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Hierro y Sangre - Capítulo 139

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Capítulo 139: Capítulo 139: Victorias de Ceniza

(Narra Aeris)

El peso de mis dagas de oricalco se volvió insoportable, una carga física que mis dedos ya no podían sostener tras el vacío que se abrió en mi vientre. Las solté. El metal azul tintineó contra la arena ensangrentada, clavándose en ella como lápidas gemelas. Alcé la vista hacia el palco, donde la figura deforme de la barda se regocijaba en mi miseria.

—No te odio, Melody —mi voz salió rota, pero cargada de una extraña claridad que cortó el aire—. Me compadezco de ti… y es por eso por lo que te ayudaré. Te ayudaré a terminar con ese odio y ese sufrimiento que te pudre la boca.

Mis manos, temblorosas y manchadas de mi propia pérdida, buscaron en mi cinturón táctico un pequeño artefacto esférico, una amalgama de engranajes de oricalco y cristales de luz pura. Sin dudar, con un movimiento fluido que nació de la compasión y no de la venganza, lo arrojé contra el palco.

(Narra Melody)

Vi el objeto volar hacia mí con una trayectoria perezosa. No me moví. Me quedé allí, con los dedos aun acariciando las cuerdas de mi laúd, esperando que mis barreras rúnicas hicieran pedazos aquel juguete de artífice antes de que tocara el borde de mi palco. Pero algo estaba mal. El aire no chispeó, la barrera no vibró.

«Maldita perra…», pensé con una punzada de alarma que me recorrió las costuras de la cara. «En verdad lo arrojó sin un rastro de odio en ella… Mi magia se alimenta de la ira, y ella… ella me lanzó un regalo de misericordia. No lo pude detectar».

El artefacto cayó a mis pies, un pequeño sol metálico que se abrió en un estallido de luz blanca y cegadora. El resplandor fue tan violento que sentí como si mis ojos se evaporaran. Solté el laúd, mi melodía de furia se cortó en un graznido discordante y me cubrí el rostro con las manos, gritando maldiciones mientras el mundo se volvía un lienzo de fuego blanco.

(Narra Aelnora)

El estallido de luz en el palco fue como un trueno visual que barrió la oscuridad del coliseo. En el campo, la ventaja cambió de manos en un latido. Arleth, la bruja de las runas, se distrajo al ver el resplandor de su ama, bajando su guardia mágica por una fracción de segundo. Fue todo lo que necesité.

—¡Por la luz que no flaquea! —rugí.

Un rayo de energía sagrada brotó de mi maza, golpeando a la maga directo en el pecho. El impacto fue seco, quemando las runas que intentaban reformarse sobre su piel pálida. Arleth me miró con un odio tan denso que casi pude tocarlo, pero no devolvió el ataque. En su lugar, su cuerpo comenzó a hundirse en la arena como si el suelo fuera agua, fundiéndose con la tierra mientras hacía un ademán de despedida con la mano, una promesa silenciosa de que esto no había terminado.

(Narra Ulm)

Dante, el titan mestizo, miró de reojo la luz del palco, cometiendo el error de apartar la vista de mi brazo. Fue la apertura que mi alma reclamaba. Me levanté a toda velocidad, ignorando el dolor del hígado, y clavé mi puño reforzado directamente en su barbilla. Sentí la vibración del hueso de su quijada cediendo ante el oricalco, un crujido satisfactorio que resonó en mis propios nudillos.

El titán dio un par de pasos hacia atrás, tambaleándose como una torre a punto de colapsar. Se estabilizó por un momento, me pintó el dedo con un gesto de desprecio puramente terrenal, y luego su cuerpo se desintegró en una nube de arena que el viento arrastró hacia las gradas vacías. El coliseo estaba extrañamente silencioso, pero mi corazón seguía tronando.

(Narra Círdan)

No sabía qué diablos estaba pasando en la arena, pero el laberinto pareció rendirse. El sonido del reclamo de Nereida, esa voz que me desgarraba el alma, desapareció de golpe. El pasillo se enderezó y, de pronto, vi una salida. Allí estaba ella, Melody, tambaleándose en el palco mientras se tallaba los ojos, intentando recuperar la vista. Su boca deformada y cortada escupía maldiciones que envenenaban el aire.

—Hasta aquí llegas, maldita —dije, desenfundando a Marfil con una calma letal.

Lancé un ataque en diagonal, un corte ascendente que buscaba el final de su canción. Ella recibió el golpe de lleno; el acero de oricalco le cruzó el pecho, abriendo una herida profunda que manchó su vestido de seda.

—¡Maldita sea! —gritó con una voz que no tenía nada de musical—. ¡Qué mierda! ¡Eso dolió!

Me miró con una furia desmedida, sus ojos inyectados en sangre tras el resplandor. Miró de reojo hacia la arena, vio a sus peones derrotados y tocó un último acorde en su laúd, una nota vibrante que hizo que la realidad a su alrededor se doblara. Desapareció antes de que pudiera asestar el segundo golpe. El pecado de la Ira abandonó Orodreth. Otra victoria vacía; tanto la Gula del Padre Tomás como la Ira de Melody se nos habían escapado entre los dedos como arena fina.

(Narra Valka)

En cuanto el silencio se apoderó de la superficie, no me quedé a celebrar. Corrí hacia las escaleras que llevaban al sótano de la arena, una búsqueda frenética impulsada por el miedo y la esperanza. Pateé la puerta de las celdas y allí estaban. Enjaulados como bestias, pero vivos. Mis hermanos de armas, los duelistas de Orodreth, incluido Thormund, mi segundo al mando y el hombre que había jurado proteger esta ciudad junto a mí.

—jefe… nos tomaron por sorpresa —dijo Thormund al verme, su voz cargada de vergüenza y fatiga.

—Tranquilo, soldado —respondí, cortando los cerrojos de un tajo—. Esta vez nadie se queda atrás. Esta ciudad ha caído, y no podemos proteger mil frentes en esta guerra de sombras.

Los ayudé a salir, viendo sus rostros demacrados.

—Viajarán conmigo al fuerte de Colmillo de Wyvern. Allí comerán, descansarán y volverán a luchar cuando llegue el momento. Cuando por fin hayamos acabado con el puto clero y sus llagas… entonces, quien guste, podrá volver aquí para reconstruir. Por hoy, la victoria es salir con vida. La ciudad ha caído, viejo amigo.

—Si jefe… entiendo —asintió Thormund, apretando mi brazo con la fuerza del que sabe que el hogar ahora es el grupo, no las paredes.

(Narra Aelnora)

Apenas estábamos procesando el fin del combate cuando la temperatura en la arena descendió drásticamente. El aire se volvió pesado, irrespirable. Una grieta de energía purpúrea se abrió en el centro del ruedo y una figura femenina y aterradora emergió de las sombras .

Su piel era blanca como el mármol frío, coronada por cuernos que parecían hechos de obsidiana, y una mirada que prometía milenios de tormento, una tela desgarrada que apenas cubría sus pechos manchados de sangre.

—Me presento —dijo la proyección demoníaca, su voz una armonía de miles de gritos—. Mi nombre es Andras. Soy el Mal Mayor que representa la Ira.

Por puro instinto, levanté mi maza, pero el recuerdo de Aztherath me detuvo. Sabía que los ataques convencionales eran inútiles contra estas manifestaciones. Me quedé inmóvil, obligando a mi grupo a escuchar. No era una lucha, era un mensaje.

(Narra Aeris)

En cuanto vi a esa criatura emerger, una certeza absoluta me golpeó: ella era la fuente. Ella era la razón de la locura de Melody, del ataque de Dante, de la sangre que ahora corría por mis piernas. El dolor de mi vientre se transformó en una aguja de hielo. Tomé mis dagas de oricalco del suelo y, sin pensar en consecuencias, corrí con todas mis fuerzas.

Aelnora gritó mi nombre, algo sobre la futilidad del ataque, pero yo no escuchaba. Me lancé contra ella y, para sorpresa de todos, mis dagas se hundieron profundamente en el vientre de la criatura. El oricalco brilló con una intensidad cegadora al contacto con su esencia demoníaca. Había logrado herir a un Mal Mayor.

(Narra Raven)

Los ojos de Andras se desorbitaron. Por un instante, la arrogancia eterna del demonio se resquebrajó, reemplazada por una sorpresa genuina. Miró las dagas clavadas en su forma física y luego a la pequeña artífice.

—¿Armas capaces de dañarme? —su voz ya no era melódica, sino un siseo ponzoñoso—. Muy astutos… pero no dejan de ser insectos para nosotros.

Con un movimiento perezoso de su mano, una ráfaga de viento violento golpeó a Aeris, arrojándola de nuevo al suelo con una fuerza brutal. Ulm soltó un grito desgarrado que me heló la sangre. Antes de que pudiéramos cargar contra ella, el demonio se esfumó, dejando tras de sí un rastro de ceniza y el vacío desolador de la arena.

(Narra Ulm)

Corrí hacia Aeris, ignorando el mundo. La levanté en mis brazos, temiendo que el golpe del demonio hubiera terminado el trabajo de Dante. Ella me rodeó el cuello con sus brazos, pero no había alivio en su gesto. Se acercó a mi oído y me susurró con una voz que me rompió el alma:

—Estabas luchando con tal ira… que te olvidaste de mí.

Sentí como si mi corazón se deshiciera en mil pedazos de hielo. Mi pequeña artífice, la luz que yo juré proteger por encima de cualquier deber.

—Perdóname, mi niña… no pude… al verte así… algo en mí se rompió —solloce, apretándola contra mi pecho—. ¿Por qué… por qué hay sangre en tus pantalones, Aeris? ¿Dónde estás herida?

Ella me miró con una tristeza infinita, una madurez que no debería tener a su edad.

—Mi sangrado se había retrasado… creí que estaba… supongo que sí lo estaba. Pero el golpe… —No terminó la frase. No hacía falta.

Caí de rodillas en la arena, aun sosteniéndola, abrazándola como si pudiera unir los pedazos de su alma con la mía. El gigante que podía detener a un titán estaba ahora vencido por una mancha de sangre.

(Narra Einar)

Otra victoria inconclusa. Otro paisaje desolador que sumar a nuestra colección de ruinas. Habíamos recuperado a los hombres de Valka, pero el costo seguía subiendo. Una pérdida más, una vida que nunca llegó a ser. Maldita sea esta guerra y malditos sean los dioses que juegan con nosotros desde sus tronos de cristal.

(Narra Gorrash)

Recorrí la arena con la mirada, dejando que el viento lavara el olor a sangre de mi rostro. Vi a mis compañeros limpiando sus heridas; al gigante envuelto en un abrazo de agonía, bañando en lágrimas a su artífice; al Filo en el palco, mirando hacia la nada con las manos aún manchadas; y a Valka saliendo de los pasillos con sus duelistas, con el rostro de quien ha ganado una tumba, pero no una casa.

—Vaya mierda —murmuré, envainando mi nodachi—. Ariadne era solo juego de niños comparado con esto. Si esto es lo que enfrentamos de ahora en adelante, estamos jodidos.

—Ha perdido su tono característico, Majestad —comentó Raven, apareciendo a mi lado con el rostro cubierto de pequeños cortes.

—La disciplina y el decoro marcial que me suelen acompañar no nos van a salvar la vida —respondí, dejando de lado mi arrogancia por una vez—. No en esta maldita guerra.

—Así es, orco —dijo Einar, acercándose con paso pesado—. En el campo de batalla todos somos iguales. Todos sangramos igual. Así que la próxima vez, espero que tu espada nos apoye desde el principio, no cuando el tablero esté casi vacío.

—Tienes mi palabra, Einar —asentí, reconociendo al guerrero frente a mí.

—Volvamos a casa —sentenció Aelnora, acercándose a nosotros con los ojos puestos en Ulm y Aeris—. Salgamos de aquí antes de que otra maldita aparición decida emboscarnos en este cementerio.

La victoria en Orodreth sabía a ceniza, y el camino de regreso se sentía más largo que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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