Hierro y Sangre - Capítulo 136
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Capítulo 136: Capítulo 136: La Danza de las Runas
(Narra Aelnora)
El aire en el coliseo estaba saturado de un olor metálico, una mezcla de ozono mágico y el rancio aroma de la sangre seca sobre la arena. Desde el palco superior, la figura de Melody se recortaba contra la luz mortecina como una aparición de pesadilla. Su presencia no era la de una artista, sino la de un cadáver que se negaba a guardar silencio. Al abrir la boca para hablar, la carne desgarrada de sus mejillas se tensó de forma grotesca, supurando un suero amarillento que se deslizaba por su barbilla. Sus labios, deformados por cicatrices antiguas, se movían con una asimetría que revolvía el estómago.
—¿Les gusta la función? —Su voz no solo viajaba por el aire, sino que se filtraba en nuestras mentes como aceite hirviendo—. Mi querida Arleth es una artista de la mente… Pero ustedes, queridos amigos, son un público sumamente difícil de complacer. Quizás necesiten algo más de… textura.
—¡Cierra la puta boca, barda de mierda! —El grito de Valka resonó en la arena, crudo y cargado de una furia que no entendía de protocolos—. ¡Deja de parlotear y baja aquí para que pueda arrancarte esa lengua bífida de un solo tajo!
Valka escupió a un lado, apretando el pomo de su espada con una fuerza que hacía crujir el cuero de sus guanteletes. A mi lado, sentí la tensión de Ulm, cuyo guantelete reforzado con placas de oricalco emitía un zumbido sordo, una frecuencia baja que denotaba su disposición al combate.
—No caigan en sus juegos —advirtió Ulm, su voz resonando con la inercia de una avalancha—. ¡No se detengan! ¡Es solo arena y trucos! ¡Avancen!
Ulm dio el primer paso, y el grupo lo siguió con la inercia de una unidad veterana. Sin embargo, el aire cambió. Arleth, la maga de las runas, retrocedió un paso, sus ojos brillando con un fulgor antinatural. Dejó escapar un grito que rasgó la sinfonía de Melody.
—¡Dante! ¡Ayúdame!
En ese instante, las puertas de los gladiadores se estremecieron. De la oscuridad de los túneles emergieron decenas, quizás cientos, de figuras. Eran copias idénticas de Dante, su enorme protector, formadas enteramente de arena y sombras. Corrían hacia nosotros con una coordinación aterradora.
(Narra El Filo)
El caos es una distracción para los débiles. Mientras Ulm gritaba órdenes y las ilusiones de arena inundaban el ruedo, mis ojos permanecieron fijos en el palco. Melody era el origen del ruido, y el ruido debía ser silenciado.
—No tenemos tiempo —dije, mi voz una sentencia gélida que cortó el aire—. Yo me encargo de la música.
No esperé una respuesta. Me deslicé entre los flancos de la formación, mis movimientos suaves como una exhalación de humo. Mientras el grupo se centraba en Arleth, Dante y su ejército de polvo, yo me interné en la penumbra de los pasillos laterales. El oricalco de mis guadañas vibraba en mi espalda, sediento. El laberinto de piedra me recibió con un eco de notas discordantes, pero mi mente estaba en calma. Encontraría a la barda, y cortaría la canción desde la raíz.
(Narra Aeris)
Mis ojos analizaban el flujo de energía en la arena. Las copias de Dante eran inestables, el oricalco de mis lentes detectaba la debilidad en su estructura. Valka atravesó a uno con un mandoble y la figura se desintegró en un susurro de arena. Ulm tenía razón, pensé. Son solo trucos.
Avancé un paso más, buscando una posición para desplegar mis dispositivos, cuando el mundo pareció detenerse. Una de las figuras de Dante no se desintegró al acercarse. Era más alta, más densa, y el aire a su alrededor vibraba con una masa física real. Antes de que pudiera reaccionar, un puño del tamaño de un escudo de asedio conectó directamente en mi vientre.
El sonido fue espantoso. Fue el crujido seco y rotundo de una rama de roble quebrándose bajo el peso de un alud. El dolor no llegó de inmediato; primero fue el vacío, la expulsión violenta de todo el aire de mis pulmones y la sensación de mi caja torácica colapsando hacia adentro. Salí despedida por el aire, mi cuerpo inerte trazando una parábola de sangre y fragmentos de metal. Golpeé el suelo varios metros atrás y el silencio que siguió al impacto fue más aterrador que cualquier grito de guerra.
(Narra Ulm)
—¡AERIS!
El grito desgarró mi garganta. Ver su cuerpo volar como una muñeca de trapo rompió algo dentro de mí que años de disciplina picando piedra habían mantenido bajo control. La luz azul de mi armadura de oricalco estalló, pasando de un zumbido a un rugido ensordecedor. Ya no era un protector; era una fuerza de la naturaleza en busca de retribución.
—¡Maldito seas! —rugí, lanzándome contra el Dante real con el peso de una montaña cayendo del cielo. Mi hombro acorazado impactó contra su guardia con un estruendo que sacudió los cimientos del coliseo.
Al mismo tiempo, Arleth comenzó su verdadera transformación. Fue una visión de horror absoluto. Las runas doradas que cubrían su piel empezaron a vibrar y a desprenderse físicamente de su carne. Se arrancaban de ella, dejando tras de sí jirones de piel en carne viva, pálida y sangrante. Las runas no flotaban; se hundían en la arena como parásitos hambrientos. De la tierra surgieron los Golems de Arena y Furia, amorfos y alimentados por el sacrificio de piel de la maga.
(Narra Einar)
La bestia en mi pecho rugió, pero la mantuve encadenada. Necesitaba precisión, no solo furia. Mi garra de metal azul disparó una ráfaga de virotes que destrozaron la cabeza de uno de los golems, mientras Valka, a mi lado, decapitaba a otro con un grito de guerra que habría hecho temblar a un demonio.
Pero era inútil. La runa dorada que animaba al monstruo caía al suelo, brillaba con una luz maligna y, en un parpadeo, la arena volverá a arremolinarse para levantar al mismo golem, íntegro y más agresivo que antes.
—¡Es un ciclo infinito, Einar! —gritó Valka, barriendo con su acero las piernas de una criatura que ya se estaba regenerando—. ¡Si no matamos a la perra, estas cosas nos van a enterrar vivos!
—¡Mantén la línea, Valka! —respondí, mi voz seca y ruda—. ¡Protejan al bardo!
(Narra Viktor)
El sudor me empapaba la frente y mis dedos sangraban sobre las cuerdas de oricalco de mi laúd. Me senté en medio del torbellino de muerte, cerrando los ojos para no ver los golems que se cernían sobre nosotros. Mi música no era una canción de taberna; era un muro.
Cada vez que Melody rascaba sus cuerdas desde el palco, una oleada de furia asesina intentaba infiltrarse en nuestras mentes, incitándonos a clavarnos las espadas entre nosotros. Yo respondía con acordes menores, notas profundas que anclaban el alma de mis compañeros a la realidad. Mis notas chocaban físicamente contra las de ella; vi chispas de energía estallar en el aire donde nuestras melodías se encontraban.
Un minion de arena se filtró por la defensa y levantó un brazo pesado sobre mi cabeza. No dejé de tocar. Si mis dedos se detenían un segundo, la locura de Melody nos consumiría. Sentí el viento del golpe, pero entonces el metal azul de Einar se interpuso, destrozando al atacante en una lluvia de sílice.
—¡Sigue tocando, músico! —rugió el druida—. ¡No te detengas o nos mataremos entre nosotros!
(Narra Raven)
—Maldita sea la magia de estos locos —mascullé, mientras mis ojos seguían los movimientos de Arleth.
La maga estaba ahora desprovista de sus runas, una figura pálida y sangrienta que dirigía el caos con movimientos espasmódicos. Saqué mis dagas de sangre, sintiendo cómo mi propia esencia vital alimentaba el filo carmesí. Lancé las dagas con una precisión táctica, buscando los puntos de presión en su cuello y hombros para intentar un control total y directo.
Pero antes de tocarla, las dagas se detuvieron en seco. Una barrera de energía rúnica, densa como el plomo, las desvió con un desprecio absoluto. Su magia era balística, defensiva y ofensiva a la vez. No había sutileza en ella, solo una voluntad inquebrantable de destruir.
—¡Aelnora, ahora! —grité, retrocediendo ante una ráfaga de proyectiles rúnicos que silbaron a centímetros de mi rostro.
(Narra Aelnora)
Aeris estaba en el suelo, inmóvil, y el dolor por ella me quemaba más que cualquier herida. Pero no podía correr hacia ella. Si se perdía la formación, todos moriríamos.
—¡Sanctum… Aegis! —rugí, clavando mi maza de guerra en la arena con una fuerza divina.
El pequeño escudo de mi brazo se expandió, pero no de forma física. Una cúpula de luz ámbar y dorada estalló desde el punto de impacto, extendiéndose para cubrir a Raven, a Viktor y la posición de Aeris. El esfuerzo fue monumental. Sentí cómo la magia rúnica de Arleth golpeaba el escudo como granizo de hierro, cada impacto resonando en mis huesos. El sudor corría por mi rostro y mis músculos temblaban, pero no cedí.
—¡No dejaré que nos rompan! —grité, con los dientes apretados y el sabor del hierro en mi boca—. ¡Raven, busca una apertura! ¡Viktor, no cedas!
El coliseo se convirtió en una sinfonía de destrucción. El choque de las notas de los bardos, el rugido de Ulm contra el enorme Dante, y el brillo incesante de las runas malditas creaban un cuadro de guerra pura. Sabíamos que estábamos apenas habíamos comenzado y ya estábamos en el límite; el aire se sentía pesado, como si el destino mismo estuviera conteniendo el aliento. Si el laúd de Viktor dejaba de sonar, o si mi escudo flaqueaba, no habría mañana para ninguno de nosotros. La danza de las runas apenas comenzaba, y el precio por sobrevivir ya era demasiado alto.
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