Hierro y Sangre - Capítulo 128
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Capítulo 128: Capítulo 128: El Coro de las Llagas y el Lamento de Sangre
(Narra Aelnora)
El aire en la sala de guerra se había vuelto irrespirable. No era solo el humo de las antorchas o el olor a metal viejo; era el peso de los siglos que Círdan acababa de arrojar sobre la mesa y la sombra de los demonios que Viktor traía en sus rimas. Salimos de la estancia hacia el patio en un silencio tenso, con el sonido de nuestras botas resonando en la piedra como un segundero que marcaba el inicio de una cuenta atrás.
Einar caminaba al lado de Viktor, observándolo con una mezcla de sospecha y fascinación. El bardo, a pesar de la gravedad de lo que acababa de revelar, mantenía ese paso ligero, casi saltarín, que resultaba insultante en un lugar que se preparaba para la muerte.
—Me parece increíble que sepas todo esto, bardo —soltó Einar, rompiendo el mutismo—. Hablas de demonios y pactos como si hubieras compartido la mesa con ellos.
Viktor se detuvo un segundo para ajustarse la capa carmesí y miró al druida con una sonrisa que no tenía nada de burlona. —Te sorprendería todo lo que un sectario o un sacerdote ebrios confiesan en una taberna de mala muerte cuando creen que nadie escucha, mi salvaje amigo. Pero no fue solo por chismes de taberna. Verás… los demonios superiores llegaron a tocar a mi puerta hace tiempo.
El bardo suspiró, y por un momento, su máscara de arrogancia se agrietó. —Una vieja amiga, Melody, de la escuela de bardos… ella se unió a la Inquisición. Ella creía fervientemente en la idea de un dios verdadero, Malakor, el dios de la sangre, aquel que supuestamente puede dar o quitar la vida con un solo pensamiento. Los rumores entre los bardos empezaron a circular como una plaga, pero no necesité escuchar susurros. Yo la vi. Me contó de su pacto con el demonio de la Ira. Dijo que el clero tenía razón, que hay un solo dios tan poderoso que incluso los demonios le sirven, y que ellos les ayudarían a traer la fe verdadera al mundo.
Aeris, que caminaba un paso atrás cargando su cañón de mano, frunció el ceño con esa lógica aplastante que solo ella poseía. —¿Por qué un demonio ayudaría a que haya fe en un dios? Eso no tiene sentido. Los demonios quieren caos, no iglesias.
Viktor se giró hacia ella, deteniéndose en mitad del patio. —Fácil, mi ingeniosa amiga. Si crees en el bien, por fuerza debes creer en el mal. Dioses y demonios se alimentan de la misma fuente: la fe. Si su teología reconoce a un solo dios, él gobernará sobre los demás; y si reconoce además a siete deidades malvadas que lo sirven… bueno.
—Su poder será imparable —completó la artífice, abriendo mucho los ojos—. Están creando un sistema donde no hay escape. O te salva el dios o te castiga el demonio, pero ambos te poseen.
—No por nada dicen que la fe mueve montañas, mi niña —asintió Viktor con amargura—. Aunque en este caso, lo que mueve es la sangre.
—¿Cuál es el pacto de Melody? —preguntó Ulm desde su altura, con su voz retumbando como un trueno lejano.
—No sé cómo romperlo, si eso preguntas, pero sé que tiene llagas en la boca —respondió Viktor, y su voz bajó a un tono gélido—. Llagas que sangran cada vez que toca su flautín. Si escuchas su melodía por demasiado tiempo, te volverás loco de ira. Podrías matar a tus propios amigos, a tu amada, sin saber lo que hiciste hasta que la música cesa y la ira se va, dejándote solo con los cadáveres.
Sentí un escalofrío recorrerme la columna. Recordé las historias de masacres inexplicables en pueblos fronterizos. —Cómo lucharemos contra algo así… es una magia perversa —murmuré, apretando el mango de mi maza.
—Conmigo a su lado, por supuesto —dijo Viktor, recuperando parte de su brío—. Mis melodías contendrán a las suyas mientras liberan el alma de mi amiga. Por lo cual, les pido amablemente que no me dejen morir en la batalla contra el padre Tomás. Sería un desperdicio de talento.
—¿Qué te hace pensar que vendrás con nosotros al desfiladero? —le espetó Einar con dureza.
—¿Qué te hace pensar que no? —replicó el bardo, clavándole la mirada—. No he venido hasta aquí para ver el espectáculo desde las almenas.
Raven, que caminaba como una sombra estática detrás de nosotros, intervino con su voz de cristal roto. —¿Sabes lo que conlleva romper el pacto y “liberar” el alma de una Llaga, Viktor?
El bardo miró al elfo con una melancolía que me oprimió el corazón. —Inexistencia, Raven. La Melody que conocí hubiera preferido el vacío absoluto antes que vivir como el monstruo que es ahora. Pero nos preocuparemos por ella después. Ahora debemos pensar en cómo romper el pacto del padre Tomás. Debemos derrotarlo evitando que nos dañe con su libro y, sobre todo, evitando sus asquerosos jugos gástricos. Cuentan que su escupitajo es cosa de leyendas… ácido que deshace el acero en segundos.
Me detuve en seco, una idea terrible cruzando mi mente. —Asumo que el clero no conoce nuestras identidades… o sí.
De repente, la imagen de los crucificados en el camino a Valenwood volvió a mi mente con una claridad aterradora. Las caras desfiguradas, el dolor eterno grabado en sus rasgos… Me paralicé. —Si saben nuestros nombres…
—Los crucificados —respondió Einar, comprendiendo mi temor.
—Mierda —soltó Valka, escupiendo al suelo—. Entonces, ¿podrían comenzar a atacarnos ahora mismo si así lo quisieran? Si ese libro funciona como dices, estamos muertos antes de salir del patio.
—El padre Tomás es “benevolente” a su manera —dijo Viktor con una sonrisa amarga—. Solo ataca cuando puede mirarte a los ojos. ¿Les conté que llora sangre? Se dice en el gremio de músicos que es el eterno lamento de su propia alma, atrapada tras las fauces de su vientre.
—¡Cállate ya y prepárate para el combate! —rugió Gorrash, pasando por nuestro lado con su hacha de obsidiana al hombro. Su paciencia con la verborrea del bardo se había agotado.
—Como ordene su majestad —respondió Viktor con una inclinación de cabeza perfecta.
—Los quiero a todos en la puerta en una hora —la voz de Círdan resonó desde el balcón superior, clara y autoritaria. Estaba allí arriba, observándonos a todos en el patio con la mirada de quien ha visto mil ejércitos marchar hacia su fin—. Los acompañaré a la siguiente pelea. Ya he pasado demasiado tiempo escondido tras estos muros.
Nereida estaba de pie tras él, inmóvil. Aunque su máscara ocultaba su rostro, podía sentir la preocupación emanando de ella como un calor sofocante. El Filo iba a la guerra, y con él, el peso de sus ochocientos años de experiencia.
Miré a mi grupo, a esta extraña congregación de santos, pecadores, reyes y monstruos. La batalla del desfiladero no sería solo una escaramuza por territorio; sería un choque contra la Gula misma, contra un hambre que amenazaba con devorar no solo nuestros cuerpos, sino el nombre que cada uno de nosotros cargaba.
—Una hora —repetí para mí misma, ajustando mi armadura—. Que los dioses nos perdonen, si es que queda alguno escuchando.
Caminamos hacia las armerías, mientras el sonido de los tambores orcos empezaba a latir en el patio, marcando el ritmo de un corazón que se negaba a dejar de latir. El desfiladero nos esperaba, y con él, el banquete de sangre del padre Tomás.
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