Hierro y Sangre - Capítulo 140
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Capítulo 140: Capítulo 140: Cenizas en el Vientre
(Narra Ulm)
El peso de Aeris en mis brazos no era nada comparado con el peso que sentía en mi pecho. Sus huesos de artífice, siempre tan ligeros y precisos se sentían ahora como cristal a punto de estallar. La cargaba con una delicadeza obsesiva, ajustando mi paso para que el tintineo de mi armadura de oricalco no la perturbara, aunque el zumbido del metal azul parecía protestar por mi propia inestabilidad emocional.
Aeris iba y venía de sus sueños. Por momentos, sus párpados temblaban y sus manos buscaban febrilmente herramientas invisibles en el aire, murmurando algo sobre engranajes y presión de vapor. Luego, soltaba un suspiro quebrado y su cabeza caía contra mi hombro, sumiéndose de nuevo en un letargo que me aterraba. Miré hacia abajo y vi que la mancha de sangre en sus pantalones se había secado, dejando una costra oscura que me recordaba, con cada paso, que yo no había estado ahí. Que mi escudo, capaz de detener dragones, no había servido para proteger lo único que importaba.
A mi alrededor, el silencio del bosque era solo interrumpido por el crujir de las botas sobre la hojarasca. Valka marchaba al frente, con la espalda recta y la mano en el pomo de su espada, guiando a sus soldados rescatados. Thormund y los suyos caminaban como fantasmas, con los ojos hundidos por el cautiverio, pero manteniendo una formación cerrada por puro instinto de supervivencia. Éramos una procesión de derrotados celebrando una victoria que no se sentía como tal.
(Narra Einar)
Caminé con paso pesado, dejando que mis sentidos de druida se filtraran en el entorno para detectar cualquier rastro de la bruja o sus golems. Pero el bosque estaba extrañamente mudo, como si la naturaleza misma estuviera guardando luto por lo que se perdió en la arena. Me emparejé con Gorrash, cuyas pisadas eran inusualmente silenciosas para un orco de su envergadura. Seguía portando su armadura negra con esa elegancia regia, pero había algo en la rigidez de sus hombros que no encajaba.
—Un rey que no sangra con sus peones pronto se queda sin reino, Gorrash —solté, mi voz seca y ruda, sin mirarlo—. En Orodreth esperaste demasiado. Dejaste que los nuestros se rompieran antes de desenvainar esa nodachi.
Esperaba una réplica cargada de soberbia peninsular, una de sus frases sobre el decoro o el ajedrez. Pero el orco se detuvo un segundo y soltó un suspiro largo, dejando que su máscara de majestad se agrietara.
—La verdad es que tuve miedo, Einar —dijo, y su voz sonó despojada de todo adorno aristocrático. Me miró a los ojos y vi una sombra de vulnerabilidad que nunca creí encontrar en él—. Siempre marcho al frente de mi ejército de orcos. He enfrentado falanges de acero, cargas de caballería y muros de escudos. Pero siempre fueron guerreros. Carne y hueso. Jamás un mago rúnico o un demonio de la Ira fueron mis enemigos… No sabía cómo luchar contra algo que no respeta las leyes del acero. Lo siento.
Me quedé helado por un instante. La bestia en mi interior, Fenrir, pareció gruñir ante la debilidad, pero mi parte humana comprendió. En este mundo de llagas y maldiciones, el valor del soldado ya no era suficiente. Asentí con un gesto rígido y seguimos caminando. La guerra acababa de volverse mucho más grande que el orgullo de un orco.
(Narra Aelnora)
Raven caminaba a mi lado, sus ojos de elfo escudriñando no el bosque, sino las corrientes de energía que aún flotaban en el aire. Tenía el rostro cubierto de vendas finas donde los cortes de Arleth habían sido más profundos.
—Su magia no era como la de otros taumaturgos que he enfrentado —susurró Raven, rompiendo el silencio—. No era una invocación, Aelnora. Era… una extensión física de su voluntad. Las runas no estaban sobre ella, eran parte de su flujo sanguíneo.
—Se sentía densa —respondí, recordando el peso del escudo de luz—. Como si cada proyectil rúnico tuviera la inercia de una montaña. Mi maza de oricalco vibraba cada vez que chocaba contra su barrera. No era solo poder mágico, era una convicción absoluta de destrucción.
—Y lo peor es que se fue —añadió Raven, apretando el puño—. Andras la reclamó antes de que pudiéramos terminar el trabajo. Ahora sabemos que el oricalco puede herirlos, pero ellos saben que somos una amenaza real. El juego ha cambiado.
(Narra Viktor)
Acampamos cuando la luz del sol se volvió un vago recuerdo púrpura tras las copas de los árboles. Encendimos una fogata pequeña, más por necesidad de calor que por seguridad. Valka y Einar habían cazado un par de ciervos jóvenes durante el trayecto, y el olor de la carne asándose debería haber sido un alivio para nuestros estómagos vacíos.
Pero nadie hablaba. Los soldados de Valka comían en silencio, susurrando oraciones antiguas. Ulm estaba sentado contra un roble, con Aeris apoyada en su regazo. Le ofreció un trozo de carne, pero ella simplemente negó con la cabeza sin despegar la vista de sus manos.
Aeris no comía. Tenía su set de herramientas desplegado sobre un trapo sucio de grasa y hollín. Limpiaba una y otra vez sus dagas de oricalco, frotando el metal azul con una intensidad que hacía que sus nudillos sangraran de nuevo. No lloraba, pero su mirada estaba fija en el filo, como si buscara respuestas en los reflejos del metal.
El silencio se volvió asfixiante. Como bardo, sentí que era mi deber hacer algo. Mis dedos, vendados y doloridos, buscaron instintivamente las cuerdas de mi laúd. Necesitábamos una melodía que nos recordara que aún estábamos vivos, algo que alejara las sombras de Orodreth.
Apenas rasgué la primera cuerda, una nota suave y melancólica, Aeris se tensó. Levantó la vista por primera vez y sus ojos eran dos pozos de oscuridad absoluta.
—Detente, Viktor —dijo, y su voz fue un filo de hielo que cortó la música—. Guárdalo. No quiero escuchar nada.
—Solo intentaba… —comencé, pero ella me interrumpió.
—Dije que lo guardes. El sonido de la madera vibrando me recuerda al crujido de mis propios huesos cuando ese monstruo me golpeó. Cada nota suena como si algo se estuviera rompiendo dentro de mí otra vez. No más música. No más ruido.
Bajé la mano, sintiendo el peso muerto del instrumento. El silencio que siguió fue mil veces más pesado que cualquier nota discordante de Melody. Miré a Ulm, quien simplemente rodeó a Aeris con sus brazos más fuerte, ocultando su rostro en el cabello de la artífice.
(Narra El Filo)
Permanecí en la periferia, más allá del círculo de luz de la fogata. Mis pies no hacían ruido sobre la tierra, y mi presencia era poco más que una sombra entre las sombras. No me acerqué a comer, ni me uní a las conversaciones fragmentadas del grupo.
La voz de Nereida en el laberinto seguía resonando en mis oídos, una frecuencia persistente que no podía apagar. “¿Por qué no luchaste a mi lado?”. La pregunta me perseguía como un espectro hambriento. Miré hacia el campamento; vi a la clériga cansada, al gigante roto y a la niña que acababa de perder su futuro. Todos llevaban sus cicatrices a la vista, pero las mías estaban enterradas tan profundo que ya formaban parte de mis huesos.
Me alejé un poco más, subiendo a la rama de un fresno centenario para vigilar el horizonte. A lo lejos, muy a lo lejos, el destello de las antorchas de Colmillo de Wyvern se alzaba como una promesa de refugio. Mañana estaríamos entre muros de piedra, bajo la protección de nuestra propia artillería. Pero esta noche, en este bosque, todos éramos prisioneros de lo que habíamos dejado atrás en la arena.
Apreté el mango de mis guadañas. El oricalco estaba frío, tan frío como el corazón que latía pesadamente en mi pecho. Habíamos ganado la batalla, pero por la forma en que el grupo se hundía en el silencio, sabía que la guerra acababa de cobrarse una pieza que no sabíamos
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