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Hierro y Sangre - Capítulo 137

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Capítulo 137: Capítulo 137: El Eco de los Caídos

(Narra Ulm)

El mundo se había reducido a un espacio de tres metros cuadrados y el sonido de hueso chocando contra carne endurecida. Ignoré el pico que colgaba de mi espalda; el peso del oricalco me estorbaba para lo que mi instinto exigía. Necesitaba sentir el impacto. Necesitaba romperlo con mis propias manos.

Dante era una mole de músculo y cicatrices. Mientras intercambiábamos golpes que habrían matado a un hombre común, mi mente, fría a pesar del frenesí, lo analizaba. Era más alto que Aelnora, mucho más, pero no llegaba a mi estatura. «Mestizo», pensé mientras le hundía el puño en el estómago, sintiendo la resistencia de sus abdominales como si golpeara una placa de granito. «Sangre de gigante, o quizá de titán».

Él respondió con un gancho que me hizo crujir la mandíbula. Escupí sangre y le devolví un cabezazo que hizo que su nariz estallara en un surtidor carmesí. No había técnica, solo era un intercambio brutal de violencia pura. Cada vez que mis nudillos conectaban con su rostro, dejaba una marca, una hendidura en su orgullo de protector. Mi brazo reforzado de oricalco brillaba con un azul errático, alimentándose de mi ira mientras ambos retrocedíamos solo para impulsarnos de nuevo al choque, como dos bestias reclamando un territorio de muerte.

(Narra Einar)

—¡Otro más, Einar! —gritó Valka, barriendo con su mandoble las piernas de una masa de arena que intentaba flanquearnos.

Destrocé el pecho de un golem con mi garra de metal azul, esparciendo el polvo por toda la arena. Pero antes de que pudiera recargar, la runa dorada en el suelo brilló y el monstruo comenzó a reformarse, más alto y más agresivo.

—¡No dejes de tocar, bardo! —rugí por encima del hombro.

Viktor estaba pálido, sus dedos se movían con una velocidad frenética sobre las cuerdas, creando una barrera sónica que nos mantenía cuerdos. Valka y yo éramos el muro físico; si uno de esos golems lograba rozar a Viktor, la sinfonía de furia de Melody nos destrozaría desde adentro. Mi virote de oricalco atravesó a otra criatura, pero mis ojos se desviaron un segundo hacia el centro del ruedo. El caos mágico estaba a punto de estallar.

(Narra Raven)

Mi sangre hervía, literalmente. Utilicé la herida de mi antebrazo para proyectar una docena de espinas carmesí, afiladas como bisturíes y cargadas de mi voluntad. Volaron hacia Arleth con la intención de empalarla, pero se estrellaron contra una barrera invisible con un tintineo metálico, deshaciéndose en gotas inútiles antes de tocar su piel.

La magia rúnica de esa mujer era una cúpula de acero invisible.

—¿Puedes contener sus ataques sin mi escudo, Raven? —La voz de Aelnora sonó firme, aunque el sudor le bajaba por las sienes mientras mantenía la protección sobre nosotros.

—No por mucho tiempo —respondí, apretando los dientes y preparando más esencia hemática—, pero creo que puedo darte una ventana. ¡Ve!

(Narra Aelnora)

En cuanto Raven asintió, corté el flujo de energía. La cúpula dorada desapareció y mis pulmones agradecieron el alivio de la presión, pero no me detuve a respirar. Corrí.

Mis botas se hundían en la arena mientras acortaba la distancia con Arleth. Levanté mi martillo de guerra, el oricalco brillando con una promesa de justicia divina, y descargué un golpe descendente con toda la inercia de mi carrera. El impacto no golpeó carne, sino que chocó contra el aire. Al contacto con el metal bendito, la barrera invisible se manifestó por un segundo, fracturándose como un cristal inmenso bajo el peso de una maza de asedio.

El sonido del cristal mágico estallando fue ensordecedor. Arleth alcanzó a retroceder un segundo antes de que el martillo le pulverizara el cráneo, pero el vacío de su protección la dejó expuesta. En un movimiento fluido, la bruja concentró energía y rayos en su palma, proyectando una descarga a quemarropa que impactó de lleno en el escudo de mi antebrazo.

La fuerza del rayo me levantó del suelo. Volé varios metros hacia atrás, mi brazo entumecido por el impacto eléctrico, pero vi lo que sucedió a continuación.

(Narra Raven)

La apertura de Aelnora fue perfecta. Antes de que Arleth pudiera recuperar su defensa, clavé una espina de sangre directamente en su hombro expuesto. Expandí mi percepción, infiltrándome en su sistema circulatorio.

—¡Ahora muere! —sentencié.

Con un movimiento brusco de mi mano, obligué a sus propios vasos sanguíneos a rebelarse. Ramificaciones carmesí, como raíces de un árbol maldito, comenzaron a brotar de sus antebrazos y pecho, desgarrando su piel desde adentro hacia afuera. Era una agonía que habría puesto de rodillas a un ejército, pero Arleth… Arleth simplemente me miró. Sus ojos no mostraban dolor, sino un vacío gélido.

—Lindo truco, mago —dijo, su voz una calma que me heló la sangre—. Pero he vivido en el infierno. Este dolor es solo un día de campo para mí.

Hizo un esfuerzo visible, sus músculos se tensaron y, desafiando mi control absoluto sobre la sangre, obligó a las ramificaciones a retroceder dentro de su cuerpo. La herida se cerró con un siseo rúnico. Quedó intacta.

Sin darme tiempo a reaccionar, lanzó una ráfaga de viento y arena a una velocidad balística. Aunque mis instintos de elfo me permitieron esquivar el núcleo del ataque, la fricción del aire era tan violenta que mis ropas y mi piel quedaron cubiertas de cientos de microcortes que empezaron a sangrar de inmediato.

Arleth avanzó hacia mí con la intención de rematarme, pero un virote de oricalco se hundió profundamente en su muslo. La bruja se detuvo en seco, mirando hacia un lado. Einar, tras destrozar a otro golem, la observaba con ojos de depredador cansado. Arleth se arrancó el proyectil de la pierna con un gesto de fastidio, como quien se quita una espina, y extendió su mano hacia el druida, disparando un rayo de magia concentrada directamente hacia el.

(Narra El Filo)

El silencio de los pasillos era más ruidoso que la batalla que había dejado atrás.

Llevaba lo que parecían horas caminando, pero el mapa mental que siempre me servía fallaba aquí. Estos pasillos eran imposiblemente largos. En un momento, sentí una corriente de aire a mis espaldas y giré; el camino por el que acababa de venir se había convertido en un muro de piedra sólida. El pasillo frente a mí se alargaba, las dimensiones retorciéndose como un intestino de piedra.

Había caído en un laberinto mágico. Pero no era la arquitectura lo que me hacía apretar los mangos de mis guadañas de oricalco. Era la voz.

—¿Por qué no dejaste que Einar me fuera a buscar? —El susurro de Nereida surgió de las sombras, cargado de una furia que nunca le conocí en vida—. ¿Por qué no estabas ahí, Círdan?

Me detuve, mi respiración volviéndose superficial. Sabía que era una ilusión, un truco de Melody para quebrarme, pero mi corazón no entendía de lógica.

—¿Por qué no luchaste a mi lado? —La voz se volvió un grito que rebotaba en las paredes del laberinto—. ¡Preferiste ver a la maldita bruja magenta que quedarte conmigo! ¡Me dejaste morir solo por tu orgullo!

Las sombras en las esquinas del pasillo comenzaron a tomar forma, una figura etérea rodeada de ceniza y llamas. Me quedé inmóvil, las guadañas temblando ligeramente en mis manos. En el laberinto, mis enemigos no tenían cuerpo, pero sus palabras cortaban más profundo que cualquier acero.

(Narra Einar)

El rayo de Arleth rasgó el aire con un siseo eléctrico que me erizó el vello de la nuca. Estaba vendido; mis pies se hundían en la arena movediza del coliseo y el peso del golem de tres metros que acababa de destrozar me impedía reaccionar con la agilidad de Fenrir. Vi la luz blanca expandiéndose, reclamando mi visión, una energía pura y letal lista para carbonizar la carne bajo mi armadura de metal azul. El olor a ozono era tan denso que casi podía masticarlo.

Entonces, el mundo se llenó de un estruendo metálico que vibró hasta en mis muelas.

Valka se interpuso con un movimiento que desafiaba la física, anteponiendo a Pecado justo a tiempo. El oricalco de su espada no solo detuvo la descarga, sino que pareció rugir al absorberla y escupirla de vuelta con un rebote violento. El rayo golpeó de lleno a uno de los golems que nos flanqueaba por la izquierda, haciéndolo estallar en una nube de polvo sofocante y fragmentos de piedra ardiente. Entre el torbellino de arena, vi la runa dorada salir disparada, girando en el aire como una moneda maldita. Sabía lo que venía: en cuanto esa piedra tocara el suelo, la voluntad de Arleth volvería a amalgamar la arena y el monstruo se levantaría de nuevo, más fuerte que antes.

Pero la runa nunca llegó a besar la tierra.

Un destello de acero negro cruzó el aire con una precisión quirúrgica y la imponente nodachi de Gorrash partió el núcleo rúnico en dos mitades perfectas. El brillo dorado se apagó al instante, convirtiéndose en simple piedra inerte que se hundió en la arena sin rastro de magia. El silencio que dejó la destrucción de la runa fue breve, apenas un latido antes de que el caos se reanudara.

—¿Dónde mierda estabas? —gruñó Valka. Su voz era un rasguido áspero, recuperando el aliento mientras se limpiaba el sudor mezclado con sangre que le bajaba por la frente, dejando un rastro rojizo sobre su piel curtida.

—En el ajedrez, los peones se mueven primero, dulzura —respondió Gorrash. Su tono pomposo era insoportable, cargado de esa arrogancia regia y ese acento peninsular que tanto le gustaba usar para recordarnos que, a sus ojos, no éramos más que bárbaros con suerte—. No podíais pretender que un rey se manchase las manos antes de que la plebe diese un espectáculo digno de su linaje.

Valka miró la runa partida a sus pies y luego al orco con una mezcla de odio visceral y un alivio que no quería admitir. Apretó el mango de su espada, los nudillos blancos bajo el cuero.

—Si sobrevivimos a este matadero, Gorrash, recuérdame patearte las bolas por dejarme pelear sola, y besarlas por salvarme —soltó la guerrera con su crudeza habitual, escupiendo un coágulo de sangre a la arena—. ¡Einar, hay que cortar las putas runas! ¡Son el núcleo! Si no las quebramos, este ejército de arena nos enterrará vivos.

No necesité más órdenes. Con Gorrash a nuestro lado, la balanza se inclinó. Los tres nos lanzamos contra la siguiente marea de golems con una furia renovada. Mis garras de metal azul cortaban la piedra como si fuera mantequilla tibia, mientras buscaba incesantemente el destello dorado en el interior de los cuerpos amorfos. Era una carnicería de minerales y voluntad.

(Narra Ulm)

Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas. Cada respiración sabía a polvo de oricalco y a mi propia sangre, espesa y salada. Estaba cansado, golpeado de una forma que no recordaba en años de campaña, y la rabia me nublaba la vista tanto que ni siquiera me había atrevido a mirar hacia donde Aeris había caído tras aquel impacto brutal. Tenía miedo. Un miedo frío y paralizante de verla inmóvil, de confirmar que su luz se había apagado bajo el puño de ese monstruo. Ese miedo era el combustible que alimentaba mi frenesí.

Dante me miraba desde su altura, con una calma que me ponía enfermo. Era una montaña de cicatrices y herencia antigua que no cedía ni un centímetro.

—¿De dónde carajo saliste, Dante? —rugí, lanzando un derechazo cargado con todo el peso de mi armadura. Él bloqueó el golpe con el antebrazo, generando una onda de choque que sacudió mis dientes y me hizo vibrar los huesos del cráneo.

—Mi padre conquistó y saqueó estas tierras y las de más allá del norte, a donde nadie se atreve a ir —respondió el gigante. Su voz no salía de su garganta, parecía brotar de las profundidades de la tierra—. Hace cientos de años que nadie menciona su nombre… Vorden’gom Zazgolam es mi padre, y mi madre es la elfa de leyenda, Aldariel.

Antes de que pudiera procesar la magnitud de aquel linaje prohibido, Dante se movió con una velocidad que desafiaba su masa. Me asestó un golpe seco en el hígado, un impacto tan preciso que sentí cómo mis órganos se contraían y mi diafragma se bloqueaba. El dolor fue una explosión blanca. Mis piernas fallaron y caí sobre una rodilla, enterrándola en la arena caliente mientras el mundo daba vueltas. El hijo de un titán y una elfa me miraba desde arriba, alzando su puño como un juez a punto de dictar una sentencia de muerte.

(Narra Raven)

—¡Basta de juegos! —grité, golpeando el suelo con mi báculo de madera y oricalco. El contacto del metal con la arena generó una vibración que recorrió mis brazos como una descarga.

El cielo sobre el coliseo pareció gemir, desgarrándose en una herida carmesí que contrastaba con el polvo dorado del ambiente. Una lluvia de líquido rojo comenzó a caer sobre nosotros, pero no era agua; era sangre purificada, mi propia esencia vital multiplicada y destilada por las propiedades del oricalco. Manipulé el fluido en el aire con movimientos fluidos, casi rítmicos, convirtiendo las gotas en proyectiles pesados del tamaño de puños y espinas tan delgadas como agujas que buscaban los puntos ciegos de Arleth.

La maga rúnica era una pesadilla de agilidad. Se movía como una bailarina poseída por un demonio de la velocidad. Su magia la envolvía en un torbellino de energía rúnica que repelía mis ataques con un desprecio absoluto, desviando la sangre hacia la arena donde se perdía inútilmente. Mientras tanto, no dejaba de acosar a Aelnora.

La clériga estaba al límite de sus fuerzas. La veía esquivar ráfagas de energía que calcinaban el aire a centímetros de su rostro, rodando por el suelo y soltando maldiciones que habrían hecho palidecer al bardo más curtido. Arleth atacaba a Aelnora y se defendía de mí al mismo tiempo, sin un esfuerzo aparente, como si estuviéramos jugando bajo sus reglas.

—¡Resiste, clériga! —rugí, forzando mi núcleo mágico hasta que sentí que mis venas iban a estallar, tratando de encontrar una grieta en la perfección defensiva de la bruja.

(Narra Melody)

Desde mi palco, la vista era… exquisita. Casi poética.

Podía sentir el aroma del odio flotando en el aire como un perfume embriagador, mezclado con el sudor de los agonizantes. Veía a los gigantes intercambiando su brutalidad en el centro de la arena, un espectáculo de fuerza bruta digno de los tiempos antiguos. Veía a los elfos retorciéndose en su danza mágica contra mi querida Arleth, y al orco, al druida y a la duelista luchando con una furia animal contra mis golems.

—Bien, pequeños, bien —susurré. Las costuras de mi boca se estiraron en una mueca grotesca que pretendía ser una sonrisa, provocando que un fluido purulento manchara el encaje de mi vestido—. Sigan así. Mátense. Odien con cada fibra de su ser pecador.

Rasgué una cuerda de mi laúd, una nota discordante que vibró directamente en la base del cráneo de cada combatiente, un aguijonazo de locura.

—Mientras ustedes luchan llenos de ira, solo alimentan más y más mi poder —reí para mis adentros, deleitándome en la figura de Viktor—. Pobre bardo… cree que sus dedos sangrantes y sus acordes de oricalco son un escudo suficiente. Pronto, la frecuencia de mi odio será la única que sus oídos acepten. Pronto se matarán entre ustedes y yo seré la única que quede para cantar su réquiem sobre este desierto de huesos.

(Narra Aeris)

El mundo regresó en forma de un zumbido ensordecedor y el sabor amargo de la arena en mi boca. Intenté respirar, pero mi pecho se sintió como si estuviera lleno de cristales rotos. Me llevó lo que pareció una eternidad recordar quién era y por qué el suelo estaba temblando. Con un esfuerzo sobrehumano, logré apoyarme sobre mis codos, sintiendo cada músculo de mi abdomen gritar en protesta.

Me arrodillé lentamente, con una mano apretando con fuerza mi vientre adolorido. El impacto de Dante me había dejado un vacío punzante, una presión que no cedía. A través de la neblina de mi visión, el coliseo era un cuadro de caos absoluto. Vi a Ulm, mi protector, arrodillado frente al gigante que me golpeo, deteniendo golpes que habrían aplastado un carro de guerra solo con su brazal reforzado; sus ojos buscaban algo, quizá a mí, pero el dolor no le permitía girar la cabeza. Vi a Aelnora, la mujer que siempre parecía inquebrantable, esquivando ráfagas de magia rúnica con una desesperación que nunca le había visto, mientras Raven lanzaba ataques de sangre que se estrellaban inútilmente contra la bruja. Arleth se movía con una gracia insultante, manejando a ambos como si fueran niños.

Miré hacia el otro lado de la arena. Einar y Valka eran un torbellino de metal azul y acero, destrozando golems que se negaban a morir, mientras Gorrash blandía su nodachi con una elegancia gélida, cortando el aire y algunas runas que flotaban en el viento. Y allí, en el centro de todo, Viktor. Su rostro estaba desencajado por el cansancio, y vi con horror cómo sus dedos, desgarrados por las cuerdas del laúd, dejaban rastros de sangre sobre la madera preciosa del instrumento. No se detenía. No podía.

Bajé la mirada hacia mí misma, tratando de evaluar los daños. Fue entonces cuando el aire se escapó de mis pulmones, pero no por el golpe. Entre mis piernas, la tela de mi ropa estaba empapada en un carmesí oscuro, una mancha que se extendía de forma lenta, implacable, mezclándose con la arena del coliseo.

—Mierda… no… no… no… no… —El susurro salió de mi garganta como un ruego roto—. Eso no… lo perdí…

El dolor físico desapareció, reemplazado por un vacío gélido que me devoró el alma. Un hijo. Una vida que ni siquiera sabía que portaba, arrebatada por un puño de ira y soberbia. Me puse en pie como pude, tambaleándome, con las piernas temblando bajo el peso de una pérdida que no tenía nombre. Mis ojos, ahora empapados en llanto buscaron hacia arriba.

En el palco, Melody me estaba mirando. Me sostenía la mirada con esos ojos cargados de una locura antigua, mientras sus dedos acariciaban las cuerdas de su laúd con una lentitud macabra. Su risa no fue un sonido, fue una invasión. Su voz se filtró en mi mente, dulce y venenosa, como un cuchillo de seda.

—Ódiame… ódiame por lo que te acabo de arrebatar. Deja que ese vacío se llene de hiel, pequeña artífice. Aliméntame con tu ruina.

Sentí el oricalco en mis dagas vibrar, respondiendo no a mi técnica, sino a la oscuridad que acababa de nacer en mi vientre vacío. Melody seguía sonriendo, y en ese momento, supe que el coliseo ya no era una prisión. Era un altar de sacrificio.

Si quieren saber mas de Vorden el titan mestizo y la elfa legendaria Aldariel, pueden buscar mi libro Saga de hueso y plata, Parte 1: La llave rota

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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