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Hierro y Sangre - Capítulo 129

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Capítulo 129: Capítulo 129: El Despertar de la Reina

(Narra Nereida)

El silencio que dejó la partida de Círdan y el grupo fue más pesado que el estruendo de mil batallas. Me quedé sola en la sala de guerra, rodeada por mapas que ahora parecían manchas sin sentido y velas que se consumían en un charco de cera tibia, cuya luz vacilante proyectaba sombras alargadas y deformes contra las paredes de piedra. En mi mano derecha, un trozo de pergamino arrugado se sentía como si quemara la piel de mis dedos; era un calor gélido, el tipo de temperatura que solo traen las malas noticias. El sello de lacre roto, con la marca de un cuervo, yacía en el suelo como un cadáver diminuto.

Apreté el puño hasta que los nudillos me dolieron bajo el guantelete, sintiendo el crujido del metal contra el cuero. Mis pensamientos volaron hacia el desfiladero, hacia el hombre que amaba y que ahora marchaba a enfrentar a una aberración que lloraba sangre. Podía imaginar el viento frío azotando su capa, el peso de Ébano en su costado y esa expresión de determinación suicida que siempre cargaba en los ojos. Pero el deber de una líder no es seguir sus sentimientos, sino proteger el hogar que otros intentan reducir a cenizas. El amor es un lujo que la corona, aunque sea una de espinas y rebelión, no suele permitirse.

Salí de la sala de guerra con pasos que resonaban en los pasillos vacíos como martillazos contra un yunque. El eco me devolvía la soledad de mi posición. Crucé el umbral hacia el patio de las barracas, donde el aire gélido de la montaña me golpeó el rostro con la fuerza de una bofetada, refrescando mi determinación y disipando la bruma de la duda. Me acerqué a la gran campana de bronce que colgaba en el centro del patio, una reliquia recuperada de un templo caído cuya superficie estaba marcada por las cicatrices del fuego y el tiempo, y tiré de la cuerda con una fuerza que hizo vibrar los cimientos mismos del fuerte.

Tan. Tan. Tan.

El sonido no fue solo una alarma; fue un llamado a la sangre, una vibración que se instaló en el tuétano de los huesos de todos los presentes.

En cuestión de minutos, el patio se inundó de vida y acero. No eran solo soldados con uniformes relucientes; era la amalgama de voluntades rotas que habíamos construido en el Colmillo de Wyvern. Vi aparecer a los mineros de Ulm, con sus torsos cubiertos de hollín y sus picos al hombro, hombres que habían aprendido que la tierra no solo escupe mineral, sino también libertad. Aparecieron los duelistas de Valka que no habían marchado al desfiladero, ajustando sus roperas con una elegancia letal; los rebeldes con sus capas raídas y ojos encendidos por el hambre de justicia; y los orcos de Gorrash, imponentes y ruidosos, que se mezclaban con los humanos en una marea de acero y piel verde. El olor en el aire cambió: ahora apestaba a aceite de armas, a cuero sudado, a bestia y a esa electricidad estática que solo precede a la carnicería. Ya no éramos un hospital de almas rotas; éramos un ejército de cientos, una fuerza que respiraba al unísono, un solo organismo hambriento de propósito.

Subí al estrado de piedra, sintiendo la aspereza de la roca bajo mis botas, y activé el pequeño cristal de amplificación que colgaba de mi cuello. El artefacto vibró contra mi piel, enviando un rastro de calor mágico por mi garganta. Mi voz, proyectada por la magia rúnica, rodó sobre sus cabezas como un trueno que presagia el fin del verano.

—¡Escuchadme! —el murmullo del patio, el chocar de los escudos y los gruñidos de los orcos murieron al instante—. Ha llegado un cuervo. Las noticias no vienen del frente que esperamos, sino de nuestras propias fronteras. La ciudad vecina de Río de Plata está siendo sitiada en este preciso momento. Un ejército de goblins, miles de ellos, se estrellan contra sus murallas como una plaga de langostas hambrientas.

Vi cómo los hombres se miraban entre sí, la sorpresa transformándose rápidamente en una furia fría. Río de Plata era el hogar de muchos de sus familiares, el mercado donde vendían su mineral, el último rastro de civilización y calidez antes de la barbarie de las tierras altas. Era el lugar donde muchos esperaban regresar cuando la guerra terminara.

—De nada sirve salvar la fe del pueblo si no queda pueblo para tener fe —continué, elevando el tono mientras sentía cómo la máscara de hierro se volvía parte de mi propia piel, ocultando cualquier rastro de la mujer para dejar solo a la Reina—. No permitiremos que los cimientos de nuestra libertad sean devorados por alimañas mientras nosotros nos escondemos tras estos muros de piedra. ¡Marcharemos de inmediato a sus puertas! ¡No quedará un solo goblin que respire cuando hayamos terminado! ¡Que el mundo sepa que atacar a nuestros vecinos es invocar la furia del Colmillo!

—¡SÍIIII! —el grito de guerra fue unánime, un rugido gutural que hizo temblar las almenas y asustó a los cuervos que rodeaban la torre, obligándolos a emprender un vuelo desordenado hacia el cielo plomizo.

—¡Toquen los cuernos de guerra! —ordené, bajando del estrado mientras el caos organizado se apoderaba del patio como un incendio forestal—. ¡Monten sus caballos, preparen las bestias y carguen los Aplastahuesos! ¡Nos vamos ya mismo!

El fuerte se convirtió en una vorágine de actividad frenética. Los orcos empezaron a ensillar a sus bestias de carga, criaturas masivas de piel curtida que gruñían impacientes, golpeando el suelo con pezuñas hendidas al oler el inconfundible rastro del conflicto. Los mineros, con una coordinación asombrosa, cargaban los sacos de pólvora inestable de Aeris en los carros, tratándolos con un respeto casi religioso. Los rebeldes ajustaban sus cinchas y revisaban el filo de sus hachas con manos expertas, mientras el sonido de los cuernos de caza resonaba contra las montañas, anunciando que la bestia de la guerra había despertado.

Mientras caminaba hacia mi propia montura, un semental negro de ojos inteligentes que relinchaba con nerviosismo, las palabras de Einar resonaron en mi mente como una espina clavada en la carne viva. “Voy a resolver tu problema, para que el Filo y tú sigan escondidos mandando peones a morir”. El eco de su desprecio me quemaba más que cualquier herida física.

Einar, ese druida impulsivo y salvaje, creía que mi silencio era cobardía. Creía que Círdan y yo usábamos a los demás como escudos humanos mientras nos refugiábamos en las sombras de nuestro pasado compartido, jugando a la política desde la seguridad de las almenas. Me subí al caballo, sintiendo el peso familiar y reconfortante de mi espada larga golpeando contra mi muslo. El cuero de la silla crujió bajo mi peso, y la montura relinchó, sintiendo mi tensión.

—Te equivocas, druida —susurré para mí misma, ajustando las riendas con una firmeza que hizo que mis guantes de cuero chirriaran—. No estamos escondidos. Estábamos esperando el momento de golpear donde más duele, acumulando la fuerza necesaria para que el golpe sea definitivo.

Miré a mi alrededor por última vez antes de dar la orden. El ejército estaba listo, una línea de acero y voluntad que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los estandartes del Colmillo de Wyvern ondeaban al viento racheado, mostrando ese escudo roto que se negaba a caer, un símbolo de nuestra propia resistencia. La Inquisición pensaba que éramos una molestia menor, un grupo de blasfemos y proscritos jugando a la guerra en una montaña olvidada por los dioses oficiales. No sabían que estaban a punto de ver lo que sucede cuando una reina, cansada de ser una sombra, decide que ya no necesita peones para proteger su tablero; cuando la reina misma se convierte en el arma más letal.

—¡Abrid las puertas! —rugí, mi voz cortando el aire frío.

El mecanismo de madera y hierro crujió, una queja metálica que pareció un grito de guerra en sí mismo, y el pesado puente levadizo bajó con un estruendo seco que levantó una nube de polvo. Salí la primera, liderando la carga hacia el valle, con la capa roja ondeando detrás de mí como un rastro de sangre fresca sobre la nieve. Detrás de mí, el suelo vibraba violentamente bajo los cascos de los caballos y las pisadas rítmicas de los orcos, un terremoto provocado por la voluntad humana y no por la naturaleza.

Río de Plata nos necesitaba, pero hoy no iríamos como salvadores humildes pidiendo permiso para ayudar. Iríamos como la tormenta que precede al fin de los tiempos, implacables y destructivos. Era hora de poner a la reina en el tablero, y mi primer movimiento sería borrar a cada goblin de la faz de la tierra.

—¡Por los caídos! ¡Por la fe que no se rinde! —grité mientras mi montura ganaba velocidad, descendiendo por la ladera hacia el valle envuelto en bruma.

El horizonte estaba teñido de un gris plomizo, pero en mi interior, el fuego de la batalla ardía con una intensidad que no había sentido en siglos. Si el mundo quería sangre para alimentar su odio, el Colmillo de Wyvern le daría un océano en el que ahogarse.

(Narra Viktor)

El desfiladero nos recibió con una alfombra de niebla amarillenta que se pegaba a los pulmones como aceite rancio. Pero lo que vimos al doblar el último recodo de piedra no fue una emboscada de acero, sino una escena de una domesticidad aterradora. En mitad del camino, sobre el barro y la sangre seca, se alzaba una mesa larga con manteles de un blanco insultante. Platos de porcelana fina y copas de cristal esperaban, vacíos, bajo la mirada de una docena de figuras con túnicas grises y los labios cosidos con hilo de oro.

Al fondo de la mesa, sentado en una silla tallada en hueso, el Padre Tomás nos esperaba. Su máscara de plata ocultaba su boca, pero sus ojos lloraban ese líquido denso y oscuro que manchaba sus vestiduras sagradas.

—Bienvenidos —dijo una voz que no salió de su garganta, sino del aire mismo, una vibración que me revolvió el estómago—. El hambre es el único invitado que nunca llega tarde.

Sin previo aviso, Tomás abrió el libro encadenado a su muñeca. Tomó una daga de obsidiana y, con un movimiento espasmódico, la clavó en una de las páginas de piel humana.

El efecto fue devastador. Aelnora, Círdan, Einar, Valka y Aeris se desplomaron como si un rayo los hubiera partido. Un grito ahogado recorrió al grupo mientras se llevaban las manos al pecho, retorciéndose en el suelo. El sacerdote volvía a apuñalar el papel, una y otra vez, y con cada golpe, mis compañeros escupían sangre, sintiendo el acero invisible desgarrando sus órganos.

—¡Vuestras almas son el primer plato! —rugió la voz del demonio.

Gorrash y yo nos quedamos de pie, ilesos. Ni Vorath ni el padre Tomas tenían nuestros nombres; el orco era un fantasma de Oriente y yo… bueno, yo siempre he sido demasiado escurridizo para que la tinta me atrape.

—¡Gorrash, mantenlos lejos! —grité, desenfundando mi laúd con una urgencia que me hizo sudar frío.

Comencé a rasguear una melodía frenética, una canción de Mitigación de la Carne. Las notas doradas empezaron a flotar sobre mis amigos, envolviéndolos en un aura que amortiguaba el dolor del libro. Tomás, enfurecido al ver que su tortura perdía fuerza, levantó su mano izquierda. La palma estaba pintada de un rojo vivo, la marca de la Inquisición.

De las grietas de las rocas surgieron cientos de criaturas del tamaño de zarigüeyas, pero con los hocicos desencajados, revelando hileras de dientes humanos. Eran roedores del averno, hambrientos de tendones. Tras ellos, una horda de sectarios emboscó al grupo, aprovechando que mis compañeros aún gimoteaban de dolor en el suelo.

—¡Atrás, alimañas! —rugió Gorrash. El orco se convirtió en un torbellino de obsidiana, su hacha barriendo a las bestias y partiendo sectarios por la mitad mientras protegía el flanco de los que intentaban recuperar la compostura.

Yo no dejaba de tocar. Intercalaba las notas con chasquidos rítmicos de mis dedos libres. ¡Puff! Mi caja de equipaje apareció frente a mí. De un compartimento secreto, extraje un puñado de dagas pequeñas y equilibradas. Mientras mi mano izquierda mantenía la armonía en el laúd, la derecha lanzaba acero con una precisión quirúrgica, clavando dagas en las gargantas de los sectarios y en los ojos de los roedores que saltaban hacia mi rostro. Música y muerte en una sola danza.

El equipo empezó a levantarse. El dolor seguía ahí, un latido punzante en sus entrañas, pero mi música les permitía pelear. Gorrash, viendo el momento, rugió con una potencia que hizo temblar la porcelana de la mesa y embistió directamente contra el Padre Tomás.

El sacerdote se puso en pie. Sus vestiduras se rasgaron en el abdomen, revelando una boca gigantesca y horizontal llena de colmillos amarillentos. La Llaga escupió un chorro de jugos gástricos espumosos. Gorrash giró sobre sí mismo, esquivando el ácido por un suspiro; el chorro impactó en dos sectarios que estaban detrás, quienes se deshicieron en segundos entre alaridos inhumanos.

El orco pasó tan cerca del Padre que casi fue mordido por las fauces de su vientre, pero su hacha de obsidiana encontró su objetivo, cortando el brazo derecho de Tomás de un solo tajo. El miembro cayó al barro, pero antes de que tocara el suelo, el abdomen de la Llaga se extendió como una trompa de carne, devoró el brazo y a un cadáver cercano, y el brazo del sacerdote se regeneró instantáneamente entre crujidos de hueso.

—Pagarás por eso… —siseó Tomás, buscando desesperadamente su libro con la mano nueva—. En cuanto sepa tu maldito nombre, estarás en mi… ¿mi libro?

Gorrash se lo mostró, una sonrisa colmilluda asomando en su rostro verde. —¿Buscabas este montón de basura, sacerdote?

Lo había arrebatado en el cruce. Yo lo vi a lo lejos y supe que era nuestra oportunidad. Cambié el laúd por mi flautín de ébano en un movimiento que casi me cuesta un dedo.

—¡Su majestad, acérquese! —grité—. ¡Tengo un hechizo de anulación!

Comencé a tocar el flautín, una melodía aguda y estridente. Al perder la magia del laúd, el resto del equipo volvió a retorcerse de dolor, pero lograron resistir, defendiendo sus posiciones como podían. El sonido del flautín golpeó el libro que Gorrash sostenía, sellando sus páginas con un candado de energía rúnica. El vínculo se rompió.

—¡Ahora! —rugió Círdan, poniéndose en pie con una furia fría.

Raven fue el primero en contraatacar. Arrojó una de las granadas experimentales de Aeris. La explosión llenó el aire de esquirlas de oricalco que se clavaron en los sectarios; en lugar de matarlos, la magia de Raven convirtió las heridas en hilos, transformando a los enemigos en marionetas sangrientas que empezaron a masacrar a sus propios compañeros.

El Filo extendió por completo sus guadañas de ébano y marfil, lanzándose a una carnicería silenciosa y elegante, segando vidas con cada giro. Aelnora lanzó una ráfaga de luz lunar pura contra el Padre, pero el abdomen de la criatura se abrió de par en par y se tragó la magia como si fuera un bocado dulce.

—¡Cuidado! —gritó Ulm, interponiéndose cuando el Padre escupió un torrente de ácido hacia Aelnora. El gigante extendió su pico de minero como un escudo, pero el metal empezó a burbujear y disolverse. Ulm soltó la herramienta antes de que el ácido les llegara a las manos y aplastó a dos sectarios con sus propios puños desnudos.

La batalla era un caos absoluto. Valka y Aeris luchaban espalda contra espalda, una con sus espadas gemelas y la otra con el cañón, barriendo a los rezagados. Fenrir y el Karkadann se daban un festín, aplastando roedores y sectarios bajo sus patas masivas.

Yo seguía concentrado de nuevo en laúd, sintiendo cómo mi música fortalecía los músculos del grupo y nublaba la vista de los enemigos. Raven, desde el centro del torbellino, dejó de pelear; observaba. Sus ojos analizaban cada movimiento de la regeneración del Padre Tomás, buscando la fisura en su inmortalidad gástrica.

—¡No puede digerirlo todo! —gritó Raven por encima del estruendo—. ¡Gorrash, el vientre es su fuerza, pero también su tumba!

Tomás rugió, y el desfiladero entero pareció temblar con el hambre de un dios caído. La cena estaba lejos de terminar, y nosotros éramos el único plato que se negaba a ser devorado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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