Hierro y Sangre - Capítulo 131
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Capítulo 131: Capítulo 131: La Marea de Hierro y Lodo
(Narra Nereida)
El horizonte de Río de Plata no era plateado, era negro. Una columna de humo denso se elevaba desde las murallas de la ciudad, y bajo ella, la tierra parecía bullir en un espasmo de sombras. A medida que galopábamos, la distancia reveló la verdad: no era tierra lo que se movía, eran miles de cuerpos pequeños, fibrosos y frenéticos. Goblins.
Eran una mancha de aceite extendiéndose por el valle, una plaga que golpeaba las puertas de la ciudad con una insistencia suicida. Pero cuando el sonido de nuestros cuernos de guerra rasgó el aire, la mancha cambió de rumbo con una sincronía aterradora. Como un solo organismo impulsado por una malicia colectiva, la marea gris se detuvo, giró sus rostros deformes hacia nosotros y emitió un chillido agudo, un sonido que no parecía salir de gargantas biológicas, sino de metal oxidado raspando contra hueso, y que ahogó por completo el silbido del viento. Dejaron los muros. Abandonaron su presa fácil en la ciudad porque ahora venían por nosotros, el plato fuerte de la jornada.
—¡Mantened la línea! —rugí, desenvainando mi espada con un movimiento fluido. El metal de la hoja, forjado en las entrañas del Colmillo, brilló con un reflejo frío y despiadado bajo el cielo plomizo que amenazaba tormenta—. ¡Que los Aplastahuesos carguen primero! ¡Aplastad su voluntad antes de que toquen nuestro acero!
A mi señal, los jinetes orcos, seres que parecen haber nacido para el estruendo de la carga, espolearon a sus monturas con gritos guturales. Los Aplastahuesos, esas bestias masivas de piel curtida como el cuero viejo y colmillos que sobresalían de sus fauces como vigas de construcción, se lanzaron al frente. Eran tanques de carne, músculo y mala leche diseñados específicamente para romper cualquier formación conocida. El suelo temblaba bajo sus patas hendidas, enviando vibraciones que sentía subir por los cascos de mi propio caballo hasta mi columna vertebral. Por un momento, mientras veía esa masa de músculo orco avanzar, creí de verdad que la carga sería suficiente para partir al ejército goblin en dos, como un hacha hendiendo un tronco podrido.
Pero subestimé la desesperación del hambre y la ferocidad de la plaga.
—¡Mirad! ¡Por los dioses, mirad eso! —gritó un oficial a mi lado, señalando con una mano temblorosa y el rostro pálido de horror.
Los goblins no se dispersaron. No hubo el habitual pánico que las razas menores suelen mostrar ante una carga de caballería pesada. No huyeron ante el peso abrumador de las bestias. En lugar de eso, en un acto de frenesí colectivo, se lanzaron sobre ellas como un alud de lodo viviente. Por cada goblin que moría triturado por una pata masiva o ensartado en un colmillo de oricalco, diez más trepaban con una agilidad sobrenatural por los costados de los Aplastahuesos. Usaban sus propias bajas como escalones. Los vi clavando dagas oxidadas en las coyunturas de las patas, mordiendo con dientes amarillentos las orejas de las bestias para volverlas locas de dolor, y cegándolas con sus propias manos pequeñas y garras sucias que buscaban los ojos con una precisión malvada.
Vi con horror cómo las primeras bestias eran literalmente “engullidas” por la masa gris. Un Aplastahuesos tropezó, abrumado por el peso físico de cientos de goblins que lo cubrían por completo, como hormigas devorando vivo a un escarabajo gigante. La bestia cayó con un estruendo seco que levantó una nube de fango y sangre; antes de que el jinete orco pudiera siquiera intentar levantarse o desenvainar su hacha, la marea lo devoró. Desaparecieron bajo una masa bullente de dientes, chillidos y perros de guerra lobunos que desgarraban el cuero, el acero y la carne por igual en una orgía de violencia ciega.
—¡Cierren filas! ¡Escudos arriba, maldita sea! —grité hasta que me dolió la garganta, pero ya era demasiado tarde para las formaciones perfectas de los manuales de academia.
El impacto fue brutal, una colisión de fuerzas que sacudió la realidad misma del valle. El ejército goblin chocó contra nuestra vanguardia como una ola negra rompiendo contra un acantilado que empezaba a desmoronarse bajo la presión. El orden desapareció en cuestión de segundos. El desfile heroico y organizado que habíamos imaginado en el fuerte se convirtió en una guerra sin cuartel, un cuerpo a cuerpo visceral donde el simple espacio para respirar se volvió un lujo inalcanzable.
Eran cientos de rebeldes contra miles de monstruos. Una proporción que solo un loco o una reina desesperada aceptaría como justa.
Mi caballo relinchó, un sonido cargado de puro pánico animal, cuando un perro de guerra goblin, una criatura esquelética de ojos rojos, intentó saltar directamente hacia mi cuello desde una pila de cadáveres. Le corté la cabeza en el aire, sintiendo la resistencia de los huesos del cuello ceder ante mi hoja, y espoleé al animal hacia el centro del caos, donde la lucha era más densa. A mi alrededor, la carnicería era total y carente de gloria. Los mineros de Ulm golpeaban con sus picos de minería, armas pesadas que manejaban con una fuerza bruta nacida de años en los túneles; cada arco de sus armas enviaba dos o tres cabezas grises a volar como proyectiles macabros, pero por cada una que caía, siempre aparecían tres más. Los orcos de Gorrash luchaban con una furia descontrolada, espalda contra espalda, convirtiendo sus enormes hachas en auténticos molinos de sangre y vísceras. Sin embargo, los goblins eran pequeños y rastreros; se filtraban entre las piernas de los guerreros más altos, cortando tendones con hojas dentadas y buscando con dedos expertos los puntos débiles de las armaduras, las uniones de las placas donde la piel estaba expuesta.
—¡Por el Colmillo! ¡No pasarán! —gritaba un joven duelista, uno de los muchachos de Valka, antes de ser arrastrado al suelo por una docena de manos pequeñas que lo jalaron de la capa y las botas. Su grito se ahogó en un gorgoteo cuando la marea lo cubrió.
El aire se llenó rápidamente del olor acre y metálico de la sangre goblin —una sustancia oscura y rancia— y el hedor insoportable a orina de sus monturas lobunas. No había estrategia que valiera en este fango traicionero que se pegaba a las botas y dificultaba cada movimiento. Era una prueba de resistencia pura, un test de voluntad contra la fatiga. Mis brazos empezaron a pesar como si estuvieran hechos de plomo; cada tajo de mi espada encontraba carne, cortaba tendones y partía escudos de madera podrida, pero el enemigo no retrocedía ni un milímetro. No tenían miedo a la muerte porque, en su mente colectiva de colmena, eran demasiados para creer en la extinción individual. Para ellos, la muerte solo era un obstáculo más en el camino hacia nuestra carne.
—¡Nereida! —escuché la voz desgarrada de un capitán rebelde entre el estruendo de los gritos y el chocar del metal—. ¡Nos están rodeando por el flanco izquierdo! ¡Los Aplastahuesos han caído casi todos, no podemos sostener la presión!
Miré hacia la izquierda a través de la visera de mi casco, limpiándome una salpicadura de sangre de los ojos. La caballería pesada que debía ser nuestro martillo, nuestra fuerza imparable, estaba siendo desmantelada pieza a pieza, jinete a jinete. El lodo del valle ya no era marrón; ahora era de un rojo oscuro, viscoso y caliente que subía por las patas de los caballos. Era un cementerio de ambiciones.
—¡Hacia el centro! ¡Agrupaos! —ordené con un grito que me desgarró las cuerdas vocales, haciendo girar a mi montura sobre sus cuartos traseros—. ¡Formen un círculo de acero! ¡Si hemos de morir aquí, que sea sobre una montaña de sus malditos cadáveres! ¡Que tengan que escalar nuestros muertos para tocarnos!
En mi mente, la imagen de Círdan peleando en la soledad del desfiladero se mezclaba con la carnicería sangrienta que se desarrollaba frente a mis ojos. Él enfrentaba a un demonio de leyenda, una entidad de pesadilla; yo enfrentaba a la plaga, a la masa informe y devoradora de la naturaleza corrompida. Ambos estábamos en el tablero, moviéndonos según un plan que ahora parecía frágil ante la realidad del combate, y el juego se estaba volviendo mortalmente caro para todos. Cada segundo que pasaba, una vida que yo había jurado proteger se apagaba en el barro.
—¡No den ni un solo paso atrás! —rugí de nuevo, sintiendo cómo la magia del cristal en mi pecho empezaba a vibrar con una intensidad dolorosa, respondiendo a mi rabia y a mi desesperación—. ¡Soy la Dama de Hierro y este suelo me pertenece por derecho de conquista y sacrificio!
Lancé un tajo horizontal con toda mi alma, un movimiento que barrió a tres goblins de sus monturas lobunas y partió una lanza de madera que buscaba el pecho de mi caballo. La reina estaba en el tablero, sí, pero el tablero estaba cubierto de barro, vísceras y colmillos, y la partida, para mi horror y fascinación, apenas estaba comenzando.
(Narra Aelnora)
El desfiladero se había convertido en una morgue abierta al cielo. El hedor era una entidad física, una bofetada de sangre caliente, orina y esos jugos gástricos que burbujeaban en el suelo como el aliento de un volcán enfermo. Los últimos cultistas finalmente habían caído bajo el acero de Círdan y las espadas de Valka, pero sus muertes no nos trajeron alivio. Solo sirvieron para alimentar al monstruo que estaba en el centro de la carnicería.
El Padre Tomás era un saco de carne insaciable. Lo miré con una mezcla de horror y náuseas: el desgraciado no distinguía entre aliados o enemigos; su abdomen, esa boca espeluznante que parecía una herida en la realidad misma, se lanzaba sobre los cadáveres de sus propios hombres, devorándolos con un sonido de huesos rotos y succión que me hacía querer arrancarme los oídos. Era un proceso mecánico, desprovisto de cualquier humanidad; la piel de su vientre se estiraba hasta transparentarse, revelando dientes que no deberían existir en un torso humano, masticando metal y carne con la misma facilidad.
Cada vez que el Filo lograba un corte profundo que habría matado a tres hombres, o que el cañón de Aeris le arrancaba un trozo entero del costado, las fauces de su vientre reaccionaban con una autonomía aterradora. Engullían un brazo muerto cercano o una extremidad seccionada del barro, y la herida se cerraba en segundos, regenerándose con un tejido nuevo, rosáceo y húmedo que brotaba entre espasmos.
—¡Es inútil! —gritó Aeris, su voz quebrada por la fatiga y el pánico contenido mientras intentaba recargar su arma con manos que temblaban violentamente—. ¡Se traga las granadas como si fueran caramelos! ¡El oricalco no le hace nada si lo digiere antes de que explote!
Raven, que había estado intentando tejer sus hilos de sangre alrededor del cuello del sacerdote para asfixiarlo, soltó un siseo de pura frustración. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad febril, buscando un punto débil en aquel torrente de biomasa corrupta, pero sus manos bajaron finalmente, inertes.
—No hay sangre que manipular en él —dijo Raven, y por primera vez escuché una nota de verdadero asco en su tono gélido—. Por sus venas no corre vida, solo una sopa química de descomposición. Su corrupto corazón no late, solo bombea los mismos jugos gástricos que escupe por esa hendidura. Se mantiene vivo en un eterno calvario, digiriéndose a sí mismo y a todo lo que toca para mantener la masa. Es un circuito cerrado de podredumbre que desafía toda ley natural.
Nuestros ataques coordinados, que al principio habían sido precisos y feroces, una coreografía de muerte perfecta, empezaron a flaquear bajo el peso de la realidad. El agotamiento físico era una losa que nos hundía en el barro, pero el agotamiento espiritual era peor. ¿Cómo matas a algo que ya es un cementerio andante? ¿Cómo detienes a un ser que se alimenta de tu propio esfuerzo por destruirlo? Gorrash respiraba con una dificultad sonora, su armadura negra cubierta casi por completo de la bilis ácida que el Padre Tomás no dejaba de proyectar en chorros erráticos. Vi cómo el metal de la armadura del orco empezaba a humear, corroído por una sustancia que no debería existir en este plano.
Era una batalla perdida. Estábamos golpeando un océano de carne infinita con cucharas de madera, desgastando nuestras almas contra un muro de hambre absoluta.
De repente, el Padre Tomás se detuvo. Sus movimientos espasmódicos cesaron y un silencio antinatural cayó sobre el desfiladero. Su cuerpo se hinchó de forma grotesca, expandiéndose como un odre a punto de reventar; sus costillas se ensancharon con crujidos secos hasta casi romper la piel tirante y, en lugar de otro chorro de líquido, exhaló. No fue un grito de guerra, ni una plegaria; fue un suspiro inmenso, una nube de aliento verdoso, denso y putrefacto que se expandió por el desfiladero como una niebla letal, pesada y rastrera.
—¡Atrás! ¡No respiren ese veneno! ¡Retrocedan! —rugió Círdan, agarrándome con fuerza del hombro y tirando de mí hacia las rocas superiores con una urgencia violenta.
Vimos con horror desde la altura cómo la nube tocaba la poca pastura que quedaba en el desfiladero, marchitándola y volviéndola negra en un parpadeo, como si los años pasaran en segundos sobre la hierba. La madera de los árboles cercanos, robustos robles centenarios, empezó a roerse y a deshacerse en astillas podridas bajo el toque de la inmundicia. Tuvimos que retroceder varios metros más, trepando por las rocas laterales con las uñas sangrando para no ser consumidos por aquel gas vil que derretía el aire mismo y hacía que los ojos nos escocieran como si tuviéramos brasas bajo los párpados.
Esperamos, con los ojos lagrimeando y las gargantas ardiendo por el vapor ácido que se negaba a disiparse, a que la nube finalmente bajara su intensidad. Cuando el aire se aclaró lo suficiente como para permitirnos ver el fondo del paso, el desfiladero estaba sumido en un silencio de tumba.
No había rastros del Padre Tomás.
Donde antes estaba el sacerdote y su mesa de pesadilla, donde la carne y el acero se habían mezclado en una danza obscena, solo quedaba un charco de lodo burbujeante y los restos de porcelana de sus platos disueltos por su propio ácido. El cobarde se había ido, desvaneciéndose en su propia niebla. Al parecer, las Llagas tienen la mala costumbre de abandonar las batallas que no les son favorables cuando su banquete se vuelve demasiado complicado de digerir o cuando el riesgo supera el placer de la ingesta.
—Se ha marchado —susurró Ulm, dejando caer sus puños ensangrentados y mirando sus manos, donde la piel empezaba a enrojecerse por el contacto con el vapor—. Se escurrió como una rata en una cloaca.
—Supongo que no se puede esperar honor de alguien que ha pactado con las profundidades del averno para saciar un hambre que no tiene fin —dijo Viktor, apareciendo tras una roca y limpiando su laúd con un trozo de tela que no estaba mucho más limpio que el suelo manchado—. Se ha llevado su hambre a otra parte, a un lugar donde la comida no muerda de vuelta. Pero ha dejado su marca, una que no borraremos fácilmente.
Miré el campo de batalla y sentí que algo dentro de mí se quebraba. La tierra estaba muerta. Literalmente muerta. El suelo tenía un color ceniciento, sin rastro de humedad o vida; no crecería nada allí en cien años, ni una mala hierba, ni un solo brote. Aquello era un desierto de bilis. Y lo peor de todo es que sabíamos que Tomás no se había rendido. No era una retirada, era una pausa. Solo había ido a buscar un plato más fácil de consumir, una aldea indefensa o un convoy de refugiados donde su Gula no encontrara resistencia.
—No hemos ganado —dijo Círdan, volviéndose a poner la máscara con un gesto sombrío que ocultó cualquier rastro de duda en su rostro—. Solo hemos sobrevivido al primer plato. Y el resto del menú va a ser mucho peor.
Me desplomé sobre una roca limpia, sintiendo el peso de mi maza como si fuera de plomo puro, una carga que mis músculos ya no querían sostener. El Padre Tomás seguía ahí fuera, oculto en las sombras del Imperio, y ahora, seguramente, ya conocía el sabor de nuestro miedo y la cadencia de nuestros golpes
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