Hierro y Sangre - Capítulo 132
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Capítulo 132: Capítulo 132: Campo de batalla podrido
(Narra Aelnora)
El desfiladero se había convertido en una morgue abierta al cielo. El hedor era una entidad física, una bofetada de sangre caliente, orina y esos jugos gástricos que burbujeaban en el suelo como el aliento de un volcán enfermo. Los últimos cultistas finalmente habían caído bajo el acero de Círdan y las espadas de Valka, pero sus muertes no nos trajeron alivio. Solo sirvieron para alimentar al monstruo que estaba en el centro de la carnicería.
El Padre Tomás era un saco de carne insaciable. Lo miré con una mezcla de horror y náuseas: el desgraciado no distinguía entre aliados o enemigos; su abdomen, esa boca espeluznante que parecía una herida en la realidad misma, se lanzaba sobre los cadáveres de sus propios hombres, devorándolos con un sonido de huesos rotos y succión que me hacía querer arrancarme los oídos. Era un proceso mecánico, desprovisto de cualquier humanidad; la piel de su vientre se estiraba hasta transparentarse, revelando dientes que no deberían existir en un torso humano, masticando metal y carne con la misma facilidad.
Cada vez que el Filo lograba un corte profundo que habría matado a tres hombres, o que el cañón de Aeris le arrancaba un trozo entero del costado, las fauces de su vientre reaccionaban con una autonomía aterradora. Engullían un brazo muerto cercano o una extremidad seccionada del barro, y la herida se cerraba en segundos, regenerándose con un tejido nuevo, rosáceo y húmedo que brotaba entre espasmos.
—¡Es inútil! —gritó Aeris, su voz quebrada por la fatiga y el pánico contenido mientras intentaba recargar su arma con manos que temblaban violentamente—. ¡Se traga las granadas como si fueran caramelos! ¡El oricalco no le hace nada si lo digiere antes de que explote!
Raven, que había estado intentando tejer sus hilos de sangre alrededor del cuello del sacerdote para asfixiarlo, soltó un siseo de pura frustración. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad febril, buscando un punto débil en aquel torrente de biomasa corrupta, pero sus manos bajaron finalmente, inertes.
—No hay sangre que manipular en él —dijo Raven, y por primera vez escuché una nota de verdadero asco en su tono gélido—. Por sus venas no corre vida, solo una sopa química de descomposición. Su corrupto corazón no late, solo bombea los mismos jugos gástricos que escupe por esa hendidura. Se mantiene vivo en un eterno calvario, digiriéndose a sí mismo y a todo lo que toca para mantener la masa. Es un circuito cerrado de podredumbre que desafía toda ley natural.
Nuestros ataques coordinados, que al principio habían sido precisos y feroces, una coreografía de muerte perfecta, empezaron a flaquear bajo el peso de la realidad. El agotamiento físico era una losa que nos hundía en el barro, pero el agotamiento espiritual era peor. ¿Cómo matas a algo que ya es un cementerio andante? ¿Cómo detienes a un ser que se alimenta de tu propio esfuerzo por destruirlo? Gorrash respiraba con una dificultad sonora, su armadura negra cubierta casi por completo de la bilis ácida que el Padre Tomás no dejaba de proyectar en chorros erráticos. Vi cómo el metal de la armadura del orco empezaba a humear, corroído por una sustancia que no debería existir en este plano.
Era una batalla perdida. Estábamos golpeando un océano de carne infinita con cucharas de madera, desgastando nuestras almas contra un muro de hambre absoluta.
De repente, el Padre Tomás se detuvo. Sus movimientos espasmódicos cesaron y un silencio antinatural cayó sobre el desfiladero. Su cuerpo se hinchó de forma grotesca, expandiéndose como un odre a punto de reventar; sus costillas se ensancharon con crujidos secos hasta casi romper la piel tirante y, en lugar de otro chorro de líquido, exhaló. No fue un grito de guerra, ni una plegaria; fue un suspiro inmenso, una nube de aliento verdoso, denso y putrefacto que se expandió por el desfiladero como una niebla letal, pesada y rastrera.
—¡Atrás! ¡No respiren ese veneno! ¡Retrocedan! —rugió Círdan, agarrándome con fuerza del hombro y tirando de mí hacia las rocas superiores con una urgencia violenta.
Vimos con horror desde la altura cómo la nube tocaba la poca pastura que quedaba en el desfiladero, marchitándola y volviéndola negra en un parpadeo, como si los años pasaran en segundos sobre la hierba. La madera de los árboles cercanos, robustos robles centenarios, empezó a roerse y a deshacerse en astillas podridas bajo el toque de la inmundicia. Tuvimos que retroceder varios metros más, trepando por las rocas laterales con las uñas sangrando para no ser consumidos por aquel gas vil que derretía el aire mismo y hacía que los ojos nos escocieran como si tuviéramos brasas bajo los párpados.
Esperamos, con los ojos lagrimeando y las gargantas ardiendo por el vapor ácido que se negaba a disiparse, a que la nube finalmente bajara su intensidad. Cuando el aire se aclaró lo suficiente como para permitirnos ver el fondo del paso, el desfiladero estaba sumido en un silencio de tumba.
No había rastros del Padre Tomás.
Donde antes estaba el sacerdote y su mesa de pesadilla, donde la carne y el acero se habían mezclado en una danza obscena, solo quedaba un charco de lodo burbujeante y los restos de porcelana de sus platos disueltos por su propio ácido. El cobarde se había ido, desvaneciéndose en su propia niebla. Al parecer, las Llagas tienen la mala costumbre de abandonar las batallas que no les son favorables cuando su banquete se vuelve demasiado complicado de digerir o cuando el riesgo supera el placer de la ingesta.
—Se ha marchado —susurró Ulm, dejando caer sus puños ensangrentados y mirando sus manos, donde la piel empezaba a enrojecerse por el contacto con el vapor—. Se escurrió como una rata en una cloaca.
—Supongo que no se puede esperar honor de alguien que ha pactado con las profundidades del averno para saciar un hambre que no tiene fin —dijo Viktor, apareciendo tras una roca y limpiando su laúd con un trozo de tela que no estaba mucho más limpio que el suelo manchado—. Se ha llevado su hambre a otra parte, a un lugar donde la comida no muerda de vuelta. Pero ha dejado su marca, una que no borraremos fácilmente.
Miré el campo de batalla y sentí que algo dentro de mí se quebraba. La tierra estaba muerta. Literalmente muerta. El suelo tenía un color ceniciento, sin rastro de humedad o vida; no crecería nada allí en cien años, ni una mala hierba, ni un solo brote. Aquello era un desierto de bilis. Y lo peor de todo es que sabíamos que Tomás no se había rendido. No era una retirada, era una pausa. Solo había ido a buscar un plato más fácil de consumir, una aldea indefensa o un convoy de refugiados donde su Gula no encontrara resistencia.
—No hemos ganado —dijo Círdan, volviéndose a poner la máscara con un gesto sombrío que ocultó cualquier rastro de duda en su rostro—. Solo hemos sobrevivido al primer plato. Y el resto del menú va a ser mucho peor.
Me desplomé sobre una roca limpia, sintiendo el peso de mi maza como si fuera de plomo puro, una carga que mis músculos ya no querían sostener. El Padre Tomás seguía ahí fuera, oculto en las sombras del Imperio, y ahora, seguramente, ya conocía el sabor de nuestro miedo y la cadencia de nuestros golpes
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