bardo—. Aztherath es el nombre que deberías temer. Pues lo hicieron enojar al robarle su joya más preciada. Pero no solo a él. Ahora los siete demonios saben de ustedes. Saben que ustedes enfrentan al clero que ellos protegen. Por eso Vorath, el demonio de la gula ha enviado a su Llaga tras su rastro.

—¿Un devorador? —preguntó Gorrash, cruzando sus brazos masivos.

—Un sacerdote que tiene prohibido comer por la boca, su majestad —explicó Viktor, dándole vueltas al mapa—. Su alma se marchita de hambre mientras las fauces que tiene en el vientre exigen carne constante, esa es su llaga. Lo llamaban El padre Tomás, el piadoso, ahora es un monstruo de paciencia infinita. Si conoce tu nombre, lo escribirá en su libro de hojas de piel humana. Si apuñala ese libro con su crucifijo maldito, sus cuerpos sentirán el dolor del averno, sin importar la distancia. Pero no se detendrá ahí; él quiere, el necesita matarlos con sus propias manos, quiere saborear el final de sus vidas mientras su vientre ruge.

Nereida golpeó la mesa con una resolución que hizo saltar las dagas que Viktor había dejado apoyadas. —Entonces que venga. Si Vorath o su llaga tienen hambre, le daremos de comer el acero de nuestras espadas hasta que se atragante. Círdan, tú conoces la magia de esa era, guíanos. Viktor, dinos exactamente por dónde viene. No esperaremos a que escriba nuestros nombres en ningún libro. Vamos a borrar el suyo de la faz de la tierra.

Viktor señaló un punto en el mapa, un desfiladero estrecho al norte. —Viene por aquí. Y créanme, tiene un hambre que tres milenios de oraciones no podrían saciar.

El consejo se sumergió entonces en los mapas, pero las palabras de Viktor seguían flotando sobre nosotros. No éramos solo una rebelión de soldados; éramos el último muro frente a una oscuridad que llevaba siglos gestándose.

(Narra Aelnora)

El aire en la sala de guerra se había vuelto irrespirable. No era solo el humo de las antorchas o el olor a metal viejo; era el peso de los siglos que Círdan acababa de arrojar sobre la mesa y la sombra de los demonios que Viktor traía en sus rimas. Salimos de la estancia hacia el patio en un silencio tenso, con el sonido de nuestras botas resonando en la piedra como un segundero que marcaba el inicio de una cuenta atrás.

Einar caminaba al lado de Viktor, observándolo con una mezcla de sospecha y fascinación. El bardo, a pesar de la gravedad de lo que acababa de revelar, mantenía ese paso ligero, casi saltarín, que resultaba insultante en un lugar que se preparaba para la muerte.

—Me parece increíble que sepas todo esto, bardo —soltó Einar, rompiendo el mutismo—. Hablas de demonios y pactos como si hubieras compartido la mesa con ellos.

Viktor se detuvo un segundo para ajustarse la capa carmesí y miró al druida con una sonrisa que no tenía nada de burlona. —Te sorprendería todo lo que un sectario o un sacerdote ebrios confiesan en una taberna de mala muerte cuando creen que nadie escucha, mi salvaje amigo. Pero no fue solo por chismes de taberna. Verás… los demonios superiores llegaron a tocar a mi puerta hace tiempo.

El bardo suspiró, y por un momento, su máscara de arrogancia se agrietó. —Una vieja amiga, Melody, de la escuela de bardos… ella se unió a la Inquisición. Ella creía fervientemente en la idea de un dios verdadero, Malakor, el dios de la sangre, aquel que supuestamente puede dar o quitar la vida con un solo pensamiento. Los rumores entre los bardos empezaron a circular como una plaga, pero no necesité escuchar susurros. Yo la vi. Me contó de su pacto con el demonio de la Ira. Dijo que el clero tenía razón, que hay un solo dios tan poderoso que incluso los demonios le sirven, y que ellos les ayudarían a traer la fe verdadera al mundo.

Aeris, que caminaba un paso atrás cargando su cañón de mano, frunció el ceño con esa lógica aplastante que solo ella poseía. —¿Por qué un demonio ayudaría a que haya fe en un dios? Eso no tiene sentido. Los demonios quieren caos, no iglesias.

Viktor se giró hacia ella, deteniéndose en mitad del patio. —Fácil, mi ingeniosa amiga. Si crees en el bien, por fuerza debes creer en el mal. Dioses y demonios se alimentan de la misma fuente: la fe. Si su teología reconoce a un solo dios, él gobernará sobre los demás; y si reconoce además a siete deidades malvadas que lo sirven… bueno.

—Su poder será imparable —completó la artífice, abriendo mucho los ojos—. Están creando un sistema donde no hay escape. O te salva el dios o te castiga el demonio, pero ambos te poseen.

—No por nada dicen que la fe mueve montañas, mi niña —asintió Viktor con amargura—. Aunque en este caso, lo que mueve es la sangre.

—¿Cuál es el pacto de Melody? —preguntó Ulm desde su altura, con su voz retumbando como un trueno lejano.

—No sé cómo romperlo, si eso preguntas, pero sé que tiene llagas en la boca —respondió Viktor, y su voz bajó a un tono gélido—. Llagas que sangran cada vez que toca su flautín. Si escuchas su melodía por demasiado tiempo, te volverás loco de ira. Podrías matar a tus propios amigos, a tu amada, sin saber lo que hiciste hasta que la música cesa y la ira se va, dejándote solo con los cadáveres.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna. Recordé las historias de masacres inexplicables en pueblos fronterizos. —Cómo lucharemos contra algo así… es una magia perversa —murmuré, apretando el mango de mi maza.

—Conmigo a su lado, por supuesto —dijo Viktor, recuperando parte de su brío—. Mis melodías contendrán a las suyas mientras liberan el alma de mi amiga. Por lo cual, les pido amablemente que no me dejen morir en la batalla contra el padre Tomás. Sería un desperdicio de talento.

—¿Qué te hace pensar que vendrás con nosotros al desfiladero? —le espetó Einar con dureza.

—¿Qué te hace pensar que no? —replicó el bardo, clavándole la mirada—. No he venido hasta aquí para ver el espectáculo desde las almenas.

Raven, que caminaba como una sombra estática detrás de nosotros, intervino con su voz de cristal roto. —¿Sabes lo que conlleva romper el pacto y “liberar” el alma de una Llaga, Viktor?

El bardo miró al elfo con una melancolía que me oprimió el corazón. —Inexistencia, Raven. La Melody que conocí hubiera preferido el vacío absoluto antes que vivir como el monstruo que es ahora. Pero nos preocuparemos por ella después. Ahora debemos pensar en cómo romper el pacto del padre Tomás. Debemos derrotarlo evitando que nos dañe con su libro y, sobre todo, evitando sus asquerosos jugos gástricos. Cuentan que su escupitajo es cosa de leyendas… ácido que deshace el acero en segundos.

Me detuve en seco, una idea terrible cruzando mi mente. —Asumo que el clero no conoce nuestras identidades… o sí.

De repente, la imagen de los crucificados en el camino a Valenwood volvió a mi mente con una claridad aterradora. Las caras desfiguradas, el dolor eterno grabado en sus rasgos… Me paralicé. —Si saben nuestros nombres…

—Los crucificados —respondió Einar, comprendiendo mi temor.

—Mierda —soltó Valka, escupiendo al suelo—. Entonces, ¿podrían comenzar a atacarnos ahora mismo si así lo quisieran? Si ese libro funciona como dices, estamos muertos antes de salir del patio.

—El padre Tomás es “benevolente” a su manera —dijo Viktor con una sonrisa amarga—. Solo ataca cuando puede mirarte a los ojos. ¿Les conté que llora sangre? Se dice en el gremio de músicos que es el eterno lamento de su propia alma, atrapada tras las fauces de su vientre.

—¡Cállate ya y prepárate para el combate! —rugió Gorrash, pasando por nuestro lado con su hacha de obsidiana al hombro. Su paciencia con la verborrea del bardo se había agotado.

—Como ordene su majestad —respondió Viktor con una inclinación de cabeza perfecta.

—Los quiero a todos en la puerta en una hora —la voz de Círdan resonó desde el balcón superior, clara y autoritaria. Estaba allí arriba, observándonos a todos en el patio con la mirada de quien ha visto mil ejércitos marchar hacia su fin—. Los acompañaré a la siguiente pelea. Ya he pasado demasiado tiempo escondido tras estos muros.

Nereida estaba de pie tras él, inmóvil. Aunque su máscara ocultaba su rostro, podía sentir la preocupación emanando de ella como un calor sofocante. El Filo iba a la guerra, y con él, el peso de sus ochocientos años de experiencia.

Miré a mi grupo, a esta extraña congregación de santos, pecadores, reyes y monstruos. La batalla del desfiladero no sería solo una escaramuza por territorio; sería un choque contra la Gula misma, contra un hambre que amenazaba con devorar no solo nuestros cuerpos, sino el nombre que cada uno de nosotros cargaba.

—Una hora —repetí para mí misma, ajustando mi armadura—. Que los dioses nos perdonen, si es que queda alguno escuchando.

Caminamos hacia las armerías, mientras el sonido de los tambores orcos empezaba a latir en el patio, marcando el ritmo de un corazón que se negaba a dejar de latir. El desfiladero nos esperaba, y con él, el banquete de sangre del padre Tomás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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