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Hierro y Sangre - Capítulo 134

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Capítulo 134: Capítulo 134: Libertad

(Narra Aelnora)

El cambio de estación trajo consigo el color que desde hace tiempo se había olvidado en el fuerte. El invierno se batió en retirada, dejando paso a una primavera que no pedía permiso para brotar. El patio central, antes sumido en un luto silencioso, era ahora un estruendo constante de orcos y humanos entrenando bajo el mando militar de Gorrash. El Rey de Oriente había cambiado su pesada hacha y su espada por una creación de Aeris: una Nodachi, le dicen. Es una espada azulada, delgada y tan larga que parece imposible de blandir, pero en sus manos se mueve con la fluidez del agua y la letalidad del rayo.

El fuerte ahora está rodeado por un campo de flores, un manto vibrante que el Filo ignora sistemáticamente desde su sala de guerra. Círdan ha cambiado. Ha dejado atrás sus viejas ropas y su máscara por un atuendo tan negro como el vacío del fin del mundo. Pasa sus días encerrado, monitoreando reportes de inteligencia y los avances del Clero en el mundo exterior. Varios pueblos aledaños son ya bastiones de la Nueva Fe; de a poco, nuestro fuerte se convierte en una isla en un mar de túnicas moradas, el último rincón del mundo libre de los demonios del Clero.

Los pueblos más cercanos a nosotros aún son libres, gracias a las despiadadas y violentas incursiones de Valka y Raven contra la Iglesia. No hay piedad en sus misiones, solo cenizas y advertencias escritas en hierro y sangre.

Estos meses sirvieron para darnos la fuerza que creímos perdida cuando Nereida partió de este mundo. El rumor del Rey Orco en la rebelión se extendió gracias a los bardos que contaban, en canciones que volaban de taberna en taberna, odas de rebelión para los oídos mejor entrenados. Gracias a Viktor y sus cantos, los números en el fuerte son más ahora de lo que fueron en el invierno antes del asedio goblin. Hombres y orcos llegan por decenas para luchar por su libertad de creer, o no, en los dioses.

La ciudad por la cual Nereida perdió la vida agradeció su defensa con una alianza de hombres y acero. Templos para decenas de dioses se pueden encontrar ahora en la gran urbe de Río de Plata, mostrando al mundo que soñaba Nereida es posible, hombres y criaturas pueden convivir en paz con la fe propia y ajena en el mismo lugar. Es el legado que ella dejó, pagado con su propia sangre.

Aeris y Ulm han trabajado sin descanso, moldeando el oricalco extraído de las profundidades de la montaña. Ahora, mi martillo de guerra está irreconocible. El mango y su recubierta, que Aeris me dio cuando recién llegamos al fuerte, le otorgan un balance impresionante, pero lo mejor es la cabeza. Fue completamente reemplazada, al igual que las armas de todo el grupo, por una de oricalco que brilla con un azul tenue y emite un pequeño zumbido que me resulta reconfortante.

Comencé mi viaje cargando a Justicia en mi mano; después empuñé a Venganza. Ahora, yo, Aelnora, la clériga de Luxa, elfa libre sin rey ni reino, blando en mis manos el martillo de la Libertad. Es un nombre excelente para un arma que libera el alma del cuerpo de un maldito pecador del Clero. Se ve increíble junto a mi pequeño escudo en el antebrazo: Esperanza.

Mi querida amiga, Valka, lleva colgando en sus caderas dos espadas gemelas de azul zafiro: Pecado y Penitencia. El cinismo de esa mujer no tiene límites, y su acero tampoco.

Aeris ahora porta un par de dagas largas que usa con maestría. Los duelistas de Valka la instruyeron en el arte del sigilo y el asesinato rápido. Verla en las misiones que hemos tenido me asombra; la pequeña joven que me ayudó a cuidar de Einar ahora detona bombas de humo y apuñala idiotas desprevenidos por la espalda con una frialdad técnica. Todo para regresar a casa, a los brazos de su gigante que, cuando no está poniendo a prueba las caderas de la artífice en la cama, está blandiendo su enorme pico de minero. Lo más impresionante en Ulm es su nuevo guantelete: cubre desde la muñeca hasta casi el hombro, cuero flexible recubierto con placas de oricalco que utiliza para embestir contra puertas, muros o algún imbécil ocasional que se cruza en su camino.

Raven también tiene un juguete nuevo: un báculo azul que hace sus hechizos mucho más poderosos. Ver el oricalco curvarse junto a las vetas de madera del báculo es impresionante. El nivel de maestría de Aeris y Ulm en la forja es increíble; incluso Viktor, alguien que ha escuchado todo tipo de historias, quedó boquiabierto cuando la artífice le entregó cuerdas de oricalco para su laúd. El bardo dice que ahora su instrumento canta por sí mismo, como si tuviera alma.

Einar reemplazó la máscara y la garra de hueso por el metal azul. Al parecer, el oricalco es tan noble y vivo que puede cambiar con él cuando transmuta. La garra ahora es más literal que nunca; no solo puede disparar diez virotes, sino que cubre sus dedos terminando en filosas garras de metal azul. Lleva una espada corta en la mano derecha y la garra que corta piedra en la izquierda. El druida es más letal que nunca, sobre todo porque desde lo de Nereida, Fenrir no ha vuelto a manifestarse fuera. El druida lo guarda dentro para usar su furia pura en batalla. Es un hombre que camina con una bestia devorándole el corazón.

El Filo, aunque no ha vuelto a la batalla, también permitió que Aeris manipulara sus armas. Los mangos de ébano y marfil terminan ahora en letales guadañas de oricalco. Me gustaría verlo cortar algo de vez en cuando, ver si aún queda algo del guerrero tras ese luto de sombras.

Mierda, incluso Berg porta ahora un casco y un recubrimiento en su cola: una bola de metal llena de puntas metálicas que convierte cada coletazo en una demolición.

De alguna forma, somos más fuertes que nunca. Quizás el Filo tenía razón: la llama que consumió el cuerpo de los caídos encendió en los corazones el verdadero fuego de la rebelión. Ya no somos un grupo de fugitivos; somos el ejército de la libertad y la esperanza, y estamos esperando a que el Clero cometa el error de acercarse demasiado a nuestra isla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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