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Hierro y Sangre - Capítulo 133

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Capítulo 133: Capítulo 133: Cenizas y Silencio

(Narra Aelnora)

El regreso al Colmillo de Wyvern no tuvo nada de heroico. Arrastrábamos los pies, cubiertos de una costra de sangre seca y el hedor persistente de los jugos del Padre Tomás. Pero al cruzar el puente levadizo, un frío distinto nos caló los huesos. El fuerte estaba sumido en un silencio antinatural. No era la paz de la seguridad, sino el vacío de la ausencia.

Valka se detuvo en seco, mirando hacia el patio donde sus mercenarios solían beber y fanfarronear. —No están mis hombres —soltó, con una mano apretando instintivamente el hacha.

—No siento vibrar el piso —añadió Ulm, con la voz apagada—. No hay picos golpeando la piedra en la mina. Nada.

Un joven guardia, apenas un muchacho que con trabajos llenaba la armadura, se acercó a Círdan con una reverencia apresurada. —Mi señor… es bueno verlo de vuelta.

—¿En dónde están todos? —preguntó el Filo. Su voz sonaba como el crujido de la madera vieja bajo la nieve.

—Llegó un cuervo de Río de Plata, mi señor. Un asedio goblin. La Dama dijo que una guerra por la fe no tenía sentido si dejábamos morir a los feligreses. Se marchó con todos los hombres que quisieron seguirla… prácticamente todos.

—Mis orcos… —intervino Gorrash, sus ojos azules escaneando las barracas vacías.

—También marcharon tras ella, mi señor —respondió el joven.

El orco asintió con una gravedad solemne, pero Einar dio un paso al frente, con los ojos encendidos de una furia ansiosa. Gorrash no dijo nada más, pero apretó el pomo de su espada con tal fuerza que el cuero crujió. El silencio del patio era una bofetada.

(Narra Einar)

—Deberíamos ir —le dije a Círdan, y sentí que la sangre me quemaba por dentro.

El elfo ni siquiera me miró.

—Míranos, Einar —respondió el Filo—. Estamos agotados. Estuvimos a punto de ser digeridos. La Dama de Hierro sabe lo que hace, ella volverá.

—Si el Padre Tomás los encuentra, será un festín —insistí, pero el Filo se mantuvo firme. Me dio la espalda.

—¿Qué pasa si nos encuentra a nosotros a medio camino? —replicó Círdan con una frialdad cortante—. Solo seremos el postre. En este estado seríamos un estorbo.

—Tiene razón, Einar —intervino Aelnora, poniendo una mano en mi brazo—. Debemos recuperarnos primero.

(Narra Aelnora)

El grupo se dispersó con la pesadez de los derrotados. Aeris y Ulm visitaron la mina para comprobar la ausencia de los hombres, Valka se dirigió directo a los baños mientras Raven dijo que revisaría algunas pociones en su laboratorio.

El Filo se retiró a la privacidad de sus aposentos sin decir nada más. Einar se quedó un rato más en el patio, como saboreando el viento, seguramente pensando si hacer caso o si partir solo en busca de la Dama. Más tarde, en los baños comunales, el vapor apenas lograba disipar el horror. El agua se tiñó de un gris verdoso mientras nos quitábamos la inmundicia del desfiladero. Valka y Aeris se lavaban en silencio, mientras los hombres, al otro lado del muro de piedra, apenas intercambiaban palabras. Era una limpieza ritual, pero el alma seguía sucia.

Fue difícil conciliar el sueño con el vacío del fuerte, pero el agotamiento de la batalla nos venció finalmente. A la mañana siguiente, encontré a Einar parado en mitad del patio, mirando hacia el horizonte como si pudiera forzar el regreso de Nereida con la mirada. Me coloqué a su lado.

—Tranquilo, druida —le dije suavemente—. Esperaré a tu lado.

—Gracias, grandulona —susurró él, sin apartar la vista.

Me quedé con él, en silencio viendo al sol levantándose con el paso del tiempo; las horas se arrastraban y Einar no se movía. Entonces, con el sol en su punto más alto, el sonido de un cuerno en las murallas rasgó el aire.

—¡Batallón al frente! ¡Son los nuestros! ¡Bajen el puente! —gritaron desde el muro.

(Narra Einar)

Corrí hacia el puente levadizo antes de que terminara de bajar. Salté al barro cuando aún quedaba un palmo para tocar el suelo. A lo lejos, vi el desastre. No era un ejército; era una procesión de fantasmas. Un duelista veterano los lideraba, lo reconocí de inmediato, el viejo con quien hablé en la arena… me miró con ojos que habían visto el infierno.

—Señor Einar… —dijo el viejo, deteniendo su caballo—. La batalla… fue brutal. Perdimos a muchos de los nuestros. Contamos a nuestros muertos por cientos… pero la ciudad está a salvo.

El presentimiento que me atravesaba el pecho desde el día anterior no me permitió escuchar sobre la victoria. Miré hacia atrás. Los Aplastahuesos, esas bestias masivas que solían cargar orcos y armas tiraban ahora de carretas cargadas de cuerpos envueltos en mantas ensangrentadas. Los heridos marchaban a duras penas, apoyándose unos en otros. Era una visión lamentable, pero completamente normal en la guerra que estábamos librando. Hasta ahora los dioses de la batalla en los que varios creían no nos habían tratado considerablemente bien, pero esta… esta era nuestra nueva realidad. Si pensábamos atacar al clero y destruir sus alianzas demoníacas, días como hoy serían la nueva normalidad.

—¿La Dama? —pregunté, y sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

Él solo apuntó hacia atrás. Hacia una carreta pequeña, tirada por un caballo herido que montaba un muchacho que lloraba sin consuelo; avanzaba lentamente. Sobre ella había un solo cuerpo envuelto en seda blanca manchada con el indiferente e inconfundible color de la sangre. Junto al bulto inerte, descansaba la máscara de la Dama de Hierro, impasible, fría.

—No… no por favor, dime que no es ella —supliqué, pero el veterano bajó la cabeza.

—Lo siento, señor. El ataque fue… solo su rostro cubierto por el hierro quedó intacto.

Tenía que verlo, no podría quedarme con una noticia nada más, no como hace diez años. No podía aceptar su pérdida sin verlo por mí mismo. Me acerqué a la carreta y el joven jaló la rienda deteniendo al caballo que tiraba de ella. Bajé un poco la seda y la vi. Ese rostro que por años vi así, con los ojos cerrados mientras dormía; ese rostro que me acompañó en mis pesadillas cuando la creí perdida… Nereida se había ido. La cubrí de nuevo y el joven reanudó la marcha.

Caí de rodillas. El barro se filtró en mis ropas, pero no me importó. El mundo se quedó en silencio, roto solo por el chirrido de las ruedas de las carretas y lo poco que quedaba de nuestro ejército pasando junto a mí. La mujer que había sido mi esposa, la reina de mi pasado y la esperanza de la rebelión en mi presente era ahora un bulto bajo una tela blanca.

Me quedé mirando el piso, buscando respuestas, buscando la lógica que mueve los hilos de este mundo de mierda, pero no había nada. No había causa o razón que me parecieran suficientes. Solo el húmedo hocico de Fenrir logró sacarme de mis pensamientos; la mitad más salvaje de mí tocó mi frente. No necesité más, lo absorbí de inmediato y eché a correr convertido en lobo, sin rumbo ni razón. Solo corrí.

(Narra el Filo)

Desde el balcón superior, vi entrar al batallón por las puertas del fuerte. Esperaba heridos, esperaba bajas, pero nada en mis ochocientos años me preparó para lo que vi en ese momento. Vi la carreta entrar solo detrás del veterano que dirigía al grupo, vi el cuerpo solitario sobre ella. Vi… la máscara.

Sentí un clavo al rojo vivo atravesarme el corazón, pero mis años —mis malditos siglos de experiencia bélica y marcial— me obligaron a mantener la espalda recta. No podía romperme. No frente a los cientos de soldados que regresaban mutilados y rotos. Bajé al patio con pasos lentos, midiendo cada respiración para no gritar, para no caer bajo el peso de mi propio cuerpo que ahora se sentía demasiado para la poca fuerza que me quedaba.

Al llegar frente a la carreta, el dolor en el aire era asfixiante. Valka se acercó al cuerpo y, en un arranque de furia impotente, gritó: —¡Mierda! La guerrera pateó un cubo de madera, rompiéndolo en mil pedazos antes de apoyarse contra un muro con los hombros sacudidos por sollozos roncos. Aeris y Ulm se abrazaron llorando. Raven, que estaba a unos metros, con las manos envueltas en un aura roja que chisporroteaba con una rabia asesina; sus ojos buscaban un enemigo al que culpar, alguien a quien desangrar para calmar el vacío.

Gorrash dio un paso al frente. No hubo llanto en él, solo un luto marcial con respeto absoluto. Se cuadró frente a los restos de Nereida y realizó un saludo orco, un golpe en el pecho que resonó como un tambor en mi propio pecho, reconociendo a una líder guerrera que había muerto en su ley. Aelnora se acercó despacio a la carreta, deteniéndose junto a mí.

—Círdan… no hay palabras —dijo la clériga antes de elevar una oración en silencio.

Aelnora tenía razón, no hay palabras… ¿Qué le dices a un hombre que lucha por salvar al mundo, cuando su mundo entero yace inerte sobre una carreta?

El atardecer pasó sobre el fuerte viendo con indiferencia cómo los heridos y sobrevivientes, todo aquel que pudiera soportar su propio peso y un poco más, ayudaban a construir una única y enorme pira funeraria.

—¿Seguro que no quiere que la cremen por separado, señor Círdan? Ella… era la líder de la rebelión —preguntó Viktor el bardo con una suavidad inusual.

La pira se encendió al anochecer. —No —le respondí, y mi voz me sonó extraña, como si perteneciera a un muerto—. Ella era parte del ejército. No querría tratos especiales al morir. Si perdió la vida luchando junto a ellos, entonces arderá con ellos. Así lo habría querido. El fuego consumirá sus cuerpos, pero encenderá la llama de la rebelión, una que vivirá por siempre en nosotros.

Al anochecer, un orco, un duelista, un minero y uno de los veteranos del fuerte encendieron sus antorchas. Tal y como Nereida lo habría querido, cada uno elevó plegarias a sus propios dioses y, tal como lo habría pedido, ardió con sus hombres. Miré las llamas desgarrar el cielo, el crepitar del fuego era el único sonido dentro del fuerte. El luto se apoderó de la rebelión y afuera un aullido desgarrado de un lobo herido partió la noche inundando el mundo con su dolor.

Esa noche nadie durmió. Nos quedamos en vela, viendo cómo el fuego devoraba el pasado y forjaba un futuro mucho más oscuro. A la mañana siguiente, bajé al sótano para el último adiós. Ulm y Aeris habían pasado la noche entera forjando un altar hecho con las armas y armaduras retorcidas de los caídos, un monumento de hierro y sacrificio que brillaba bajo la luz azul del oricalco. En el centro, coloqué la máscara de hierro sobre el pomo de su espada que sobresalía sobre el altar y su pesada inscripción: A los caídos, que vivan siempre en nuestros corazones.

—Hasta siempre, amada mía —susurré.

Einar entró entonces. Dejó un lingote fundido con las joyas, los anillos y collares que recuperamos de los cuerpos de los caídos. Se quedó en silencio, pero su rencor era una llama viva.

—Druida, no escuche cuando volviste al fuerte— dije casi murmurando.

Se giró hacia mí antes de salir, y sus palabras fueron el golpe de gracia. —Te dije que debíamos ir por ella… —soltó con una amargura que me desgarró el alma.

Él salió del sótano sin mirar atrás y finalmente, el peso de los siglos cayó sobre mí. Me desplomé. Mis rodillas golpearon la piedra fría del sótano y me rompí. Me cubrí la cara con las manos y lloré como el niño que alguna vez fui hace ochocientos años, solo en la oscuridad, rodeado de armas que ya no protegían a nadie.

—Lo siento tanto, Nereida… de verdad… lo siento —sollocé contra el suelo—. Lo siento…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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