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Hierro y Sangre - Capítulo 138

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Capítulo 138: Capítulo 138: Peones y Reyes

(Narra Einar)

El rayo de Arleth rasgó el aire con un siseo eléctrico que me erizó el vello de la nuca. Estaba vendido; mis pies se hundían en la arena movediza del coliseo y el peso del golem de tres metros que acababa de destrozar me impedía reaccionar con la agilidad de Fenrir. Vi la luz blanca expandiéndose, reclamando mi visión, una energía pura y letal lista para carbonizar la carne bajo mi armadura de metal azul. El olor a ozono era tan denso que casi podía masticarlo.

Entonces, el mundo se llenó de un estruendo metálico que vibró hasta en mis muelas.

Valka se interpuso con un movimiento que desafiaba la física, anteponiendo a Pecado justo a tiempo. El oricalco de su espada no solo detuvo la descarga, sino que pareció rugir al absorberla y escupirla de vuelta con un rebote violento. El rayo golpeó de lleno a uno de los golems que nos flanqueaba por la izquierda, haciéndolo estallar en una nube de polvo sofocante y fragmentos de piedra ardiente. Entre el torbellino de arena, vi la runa dorada salir disparada, girando en el aire como una moneda maldita. Sabía lo que venía: en cuanto esa piedra tocara el suelo, la voluntad de Arleth volvería a amalgamar la arena y el monstruo se levantaría de nuevo, más fuerte que antes.

Pero la runa nunca llegó a besar la tierra.

Un destello de acero negro cruzó el aire con una precisión quirúrgica y la imponente nodachi de Gorrash partió el núcleo rúnico en dos mitades perfectas. El brillo dorado se apagó al instante, convirtiéndose en simple piedra inerte que se hundió en la arena sin rastro de magia. El silencio que dejó la destrucción de la runa fue breve, apenas un latido antes de que el caos se reanudara.

—¿Dónde mierda estabas? —gruñó Valka. Su voz era un rasguido áspero, recuperando el aliento mientras se limpiaba el sudor mezclado con sangre que le bajaba por la frente, dejando un rastro rojizo sobre su piel curtida.

—En el ajedrez, los peones se mueven primero, dulzura —respondió Gorrash. Su tono pomposo era insoportable, cargado de esa arrogancia regia y ese acento peninsular que tanto le gustaba usar para recordarnos que, a sus ojos, no éramos más que bárbaros con suerte—. No podíais pretender que un rey se manchase las manos antes de que la plebe diese un espectáculo digno de su linaje.

Valka miró la runa partida a sus pies y luego al orco con una mezcla de odio visceral y un alivio que no quería admitir. Apretó el mango de su espada, los nudillos blancos bajo el cuero.

—Si sobrevivimos a este matadero, Gorrash, recuérdame patearte las bolas por dejarme pelear sola, y besarlas por salvarme —soltó la guerrera con su crudeza habitual, escupiendo un coágulo de sangre a la arena—. ¡Einar, hay que cortar las putas runas! ¡Son el núcleo! Si no las quebramos, este ejército de arena nos enterrará vivos.

No necesité más órdenes. Con Gorrash a nuestro lado, la balanza se inclinó. Los tres nos lanzamos contra la siguiente marea de golems con una furia renovada. Mis garras de metal azul cortaban la piedra como si fuera mantequilla tibia, mientras buscaba incesantemente el destello dorado en el interior de los cuerpos amorfos. Era una carnicería de minerales y voluntad.

(Narra Ulm)

Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas. Cada respiración sabía a polvo de oricalco y a mi propia sangre, espesa y salada. Estaba cansado, golpeado de una forma que no recordaba en años de campaña, y la rabia me nublaba la vista tanto que ni siquiera me había atrevido a mirar hacia donde Aeris había caído tras aquel impacto brutal. Tenía miedo. Un miedo frío y paralizante de verla inmóvil, de confirmar que su luz se había apagado bajo el puño de ese monstruo. Ese miedo era el combustible que alimentaba mi frenesí.

Dante me miraba desde su altura, con una calma que me ponía enfermo. Era una montaña de cicatrices y herencia antigua que no cedía ni un centímetro.

—¿De dónde carajo saliste, Dante? —rugí, lanzando un derechazo cargado con todo el peso de mi armadura. Él bloqueó el golpe con el antebrazo, generando una onda de choque que sacudió mis dientes y me hizo vibrar los huesos del cráneo.

—Mi padre conquistó y saqueó estas tierras y las de más allá del norte, a donde nadie se atreve a ir —respondió el gigante. Su voz no salía de su garganta, parecía brotar de las profundidades de la tierra—. Hace cientos de años que nadie menciona su nombre… Vorden’gom Zazgolam es mi padre, y mi madre es la elfa de leyenda, Aldariel.

Antes de que pudiera procesar la magnitud de aquel linaje prohibido, Dante se movió con una velocidad que desafiaba su masa. Me asestó un golpe seco en el hígado, un impacto tan preciso que sentí cómo mis órganos se contraían y mi diafragma se bloqueaba. El dolor fue una explosión blanca. Mis piernas fallaron y caí sobre una rodilla, enterrándola en la arena caliente mientras el mundo daba vueltas. El hijo de un titán y una elfa me miraba desde arriba, alzando su puño como un juez a punto de dictar una sentencia de muerte.

(Narra Raven)

—¡Basta de juegos! —grité, golpeando el suelo con mi báculo de madera y oricalco. El contacto del metal con la arena generó una vibración que recorrió mis brazos como una descarga.

El cielo sobre el coliseo pareció gemir, desgarrándose en una herida carmesí que contrastaba con el polvo dorado del ambiente. Una lluvia de líquido rojo comenzó a caer sobre nosotros, pero no era agua; era sangre purificada, mi propia esencia vital multiplicada y destilada por las propiedades del oricalco. Manipulé el fluido en el aire con movimientos fluidos, casi rítmicos, convirtiendo las gotas en proyectiles pesados del tamaño de puños y espinas tan delgadas como agujas que buscaban los puntos ciegos de Arleth.

La maga rúnica era una pesadilla de agilidad. Se movía como una bailarina poseída por un demonio de la velocidad. Su magia la envolvía en un torbellino de energía rúnica que repelía mis ataques con un desprecio absoluto, desviando la sangre hacia la arena donde se perdía inútilmente. Mientras tanto, no dejaba de acosar a Aelnora.

La clériga estaba al límite de sus fuerzas. La veía esquivar ráfagas de energía que calcinaban el aire a centímetros de su rostro, rodando por el suelo y soltando maldiciones que habrían hecho palidecer al bardo más curtido. Arleth atacaba a Aelnora y se defendía de mí al mismo tiempo, sin un esfuerzo aparente, como si estuviéramos jugando bajo sus reglas.

—¡Resiste, clériga! —rugí, forzando mi núcleo mágico hasta que sentí que mis venas iban a estallar, tratando de encontrar una grieta en la perfección defensiva de la bruja.

(Narra Melody)

Desde mi palco, la vista era… exquisita. Casi poética.

Podía sentir el aroma del odio flotando en el aire como un perfume embriagador, mezclado con el sudor de los agonizantes. Veía a los gigantes intercambiando su brutalidad en el centro de la arena, un espectáculo de fuerza bruta digno de los tiempos antiguos. Veía a los elfos retorciéndose en su danza mágica contra mi querida Arleth, y al orco, al druida y a la duelista luchando con una furia animal contra mis golems.

—Bien, pequeños, bien —susurré. Las costuras de mi boca se estiraron en una mueca grotesca que pretendía ser una sonrisa, provocando que un fluido purulento manchara el encaje de mi vestido—. Sigan así. Mátense. Odien con cada fibra de su ser pecador.

Rasgué una cuerda de mi laúd, una nota discordante que vibró directamente en la base del cráneo de cada combatiente, un aguijonazo de locura.

—Mientras ustedes luchan llenos de ira, solo alimentan más y más mi poder —reí para mis adentros, deleitándome en la figura de Viktor—. Pobre bardo… cree que sus dedos sangrantes y sus acordes de oricalco son un escudo suficiente. Pronto, la frecuencia de mi odio será la única que sus oídos acepten. Pronto se matarán entre ustedes y yo seré la única que quede para cantar su réquiem sobre este desierto de huesos.

(Narra Aeris)

El mundo regresó en forma de un zumbido ensordecedor y el sabor amargo de la arena en mi boca. Intenté respirar, pero mi pecho se sintió como si estuviera lleno de cristales rotos. Me llevó lo que pareció una eternidad recordar quién era y por qué el suelo estaba temblando. Con un esfuerzo sobrehumano, logré apoyarme sobre mis codos, sintiendo cada músculo de mi abdomen gritar en protesta.

Me arrodillé lentamente, con una mano apretando con fuerza mi vientre adolorido. El impacto de Dante me había dejado un vacío punzante, una presión que no cedía. A través de la neblina de mi visión, el coliseo era un cuadro de caos absoluto. Vi a Ulm, mi protector, arrodillado frente al gigante que me golpeo, deteniendo golpes que habrían aplastado un carro de guerra solo con su brazal reforzado; sus ojos buscaban algo, quizá a mí, pero el dolor no le permitía girar la cabeza. Vi a Aelnora, la mujer que siempre parecía inquebrantable, esquivando ráfagas de magia rúnica con una desesperación que nunca le había visto, mientras Raven lanzaba ataques de sangre que se estrellaban inútilmente contra la bruja. Arleth se movía con una gracia insultante, manejando a ambos como si fueran niños.

Miré hacia el otro lado de la arena. Einar y Valka eran un torbellino de metal azul y acero, destrozando golems que se negaban a morir, mientras Gorrash blandía su nodachi con una elegancia gélida, cortando el aire y algunas runas que flotaban en el viento. Y allí, en el centro de todo, Viktor. Su rostro estaba desencajado por el cansancio, y vi con horror cómo sus dedos, desgarrados por las cuerdas del laúd, dejaban rastros de sangre sobre la madera preciosa del instrumento. No se detenía. No podía.

Bajé la mirada hacia mí misma, tratando de evaluar los daños. Fue entonces cuando el aire se escapó de mis pulmones, pero no por el golpe. Entre mis piernas, la tela de mi ropa estaba empapada en un carmesí oscuro, una mancha que se extendía de forma lenta, implacable, mezclándose con la arena del coliseo.

—Mierda… no… no… no… no… —El susurro salió de mi garganta como un ruego roto—. Eso no… lo perdí…

El dolor físico desapareció, reemplazado por un vacío gélido que me devoró el alma. Un hijo. Una vida que ni siquiera sabía que portaba, arrebatada por un puño de ira y soberbia. Me puse en pie como pude, tambaleándome, con las piernas temblando bajo el peso de una pérdida que no tenía nombre. Mis ojos, ahora empapados en llanto buscaron hacia arriba.

En el palco, Melody me estaba mirando. Me sostenía la mirada con esos ojos cargados de una locura antigua, mientras sus dedos acariciaban las cuerdas de su laúd con una lentitud macabra. Su risa no fue un sonido, fue una invasión. Su voz se filtró en mi mente, dulce y venenosa, como un cuchillo de seda.

—Ódiame… ódiame por lo que te acabo de arrebatar. Deja que ese vacío se llene de hiel, pequeña artífice. Aliméntame con tu ruina.

Sentí el oricalco en mis dagas vibrar, respondiendo no a mi técnica, sino a la oscuridad que acababa de nacer en mi vientre vacío. Melody seguía sonriendo, y en ese momento, supe que el coliseo ya no era una prisión. Era un altar de sacrificio.

Si quieren saber mas de Vorden el titan mestizo y la elfa legendaria Aldariel, pueden buscar mi libro Saga de hueso y plata, Parte 1: La llave rota

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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