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Hierro y Sangre - Capítulo 135

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Capítulo 135: Capítulo 135: El Escenario de la Ira

(Aelnora)

La primavera en el Colmillo de Wyvern era una mentira necesaria. Dejamos atrás los campos de flores y el aire que olía a vida nueva para descender hacia las tierras bajas, donde el invierno nunca se fue realmente; solo cambió de forma. Cruzar el umbral del fuerte fue como dejar un sueño para entrar directamente en una autopsia.

Cabalgar hacia el sur, hacia Orodreth, nos tomó algunos días que se sintieron como siglos. El paisaje se iba tiñendo de un gris ceniza conforme avanzábamos. Los árboles, antes orgullosos robles de la frontera, se alzaban ahora como esqueletos retorcidos. De sus ramas no colgaban nidos, sino jirones de tela púrpura que ondeaban al viento como lenguas bífidas, marcando el avance de la “Nueva Fe”. Era una advertencia visual: aquí la naturaleza había muerto para dar paso a algo mucho más hambriento.

Pasamos por aldeas que Valka reconocía por el nombre de sus tabernas, pero no quedaba rastro de cerveza ni de risas. Las puertas de las casas estaban tapiadas con maderos bendecidos y grabados con la palma roja del Clero. No vimos campesinos trabajando la tierra; solo figuras espectrales, hombres y mujeres con los ojos vendados que caminaban en círculos por los caminos, balbuceando letanías que sonaban más a súplicas de ejecución que a oraciones. El olor a incienso rancio se pegaba a la garganta, dándome ganas de vomitar.

—Esto no es religión —escupió Valka al suelo, ajustando las correas de sus nuevas espadas, Pecado y Penitencia. El azul del oricalco en sus caderas era lo único con color en kilómetros a la redonda—. Es una puta infección. El Clero no conquista pueblos, los pudre desde las entrañas.

—Se alimentan del vacío, Valka —respondió Círdan. El Filo no se había quitado la armadura negra en todo el trayecto. Parecía una grieta de luto en la realidad, un vacío que devoraba la poca luz que lograba atravesar la neblina púrpura que el Clero llamaba “incienso sagrado”—. Y la Ira es el combustible más barato para llenar ese vacío.

Al quinto atardecer, las torres de Orodreth rasgaron el horizonte. La ciudad de los gladiadores, el lugar donde el acero solía ser la única ley, se veía ahora como un hormiguero de túnicas moradas. El humo de los grandes pebeteros de las almenas creaba una cúpula de smog rosáceo que ocultaba las estrellas. El aire vibraba con un zumbido sordo, una frecuencia que hacía que los dientes me dolieran.

—Entraremos por la Puerta de las Sombras —sentenció Valka, tomando el mando con esa seguridad ruda que solo el regreso a casa le otorgaba—. Los guardias de esa zona suelen ser unos flojos de mierda o están demasiado borrachos para ver nada, si es que todavía les queda cerebro bajo esas capuchas mugrosas.

Nos infiltramos al amparo de la luz mortecina. Aeris se movía por delante, fundiéndose con las paredes de piedra como si fuera un espectro. La joven que una vez solo sabía de forjas ahora eliminaba centinelas con una frialdad técnica que me erizaba la piel. Sus dagas de oricalco no hacían ruido al entrar en la carne; solo se escuchaba el leve siseo del metal mágico y el sonido sordo de los cuerpos cayendo al fango. No había duda en sus movimientos, solo una eficiencia aterradora.

—Despejado —susurró ella, haciéndonos una seña desde la entrada de un túnel de servicio que olía a moho y humedad vieja.

Cruzamos las calles laterales de Orodreth. La ciudad apestaba a una mezcla de incienso barato, orina y ese sudor agrio que solo exuda la gente que vive en un estado de pánico constante. Pero lo peor era el sonido que venía del centro, de la Gran Arena. Era un estruendo ensordecedor: gritos de agonía, el choque metálico de decenas de espadas y vítores frenéticos que pedían sangre. El olor a hierro caliente y entrañas abiertas se filtraba por los callejones, volviéndose más denso a cada paso que dábamos. Mi martillo, Libertad, vibraba contra mi espalda con un zumbido de advertencia tan fuerte que me entumecía los hombros.

En un callejón estrecho, a pocos metros de la entrada trasera de la arena, el Filo y Aeris se adelantaron para asegurar la última verja. Me quedé unos pasos atrás con Valka.

Gorrash caminaba un poco más adelante, su imponente figura y la Nodachi azul al hombro dándole el aspecto de un dios de la guerra exiliado. Observé a Valka mirar la espalda del orco con una mezcla de posesión y hambre que no pude evitar cuestionar, quizás buscando cualquier distracción ante la masacre que escuchábamos a lo lejos.

—¿De verdad te acostaste con Gorrash? —le pregunté en un susurro, sintiendo que la curiosidad me quemaba más que el miedo al Clero.

Valka se detuvo en seco y soltó una risita ronca, de esas que suenan a tabaco y a demasiadas noches de mala vida. Me miró con una ceja levantada, divertida por mi supuesta ingenuidad.

—¿Me estás jodiendo, Elfa? ¡Claro que sí! —soltó sin un gramo de vergüenza—. Dejé que ese bruto me metiera los dedos entre las piernas mucho antes de saber que era de la realeza. ¡Imagina ahora que carga con una corona y esa espada larga! —Me guiñó un ojo con una malicia que me hizo parpadear—. El orco tiene más que solo músculos bajo esa armadura, créeme. No todo en la vida es rezar, Aelnora.

Sentí el calor subirme por las mejillas, encendiéndose hasta la punta de mis orejas.

—¡Ay, Valka! De verdad… tú siempre tan descarada —masqué con fastidio, intentando recuperar mi aire de clériga digna, aunque el corazón me latía con fuerza contra las costillas.

Valka dejó de reír. Se giró hacia mí y me puso una mano pesada y callosa en el hombro, apretando con una firmeza que me obligó a sostenerle la mirada.

—¿Disculpa? Te recuerdo, Elfa, que ambas nos hemos revolcado en el mismo corral… ¡y dos veces! —Se acercó más, invadiendo mi espacio personal—. Básicamente somos familia de la cintura para abajo, así que no te me hagas la santita. No conmigo. No después de todo lo que hemos pasado….Hermana.

Me quedé helada. El aire se me escapó de los pulmones. Intenté balbucear una negativa, cualquier mentira que salvara mi orgullo frente a la mujer que parecía leer mis pecados en mi piel.

—N-no sé de qué hablas… —mentí, sintiendo que el rostro me ardía como si estuviera frente a la forja de Aeris.

Valka se inclinó hacia mi oído. Su aliento, que siempre olía a una mezcla de ron, acero y peligro, me rozó la piel.

—Nos comimos las mismas dos vergas, Aelnora. Las de Raven y las de Einar. Hermanita… ¿así o más claro?

Me ahogué con mi propia saliva. Literalmente. Empecé a toser con fuerza, doblándome un poco mientras el pecho me ardía. El peso de la verdad era mucho más contundente que el de mi martillo de oricalco. Valka se quedó ahí, mirándome con esa sonrisa de suficiencia, esperando a que terminara de asfixiarme con mi propia hipocresía.

—Muy claro… —respondí finalmente entre toses, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Muy claro… “Hermana” Valka. Me queda… condenadamente claro.

—Así me gusta —dijo ella, dándome un palmetazo en la espalda que casi me saca un pulmón—. Menos humos de incienso y más realidad, que para eso estamos aquí.

Llegamos a la verja de hierro que daba paso al túnel de los gladiadores. El ruido al otro lado era insoportable: el rugido de una multitud sedienta de muerte y el sonido de cuerpos siendo despedazados. Valka se adelantó, y en un parpadeo, la camaradería sucia desapareció de sus ojos. Su rostro se endureció, convirtiéndose en esa máscara de odio frío que Orodreth le había grabado a fuego hace años. El humor se esfumó para dejar paso a la carnicería que, según nuestros oídos, ya estaba ocurriendo.

Detrás de nosotras, el aire se volvía pesado y gélido. Einar no caminaba, acechaba. El druida se había convertido en una sombra de lo que fue; su garra de metal azul destellaba en la oscuridad del túnel como el colmillo de un lobo hambriento. Sus ojos tenían ese brillo animal que me hacía dudar si Fenrir seguía encerrado o si ya se había fusionado con su alma. Llevaba máscara, pero eso no me impedía saber que su rostro era una piedra inexpresiva, una promesa de muerte silenciosa.

A su lado, Ulm avanzaba como un muro de carga. Su guantelete de oricalco emitía un zumbido constante, una nota baja que hacía vibrar el suelo de piedra bajo nuestros pies. No decía nada, pero su mirada estaba fija en la nuca de Aeris, cuidando sus flancos con una devoción absoluta.

Cerrando la fila, Viktor apretaba su laúd contra el pecho como si fuera un escudo. El bardo estaba mudo. Sus dedos jugueteaban nerviosos con las cuerdas de oricalco, las cuales empezaban a brillar con un tono cobalto conforme la música de la arena —una melodía disonante y enferma— se filtraba por las paredes. Él sentía la frecuencia de Melody mejor que nadie; era una lucha interna para no dejarse arrastrar por el compás de la ira.

—No dejes que te gane la nota, bardo —gruñó Einar sin mirarlo, su voz sonando como grava chocando entre sí.

—Ella no toca para mí, Druida —respondió Viktor con un hilo de voz—. Toca para lo que todos llevamos dentro. Intentaré que mis cuerdas sean más fuertes que sus gritos.

Valka se paró frente a la puerta doble de madera reforzada que daba a la arena. Del otro lado, el estruendo era total: gritos, choques de hachas, el olor a sangre fresca inundándolo todo. Ella apretó los puños, respiró hondo ese aire infecto y, con un rugido que salió desde sus entrañas, soltó una patada que reventó los goznes de hierro.

—¡Abran paso, hijos de perra! —rugió, desenvainando a Pecado y Penitencia mientras se lanzaba hacia lo que creíamos era una batalla campal.

Entramos en tromba, con el acero en alto y los gritos de guerra listos para unirse al caos. Pero el mundo se detuvo de golpe.

En el instante en que mis pies tocaron la arena, el ruido desapareció. El olor a sangre se desvaneció como humo al viento. El estruendo de la multitud se apagó, dejando un silencio tan denso que dolía.

No había masacre. No había duelistas. No estaba Thormund… No había miles de personas en las gradas.

La Gran Arena de Orodreth se extendía ante nosotros en un vacío absoluto, bañada por una luz de atardecer roja y estática, como si el tiempo se hubiera congelado. Las gradas estaban desiertas, cubiertas de un polvo grisáceo que no se movía. La “batalla” había sido una ilusión, una proyección tejida con tal maestría que nos había engañado hasta el último paso.

En el centro exacto de la arena, una mujer nos esperaba. Su piel era de una palidez gélida, casi como el mármol, y estaba cubierta de runas doradas que palpitaban con una luz propia, grabadas directamente en su carne. Vestía apenas unos jirones de gasa negra y encajes que no ocultaban la energía que emanaba de su cuerpo. Estaba arrodillada en una pose de absoluta calma.

Y arriba, en el palco de honor, la vimos.

Melody nos observaba sentada en su trono de hueso, abrazando su laúd. La figura que sostenía el instrumento no era más que un eco podrido de la mujer que Viktor alguna vez conoció. Su piel marchita y manchada de sangre seca, con una mirada triste que te partía el alma… Pero lo que nos detuvo el aliento fue la sonrisa en su rostro. La sonrisa del Carnicero le llamaban a ese métodos de tortura, una herida le desgarraba las mejillas hasta las orejas en surcos profundos y con girones de carne que asemejaban dientes de piel, una sonrisa eterna y sangrienta que parecía supurar a cada nota.

No era una expresión de alegría; era el rictus de un animal herido obligado a celebrar su propio martirio.

—Bienvenidos al Festival —susurró la voz de la barda directamente en nuestras mentes, una caricia que se sentía como una hoja de afeitar pasando por la garganta—. El baile está por comenzar.

Valka bajó un poco las espadas, confundida por el vacío, pero su mandíbula se apretó hasta casi romperse. La trampa se había cerrado. No íbamos a interrumpir una masacre; éramos el único acto principal.

(Narra Aelnora)

El aire en el coliseo estaba saturado de un olor metálico, una mezcla de ozono mágico y el rancio aroma de la sangre seca sobre la arena. Desde el palco superior, la figura de Melody se recortaba contra la luz mortecina como una aparición de pesadilla. Su presencia no era la de una artista, sino la de un cadáver que se negaba a guardar silencio. Al abrir la boca para hablar, la carne desgarrada de sus mejillas se tensó de forma grotesca, supurando un suero amarillento que se deslizaba por su barbilla. Sus labios, deformados por cicatrices antiguas, se movían con una asimetría que revolvía el estómago.

—¿Les gusta la función? —Su voz no solo viajaba por el aire, sino que se filtraba en nuestras mentes como aceite hirviendo—. Mi querida Arleth es una artista de la mente… Pero ustedes, queridos amigos, son un público sumamente difícil de complacer. Quizás necesiten algo más de… textura.

—¡Cierra la puta boca, barda de mierda! —El grito de Valka resonó en la arena, crudo y cargado de una furia que no entendía de protocolos—. ¡Deja de parlotear y baja aquí para que pueda arrancarte esa lengua bífida de un solo tajo!

Valka escupió a un lado, apretando el pomo de su espada con una fuerza que hacía crujir el cuero de sus guanteletes. A mi lado, sentí la tensión de Ulm, cuyo guantelete reforzado con placas de oricalco emitía un zumbido sordo, una frecuencia baja que denotaba su disposición al combate.

—No caigan en sus juegos —advirtió Ulm, su voz resonando con la inercia de una avalancha—. ¡No se detengan! ¡Es solo arena y trucos! ¡Avancen!

Ulm dio el primer paso, y el grupo lo siguió con la inercia de una unidad veterana. Sin embargo, el aire cambió. Arleth, la maga de las runas, retrocedió un paso, sus ojos brillando con un fulgor antinatural. Dejó escapar un grito que rasgó la sinfonía de Melody.

—¡Dante! ¡Ayúdame!

En ese instante, las puertas de los gladiadores se estremecieron. De la oscuridad de los túneles emergieron decenas, quizás cientos, de figuras. Eran copias idénticas de Dante, su enorme protector, formadas enteramente de arena y sombras. Corrían hacia nosotros con una coordinación aterradora.

(Narra El Filo)

El caos es una distracción para los débiles. Mientras Ulm gritaba órdenes y las ilusiones de arena inundaban el ruedo, mis ojos permanecieron fijos en el palco. Melody era el origen del ruido, y el ruido debía ser silenciado.

—No tenemos tiempo —dije, mi voz una sentencia gélida que cortó el aire—. Yo me encargo de la música.

No esperé una respuesta. Me deslicé entre los flancos de la formación, mis movimientos suaves como una exhalación de humo. Mientras el grupo se centraba en Arleth, Dante y su ejército de polvo, yo me interné en la penumbra de los pasillos laterales. El oricalco de mis guadañas vibraba en mi espalda, sediento. El laberinto de piedra me recibió con un eco de notas discordantes, pero mi mente estaba en calma. Encontraría a la barda, y cortaría la canción desde la raíz.

(Narra Aeris)

Mis ojos analizaban el flujo de energía en la arena. Las copias de Dante eran inestables, el oricalco de mis lentes detectaba la debilidad en su estructura. Valka atravesó a uno con un mandoble y la figura se desintegró en un susurro de arena. Ulm tenía razón, pensé. Son solo trucos.

Avancé un paso más, buscando una posición para desplegar mis dispositivos, cuando el mundo pareció detenerse. Una de las figuras de Dante no se desintegró al acercarse. Era más alta, más densa, y el aire a su alrededor vibraba con una masa física real. Antes de que pudiera reaccionar, un puño del tamaño de un escudo de asedio conectó directamente en mi vientre.

El sonido fue espantoso. Fue el crujido seco y rotundo de una rama de roble quebrándose bajo el peso de un alud. El dolor no llegó de inmediato; primero fue el vacío, la expulsión violenta de todo el aire de mis pulmones y la sensación de mi caja torácica colapsando hacia adentro. Salí despedida por el aire, mi cuerpo inerte trazando una parábola de sangre y fragmentos de metal. Golpeé el suelo varios metros atrás y el silencio que siguió al impacto fue más aterrador que cualquier grito de guerra.

(Narra Ulm)

—¡AERIS!

El grito desgarró mi garganta. Ver su cuerpo volar como una muñeca de trapo rompió algo dentro de mí que años de disciplina picando piedra habían mantenido bajo control. La luz azul de mi armadura de oricalco estalló, pasando de un zumbido a un rugido ensordecedor. Ya no era un protector; era una fuerza de la naturaleza en busca de retribución.

—¡Maldito seas! —rugí, lanzándome contra el Dante real con el peso de una montaña cayendo del cielo. Mi hombro acorazado impactó contra su guardia con un estruendo que sacudió los cimientos del coliseo.

Al mismo tiempo, Arleth comenzó su verdadera transformación. Fue una visión de horror absoluto. Las runas doradas que cubrían su piel empezaron a vibrar y a desprenderse físicamente de su carne. Se arrancaban de ella, dejando tras de sí jirones de piel en carne viva, pálida y sangrante. Las runas no flotaban; se hundían en la arena como parásitos hambrientos. De la tierra surgieron los Golems de Arena y Furia, amorfos y alimentados por el sacrificio de piel de la maga.

(Narra Einar)

La bestia en mi pecho rugió, pero la mantuve encadenada. Necesitaba precisión, no solo furia. Mi garra de metal azul disparó una ráfaga de virotes que destrozaron la cabeza de uno de los golems, mientras Valka, a mi lado, decapitaba a otro con un grito de guerra que habría hecho temblar a un demonio.

Pero era inútil. La runa dorada que animaba al monstruo caía al suelo, brillaba con una luz maligna y, en un parpadeo, la arena volverá a arremolinarse para levantar al mismo golem, íntegro y más agresivo que antes.

—¡Es un ciclo infinito, Einar! —gritó Valka, barriendo con su acero las piernas de una criatura que ya se estaba regenerando—. ¡Si no matamos a la perra, estas cosas nos van a enterrar vivos!

—¡Mantén la línea, Valka! —respondí, mi voz seca y ruda—. ¡Protejan al bardo!

(Narra Viktor)

El sudor me empapaba la frente y mis dedos sangraban sobre las cuerdas de oricalco de mi laúd. Me senté en medio del torbellino de muerte, cerrando los ojos para no ver los golems que se cernían sobre nosotros. Mi música no era una canción de taberna; era un muro.

Cada vez que Melody rascaba sus cuerdas desde el palco, una oleada de furia asesina intentaba infiltrarse en nuestras mentes, incitándonos a clavarnos las espadas entre nosotros. Yo respondía con acordes menores, notas profundas que anclaban el alma de mis compañeros a la realidad. Mis notas chocaban físicamente contra las de ella; vi chispas de energía estallar en el aire donde nuestras melodías se encontraban.

Un minion de arena se filtró por la defensa y levantó un brazo pesado sobre mi cabeza. No dejé de tocar. Si mis dedos se detenían un segundo, la locura de Melody nos consumiría. Sentí el viento del golpe, pero entonces el metal azul de Einar se interpuso, destrozando al atacante en una lluvia de sílice.

—¡Sigue tocando, músico! —rugió el druida—. ¡No te detengas o nos mataremos entre nosotros!

(Narra Raven)

—Maldita sea la magia de estos locos —mascullé, mientras mis ojos seguían los movimientos de Arleth.

La maga estaba ahora desprovista de sus runas, una figura pálida y sangrienta que dirigía el caos con movimientos espasmódicos. Saqué mis dagas de sangre, sintiendo cómo mi propia esencia vital alimentaba el filo carmesí. Lancé las dagas con una precisión táctica, buscando los puntos de presión en su cuello y hombros para intentar un control total y directo.

Pero antes de tocarla, las dagas se detuvieron en seco. Una barrera de energía rúnica, densa como el plomo, las desvió con un desprecio absoluto. Su magia era balística, defensiva y ofensiva a la vez. No había sutileza en ella, solo una voluntad inquebrantable de destruir.

—¡Aelnora, ahora! —grité, retrocediendo ante una ráfaga de proyectiles rúnicos que silbaron a centímetros de mi rostro.

(Narra Aelnora)

Aeris estaba en el suelo, inmóvil, y el dolor por ella me quemaba más que cualquier herida. Pero no podía correr hacia ella. Si se perdía la formación, todos moriríamos.

—¡Sanctum… Aegis! —rugí, clavando mi maza de guerra en la arena con una fuerza divina.

El pequeño escudo de mi brazo se expandió, pero no de forma física. Una cúpula de luz ámbar y dorada estalló desde el punto de impacto, extendiéndose para cubrir a Raven, a Viktor y la posición de Aeris. El esfuerzo fue monumental. Sentí cómo la magia rúnica de Arleth golpeaba el escudo como granizo de hierro, cada impacto resonando en mis huesos. El sudor corría por mi rostro y mis músculos temblaban, pero no cedí.

—¡No dejaré que nos rompan! —grité, con los dientes apretados y el sabor del hierro en mi boca—. ¡Raven, busca una apertura! ¡Viktor, no cedas!

El coliseo se convirtió en una sinfonía de destrucción. El choque de las notas de los bardos, el rugido de Ulm contra el enorme Dante, y el brillo incesante de las runas malditas creaban un cuadro de guerra pura. Sabíamos que estábamos apenas habíamos comenzado y ya estábamos en el límite; el aire se sentía pesado, como si el destino mismo estuviera conteniendo el aliento. Si el laúd de Viktor dejaba de sonar, o si mi escudo flaqueaba, no habría mañana para ninguno de nosotros. La danza de las runas apenas comenzaba, y el precio por sobrevivir ya era demasiado alto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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